logotipo

img_google
MARIPOSAS EN EL ESTÓMAGO
Acerca de
Soy la indecisión en persona, un mar de dudas, y siempre con la sensación de haber tomado el camino erróneo... pero me lo tomo con filosofía. Me gusta dormir sin despertador y tomarme un té para empezar el día. Me encanta pintarme las uñas, leer el horóscopo y q me salgan pecas con el sol. Me paso el día recortándome el flequillo y observando a la gente. No entiendo q es lo q hago, pero siempre llego tarde a todas partes. No sé q es lo q me espera mañana y empieza a preocuparme...pero el día a día es muy divertido...
Sindicación
 
Miedo no
Hay gente que nace predestinada para ser valiente en esta vida y llevar a cabo grandes gestas con las que pasará a la posteridad. Yo no, lo tengo claro.
Yo no destaco por mi valentía y por mi audacia. Y el problema más grave es que mi valentía, escondida en lo más recóndito de mi ser, escoge los peores momentos para dar la cara.
Mi primer acto de valentía espontánea fue el primer año de instituto, concretamente el último día de clase. Allá estaba yo jugando inocente a tirarme globos de agua con mis compañeros de clase, con lo de peligroso que tiene ese juego según mi abuela, que provoca frecuentes roturas nasales. No, no era este hecho mi acto de valentía; continúo, pues. En ese entretenimiento me hallaba cuando se me acercó uno de los Malotes, clan de macarrillas muy popular en mi ciudad, que tenía su hábitat natural justo al lado de mi instituto, en Las Jaulas de la Alameda, lugar que les venía al pelo. Pues lo dicho, se me acercó Damián el Malote y me exigió que le diera uno de los dos globos de agua que llevaba yo bien llenitos. Ante mi negativa, Damián optó por explotarme uno de los susodichos globos encima. ¿Y que hice yo, en un arranque de valentía? Pues corresponderle explotándole encima el globo restante, para su sorpresa y para la mía, todo sea dicho, como un acto reflejo. Entonces se materializaron a mi alrededor unos cuantos Malotes más y me tiraron de cabeza al estanque de los patos. He de decir que el último día de clase es frecuente que alguno acabe en ese estanque, pero yo ese día no tenía ese destino hasta el incidente con los Malotes. Lo único que recuerdo gracioso fue coincidir yendo a casa con mi amiga Begoña, que también había acabado por no sé qué motivos en el estanque de los patos, caminando muy indignadas hacia casa, chorreando. Y conservo fresco un odio profundo y visceral hacia Damián el Malote.
Mi segundo y último arranque de valentía fue esta misma noche, en el Papillón (pronúnciese Pápilon). Concretamente en la puerta del susodicho bar. Pues acababa de despedir a Ra, que se me dormía para variar y me disponía a reintroducirme en el local, cuando los porteros, en esta ocasión dos negros de dos metros cada uno, me negaron la entrada alegando que si había salido ya no podría entrar, cosa que me indignó sobremanera y procedí a un intercambio de opiniones más comúnmente denominado tocar los huevos al personal. Los dos sujetos no se apeaban de la burra y yo menos, así que argumentando que si no me dejaban entrar, tranquilita y silenciosa como estaba, procedería a hacer ruído para despertar al vecindario. En buena hora se me ocurrió tal amenaza, porque al primer gesto de llamar a los telefonillos del portal de al lado del local, que es la peor cosa que le puedes hacer a uno de estos sujetos porteriles, uno de los mismos me enganchó por el cuello y me empujó contra la pared. ¡A mí, con lo poquita cosa que soy, que sobra un brazo para abarcar mi envergadura, que caben 40 como yo en un 4x4! Mi arranque de valentía continuó con unos berridos amenazantes sugiriendo por su bien (¡ja!) que me soltara, cosa que afortunadamente hizo. Creí oportuno el momento para poner pies en polvorosa, pero de camino fui llamando a todos los telefonillos que encontraba a mi paso, como pequeña venganza personal que se traduciría en unas cuantas denuncias más para el local. Recordemos que allí hace unos meses me robaron el bolso y en la comisaría me enteré que acumulaban cienes y cienes de denuncias. Pues mientras iba yo despertando al vecindario me fui haciendo con una pandilla de seguidores que debían pensar que yo era una pequeña gamberra urbana, e incluso me pareció oir una petición de matrimonio.
Me fui disparada a buscar a Albert, fuente inagotable de consuelo y bienestar, y de repente reparé en lo que había pasado, que esos sujetos eran los mismos que habían palizado a Juan Lindo unos meses atrás y al ser consciente de todo me asusté un montón, todo esto a posteriori, claro. Y lloré y lloré, hasta que me cansé.
 
Comentario:
No sé por qué, me imagino a Damián el Malote como una especie de Nelson, el de los Simpson.

Ra, ¿quedándose dormida en todas partes, mujer? ¿pero desde cuando os conoceis vosotras dos? ¿desde el instituto ya?
 
Comentario:
Pues menos mal que no te persiguieron con el spray antivioladores como a Juan Lindo. Y menos mal que esta vez no te han robado la cartera. Siento mi parte de culpa en que tu rifirafe con los porteros, ¡siento quedarme dormida en todas partes!
No