Cadillac solitario
Hay lugares mágicos en la vida de cada uno. Lugares que cuando vuelves, la cabeza te da mil vueltas. Sitios en los que parece que respirar es más fácil, que el aire es más puro. Y ayer volví a uno de ellos, el Tibidabo.
La primera vez que estuve allí fue hace cuatro años, creo recordar, cuando vinimos a visitar a Noa, que de aquella se dedicaba a dar de comer a los pingüinos del aquarium. Después de una noche surrealista como pocas, acabamos sentadas delante de La Sal (aquel gran antro en el que cada noche era un aventura) en un sillón que supongo esperaba pasar a mejor vida delante de un contenedor. Allí estuvimos un buen rato hablando con Raimon y con Ferrán de la gripe asiática o la de los pollos o yo que sé de qué enfermedad hablábamos de aquella, cualquiera posterior a la de las vacas locas (época en la que mi hermano Carlitos Mosquera había decidido esperar la muerte sentado en un sillón porque dado su elevado consumo de carne en casa de mi abuela tenía todas las papeletas para desarrollar la enfermedad).
Pues lo dicho, allí estábamos sentadas, parloteando ya de mañanita con estos individuos, cuando nos percatamos que un par de chicos de buen ver nos observaban desde una distancia prudente y nos reían todos los chistes, sin atreverse a acercarse, intimidados por nuestros nuevos amigos. Al cabo de un rato dejamos a estos chicos y nos dirigimos a casa, y en el camino un coche nos pitó y se paró. Eran los chicos que nos observaban. Nos invitaron a ir a desayunar, y allá nos fuimos, sin pensar, contagiadas aún por el ambiente festivo de la noche que alargábamos. El conductor se llamaba Marc, y tenía una sola rasta, muy finita. Amor a primera vista. Por mi parte, y por la de todas mis amigas.
Marc, que era músico y repartidor de La Vanguardia, nos sugirió subir al Tibidabo, a ver la mejor vista de Barcelona. Subimos dando tumbos, pillando las curvas a lo loco. Marc nos hablaba, sin mirar la carretera, mientras de fondo sonaba Stevie Wonder. Ahora me parece una situación de lo más ridícula, pero en el momento la vida era maravillosa. Nos daba igual despeñarnos, si nos despeñábamos con Marc. El recién conocido y maravilloso Marc.
Y llegamos arriba. Y la mejor vista del mundo se presentaba a nuestros pies, junto al antiguo parque de atracciones. Y llenándome los ojos de Barcelona decidí que yo quería vivir aquí, y volver a ver esa vista y a Marc.
Después nos llevaron al Laberinto de Horta (allí donde Bustamante grabó uno de sus últimos y exitosos videoclips). Tratamos de saltar la valla cuando el portero se acercó y nos dijo que esperáramos un rato, que abrirían la puerta y ese día no sé porqué era gratis. Nos pasamos la mañana tumbados al sol, contando historias, mirando a Marc embobadas, intentando seguir alargando el tiempo, intentando olvidar que esa tarde volvíamos a Galicia.
Y cuatro años después, aquí estoy. Y ayer, descifrando el mapa desde lo alto me acordé de aquel día, de todo lo que ha llovido desde entones y lo que está por caer. Y de lo feliz que soy.
La primera vez que estuve allí fue hace cuatro años, creo recordar, cuando vinimos a visitar a Noa, que de aquella se dedicaba a dar de comer a los pingüinos del aquarium. Después de una noche surrealista como pocas, acabamos sentadas delante de La Sal (aquel gran antro en el que cada noche era un aventura) en un sillón que supongo esperaba pasar a mejor vida delante de un contenedor. Allí estuvimos un buen rato hablando con Raimon y con Ferrán de la gripe asiática o la de los pollos o yo que sé de qué enfermedad hablábamos de aquella, cualquiera posterior a la de las vacas locas (época en la que mi hermano Carlitos Mosquera había decidido esperar la muerte sentado en un sillón porque dado su elevado consumo de carne en casa de mi abuela tenía todas las papeletas para desarrollar la enfermedad).
Pues lo dicho, allí estábamos sentadas, parloteando ya de mañanita con estos individuos, cuando nos percatamos que un par de chicos de buen ver nos observaban desde una distancia prudente y nos reían todos los chistes, sin atreverse a acercarse, intimidados por nuestros nuevos amigos. Al cabo de un rato dejamos a estos chicos y nos dirigimos a casa, y en el camino un coche nos pitó y se paró. Eran los chicos que nos observaban. Nos invitaron a ir a desayunar, y allá nos fuimos, sin pensar, contagiadas aún por el ambiente festivo de la noche que alargábamos. El conductor se llamaba Marc, y tenía una sola rasta, muy finita. Amor a primera vista. Por mi parte, y por la de todas mis amigas.
Marc, que era músico y repartidor de La Vanguardia, nos sugirió subir al Tibidabo, a ver la mejor vista de Barcelona. Subimos dando tumbos, pillando las curvas a lo loco. Marc nos hablaba, sin mirar la carretera, mientras de fondo sonaba Stevie Wonder. Ahora me parece una situación de lo más ridícula, pero en el momento la vida era maravillosa. Nos daba igual despeñarnos, si nos despeñábamos con Marc. El recién conocido y maravilloso Marc.
Y llegamos arriba. Y la mejor vista del mundo se presentaba a nuestros pies, junto al antiguo parque de atracciones. Y llenándome los ojos de Barcelona decidí que yo quería vivir aquí, y volver a ver esa vista y a Marc.
Después nos llevaron al Laberinto de Horta (allí donde Bustamante grabó uno de sus últimos y exitosos videoclips). Tratamos de saltar la valla cuando el portero se acercó y nos dijo que esperáramos un rato, que abrirían la puerta y ese día no sé porqué era gratis. Nos pasamos la mañana tumbados al sol, contando historias, mirando a Marc embobadas, intentando seguir alargando el tiempo, intentando olvidar que esa tarde volvíamos a Galicia.
Y cuatro años después, aquí estoy. Y ayer, descifrando el mapa desde lo alto me acordé de aquel día, de todo lo que ha llovido desde entones y lo que está por caer. Y de lo feliz que soy.
Comentario:
Aquí en Granada, durante una temporada tuvimos por costumbre acabar la noche fumándonos un beedie (cigarrillo hindú) en el Paseo de los Tristes, desde donde puedes ver amanecer con la Alhambra de fondo.
Todo muy romántico. Todo muy bonito. Luego el resto de la semana te acompañan las toses de la muerte por culpa de nuestras agradables temperaturas y del cálido airecillo de Sierra Nevada que nos baja. Así que hubo que dejar la costumbre.
Qué bueno lo del Garci.
¿Nadie se trincó al Marc?
Todo muy romántico. Todo muy bonito. Luego el resto de la semana te acompañan las toses de la muerte por culpa de nuestras agradables temperaturas y del cálido airecillo de Sierra Nevada que nos baja. Así que hubo que dejar la costumbre.
Qué bueno lo del Garci.
¿Nadie se trincó al Marc?
Comentario:
¡Oh, nena! ¡Qué bonito! Me recuerda mucho a la primera noche que llegué a Madrid, ya para vivir allí, llegando a las ocho de la tarde y a las diez de la noche ya borracha con Pachi en mi nuevo hogar, rompiendo la lámpara de lava de mis nuevos compañeros de piso (que resultaron ser encantadores y nunca me perdonaré por no contarles jamás que fuí yo la que rompí la horrible y tujísima como de puticlub lámpara de lava, no dejó de funcionar por sí misma por ser un producto de baja calidad de Casa. Soy una lercha, me callé como una puta), luego callejeando por Malasaña para terminar en el divertidísimo Morocco gastándonos los cuartos en gintonics como un par de cuarentonas salidas y haciéndonos amigas de Héctor, que pese a portar bisutería era el encanto y la inteligencia personificados, ligando con un guapetón de Brooklyn y terminando viendo amanecer en plena Gran Vía, sentadas con nuestros nuevos mejores amigos en un banco delante del Nebraska, hablando del amor y de las relaciones y de la vida delante de aquel sol de Octubre que empezaba a despuntar en el anuncio de Scheweppes, y luego meándonos de risa al entrar en el Nebraska para desayunar al ladito mismo de José Luis Garci y comprobar que sí, un domingo a las ocho de la mañana, Garci habla de cine y no para de fumar. Qué súper-recuerdos.
Comentario:
Sí, pero estaba tirado borracho en la ladera del Tibidabo, aissss, que hay que explicarlo todo!
Comentario:
el tema de cadillac solitario tiraba los tiros por otro lado no?





