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Hubiera preferido vestirme de chulapo
Hubiera sentido el poder de los músculos
De vivir a expensas y cazar en colectivo
De practicar la tauromaquia, jugar en colchonetas…
No mancharme de barro, con la carne tersa y caduca.
Veinte años de roces en la vida, de daños…
Rodillas sucias y corazón duro en mollera
De calles, cabañas y cigarros de papel sin prender
Niña de colores marcados por el Sol de cuatro estaciones
De ropa rasgada y berretes de helado fundido al Sol..
Sin quitarme lo bailao, disfruto de su recuerdo.
Con el paso de los años, tiro de repasos y prendo
Las calles, el calor dentro de nuevas cabañas y los cigarros…
De diferente chocolate y ya no sólo de papel.
Ningún reproche yo haría a las angustias, a los sobros…
A los sobros, como a los vicios, solo hay que acicalarlos,
Solo hay que saberlos mecer.
Es muy jodido tomar decisiones, por muy banales que sean, por muy simple que sea una… Cada día, con cada grano de arena, las cosas se piensan más, o pensar no es quizá la palabra para alguien que no lo hace a menudo, mejor “las cosas se llevan de diferente manera” cuando el mundo se deja de ver en colores de circo, para verlo negro -que no negativo-.
Este rincón pide un descanso, ya no acepta cualquier burrada, ni cualquier insensatez… me lo pone difícil para darlo color, ni con la inmesurable lucidez de Berlín en septiembre. Y es que como decía Michi Panero… “en la vida se puede ser todo menos coñazo”. Me aplico el cuento; eso sí, éste no me impide leeros.
A falta de poder utilizar la página para subir canciones, tiro de rucursos alternativos... aquí
Se tiende a no apreciar lo que no tiene precio
Estoy harta de ver buitres con talonarios. Esperando presas de forma indirecta, o sin reparo de forma explícita como hace el empleado de funeraria en la planta de un hospital en las últimas. Indagando, acechando y adentrándose en la mierda cuando creen olerla.
Todo se deja firmado antes de la muerte, por si acaso no se responde. Inteligentes son, descubriendo que los muertos no hablan ni se rebelan, y por suerte para sus almas, tampoco sienten.
El valor que se le adjudica al papel es el valor que nos adjudicamos. Todo tiene un precio que hay que pagar. Poco vale el desmejorado, y algo más el repeinado. Pero nada vale nada, si se le pone precio. Prefiero el mercado negro, una alternativa más, a comprar y vender unas armas que, por moda, no conviene ofrecer a la vista.
Desafortunadamente, lo ganado/robado del millonario pasará a otras manos sucias, como el mechero, la pelota de playa o el beso. De mano en mano y de boca en boca… perdiendo valor. Nada poseemos realmente, solo lo que pisas en ese momento, lo que coges con tus manos, lo que haces… Pero nos movemos, las manos palpan cien mil cosas al día y todo lo que haces se desvanece tarde o temprano. Quizá no seamos tan importantes, cuando sólo estamos de paso.





