Fuego y Ceniza
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El fuego que quema suele ser propio, y la ceniza siempre ajena.
Mara quema a David, y éste barre cuidadosamente las cenizas cuando Mara se apaga. Viven en un apartamento de escasos metros cuadrados donde difícilmente caben sus corazones.
Sin lujos, sin tendedero y sin pestillo. Nadie les robará puesto que lo deseable lo llevan puesto, pero intercambiado.
Llegando a duras penas a un fin de mes bisiesto y eterno con menos de lo justo, toca alimentarse el uno del otro. Y se sientan a la mesa encantados sin la educación pertinente de dos jóvenes okupando y devorando a su contrincante de sexo opuesto.
Sólo hay que observarles revolcándose en un verde parque de un barrio cualquiera para conocer lo que es el amor personificado. La grandeza de dos cuerpos hechos uno, en forma de hilo anudado adrede por un cupido laborioso y perfeccionista.
La libertad para amarse sin escatimar en pasión. Con el beneplácito de abrirse en canal y penetrar hasta llegar a sus más íntimos enseres. La eufórica entrega pactada. A sabiendas de aportar pizquitas de envidia salada a una sociedad con abundante incredulidad. Con la amargura de acostarse en una cama limpia, pero demasiado fría.
David toxicómano de Mara sin ánimo de rehabilitarse. Mara sólo tiene sonrisas cómplices para quien tiene “mono” de ella. Esas sonrisas delatoras del placer de la noche anterior en una cama con sábanas calientes, y coja, por tener una pata partida.
La libido llama siempre a su puerta sin pestillo. Ellos optan por copiar una llave más y entregársela, puesto que ella les regala el deseo de amarse.
Al final, en la casa ocupada por pequeña que sea, entran más de los esperados. Una choza de gatos y gatas callejeros, de pasiones y apasionados, de miradas comidas por celos, de vecinos pidiendo sal –en forma de pizcas de envidia salada-. Los corazones ensanchados dan cabida a lo inimaginable, que las noches son muy frías y no lo soportarían… unos corazones abrasados entre brasas y abrazos.
Fotografía Los enamorados de la Bastillas, París, 1957 (de Willy Ronis)
Alfonsos
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Cuerpo inerte que yace sobre una cuneta desdoblada. Como mis manos al rato de amarte.
Vidas sin rastro de ganas por vivir. Vidas tan paralelas que se cogen de la mano, como la madre protectora agarra a su hijo y lo abriga. Sin reconocer que lo asfixia. Que lo ama con locura, la misma locura del desquicio. El mismo desquicio del cuerpo inerte al rato de desvanecerse. Y la rabia y el llanto del arrepentido ante sus actos.
Alzada la penumbra, las manos –con sus palmas resguardadas por el frío- se incitan a un juego de venganza. Con el desvelo desquiciante del que observa el arrepentimiento manchado en gestos.
Los puntos negros unen formas de seres sin forma física. De esos seres que antes vivían en ghettos con chatarra por muebles. De sobras por desayuno, y de cubos -llenos de agua- por grifos.
Abandonaron la miseria, pero ésta les persiguió hasta su muerte. Sin pan que dejar a sus hijos sucios de amor. Con la única herencia de una guitarra vieja que nunca llegó a enseñarles tocar.
Nada es lo que parece

La hipocresía huele, es como la mentira. Los mentirosos son tontos si creen que saben mentir. Los cojos no corren, por el mismo motivo, tarde o temprano les pillarán. Y si de correr se trata… estamos navegando en un mar de peces, que en este caso quien no nada rápido vuela. Como las palabras. Como las voces, esas que tanto daño hacen cuando expulsan sonido, y que tanto más hieren cuando no se escuchan.
En ocasiones esperamos respuestas aceleradas como buenos impacientes que somos. Preferimos incluso frases duras y borderías antes que la simple indiferencia. El tabú de las cosas que duelen solo sale a la luz después de hurgar toda una vida en la yaga.
Las yagas no duelen salvo si pinchas en ellas. Como las relaciones enfriadas. Que hay que hervir a fuego lento para poder manejarlas.
La cara dicen que es el espejo del alma, pero mienten. Buenos actores hay por debajo de los escenarios y detrás de una cámara, que actúan sin guión prefabricado por otros.
El rostro ajeno no siempre te va a decir lo que piensan los adentros de un cuerpo ajeno. Muchas veces no hace falta un rostro, ni siquiera palabras. Con gestos abres ojos. Y con acciones reaccionas. Y muchas otras veces solo con respirar ya hueles la mentira.
Tan real como que el león huele el miedo a su presa. Como la presa corre por no poder volar.
Tardes de domingo

Miedo a los picnics sin compañía.
A los domingos sin salida,
Que no son más que sillas sin sombra al lado
Con tristezas puestas al día.
Despedazando lo in-diseccionado con la vana esperanza de encontrar algún corazón en oferta. Sin más comprensión que lo escrito en un viejo papel de lija. Y sin nada por añorar que me restriegue ese papel por las venas, y me deje seca. Miedo a no entender lo oído, miedo a no querer entenderlo, y no querer oírlo. En las tardes de domingo sin sol, en aquellas tristes tardes sin sombra.
Cervecerías ya me hacen descuentos, pasando por alto mis malos desprecios y delirios. Mi familia me cobra disimulos, aún sabiendo que los pago con su dinero robado. Y, ¡poco o nada me importa ya! Que me quiten de cuajo las pieles y alijen mis venas o que me dejen como estaba, desprotegida –despellejada-.
“...bajo el sol que me apuñala
vivo sin patria ni dueño,
como el aire lo regalan
y el alma nunca la empeño
con las sobras de mis sueños
me sobra para comer...”
Joaquín Sabina (Cuando Me Hablen del Destino)
Escúchala aquí: http://212.80.167.236/LaOtra/actuaciones/BAS33_ACT_SABINA.WMV





