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Cuenta atrás (2ª parte)
8,5
Raquel siente que Mario la mira, que permanece dos pasos con la mirada hacia ella, esperando que ella haga lo mismo. Raquel sigue con la cabeza agachada. En la arena están sus huellas. Las de ida y las de vuelta. Y ahora otra vez. El agua está negra, pero la espuma hace remolinos blancos, burbujas de felicidad que explotan y desaparecen. Bueno, sí, mojan la arena, arrastran algún grano de cuarzo.
- No te creo.
Mario se encoge de hombros, busca algo que mirar que no sean los faros de los coches, o los letreros luminosos coronando las azoteas de los edificios, o las luces de la discoteca al final de la playa, lugar al que casi están llegando. A medida que se acercan, los grupos de gente son más numerosos. Se escabullen del interior de la discoteca para fumar un porro, charlar o enrollarse, casi nadie pasea a esas horas de la madrugada. Sólo ellos.
- Eso se lo dirás a todas –vuelve a decir Raquel–. Me da la impresión que no es la primera vez.
8
Mario permanece en silencio de nuevo. Por encima de sus cabezas, una luz azul recorre el paseo. Un coche policía hace sonar su sirena al llegar al semáforo y unos chicos, que estaban fumando sentados en la arena, levantan la vista. El coche pasa de largo. Raquel saluda a uno de los chicos y este le devuelve el saludo sin acercarse. Es mi hermano, le dice a Mario sin atreverse a mirarle.

continuará...
 
Cuenta atrás
10
- Podemos ir a un hotel.
- Conozco uno aquí al lado.
- ¿Lo has hecho otras veces?
- Nunca.
- ¿Cuánto llevas con tu novio?
- Más de nueve años. ¿Y tú?
- Cinco.
Mario y Raquel caminan por la arena. La noche es oscura, ninguna estrella, ningún satélite; las únicas luces provienen de los coches, escasos, que a esas horas circulan por el Paseo. Los faros iluminan intermitentemente la playa, la espuma de las olas que se rompe y se cuela hacia el subsuelo, empapando la arena.
9,5
- Ha hecho buen día.
- Sí, parece que llega la primavera.
- Hoy había gente en la playa.
- ¿Estuviste?
- No, que va. A la hora de comer…
- ¿Estás seguro?
- ¿De qué?
- De lo del hotel.
- Bueno, sí… no.
- Y si…
- ¿Y si…?
- Total…
- Podíamos dejarlo para otro día.
- ¿Tú crees?
- Tienes razón.
Mario es un poco más alto que ella, ella camina a pasos un poco más cortos que él y mueve la nariz como una ardilla. Cuando hablan no se miran y, en los silencios, furtivamente, aprovechan sin que el otro se llegue a dar cuenta.
- ¿Entonces?
- No sé.
Ríen, nerviosos. No tienen nada que perder. Parece fácil: dos desconocidos que se atraen, dos desconocidos que no volverán a verse y van a compartir una noche de hotel.
- ¿Tu ciudad es parecida?
- ¿En qué? La gente es muy distinta: allí todos caminan mirando el suelo y con prisas. Hace calor y, en verano, es imposible estar en la calle de día.
Mario la mira. Espera que ella diga hacia donde ir. Se han recorrido toda la playa, un muro de piedra les impide seguir avanzando. Pueden volver sobre sus pasos, hacer el camino de vuelta hasta la discoteca. Otra vez.
- Yo estuve. De pequeña. Vivíamos en casa de una tía mía. Recuerdo que había un parque cerca y cacas de perro.
- ¿Cacas de perro? Conozco el parque.
Raquel no se ríe, gira sobre sí misma y empieza a caminar en dirección contraria. Mario la sigue, algo desilusionado.
- Lo que más me gusta de aquello es que nadie te conoce.
- Lo que más me gusta de esto es que nadie me conoce.
- Claro, llegaste ayer.
- Hoy.
- Y te vas mañana por la mañana.
- Y no creo que vuelva. ¿A ti te gustaría visitarme?
- ¿Y tu novia?
9
Sus miradas chocan, a medio camino de sus rostros, en un punto insignificante en la oscuridad de la noche, en una playa iluminada a ráfagas por coches que no van a ninguna parte.
- ¿Aquello qué es?
Mario señala un disco de luz que aparece periódicamente por encima de los edificios hacia los que caminan.
- La Torre. ¿La conoces?
- No me ha dado tiempo. Apenas he tenido tiempo de comer.
- ¿Te gusta tu trabajo?
- Sí. ¿Y a ti?
- También… creo.
- ¿Sí o no?
- A veces. No me creo eso que dicen de que el trabajo realiza y demás. Es un invento de los jefes. Lo único que quieren es que te metas en una hipoteca para que no puedas dejar el trabajo. Los bancos son unos ladrones.
- ¿Cuánto tiempo llevas aquí?
- Seis años, ¿por?
- No hablas como los demás que he conocido.
- Lo sé. ¿Y eso te gusta?
- Eso y más cosas. Tu iniciativa… y que puedo hablar contigo como si te conociera de siempre.
- A mi me pasa lo mismo.
- Eso es peligroso.
- ¿Por?
- Me podrías romper el corazón.
- Eres muy gracioso.
- Lo digo en serio.
 
El amigo visible
NOS ESTAMOS MUDANDO
(Autor. Kiko Veneno - José Mª. López Sanfeliu © ®)

Nos estamos mudando
relaciones cambiando
las ideas viajando
Volvemos a empezar

La cabeza en la azotea
la casa pintando
la llave vieja
la tengo que entregar


Estuvo aquí unos días, pocos. Tiene la mirada clara, cuerpo de oso. Bebimos, fumamos (no había marihuana) e hicimos lo que pudimos con la noche. No dio mucho de sí. Nos recogimos pronto, sin daños colaterales, ni siquiera una conversación femenina. Estoy bastante desentrenado, lo reconozco. Cada vez soy más ojos y oídos. Me contó sus últimas cosas con un gesto de amargura, hablamos del futuro, que siempre está en otra ciudad, como si fuera escapando. Anduvimos descalzos, cada uno por el cariño del otro, por algo sabemos mejor que nadie lo que pasa antes de contarlo. Creo que si fuese infiel, sería el primero en saberlo, antes que ella incluso.
Nos presentó Kiko Veneno en un puesto de gallina ponedora, una mañana en la que no había mucho trabajo y era verano. Yo ya no estaba soltero. Él andaba, como ahora, en busca de la mujer verdadera, del polvo perpetuo. Eso que los hombres como nosotros añoramos, deseamos, pretendemos. Una mujer capaz de sonreír y de llevar la vida como surja y… querer. Quizá generosa, esquiva, hasta ahora invisible. A todas horas la busco. Cuando la encuentre, te llamo enseguida, amigo.
 
Sonrían si están enamorados
Y esta felicidad que me acompaña desde que me levanto es rara, hay que aprovecharla. Un momento así puede durar un segundo o una hora. Igual pasa, a ratos, con el orgasmo. Déjeme contarles, si todavía no dejaron de leer, algo que aumente su intriga, pero no decaiga la lírica pues eso es lo que me he propuesto darles. Aquí nadie mató a nadie y toda la trama se reduce a un paseo rápido por las fotografías inexistentes de una mesilla, un domingo desaparecido entre las tres casas en las que hemos vivido, entre cenas y brunchys improvisados, el sexo (siempre el sexo) y alguna amargura. Porque también las hieles tienen su función. Sobre todo ahora que recuerdo como vivíamos en 30 metros cuadrados y comíamos un taperware a medias y yo escribía mi primera novela y luego un guión. Sabía que ella llegaría con la noche y yo pasaba el día escribiendo y dándole vueltas, leyendo (que es lo mejor que se puede hacer sin ella y cuando ella está y no me hace caso; también. Porque ella me huye, sí, de vez en cuando, como los gatos debajo de la cama). Y ella llegaba. Daba igual qué hubiese escrito y cuánto y nos queríamos.
 
¿Y qué es lo que está buscando?
Algo de intriga, ¿quizá? Lo siento. Se me perdió una coma en el bolsillo y no soy capaz de dar con ella. Hasta entonces mucho me temo que ni identificación pueda ofrecerle. Pero déjeme que le meza los oídos con algunas palabras (siempre puede encender el televisor y llenarse de imágenes). Recorra conmigo las fotografías de mi mesilla, que no son ninguna, pero puedo inventarlas según le descubro que este olor a ángel que me acompaña, casi seguro que proviene de Laura (dormida). Ya puestos déjeme también decirle al oído de la felicidad momentánea –que es la única que existe y es demasiado, tanto que estos instantes merecen todo lo que la realidad supone–, que ella, Laura, es la única ventana por la que puedo escapar. Una ventana con forma de mujer y olor a vainilla (lo sé: quizá los ángeles no tengan que oler a vainilla, pero el mío así es), cara de luz y mirada cándida. Humilde como las Diosas de la vida, una vida que no es fácil sin manual de instrucciones, en la que es fácil extraviarse hacia los brazos de una pelirroja. Ella dice: son teñidas, pero quizá eso es lo que me atrae, esa mentira de orgasmo, esa promesa de sexo fácil que nunca se cumple. Cuando tenemos luz queremos sombra. Así es el hombre. Y la mujer.