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Sindicación
 
Instinto
Cuando se muera el gato no quedará nada de mi padre. Y la verdad es que sólo le puso el nombre. No lo quería. Si por querer se entiende no darle palizas.
El nombre es poca cosa. No es académico, ni tiene razón. Nadie preguntaría, al oírlo, por qué se le puso; y si alguien lo hiciese, ninguno de nosotros sabría responderlo. A veces me pregunto que hubiese pasado si llega a ser gata. Habría dado igual: tenía que llamarse Chico. Y sin embargo, no hubo ceremonia a la hora de ponérselo. Lo dijo al aire, como para ver si le pegaba. A mi madre y a mis hermanos y a mí nos debió parecer bien. Chico. Tres varones y ahora un gato: quien siempre salía perdiendo era mi madre.
Chico era una bola de pelo que enseguida se hizo grande. Grande y con rayas negras sobre fondo marrón. Los ojos verdes y limpios, como un espejo. Su juego preferido era correr por los pasillos y saltar contra la pared apoyando todas sus patas un metro por encima del suelo. Después se lanzaba sobre la alfombrilla de la cocina, e inmovilizándola con las zarpas delanteras, no paraba de golpearla con las traseras. Era su forma de darnos la bienvenida: ebrio de alegría por nuestro regreso, corría y saltaba (al menos un metro), arañaba, mordía y nos hacía reír. Siempre terminaba tumbándose sobre los muslos de uno de nosotros que, sentados en el tresillo, fingíamos mirar la tele.
Mi padre nunca vio estos juegos. Justo antes de que se abriese la puerta, Chico era el único que podía escapar debajo de la cama. De vez en cuando, desde el salón, se escuchaban bufidos mezclados con los jadeos. Siempre le acababa cogiendo. El castigo debía ser público. Eso era el respeto.
 
Carta a una amiga que escribe
Una tarde de domingo triste, como buscar la última página del Babelia y que Lobo no esté, así es el espacio-tiempo desde el que escribo esta tarde.
El ser humano tiene tendencia a creer que el presente representa. Todo ha debido de ser siempre así, como lo estoy viviendo, ni mejor ni peor, en cualquier caso: mejor (ya lo dijo el poeta). Antes sí que se valoraba la Literatura (¿?) Y entonces llegó mi gato. Luego vendrán los niños y tendré que correr por el jardín intentando que no rompan el suplemento antes de leerlo, que no pringuen el portátil, que duerman toda la noche de un tirón. Ella me querrá siempre como me quiere ahora y seré feliz como mientras escribo estas líneas. Pero distinto. La tarde está gris y por la ventana se escucha el sonido de las (recurridas) gaviotas. Sobre los tejados, las nubes me amenazan, empapadas. Y es domingo. Sé que tendré que salir a pasear y pasearemos hasta La Dársena, porque somos de costumbres.
Ya estamos allí, pido una cerveza entre el tintineo de los aparejos de esos barcos, como de mentira, que miran, miran continuamente las galerías, que son la cara turista de esta ciudad. Abro el libro y me sumerjo en esas entrevistas que has hecho y has publicado y ahora han vuelto a publicarte y me enternezco al leerte a Saramago junto a Pilar. Y a Elvira sigo sin entenderla, pero ¿qué más da? Sampedro me sigue pareciendo el abuelo más tierno del mundo (¡Cómo disfruté La sonrisa etrusca!), su esposa parece un encanto. Bebo. Hubiese sido mejor pedirme un café (como ha hecho ella, Laura por encima de todas). La temperatura sigue bajando y vuelvo a coger la libreta, pero ya no recuerdo por dónde iba… Ah, sí: ¿Periodismo o Literatura? Ambas con mayúsculas, como lo que tú haces, porque la vida es otra cosa y todos vamos en el mismo barco, cargados con los mismos miedos: la vida es una puta que en cuanto te agachas aprovecha para darte por el culo.
Conociste a Lobo -me lo has contado tú misma en una de esas noches de cena y buen vino- y ayer no tuvo una buena columna, todos tenemos un mal día y hoy me puso triste leer al maestro (¿recuerdas "De la muerte y otras niñerías"?) y ver que no daba la talla. Leo la dedicatoria que me hiciste el otro día. Los garabatos rápidos con los que Laura sonrió agradecida. Yo también te doy las gracias. Gracias. Apuro la cerveza, esta rubia de melena fría que se me clava en el estómago, donde se instalan las mujeres que quieres (el corazón es un músculo tonto, mecánico), por eso las vacas tienen cuatro estómagos ¿y las moscas? No sé, Elena, no sé decirte, ni cómo, que tanto Laura como yo, tenemos suerte de ser tus amigos. Y que esto de El oficio de amar se merecía un libro.
 
Luna llena
Luna llenaTodos llevamos un psicópata dentro, de vez en cuando lo dejamos escapar, lo volvemos a esconder hasta la próxima. Miro a mi alrededor y te digo quienes son, es fácil reconocerlos. Tienen las pupilas dilatadas, los ojos abiertos, dejan entrar más información de la que pueden procesar, por eso se vuelven locos. Por eso y por el estómago vacío. Es más difícil soñar con el estómago vacío, imposible pagar las facturas. Los locos no tienen un trabajo del que puedan sentirse orgullosos y lo peor es que no lo comparan con el de su vecino. Además la tienen pequeña, a algunos locos ni siquiera se les pones dura. Los locos sólo tenemos dos cosas dentro: una vaca y una mosca (el psicópata es una metáfora). Bien lo sabía Monterroso. Comienza un nuevo día, ánimo.

Fecundidad
Hoy me siento bien, un Balzac; estoy terminando esta línea.
Movimiento perpetuo. Augusto Monterroso
 
Literatura o vida
La literatura es todo. La literatura es nada. Y hay que elegir: literatura o vida.
Siempre, al despedirnos, tenía la sensación de que nos quedaban un millón de palabras sin decir y, sin embargo, sabía que era mejor así. No sé porqué, imagino que cada uno teníamos que ir por un lado, aunque aquel día no fuéramos a tomar ninguna decisión irremediable. El libro, nuestro libro, estaba casi acabado o eso creíamos y a lo máximo que yo aspiraba aquella tarde era leer algo, recuerdo que estaba con Los detectives salvajes, y él pensaba positivar algunas fotos. Había comprado papel del número 2, uno que le daba justo el contraste que él quería pero que iban a dejar de fabricar; las cámaras digitales estaban arrasando y aquellos productos cuasiartesanos, imagino, dejaban de ser rentables.
Nos volvimos a despedir, levanté la mano y dije algo como subrayando la frase anterior, haciendo hincapié en algo que seguro que no lo tenía, pues ni siquiera recuerdo lo que dije. Él estaba a punto de entrar al supermercado para comprar… qué sé yo, cualquier cosa, algo con lo que llenar el frigorífico y matar el hambre cuando le hiciese levantarse del ordenador (él también escribía en ordenador, intentó hacerlo en una Olivetti, pero no fue capaz: primero le chirriaba el oír su desacompasado martilleo de las teclas y luego el no poder corregir sobre la marcha. Cuando me lo contó, yo pensaba que somos hijos de quien somos y todo lo romántico que tenía aquella postal no dejaba de ser puro pastiche melodramático para algún culebrón de cinelandia). Mierda y folklore. Poesía, contestó desde la puerta del supermercado, estás llamando folklore a la poesía. Y agaché la cabeza y seguí caminando, caminaba deprisa como si tuviera que hacer algo urgente, Laura cogida de mi brazo y un sol traidor para ser enero, pero qué sé yo de soles en Galicia. Creo que sonreí o volví a decir algo, no lo recuerdo, y luego me concentré en la mano de Laura en mi brazo y él entró y yo dije hablamos.
 
De gaviotas y palomas
Alguien ha leído el primer comentario que publiqué y me obliga a reconocerlo. Tiene razón: soy de Madrid. Allí no tenemos gaviotas, excepto en el Vertedero de Valdemingómez (al que llegué por una historia demasiado larga para contarla aquí y ahora). En Madrid, sin embargo, abundan las palomas: esas máquinas de hacer mierda con alas, con las patas rotas, desplumadas, tuertas y algunas otras mutaciones que prefiero no revelar en estas líneas. La gaviota, a mí me lo parece, es más elegante, incluso pensé que las gentes de esta ciudad estarían orgullosos de ellas… Otra vez estaba equivocado. Para ellos son la misma mierda que las palomas o peor. Yo las veía (las sigo viendo, con perdón) limpias, altivas, presumidas, fotogénicas y su mierda –cuando menos– más corrosiva y abundante que la de las palomas. Y todavía me queda una virtud que enumerar: las gaviotas, a diferencia de las palomas, tienen puntería.
 
Cafeterías

Ayer comí en una cafetería. Me gustan las cafeterías que son como los bares. Paso mucho tiempo en ellas; no hay mejor manera de saber en que ciudad vives. Y si algo va mal, siempre puedo refugiarme en mi libreta. Sobre todo me gustan las cafeterías en las que no te aplican un impuesto de lujo; las cafeterías donde la cocinera es la esposa del camarero, que a su vez es el dueño. No me gustan las franquicias, me gustan las cafeterías con pátina, donde las hamburguesas vienen envueltas en una servilleta y no tienes que elegir la marca de la cerveza, me gustan las cafeterías donde una caña es una caña: cerveza fría. Cafeterías de decoración original e intransferible y no réplicas exactas. Cafeterías donde la parroquia pueda discutir de fútbol y llamarte rojo, insultar a un famoso jugador del equipo local (¿no debería citarlo? Fran el del Deportivo, pero Fran es caduco, no así las cafeterías, los bares), plazas donde se alza la voz y oigo a personas llamarse por su nombre y uno se alegra de no sé qué fichaje y otro le interrumpe, pide silencio, todos callan porque entienden, miran por el ventanal, yo también miro: una minifalda pasea la calle.
Mañana me gustaría estar con ella, mirarla, saber qué hace.
 
Una mañana cualquiera
Se despierta. Enciende la radio. Pone una bolsa de basura en el cubo vacío. Calienta un vaso de agua y añade una bolsita. Hoy no hace café, el té tarda más en enfriarse. Enciende el ordenador, busca el primer porro. Fuma.
Es algo parecido a la lectura. Escribir duele. Teclea. Escucha la música. Sigue. Tiene una idea. Quiere que crezca. Sabe (o no) que va a algún sitio aunque no se mueva, nunca tiene vacaciones. Ríe. Llora. Vuelve a leer. Ya se ha dado cuenta: siempre se está igual de solo, ahora o entre un millón de personas. Duele. Hecha la ceniza con cuidado de no manchar. Toma un sorbo, todavía está caliente.
Tres, cinco, siete. Este párrafo debería tener siete líneas. Lo piensa y se levanta. Ahí está el ritmo, sabe que lo tiene, ha de esperar un poco más y lo estará consiguiendo. Como dijo dios (uno de ellos, Bukowski) gana el que resiste. ¿De quién lo copiaría?, piensa. Tose. Anoche se acostó tarde, hoy no se ha levantado pronto. El gato quiere caricias. Él también. Está solo, no triste. ¿Cuánto hace que no echa un polvo? Vuelve a la pantalla. Exhala. Cuenta los verbos, echa de menos los adjetivos. Amargo. Siente que sus neuronas se van destrozando y ya nadie grita en su cabeza. Se relaja, nadie.
Fuera llueve, pero podría hacer sol (a lo mejor es al revés). Oye el sonido de las teclas por encima de la música. Y se deja llevar. De pronto la canción cambia y se convierte sólo en voz. Exterior. A capela dice cosas demasiado tiernas, siente la tentación de llamarla por teléfono y subir el volumen. Acercar el auricular al altavoz, escuchar que dice algo al otro lado. No hablar. Sólo esperar. Si contestase terminarían hablando de cualquier cosa. Y no lo hace. El ruido le ayuda a no escuchar. Por eso lo primero que hace al levantarse es poner la radio. Imágenes que no cesan. No puede parar. No sabe. Quizá sea mejor ir a esa cafetería donde ponen videos musicales, la camarera es rubia y le sonríe. Sabe que no hay más. Es sólo un café con leche y tostada. Es. Eres.
Antes de salir, echa de comer al gato.
 
La naranja mecánica. A. Burgess (1962) – S. Kubrick (1971)
La naranja mecánicaEstos días las palabras violencia y Londres son una asociación de ideas inevitable. Me refugio (o no) en la literatura que es mi única manera, junto al cine, de entender la vida. Abro un libro para no recordar que hace un año, poco más, muy cerca de dónde yo nací, de dónde todavía viven mi madre y hermanos (el corazón en un puño, la sangre en el cuello, la mirada húmeda, nervios) explotaban bombas, personas (algún amigo) volaban por los aires. Y el libro que abro es (inevitable) La naranja mecánica.
Para la mayoría de los mortales La naranja mecánica es una película de Stanley Kubrick que trata sobre la ultraviolencia, pero, druguitos míos, los que hemos leído la novela de Anthony Burgess conocemos el verdadero significado de la palabra angustia. ¿Alguien que haya leído el libro desearía vivir dentro de la cabeza de un híbrido entre skin y hooligan, pero vestido de diseño? Página tras página –en la película, escena tras escena– nos muestran que el mismo cerebro humano es capaz de conmoverse con la novena sinfonía de Beethoven y también de destruir, violar, matar... ¿en masa?
Aún peor: Anthony Burgess escribió la novela a raíz de que su esposa fuese violada por cuatro marineros americanos durante la segunda guerra mundial. El arte imita la realidad, la realidad siempre supera la ficción.
 
Las zapatillas rojas
Hace tiempo me compré unas zapatillas rojas. No tenían nada especial, pero pensé que me daban suerte. Estuve un mes con ellas puestas hasta que esta mañana me levanté y cogí unos zapatos. Nadie se dio cuenta. En el sitio donde suelo desayunar, ya pasada la una del mediodía, me pusieron mis tostadas de pan con mantequilla y mermelada, sin mencionarlo. Intercambié algún comentario, sobre fútbol o acerca de la lluvia, con el camarero, pero no dijo nada (de las zapatillas, del cambio de las zapatillas, del cambio de las zapatillas y de todo lo que significaba el haberlas llevado un mes, un mes entero sin importarme que lloviese o hiciese sol, sin pararme a pensar si serían apropiadas, aunque también es cierto: unas zapatillas rojas valen para todo).
En el periódico tampoco decían nada. Suelo leer detenidamente la sección Local, sin embargo, en sus catorce páginas no había ninguna referencia ni anuncio. Me llamó la atención que había subido el índice de atropellos y que una Asociación de Vecinos le pedía al Alcalde que reformase unas calles por las que no cabía una ambulancia. Leí con atención todas las letras, las palabras, todas las páginas, pero en ninguna parte encontré la esquela de mis zapatillas (rojas).
 
366 palabras para decir hasta septiembre
Aquí, en junio, y este año ha sido a finales, las gaviotas hacen sus nidos en los tejados de enfrente de mi casa. Con la llegada definitiva del calor, ellas continúan con su ciclo vital y nosotros nos despojamos de la ropa y nos tumbamos en la arena, mostramos nuestras vergüenzas y esperamos que el sol nos produzca un cáncer o, al menos, nos queme la piel (aquí, en esta ciudad, el agua está demasiado fría y casi nadie se baña). Desenterramos los bártulos, incluido el sombrero de paja, compramos un nuevo bañador porque el del año pasado está pasado de moda – en las REBAJAS, que acaban de empezar, ¡todo está tan barato!– y volvemos a tumbarnos frente al agua. Sacamos a pasear las glándulas mamarias con el objetivo lícito de demostrar que vivimos en un país libre y que poseemos un moreno uniforme. ¿Se ha dado cuenta? La mayoría ya está más morena que usted el primer día que baja a la playa. SOLARIUM. Yo prefiero la fruta del tiempo, aunque ahora se lleva la de invernadero, como también prefiero, ya se habrá notado, contemplar las gaviotas y, luego, sus polluelos. Esos primeros pasos, perplejos, sus primeros amagos de echar a volar bajo la atenta mirada de los progenitores, aterrorizados por la vertical de un cuarto piso sin ascensor, ignorantes de que, en septiembre, cuando esta ciudad vuelva a quedarse vacía y vuelvan a bajar las temperaturas, ellos/ellas volarán tan alto como un rascacielos, o más alto incluso, y se lanzarán estilo kamikaze sobre los barcos que regresan a puerto –no sobre los barcos, que aquí Hitchcock no tiene nada que ver– se lanzarán sobre el ronsel de los barcos (Ronsel, palabra bonita, somos palabras). Y luego reposarán la digestión sobre la arena o sobre los tejados que hay enfrente de mi casa y yo podré seguirlas/seguirles mirando. Pero la mayoría de ustedes se habrán ido, todos habremos vuelto al trabajo, las palabras volverán a juntarse y todo tendrá significado. O no, pero una cosa es segura: se habrá acabado el verano. Y ojalá yo siga mirando por esta ventana y ustedes me dejen contarlo.