Cómo cambiar tu vida con El País Semanal
El domingo pasado, para solaz de este verano lleno de fisuras climáticas, EPS publicó en mayúsculas un “ranking histórico”, una “lista imprescindible” de cien libros. La pregunta a la que contestaron “cien escritores en español” para confeccionar la tal lista “parece sencilla pero tenía trampa”:
Se me ocurre a mí, que no soy más “escritora en español” de lo que “soñadora en francés”, “viajera en portugués” o “melancólica en alemán” que el criterio ha de ser, obligatoriamente, “el propio de cada uno”, de ahí el posesivo “tu” acompañando al siempre inasible e indefinible sustantivo “vida”. Pero también se me ocurre, ocurrente, como soy, en español, que la imprescindibilidad (¡toma!) de tal lista no puede ser. ¿O sí? Quizás si leemos los cien libros por ese orden, conseguiremos que el primero nos cambie la vida un poquito como a Ayala, (si sirve para llegar a la centena con ese estado de salud, me comprometo a leer sólo el Quijote de aquí al fin de mis días), otro poquito como a Jorge Eduardo Benavides (en mi caso servirá para tomar conciencia de mí, pues no tengo el placer de conocer a este señor) y otro poquito como a Almudena Grandes (sin comentarios). Y, aunque no sé en qué medida leer las tres grandes novelas de adulterio le cambió la vida a Josefina Aldecoa, debemos tener cuidado si escalamos en pareja estos ochomiles de la infidelidad literaria. No vaya a ser.
No habiendo definido “cambiar” ni “vida” –sería mucho pedir-, Benjamín Prado nos aclara mediante una curiosa inferencia lo que, en realidad, había que responder:
Yo es que soy un poquito más desbaratada y más parecida a un mercadillo de verano y pensaba, ingenua en español, que cambiar tu vida podía significar desde haberte convertido en millonario, haber cambiado de identidad, haber decidido casarte con X (o con Y o con Z) o haberle dado apasionado esquinazo con un León cualquiera en un pueblo cualquiera de una Francia cualquiera. En francés, eso sí. Y por eso, lo primero que me asombró fue que ninguno de los cien escritores considerase en la lista ni uno solo de los libros que habían escrito. ¿Ah, que esos no cuentan? Pues especifiquen, leche, especifiquen.
Y yo, que soy varia y caótica a la manera zen y que lo único permanente que veo en mi vida es el cambio, contradictoria en español con etimología oriental, me asombro a continuación de la asombrosa capacidad que estos cien sacrosantos escritores en español de nuestros tiempos tienen para cambiar su vida. La verdad es que, al principio, la idea me aterró. Me los imaginaba dando continuos bandazos por su vinoso mar vital, sufriendo botavarazos a medida que pasaban páginas y páginas de En busca del tiempo perdido. Los veía haciendo y deshaciendo maletas, comprando y vendiendo casas, escribiendo y dejando de escribir, haciéndose voluntarios, cambiando de nacionalidad, criando animales, viajando a la Patagonia, aprendiendo lenguas sacalputecas, estudiando física cuántica, adulterando y dejándose adulterar por todo el globo a golpe de verso, de aforismo, de sentencia y de capítulo. Y yo, que soy bastante cobarde y estoy abrumadita en español por esta permanencia del cambio cotidiano, le he cogido miedo a los libros. ¿Qué giro radical no imprimiré a mi existencia cuando termine esta biografía de Erasmo de Rotterdam que me estoy leyendo? ¿Querré quemar París cuando acabe París no se acaba nunca? ¿Mataré a mi madre si leo La madre de Gorki? Además, Benja Prado, director de orquesta, dice “el problema no es con qué te quedas, sino a qué renuncias”. Más pavor al pavor. ¿Me cambiará radicalmente la vida el periódico de hoy? Señor, oh señor, ¿es mi vida tal y como es ahora por haber leído Cómo cambiar tu vida con Proust? Socorro. Madre, para descansar, morir, que decía el poeta (muy poco mencionado en el artículo).
Finalmente, investigando con impudor en esas cien almitas abiertas en canal y expuestas para solaz y extrañamiento del público, encuentra una ciertos consuelos. Cierta persona me decía hace poco tiempo en la oscuridad que a veces se asustaba porque le gustaban ciertos versos que ella misma pensaba que eran malos. Ahora, tras ver la lista de los libros que cambiaron la vida de mi Félix, pienso en un consuelo para ella. Quizás su lectura los mejoró. Un buen lector le saca jugo a todo. A la Biblia para los niños, a la guía de teléfonos de cualquier ciudad, o un diccionario.
A mí, creo, monótona y dubitativa en español, no me ha cambiado la vida ningún libro. A mi hermana sí, que se rompió un codo por ir leyendo por la calle y tiene ahora un brazo más largo que otro, razón por la que no pudo hacer las pruebas de ingreso para no recuerdo qué institución y ha tenido que dedicarse a otra cosa. Maldito libro. O bendito, el tiempo dirá. A mí no. (Creo.) Pero se me ocurren muchas historias bonitas e interesantes para ilustrar cómo la guía de teléfonos de una ciudad puede cambiar la vida de una persona.
Por último, para terminar esta frívola bicoca veraniega, creo que las instituciones educativas, los hacedores de planes de estudios y demás organismos y personas inmersas en la pedajodía, deberían eliminar radicalmente de las listas de lecturas el Quijote. Tantos y tantos jóvenes imberbes en español lo hemos leído en el instituto sin ningún giro copernicano para nuestra imberbe e impúber vida… ¡Qué desperdicio de tiempo adolescente y de pluma cervantina! Hagan, por favor, amables señores de EPS, una nueva lista. “Cien escritores en español eligen los cien momentos en que el Quijote cambió sus vidas”. Y así sabremos a que atenernos.
En fin, van aquí unas cuantas banalidades al hilo y al tono de semejante artículo veraniego. Quedan muchas más en el tintero: desde quiénes y por qué esos quiénes conforman la lista, hasta las definiciones más sutiles de personalidad, colectividad, estadística, canon y demás asuntos que Bloom podría iluminar. Opinen, opinen, que todo esto es materia opinable.
Bueno, vale, la última. Que se retiren los que escriben libros de autoayuda. Esos no cambian la vida de nadie por mucho que lo digan sus portadas. Está lísticamente demostrado. Hagamos mejor algo democrático y tecnológico. Si cree que es PROUST quien debe cambiar la vida de la gente, envíe CAMBIAR_VIDA espacio PROUST seguido de MAGDALENA al 0000. Si cree, en cambio, que es KARL MARX quien debe cambiar la vida de la gente, cambie usted de país. Si cree que es FLAUBERT, cómprese un disfraz de mujer. Si cree que es VIRGINIA WOOLF, ya puede ir tirándose al río. Y etc.
Y una recomendación: lean la lista en pdf de aquí. Las erratas son terriblemente divertidas.
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“¿Qué 10 libros han cambiado tu vida?”
Y… “¿Qué criterio para todo esto? Ninguno. O todos. O los propios de cada uno.”
Se me ocurre a mí, que no soy más “escritora en español” de lo que “soñadora en francés”, “viajera en portugués” o “melancólica en alemán” que el criterio ha de ser, obligatoriamente, “el propio de cada uno”, de ahí el posesivo “tu” acompañando al siempre inasible e indefinible sustantivo “vida”. Pero también se me ocurre, ocurrente, como soy, en español, que la imprescindibilidad (¡toma!) de tal lista no puede ser. ¿O sí? Quizás si leemos los cien libros por ese orden, conseguiremos que el primero nos cambie la vida un poquito como a Ayala, (si sirve para llegar a la centena con ese estado de salud, me comprometo a leer sólo el Quijote de aquí al fin de mis días), otro poquito como a Jorge Eduardo Benavides (en mi caso servirá para tomar conciencia de mí, pues no tengo el placer de conocer a este señor) y otro poquito como a Almudena Grandes (sin comentarios). Y, aunque no sé en qué medida leer las tres grandes novelas de adulterio le cambió la vida a Josefina Aldecoa, debemos tener cuidado si escalamos en pareja estos ochomiles de la infidelidad literaria. No vaya a ser.
No habiendo definido “cambiar” ni “vida” –sería mucho pedir-, Benjamín Prado nos aclara mediante una curiosa inferencia lo que, en realidad, había que responder:
“Eso quiere decir que lo que se trataba de saber era, entre otras cosas, qué obras y autores nos habían abierto la puerta de la literatura o metido en la sangre la vocación de escribir.”
Yo es que soy un poquito más desbaratada y más parecida a un mercadillo de verano y pensaba, ingenua en español, que cambiar tu vida podía significar desde haberte convertido en millonario, haber cambiado de identidad, haber decidido casarte con X (o con Y o con Z) o haberle dado apasionado esquinazo con un León cualquiera en un pueblo cualquiera de una Francia cualquiera. En francés, eso sí. Y por eso, lo primero que me asombró fue que ninguno de los cien escritores considerase en la lista ni uno solo de los libros que habían escrito. ¿Ah, que esos no cuentan? Pues especifiquen, leche, especifiquen.
Y yo, que soy varia y caótica a la manera zen y que lo único permanente que veo en mi vida es el cambio, contradictoria en español con etimología oriental, me asombro a continuación de la asombrosa capacidad que estos cien sacrosantos escritores en español de nuestros tiempos tienen para cambiar su vida. La verdad es que, al principio, la idea me aterró. Me los imaginaba dando continuos bandazos por su vinoso mar vital, sufriendo botavarazos a medida que pasaban páginas y páginas de En busca del tiempo perdido. Los veía haciendo y deshaciendo maletas, comprando y vendiendo casas, escribiendo y dejando de escribir, haciéndose voluntarios, cambiando de nacionalidad, criando animales, viajando a la Patagonia, aprendiendo lenguas sacalputecas, estudiando física cuántica, adulterando y dejándose adulterar por todo el globo a golpe de verso, de aforismo, de sentencia y de capítulo. Y yo, que soy bastante cobarde y estoy abrumadita en español por esta permanencia del cambio cotidiano, le he cogido miedo a los libros. ¿Qué giro radical no imprimiré a mi existencia cuando termine esta biografía de Erasmo de Rotterdam que me estoy leyendo? ¿Querré quemar París cuando acabe París no se acaba nunca? ¿Mataré a mi madre si leo La madre de Gorki? Además, Benja Prado, director de orquesta, dice “el problema no es con qué te quedas, sino a qué renuncias”. Más pavor al pavor. ¿Me cambiará radicalmente la vida el periódico de hoy? Señor, oh señor, ¿es mi vida tal y como es ahora por haber leído Cómo cambiar tu vida con Proust? Socorro. Madre, para descansar, morir, que decía el poeta (muy poco mencionado en el artículo).
Finalmente, investigando con impudor en esas cien almitas abiertas en canal y expuestas para solaz y extrañamiento del público, encuentra una ciertos consuelos. Cierta persona me decía hace poco tiempo en la oscuridad que a veces se asustaba porque le gustaban ciertos versos que ella misma pensaba que eran malos. Ahora, tras ver la lista de los libros que cambiaron la vida de mi Félix, pienso en un consuelo para ella. Quizás su lectura los mejoró. Un buen lector le saca jugo a todo. A la Biblia para los niños, a la guía de teléfonos de cualquier ciudad, o un diccionario.
A mí, creo, monótona y dubitativa en español, no me ha cambiado la vida ningún libro. A mi hermana sí, que se rompió un codo por ir leyendo por la calle y tiene ahora un brazo más largo que otro, razón por la que no pudo hacer las pruebas de ingreso para no recuerdo qué institución y ha tenido que dedicarse a otra cosa. Maldito libro. O bendito, el tiempo dirá. A mí no. (Creo.) Pero se me ocurren muchas historias bonitas e interesantes para ilustrar cómo la guía de teléfonos de una ciudad puede cambiar la vida de una persona.
Por último, para terminar esta frívola bicoca veraniega, creo que las instituciones educativas, los hacedores de planes de estudios y demás organismos y personas inmersas en la pedajodía, deberían eliminar radicalmente de las listas de lecturas el Quijote. Tantos y tantos jóvenes imberbes en español lo hemos leído en el instituto sin ningún giro copernicano para nuestra imberbe e impúber vida… ¡Qué desperdicio de tiempo adolescente y de pluma cervantina! Hagan, por favor, amables señores de EPS, una nueva lista. “Cien escritores en español eligen los cien momentos en que el Quijote cambió sus vidas”. Y así sabremos a que atenernos.
En fin, van aquí unas cuantas banalidades al hilo y al tono de semejante artículo veraniego. Quedan muchas más en el tintero: desde quiénes y por qué esos quiénes conforman la lista, hasta las definiciones más sutiles de personalidad, colectividad, estadística, canon y demás asuntos que Bloom podría iluminar. Opinen, opinen, que todo esto es materia opinable.
Bueno, vale, la última. Que se retiren los que escriben libros de autoayuda. Esos no cambian la vida de nadie por mucho que lo digan sus portadas. Está lísticamente demostrado. Hagamos mejor algo democrático y tecnológico. Si cree que es PROUST quien debe cambiar la vida de la gente, envíe CAMBIAR_VIDA espacio PROUST seguido de MAGDALENA al 0000. Si cree, en cambio, que es KARL MARX quien debe cambiar la vida de la gente, cambie usted de país. Si cree que es FLAUBERT, cómprese un disfraz de mujer. Si cree que es VIRGINIA WOOLF, ya puede ir tirándose al río. Y etc.
Y una recomendación: lean la lista en pdf de aquí. Las erratas son terriblemente divertidas.
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