Como un perro arisco que come
"Yo acababa de salir de unos almacenes con mi cargamento de música, películas y libros para afrontar el verano. Es una vieja costumbre desde los tiempos de la universidad, justo después del último examen de junio, todavía bajo los efectos de las centraminas, me metía en la librería Aquilea y salía sin un duro y cargado de novelas. Esta vez me había dejado en ello prácticamente toda la paga extraordinaria y estaba de pie en la acera disfrutando el momento de quitarles el celofán a los discos y empezar a curiosear por dentro algunas de las carátulas. Son unos instantes que oscilan a toda velocidad entre el entusiasmo ante el festín que se avecina y la culpa por haber gastado demasiado dinero, y exige cierta intimidad esa liturgia. Ahí soy como un perro arisco que come, no puede haber nada peor que alguien preguntándote qué has comprado y por qué, diciendo cosas como creía que ese libro ya lo habías leído hace años o no me jodas que te gustan Los Secretos o yo me lo habría bajado todo de internet."
Qué gracia cuando leí esto ayer, después de tanto devenir entre el silencio y la palabra...
Próximamente reseñaremos este libro. ¿Alguien sabe cuál es?
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La literatura como problema
Parece que entre los lectores hay una caja de truenos que suele estar convenientemente cerrada pero que, cuando es abierta por un incauto, desata las pasiones y hiere todo tipo de sensibilidades. Se inicie como se inicie el debate en torno a la lectura: ¿leemos en el transporte?, ¿nos gusta hablar de libros con cualquiera?, ¿qué es bueno y qué es malo literariamente hablando?, ¿hay lectores de primera y lectores de segunda?, ¿y libros de primera y de segunda?, en seguida aparecen las ampollas. Claro ejemplo de cómo el debate se suscita, se escora, se enciende y cobra unas dimensiones jamás previstas ni por unos ni por otros, aquí.
El otro día, decía yo que no me gusta hablar de lo que leo con cualquiera. Yo iba en el autobús leyendo el bellester El poder del ahora y un lector de Kafka desató sobre mí un millón de preguntas sobre mis afanes como lectora. Y, ciertamente, me molestó. Decía que no me gusta la gente que habla de literatura como quien habla del tiempo. Quizás me excedí por inconcreta. Lo que yo quería decir es que no me gusta que la gente hable conmigo de literatura como quien habla del tiempo. Y con “como quien habla del tiempo”, me refiero a sostener una conversación banal sobre cualquier asunto para llenar un silencio. Pido público perdón a todos los meteorólogos y, en especial, a Mario Picazo, por usar este símil. Me molesta de igual manera que mi vecino raro me pregunte en el ascensor si estoy escuchando a Schubert, a los Manic Street Preachers, a Emilio Cao o a Eros Ramazzotti. En general, he de confesar que me molesta que me hablen con el mero fin de rellenar un silencio.
Quizás, simplemente, me molesta que la gente necesite rellenar los silencios. Culpa o gracia de mis dos grandes maestros en el arte del silencio, calderoniano el uno, de ojos alephianos el otro. Pero sé hablar del tiempo para rellenar un silencio que incomoda a otro. Sé hablar de la política de andar por la calle en un taxi. No me importa exhibir mi absoluto desconocimiento de la botánica en el trabajo si es necesario. Pero me cuesta muchísimo más dar respuestas sencillas, concretas y asumibles sobre cuestiones vitales. No me gusta que me las hagan y no me gusta responderlas si todo lo contenido en esa conversación es una mera excusa para no sostener, en cambio, un agradable silencio. Quizás debería hacerme una camiseta que rezase: “no hablo de cuestiones vitales con desconocidos; a saber, literatura, mis problemas, la música, el fútbol, las raíces, dios y el miedo”. O que dijese: “hablemos del tiempo, del trabajo, de los alquileres”. O bien: “no se rellenan silencios ajenos.” Sólo quería decir eso y sólo quería decirlo.
Sin embargo, parece que eso molesta. No me molesta que moleste. Pero a veces se hacen inferencias que, espero, no laten en mi discurso. Traigo aquí una serie de comentarios extraídos de Cuchitril Literario en este post.
Javi R. dice que no es mejor que esa señora que lee en el metro, ni un lector de mejor intelecto. Tampoco yo he dicho eso. Ni siquiera he dicho, ni querido decir, que me molestase hablar con la gente que va conmigo en el autobús porque me crea mejor que ellos, mejor lectora, mejor persona, más alta, más guapa, mejor jugadora de badminton, mejor cocinera, mejor bebedora de cerveza, mejor esclava del capitalismo. Ni siquiera creo haber establecido esa dicotomía que anda suelta por ahí, de cuya existencia no hay ninguna certeza científica y que, sin embargo, parece que duele, entre lectores de bellesteres y lectores de literatura. A mí me parece estupendo que cada quien compre lo que le dé la gana, lea lo que le dé la gana, defienda su derecho a no leer, e, incluso, defienda su derecho a hablar de libros como quien habla del tiempo o de hacer calceta (mis disculpas para los apasionados de la calcetería). Es más, a nadie debería importarle si a mí me parece estupendo o no, puesto que yo no soy ningún órgano sancionador sobre la bondad de las costumbres y las morales ni una patria postestas cuya aprobación deban buscar. Simplemente digo, irónica y sarcásticamente digo, que yo no soy la interlocutora que ellos buscan si quieren hablar de libros (de Frankl, de Alberti, de Dan Brown, de Danielle Steel o de Wittgenstein) para matar el tiempo.
El último peatón, por su parte, dice:
Está claro que pensamos cosas distintas. Para él, hablar de literatura es lo mismo que hablar del tiempo, de fútbol, de sexo o de jardinería. Para mí no es lo mismo. Sí es lo mismo hablar de sexo que de jardinería, e incluso es lo mismo hablar de literatura que de fútbol. Pero no es lo mismo hablar de sexo y de jardinería que hablar de literatura y de fútbol. No sé si por tópicas trascendencias o por pedanterías. Creo que es más bien porque estos temas me atraen, me arrastran y me interesan mucho más que el sexo como tema, la jardinería como tema o el tiempo como tema. Sin embargo, cuando digo que a mí “me interesan mucho más” no estoy diciendo que crea –firmemente crea- que esta actitud deba ser elevada a categoría universal. No soy tan falazmente kantiana.
También dice que nosotros ambos both no podríamos hablar de literatura porque a él le gustan Paul Auster y Javier Marías y, sin en cambio, no le gustan los microrrelatos. Es decir, porque tiene una opinión diferente de la mía. ¿De verdad se deduce de lo que yo he escrito que conmigo sólo se puede hablar de los libros y los autores que a mí me gustan y que a mí no me gustan sí y solo sí el otro participante en la conversación tiene los mismos gustos y disgustos literarios que yo? No creo. A mí me gusta Kafka y, sin embargo, no me gustó la actitud del lector de Kafka ante mis lecturas. No me gustan las novelas de Houellebecq y, sin embargo, puedo hablar cien horas seguidas (si hay cerveza de por medio) con Fournier sobre sus novelas. E incluso escribirle una carta al autor. Sindudamente, me encanta hablar de libros. Pero en el momento y el lugar apropiados y si los libros son el fin (objeto o motivo) de la conversación y no el medio (cosa que puede servir para un determinado fin: ligar, rellenar silencios).
La discusión sobre los “pobres lectores de bestsellers” es otra. Y no podré jamás entrar en ella partiendo de esa premisa porque nunca he pensado en un lector de bellesters como alguien “infeliz, desdichado y triste”. Au contraire, messieurs. Eso sí, no me pregunten en el autobús por este tema.
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El otro día, decía yo que no me gusta hablar de lo que leo con cualquiera. Yo iba en el autobús leyendo el bellester El poder del ahora y un lector de Kafka desató sobre mí un millón de preguntas sobre mis afanes como lectora. Y, ciertamente, me molestó. Decía que no me gusta la gente que habla de literatura como quien habla del tiempo. Quizás me excedí por inconcreta. Lo que yo quería decir es que no me gusta que la gente hable conmigo de literatura como quien habla del tiempo. Y con “como quien habla del tiempo”, me refiero a sostener una conversación banal sobre cualquier asunto para llenar un silencio. Pido público perdón a todos los meteorólogos y, en especial, a Mario Picazo, por usar este símil. Me molesta de igual manera que mi vecino raro me pregunte en el ascensor si estoy escuchando a Schubert, a los Manic Street Preachers, a Emilio Cao o a Eros Ramazzotti. En general, he de confesar que me molesta que me hablen con el mero fin de rellenar un silencio.
Quizás, simplemente, me molesta que la gente necesite rellenar los silencios. Culpa o gracia de mis dos grandes maestros en el arte del silencio, calderoniano el uno, de ojos alephianos el otro. Pero sé hablar del tiempo para rellenar un silencio que incomoda a otro. Sé hablar de la política de andar por la calle en un taxi. No me importa exhibir mi absoluto desconocimiento de la botánica en el trabajo si es necesario. Pero me cuesta muchísimo más dar respuestas sencillas, concretas y asumibles sobre cuestiones vitales. No me gusta que me las hagan y no me gusta responderlas si todo lo contenido en esa conversación es una mera excusa para no sostener, en cambio, un agradable silencio. Quizás debería hacerme una camiseta que rezase: “no hablo de cuestiones vitales con desconocidos; a saber, literatura, mis problemas, la música, el fútbol, las raíces, dios y el miedo”. O que dijese: “hablemos del tiempo, del trabajo, de los alquileres”. O bien: “no se rellenan silencios ajenos.” Sólo quería decir eso y sólo quería decirlo.
Sin embargo, parece que eso molesta. No me molesta que moleste. Pero a veces se hacen inferencias que, espero, no laten en mi discurso. Traigo aquí una serie de comentarios extraídos de Cuchitril Literario en este post.
“A mi no me incomodia que una señora me cuente en el metro lo que lee. No sy mejor que ella ni un lector de mejor intelecto por haber leído alguna cosilla, no demsaiadas, más que ella. Y me encanta poder hablar del código que también he leído, y contarla que literariamente no aporta nada pero que estuve entretenido tres dias antes de pasar a otro tipo de lectura.
Dile a Cristina que baje del pedestal, que se refocile con nosotros, pobres lectores de bestsellers”
Javi R. dice que no es mejor que esa señora que lee en el metro, ni un lector de mejor intelecto. Tampoco yo he dicho eso. Ni siquiera he dicho, ni querido decir, que me molestase hablar con la gente que va conmigo en el autobús porque me crea mejor que ellos, mejor lectora, mejor persona, más alta, más guapa, mejor jugadora de badminton, mejor cocinera, mejor bebedora de cerveza, mejor esclava del capitalismo. Ni siquiera creo haber establecido esa dicotomía que anda suelta por ahí, de cuya existencia no hay ninguna certeza científica y que, sin embargo, parece que duele, entre lectores de bellesteres y lectores de literatura. A mí me parece estupendo que cada quien compre lo que le dé la gana, lea lo que le dé la gana, defienda su derecho a no leer, e, incluso, defienda su derecho a hablar de libros como quien habla del tiempo o de hacer calceta (mis disculpas para los apasionados de la calcetería). Es más, a nadie debería importarle si a mí me parece estupendo o no, puesto que yo no soy ningún órgano sancionador sobre la bondad de las costumbres y las morales ni una patria postestas cuya aprobación deban buscar. Simplemente digo, irónica y sarcásticamente digo, que yo no soy la interlocutora que ellos buscan si quieren hablar de libros (de Frankl, de Alberti, de Dan Brown, de Danielle Steel o de Wittgenstein) para matar el tiempo.
El último peatón, por su parte, dice:
“Pues yo creo sinceramente que hablar de literatura es igual que hablar del tiempo, de fútbol, de sexo o de jardinería. No veo por qué ha de ser distinto (salvo por tópicas trascendencias o pedanterías de las que prefiero mantenerme al margen).
Leyendo el texto de Cristina, ya sé que difícilmente podría hablar con ella de este asunto, ya que a mí sí me gustan (y mucho, vive Dios) Paul Auster y Javier Marías, y además el microrrelato es un género que me intersa poco o casi nada. Quizá sea apropiado para la formación o los concursos, pero jamás leería un libro compuesto íntegramente por microrrelatos.”
Está claro que pensamos cosas distintas. Para él, hablar de literatura es lo mismo que hablar del tiempo, de fútbol, de sexo o de jardinería. Para mí no es lo mismo. Sí es lo mismo hablar de sexo que de jardinería, e incluso es lo mismo hablar de literatura que de fútbol. Pero no es lo mismo hablar de sexo y de jardinería que hablar de literatura y de fútbol. No sé si por tópicas trascendencias o por pedanterías. Creo que es más bien porque estos temas me atraen, me arrastran y me interesan mucho más que el sexo como tema, la jardinería como tema o el tiempo como tema. Sin embargo, cuando digo que a mí “me interesan mucho más” no estoy diciendo que crea –firmemente crea- que esta actitud deba ser elevada a categoría universal. No soy tan falazmente kantiana.
También dice que nosotros ambos both no podríamos hablar de literatura porque a él le gustan Paul Auster y Javier Marías y, sin en cambio, no le gustan los microrrelatos. Es decir, porque tiene una opinión diferente de la mía. ¿De verdad se deduce de lo que yo he escrito que conmigo sólo se puede hablar de los libros y los autores que a mí me gustan y que a mí no me gustan sí y solo sí el otro participante en la conversación tiene los mismos gustos y disgustos literarios que yo? No creo. A mí me gusta Kafka y, sin embargo, no me gustó la actitud del lector de Kafka ante mis lecturas. No me gustan las novelas de Houellebecq y, sin embargo, puedo hablar cien horas seguidas (si hay cerveza de por medio) con Fournier sobre sus novelas. E incluso escribirle una carta al autor. Sindudamente, me encanta hablar de libros. Pero en el momento y el lugar apropiados y si los libros son el fin (objeto o motivo) de la conversación y no el medio (cosa que puede servir para un determinado fin: ligar, rellenar silencios).
La discusión sobre los “pobres lectores de bestsellers” es otra. Y no podré jamás entrar en ella partiendo de esa premisa porque nunca he pensado en un lector de bellesters como alguien “infeliz, desdichado y triste”. Au contraire, messieurs. Eso sí, no me pregunten en el autobús por este tema.
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Las que viajamos leyendo
Me acaba de llegar a las manos un libro de Vila-Matitas llamado Desde la ciudad nerviosa. En la cubierta, sesuda, se entristece Hedy Lamarr por no ser Merle Oberon, así como yo me entristezco por no ser la corbata de Mourinho; es decir, con discreción. Abierto por la página adecuada, es decir, al azar, me topo con un articulito simpático-anecdótico sobre las que viajamos leyendo. En él, detalla nuestro Espíritu Santo del Demonio, las cabriolas y curiosidades a que nos sometemos los envenenados en letras por averiguar lo que leen los demás. El vicio inconfesable más confesado entre lectores.
Leyendo lo que escribí el otro día, me decía mi amiga Fournier que no debería yo indignarme contra los intelectualoides chismosos de autobús si yo misma hacía mis indagaciones sobre las lecturas de los demás. La diferencia estriba, argumentaba yo, en que yo –atención- maniobro con sutileza y callo a la perfección. Es decir, soy, en mis quejas, achaques, anhelos y curiosidades, discreta. Y también, en el buen y en el mal sentido de la palabra, egoísta. Me encanta averiguar qué leen los demás. Pero más como reto que como curiosidad. No me interesan ellos. Nada de aquel hombre que, escondido tras la mochila, el tupperware, la botella de agua y las ojeras, lee un para sí lejano banquete de Platón en griego. En absoluto quiero saber nada de las motivaciones y coincidencias que han llevado a la adolescente ruborosa, faldita y confusa a sobar lentamente las páginas de un libro del divino Kawabata al lado de un más que descarado carnehambriento que levanta, carpintero, entre sus manos, las vigas del tejado de Salinger. Me gusta la albricia de las portadas multicolores en los autobuses. Aquí un viejito con su sobre de exámenes médicos aprobados por los pelos se deleita con las Odas elementales de Neruda y aquí, pero de vuelta, un joven hijo de cualquier escuela marginal revolotea entre las letras de Bob Dylan. Sin embargo, ellos, los lectores, no me interesan. Por discreta, no deben interesarme. Por egoísta, no me interesan.
Me interesa mucho más lo que yo pienso de ellos. Yo los veo apretar obsesivamente el botón de parada con la mano olvidada, los veo adelantarse tres semáforos al momento álgido de la apertura de puertas; los veo guardar pulcramente el libro en la zona habilitada para el uso de su respectiva bolsa laboral o estudiantil; los veo lanzar miradas inquietantes al periódico gratuito del de enfrente; los veo empujar ladinamente con los codos al de al lado; los veo rezongar de desconcentración ante la impúdica y agotadora cháchara de esa diosa de la fecundidad e hija del grito que jamás leerá una línea si tiene quien la escuche; los veo apurar los pasos, calculados, hacia la que sea su oficina y, francamente, no me interesan. Si siempre he sido pacata, casi morne en mis necesidades materiales de autobús, la fantasía y el pensamiento en el transporte público se me dan más bien à la grandeur allemande. ¡Qué vida aventurera le asigné a aquel hombre que, durante cuatro largos meses, no hizo más que pasear las obras completas de R.L. Stevenson! ¡Cómo empuñaba los labios secos y ya desvaídos la doméstica lectora del pijama a rayas sobre la boca sorprendida del filósofo guapo y barato que siempre subrayaba los tomazos de Isaiah Berlin! ¡Cómo diagnostiqué depresión post-parto y maternidad soltera a aquella chica que sudaba sobre las líneas de la segunda meditación metafísica! Hice una magna obra de albañilería y alicatado para dividir en dos el cuarto de baño de esa otra pareja cuarentona, rubia ella, gafitas tiernas él, que con las manos entrelazadas entre página y página, se esmeran en el periódico ella y en dan brown él con diferentes ritmos y distinta atención.
Los títulos de los libros que leen son la primera línea de una novela fantástica que va creciendo en mi cabeza y cobrando, las más de las veces, unas dimensiones disparatadas que, sin embargo o por eso, harían mucho más felices, potentes y simpáticos (o todo lo contrario), es decir, en definitiva, más vivos, a sus dueños.
Concluye Vila-Matas (cuyo artículo, me temo, he vampirizado de manera caótica), felicitándose por la feliz idea de haber escogido para leer, no la novela aburrida, encuadernada y de salón, sino la apabullante, multiforme y sorprendente de “la calle”.
Yo concluyo, agotada, cuando se abren las puertas del autobús, dejo pasar la infame riada de estos lectores de trayecto –de cuyas vidas he sido dueña durante veinte minutos- y regreso a lo que queda de mí (triste jirón de mí) tras el esfuerzo.
¿No escribes?, me increpa S. de M. cuando regreso a casa. Escribo, claro. Hoy ,tres novelas a la ida y cuatro a la vuelta. Y dos de mis personajes me han frito los tobillos a patadas.
(Y aún quedan entre los vicios confesables de esta lectora, la historia de amor con el librero incauto y el estropicio de las lecturas ajenas en el metro... quizás próximamente en el patio gris.)
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Leyendo lo que escribí el otro día, me decía mi amiga Fournier que no debería yo indignarme contra los intelectualoides chismosos de autobús si yo misma hacía mis indagaciones sobre las lecturas de los demás. La diferencia estriba, argumentaba yo, en que yo –atención- maniobro con sutileza y callo a la perfección. Es decir, soy, en mis quejas, achaques, anhelos y curiosidades, discreta. Y también, en el buen y en el mal sentido de la palabra, egoísta. Me encanta averiguar qué leen los demás. Pero más como reto que como curiosidad. No me interesan ellos. Nada de aquel hombre que, escondido tras la mochila, el tupperware, la botella de agua y las ojeras, lee un para sí lejano banquete de Platón en griego. En absoluto quiero saber nada de las motivaciones y coincidencias que han llevado a la adolescente ruborosa, faldita y confusa a sobar lentamente las páginas de un libro del divino Kawabata al lado de un más que descarado carnehambriento que levanta, carpintero, entre sus manos, las vigas del tejado de Salinger. Me gusta la albricia de las portadas multicolores en los autobuses. Aquí un viejito con su sobre de exámenes médicos aprobados por los pelos se deleita con las Odas elementales de Neruda y aquí, pero de vuelta, un joven hijo de cualquier escuela marginal revolotea entre las letras de Bob Dylan. Sin embargo, ellos, los lectores, no me interesan. Por discreta, no deben interesarme. Por egoísta, no me interesan.
Me interesa mucho más lo que yo pienso de ellos. Yo los veo apretar obsesivamente el botón de parada con la mano olvidada, los veo adelantarse tres semáforos al momento álgido de la apertura de puertas; los veo guardar pulcramente el libro en la zona habilitada para el uso de su respectiva bolsa laboral o estudiantil; los veo lanzar miradas inquietantes al periódico gratuito del de enfrente; los veo empujar ladinamente con los codos al de al lado; los veo rezongar de desconcentración ante la impúdica y agotadora cháchara de esa diosa de la fecundidad e hija del grito que jamás leerá una línea si tiene quien la escuche; los veo apurar los pasos, calculados, hacia la que sea su oficina y, francamente, no me interesan. Si siempre he sido pacata, casi morne en mis necesidades materiales de autobús, la fantasía y el pensamiento en el transporte público se me dan más bien à la grandeur allemande. ¡Qué vida aventurera le asigné a aquel hombre que, durante cuatro largos meses, no hizo más que pasear las obras completas de R.L. Stevenson! ¡Cómo empuñaba los labios secos y ya desvaídos la doméstica lectora del pijama a rayas sobre la boca sorprendida del filósofo guapo y barato que siempre subrayaba los tomazos de Isaiah Berlin! ¡Cómo diagnostiqué depresión post-parto y maternidad soltera a aquella chica que sudaba sobre las líneas de la segunda meditación metafísica! Hice una magna obra de albañilería y alicatado para dividir en dos el cuarto de baño de esa otra pareja cuarentona, rubia ella, gafitas tiernas él, que con las manos entrelazadas entre página y página, se esmeran en el periódico ella y en dan brown él con diferentes ritmos y distinta atención.
Los títulos de los libros que leen son la primera línea de una novela fantástica que va creciendo en mi cabeza y cobrando, las más de las veces, unas dimensiones disparatadas que, sin embargo o por eso, harían mucho más felices, potentes y simpáticos (o todo lo contrario), es decir, en definitiva, más vivos, a sus dueños.
Concluye Vila-Matas (cuyo artículo, me temo, he vampirizado de manera caótica), felicitándose por la feliz idea de haber escogido para leer, no la novela aburrida, encuadernada y de salón, sino la apabullante, multiforme y sorprendente de “la calle”.
Yo concluyo, agotada, cuando se abren las puertas del autobús, dejo pasar la infame riada de estos lectores de trayecto –de cuyas vidas he sido dueña durante veinte minutos- y regreso a lo que queda de mí (triste jirón de mí) tras el esfuerzo.
¿No escribes?, me increpa S. de M. cuando regreso a casa. Escribo, claro. Hoy ,tres novelas a la ida y cuatro a la vuelta. Y dos de mis personajes me han frito los tobillos a patadas.
(Y aún quedan entre los vicios confesables de esta lectora, la historia de amor con el librero incauto y el estropicio de las lecturas ajenas en el metro... quizás próximamente en el patio gris.)
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Vértigo, ¿una novela negra?
Hace ya casi un mes que en Shangri-La, deriva y ficciones aparte, diversos autores merodean en torno a la película de Hitchcock y la novela francesa... Ahora me toca el turno a mí. Es un honor compartir carpeta con textos de tanta calidad. Gracias, Max y Lemmy.
Pasen y lean...
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Pasen y lean...
"En su íntima investigación sobre la esencia de las novelas modernas, Ortega y Gasset ve la trama como un lastre necesario. Sin la trama, dice, no hay novela. Pero el interés y el placer estético que se obtienen de la lectura de una novela no emana de la trama, sino de la morosidad de las novelas. Dice Ortega y Gasset que la trama es necesaria para que la novela sea un objeto artístico, el entramado de unas acciones concretas que les ocurren a unos personajes concretos es la forma de comunicar que tiene el arte." Seguir investigando con Ortega.
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Pequeños pensamientos en el motor de un autobús
1
Ayer iba yo, timpánica y vieja como una catedral románica, sentada en uno de todos los autobuses de los que me subo y bajo en Madrid a lo largo del día. En torno al autobús pueden suceder cosas muy curiosas: esta semana me he sentado cuatro días seguidos al lado de un señor que, curiosamente, se sube y se baja donde yo misma me subo y me bajo. Ambos escuchamos música y ambos leemos… el mismo libro. Los dos sabemos que nos ocupamos en lo mismo los mismos minutos al día. Como dos estudiantes formalones, nos aplicamos en nuestra lectura sin mirar al otro más que con un levísimo reojo imperceptible para todos los demás. No necesitamos decirnos nada y por supuesto, no lo vamos a hacer. Pasamos la página y luego, pasamos la página. Pienso que me resulta reconfortante verme convertida en un hombre de cuarenta años con pulsera de cuero y calma infinita.
No suelo darle mucha importancia a estas casualidades simpáticas que andan hermanando lectores por las ciudades. Ayer, sin embargo, yo ya había terminado mi libro y había decidido empezar otro que no tenía nada que ver con el anterior. Para hacernos una idea, de una lectura a otra mediaba la distancia que puede haber entre un libro como El poder del ahora de Eckhart Tolle, best seller del New York Times destinado a hacer la vida de los súbditos de la pereza mental aún más fácil y otro como La derrota del pensamiento de Alain Finkielkraut, una embestida verbal digna del siglo de las Luces sobre el empeño en bautizar como cultura todas aquellas manifestaciones que para este hombre con nombre de col alemana no lo son pero que para Umberto Eco sí.
Pues bien, ni bien había yo empezado a ahuecar las páginas de mi nueva lectura cuando yo misma, convertida en un dulce hombre de cuarenta años con pulsera de cuero y calma infinita, me siento a mi lado, abro mi cartera laboral y saco de ella, para ahuecarle las páginas con ansia y cariño… el mismo libro distante. Achacosa como un gato de la calle, pensé en que no me vendría mal, para enfrentarme ilesa al día, ser de verdad él, con su calma, su cuero y su aparente salud imperturbable. Pero tanto no consigue la literatura.
Ahora me da miedo saber si yo leo lo que lee él o es él quien lee lo que yo leo. No quiero pensar en quién de los dos decidirá nuestra próxima lectura y me maldigo (o le maldigo a él) por haber escogido un libro tan corto. ¿Me veré obligada por su culpa a volver a caer en Paul Auster? ¿O conseguiré que él lea también los poemas de Harold Pinter? ¿No deberíamos hablar, establecer un consenso, hacer un pacto de do ut des para que yo no tenga que leer más bellesteres y él no se vea obligado, si no quiere, a buscar el sentido de su/mi/nuestra vida en los libros de Viktor Frankl?
2
En el dificultoso e intempestivo regreso a casa, fui a dar con mis huesos al lado de otro lector. Manoseaba, más que leía, un libro de Kafka (no recuerdo cuál). Y digo manoseaba más que leía porque en cuanto posé mis intelectualizadas posaderas al lado de las suyas y saqué mi librito, se lanzó a la andanada interrogativa. ¿Qué tal está? Es que me lo recomendó una amiga. ¿Es de filosofía? ¿No será más bien de autoayuda? Pero, ¿está bien? Yo, ahora, estoy leyendo… Y otra serie de exabruptos más sobre su íntima vida lectora que, francamente, no me interesan. Detesto a esa gente que piensa que hablar de literatura es como hablar sobre el tiempo y enarbolan el tema allá por donde van y ametrallan con preguntas incesantes, banales y facilonas sobre las lecturas del de al lado. Son auténticos violadores de la intimidad literaria. Miran el escote empalabrado de lo que leo y, en vez de imaginarse el resto, se lanzan a manosear con sus preguntas insustanciales lo que hay debajo. Sinceramente, yo los echaría del autobús por intentar meterme mano.
Yo echaría a estos ligones de cartoné barato de los autobuses, de los cócteles, de los trenes, de las oficinas. ¿Qué autores te gustan? ¿Cuál es tu poeta favorito? ¿Qué estás leyendo ahora? Señores: eso no se pregunta. Como decía un fraile amigo mío: hablemos de sexo y dejemos la literatura para la intimidad. ¿Por qué habría de ser más fácil hablar de literatura que de sexo con un desconocido? ¿Por qué habría yo de sentirme tentada a compartir con un extraño las jamás reveladas sensaciones que me producen los poemas de E. Bishop, la escabrosidad de Bukowski o la bárbara repetitividad de Javier Marías? Señores, hablen de sexo y luego, hablen de sexo. Pero no me toquen las literaturas y no me las toquen.
Mi mamá me enseñó a no hablar de literatura con desconocidos. Ahora sí, viendo que los literatos de autobús piensan que es agradable para una dama, renqueante y laboral, sí, pero dama al fin y al cabo, verse supuestamente cortejada en sus inquietudes culturales, pienso en si sería conveniente darle la vuelta a la tortilla, hacerles ver que resulta tan obsceno que se dirijan a mí con los pensamientos que les brotan de su redonda y mullida cabecita, ¿te gusta Alberti?, que con los impulsos que les nacen del cerebro insistente y alargado de más abajo, ¿te quieres tomar una copa conmigo?
Sí, les diré a partir de ahora, me encantan los microrrelatos, porque son como un buen polvo rápido pero profundo en un ascensor de oficina. Me encanta Thomas Bernhard, amigo, porque es un egoísta que sólo atiende a su propio placer. Sin embargo, lo más sigue siendo follarse a un ruso. Claro, a un Tolstoi o a un Dostoievski. Un ruso apasionado y de largo alcance, señor, no como esos europeos del sur como Javier Marías o Italo Calvino que van de recoveco en recoveco haciendo acrobacias y alharacas para acabar echándote siempre un aburrido polvo estrictamente idéntico al del día anterior. A ver si así se callan, hombre.
3
En torno al autobús pueden suceder cosas muy curiosas, sí. Ayer, tras una hermosa velada en la azotea del Círculo de Bellas Artes a la que acudí en autobús, renqueante, sí, pero digna como un Napoleón que no perdiera ninguna batalla, fui haciendo el camino de regreso hacia la siguiente parada de autobús, renqueante y lenta, buscando la luz de los faroles para ir leyendo mi recién adquirido Ellis Island.
Ya se había hablado de literatura en el cóctel (entre amigos, por supuesto), ya se había lanzado la propuesta de elaborar unas “instrucciones para leer a Zweig” al estilo Montano, ya nos habíamos besado y despedido y yo caminaba, sorteando oscuridades, al ritmo del enrevesamiento de Perec: “docks desmoronados, fábricas donde, desde hace mucho tiempo, no se fabrica más nada, cocheras abandonadas, depósitos olvidados invadidos por la hierba mala”.
En la calle de los madrazo o en alguna otra peligrosamente similar, me tropecé con el humeante colchón de un clochard murmurante. “Cuidadito, lectora”, me dijo, “no te he invitado a mi casa”. Alcé la vista sorprendida y me topé con sus barbas y su alcohol. (“No se trata de apiadarse, sino de comprender”.) Le pedí perdón, hice un gesto de disculpa con despiste, blandí mi libro como excusa, sonreí e hice un esfuerzo por comprender sin apiadarme. El burbujeante clochard burbujea “isle of hope, isle of tears”. Y pronuncia con un curioso acento. (“No tiene sentido querer hacer hablar a esas imágenes, forzarlas a decir aquello que no sabrían decir.”)
Me paro a pensar cuál sería su Ellis island en este Madrid tan lleno de autobuses mágicos o malditos. “¿Perdona?”, le digo. “Ellis island, no te he invitado a mi casa”. Le pido perdón otra vez, lo pienso entre pasillos y burocracias, lo pienso entre el frío y los cartones, lo pienso con bolígrafos, lo pienso en ascensores, en otros países, en verano, entre las uvas… “Pero si quieres te invito, Ellis island”, me dice. Yo quiero decirle que llevo prisa, que siempre tengo mi pequeño paquete de miedos y reticencias en el interior, que me quiero ir y me quiero ir. Pero no me muevo. “Ellis, ellis island, ¿me tienes miedo?” y yo quiero decirle que en parte sí lo tengo y en parte se trata de comprender. “Me tienes miedo un poco” sigue burbujeando y lanzando un brazo por encima de su cuerpo mal acostado, como una bandera vieja. “Come on lee un poco, Ellis island”. Y entonces, le leo
lo que yo, Georges Perec, he venido a preguntarme aquí
es la errancia, la dispersión, la diáspora.
Ellis Island es para mí el lugar mismo del exilio,
es decir,
el lugar de la ausencia de lugar, el no-lugar,
el ninguna parte.
es en este sentido que las imágenes
me conciernen, me fascinan, me implican,
como si la búsqueda de mi identidad
pasara por la apropiación de este lugar-depósito
donde funcionarios fatigados bautizaban
americanos a granel.
lo que para mí se encuentra aquí
no son referencias, raíces o huellas,
sino lo contrario: algo informe,
en el límite de lo decible,
algo que puedo llamar cierre,
o escisión, o corte,
y yo, Georges Perec o Ellis island,
o Cristina siempre a bordo de autobuses,
como tú quieras,
voy a perder el autobús
y salgo corriendo y corro porque esta vez sí, voy a perder el autobús, y tengo un poco de susto, el último autobús. Y lo voy a perder. Y el clochard grita “¡gracias Ellis, gracias Ellis island. Qué amable, señorita Ellis island. Viva la burocracia!” Todo con un duro acento a país pasado por el alcohol.
Me acuesto, timpánica y renqueante, un poquito empapada por el alcohol.
Señorita Ellis island. No habla de literatura en los autobuses. Hágase saber.
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Ayer iba yo, timpánica y vieja como una catedral románica, sentada en uno de todos los autobuses de los que me subo y bajo en Madrid a lo largo del día. En torno al autobús pueden suceder cosas muy curiosas: esta semana me he sentado cuatro días seguidos al lado de un señor que, curiosamente, se sube y se baja donde yo misma me subo y me bajo. Ambos escuchamos música y ambos leemos… el mismo libro. Los dos sabemos que nos ocupamos en lo mismo los mismos minutos al día. Como dos estudiantes formalones, nos aplicamos en nuestra lectura sin mirar al otro más que con un levísimo reojo imperceptible para todos los demás. No necesitamos decirnos nada y por supuesto, no lo vamos a hacer. Pasamos la página y luego, pasamos la página. Pienso que me resulta reconfortante verme convertida en un hombre de cuarenta años con pulsera de cuero y calma infinita.
No suelo darle mucha importancia a estas casualidades simpáticas que andan hermanando lectores por las ciudades. Ayer, sin embargo, yo ya había terminado mi libro y había decidido empezar otro que no tenía nada que ver con el anterior. Para hacernos una idea, de una lectura a otra mediaba la distancia que puede haber entre un libro como El poder del ahora de Eckhart Tolle, best seller del New York Times destinado a hacer la vida de los súbditos de la pereza mental aún más fácil y otro como La derrota del pensamiento de Alain Finkielkraut, una embestida verbal digna del siglo de las Luces sobre el empeño en bautizar como cultura todas aquellas manifestaciones que para este hombre con nombre de col alemana no lo son pero que para Umberto Eco sí.
Pues bien, ni bien había yo empezado a ahuecar las páginas de mi nueva lectura cuando yo misma, convertida en un dulce hombre de cuarenta años con pulsera de cuero y calma infinita, me siento a mi lado, abro mi cartera laboral y saco de ella, para ahuecarle las páginas con ansia y cariño… el mismo libro distante. Achacosa como un gato de la calle, pensé en que no me vendría mal, para enfrentarme ilesa al día, ser de verdad él, con su calma, su cuero y su aparente salud imperturbable. Pero tanto no consigue la literatura.
Ahora me da miedo saber si yo leo lo que lee él o es él quien lee lo que yo leo. No quiero pensar en quién de los dos decidirá nuestra próxima lectura y me maldigo (o le maldigo a él) por haber escogido un libro tan corto. ¿Me veré obligada por su culpa a volver a caer en Paul Auster? ¿O conseguiré que él lea también los poemas de Harold Pinter? ¿No deberíamos hablar, establecer un consenso, hacer un pacto de do ut des para que yo no tenga que leer más bellesteres y él no se vea obligado, si no quiere, a buscar el sentido de su/mi/nuestra vida en los libros de Viktor Frankl?
2
En el dificultoso e intempestivo regreso a casa, fui a dar con mis huesos al lado de otro lector. Manoseaba, más que leía, un libro de Kafka (no recuerdo cuál). Y digo manoseaba más que leía porque en cuanto posé mis intelectualizadas posaderas al lado de las suyas y saqué mi librito, se lanzó a la andanada interrogativa. ¿Qué tal está? Es que me lo recomendó una amiga. ¿Es de filosofía? ¿No será más bien de autoayuda? Pero, ¿está bien? Yo, ahora, estoy leyendo… Y otra serie de exabruptos más sobre su íntima vida lectora que, francamente, no me interesan. Detesto a esa gente que piensa que hablar de literatura es como hablar sobre el tiempo y enarbolan el tema allá por donde van y ametrallan con preguntas incesantes, banales y facilonas sobre las lecturas del de al lado. Son auténticos violadores de la intimidad literaria. Miran el escote empalabrado de lo que leo y, en vez de imaginarse el resto, se lanzan a manosear con sus preguntas insustanciales lo que hay debajo. Sinceramente, yo los echaría del autobús por intentar meterme mano.
Yo echaría a estos ligones de cartoné barato de los autobuses, de los cócteles, de los trenes, de las oficinas. ¿Qué autores te gustan? ¿Cuál es tu poeta favorito? ¿Qué estás leyendo ahora? Señores: eso no se pregunta. Como decía un fraile amigo mío: hablemos de sexo y dejemos la literatura para la intimidad. ¿Por qué habría de ser más fácil hablar de literatura que de sexo con un desconocido? ¿Por qué habría yo de sentirme tentada a compartir con un extraño las jamás reveladas sensaciones que me producen los poemas de E. Bishop, la escabrosidad de Bukowski o la bárbara repetitividad de Javier Marías? Señores, hablen de sexo y luego, hablen de sexo. Pero no me toquen las literaturas y no me las toquen.
Mi mamá me enseñó a no hablar de literatura con desconocidos. Ahora sí, viendo que los literatos de autobús piensan que es agradable para una dama, renqueante y laboral, sí, pero dama al fin y al cabo, verse supuestamente cortejada en sus inquietudes culturales, pienso en si sería conveniente darle la vuelta a la tortilla, hacerles ver que resulta tan obsceno que se dirijan a mí con los pensamientos que les brotan de su redonda y mullida cabecita, ¿te gusta Alberti?, que con los impulsos que les nacen del cerebro insistente y alargado de más abajo, ¿te quieres tomar una copa conmigo?
Sí, les diré a partir de ahora, me encantan los microrrelatos, porque son como un buen polvo rápido pero profundo en un ascensor de oficina. Me encanta Thomas Bernhard, amigo, porque es un egoísta que sólo atiende a su propio placer. Sin embargo, lo más sigue siendo follarse a un ruso. Claro, a un Tolstoi o a un Dostoievski. Un ruso apasionado y de largo alcance, señor, no como esos europeos del sur como Javier Marías o Italo Calvino que van de recoveco en recoveco haciendo acrobacias y alharacas para acabar echándote siempre un aburrido polvo estrictamente idéntico al del día anterior. A ver si así se callan, hombre.
3
En torno al autobús pueden suceder cosas muy curiosas, sí. Ayer, tras una hermosa velada en la azotea del Círculo de Bellas Artes a la que acudí en autobús, renqueante, sí, pero digna como un Napoleón que no perdiera ninguna batalla, fui haciendo el camino de regreso hacia la siguiente parada de autobús, renqueante y lenta, buscando la luz de los faroles para ir leyendo mi recién adquirido Ellis Island.
Ya se había hablado de literatura en el cóctel (entre amigos, por supuesto), ya se había lanzado la propuesta de elaborar unas “instrucciones para leer a Zweig” al estilo Montano, ya nos habíamos besado y despedido y yo caminaba, sorteando oscuridades, al ritmo del enrevesamiento de Perec: “docks desmoronados, fábricas donde, desde hace mucho tiempo, no se fabrica más nada, cocheras abandonadas, depósitos olvidados invadidos por la hierba mala”.
En la calle de los madrazo o en alguna otra peligrosamente similar, me tropecé con el humeante colchón de un clochard murmurante. “Cuidadito, lectora”, me dijo, “no te he invitado a mi casa”. Alcé la vista sorprendida y me topé con sus barbas y su alcohol. (“No se trata de apiadarse, sino de comprender”.) Le pedí perdón, hice un gesto de disculpa con despiste, blandí mi libro como excusa, sonreí e hice un esfuerzo por comprender sin apiadarme. El burbujeante clochard burbujea “isle of hope, isle of tears”. Y pronuncia con un curioso acento. (“No tiene sentido querer hacer hablar a esas imágenes, forzarlas a decir aquello que no sabrían decir.”)
Me paro a pensar cuál sería su Ellis island en este Madrid tan lleno de autobuses mágicos o malditos. “¿Perdona?”, le digo. “Ellis island, no te he invitado a mi casa”. Le pido perdón otra vez, lo pienso entre pasillos y burocracias, lo pienso entre el frío y los cartones, lo pienso con bolígrafos, lo pienso en ascensores, en otros países, en verano, entre las uvas… “Pero si quieres te invito, Ellis island”, me dice. Yo quiero decirle que llevo prisa, que siempre tengo mi pequeño paquete de miedos y reticencias en el interior, que me quiero ir y me quiero ir. Pero no me muevo. “Ellis, ellis island, ¿me tienes miedo?” y yo quiero decirle que en parte sí lo tengo y en parte se trata de comprender. “Me tienes miedo un poco” sigue burbujeando y lanzando un brazo por encima de su cuerpo mal acostado, como una bandera vieja. “Come on lee un poco, Ellis island”. Y entonces, le leo
lo que yo, Georges Perec, he venido a preguntarme aquí
es la errancia, la dispersión, la diáspora.
Ellis Island es para mí el lugar mismo del exilio,
es decir,
el lugar de la ausencia de lugar, el no-lugar,
el ninguna parte.
es en este sentido que las imágenes
me conciernen, me fascinan, me implican,
como si la búsqueda de mi identidad
pasara por la apropiación de este lugar-depósito
donde funcionarios fatigados bautizaban
americanos a granel.
lo que para mí se encuentra aquí
no son referencias, raíces o huellas,
sino lo contrario: algo informe,
en el límite de lo decible,
algo que puedo llamar cierre,
o escisión, o corte,
y yo, Georges Perec o Ellis island,
o Cristina siempre a bordo de autobuses,
como tú quieras,
voy a perder el autobús
y salgo corriendo y corro porque esta vez sí, voy a perder el autobús, y tengo un poco de susto, el último autobús. Y lo voy a perder. Y el clochard grita “¡gracias Ellis, gracias Ellis island. Qué amable, señorita Ellis island. Viva la burocracia!” Todo con un duro acento a país pasado por el alcohol.
Me acuesto, timpánica y renqueante, un poquito empapada por el alcohol.
Señorita Ellis island. No habla de literatura en los autobuses. Hágase saber.
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Etiquetas: ellis-island-soy-yo
Pornológico número 10 de la Revista Narrativas
Pues sí, sale a las calles digitales el número 10 de la Revista Narrativas. Toda ella vestida de... vestida de nada, porque el número va todo sobre, bajo, con, sin, entre, por, para la literatura erótica. La que viste y calza también participa, un poco delirantemente. Pueden descargar el número pinchando sobre la imagen:

Ya pueden empezar a leer, eso sí, se aconseja no hacerlo en lugares públicos ni rodeados de familia política.
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Ya pueden empezar a leer, eso sí, se aconseja no hacerlo en lugares públicos ni rodeados de familia política.
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