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  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Alain y yo III
    3
    Acostumbrada como estaba a sostener las ficciones más desinhibidas y estúpidas ante su perfil malhumorado en el templo de la compostura fundado por mi abuela, no recuerdo que sus paseos y vaivenes, lentos como los de un oso e inalcanzables como los de un faisán, me intimidasen durante el tiempo en que compartimos hotel. Al contrario, el imposible hombre plano vuelto hacia mí carne, hueso, queja y gruñido o saludo, me causaba curiosidad. A veces tenía ganas de ir corriendo a agarrarme a sus piernas, hacerle quejarse y oír, por fin, cómo salían, sibilas entre las barbas, todas aquellas imprecaciones que se debían estar acumulando desde que mi madre me sentó por primera vez en la sala de estar de la casa de mi abuela, para que jugarse yo sola, sin saber que me dejaba al capricho del carácter de un retrato.

    Sí recuerdo que la fuerza de la costumbre hizo que me encandilara de su manera de andar entre las cosas, tan parecida a la mía. Cuando yo bajaba a desayunar, o mejor dicho, a bañarme en la excesiva blancura de los manteles y a sumirme en la perfección geométrica de las mesas –tocadas siempre con una sterlitzia central para volverlas paraísos particulares al gusto del cliente- con su cubertería perfectamente alineada en torno a los platos, él ya llevaba allí quizás una hora. No reverenciaba el lujo como los demás. Lo aprovechaba, se deleitaba en él, se asombraba ante el primor de los tarritos de mermelada, se servía las huevas de caviar casi con carantoña, manoseaba las cucharas distraídamente, piel contra metal, como si no hubiera nada mejor que hacer en el mundo que dejarse llevar del gusto al tacto, del olfato a la vista, de la vista otra vez al gusto, en un viaje íntimo con las cosas.

    Me encantaba desayunar dos mesas más allá de la suya. Si el viejo blanco se atrevía con el salmón, yo me atrevía con el salmón. Si mezclaba el queso con los tomates diminutos –todo es diminuto en la selva del lujo hotelero-, yo lo mezclaba también. Manoseábamos los discretos envoltorios de cualquier cosa, nos frotábamos de gusto las manos por debajo del mantel, olíamos el chocolate, dibujábamos picassos con regueros de mantequilla en flor, disfrutábamos, en fin, del momento regio del desayuno, paso a paso, ordenadamente, para que nada nos hartara, para que nada nos aburriera o nos decepcionara. A veces, cuando él se iba, yo todavía estaba desayunando con los nueve años de mis piernas colgando del butacón. Se llevaba un azucarillo, una cucharilla, la servilleta en la mano o la lengua espesamente pegada al paladar. E, invariablemente, me guiñaba el ojo, dejaba escapar un “bonjour, les enfants” entre los recuerdos del salmón, las galletas y el café que aún se le amontonaban en la boca y se retiraba. Supongo que se metía en su habitación y comenzaba un ritual semejante en el cuarto de baño: manosear las toallas, aspirar el olor de los jabones, dejar correr el agua sin aventurar el pie hasta que la temperatura fuese perfecta... Yo me quedaba en medio del comedor, en mi mesa blanca y redonda, reinando entre los caviares, los panes internacionales y los azucareros, bendecida por aquel desparpajo placentero del hombre intelectual, del pensativo y temible, del indomable escritor que desayunaba a mi lado todo lo que podía comer y un poco más.

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    Alain y yo II
    2
    En 1991 lo conocí. Yo tenía nueve años, un curso de francés a mis espaldas y no solía expandir mi ingenuidad retozona más que cuando mi hermana consentía en dedicarme algunos minutos de su seriedad innata. Dejando aparte el animalario simpático de Pitus, el árbol de los pájaros sin vuelo y las perrunillas de Bonifacio Martín, mi conocimiento de la literatura, sus vestidores y sus vaivenes era nulo y, por supuesto, no me importaba en absoluto. En general, creo que pensaba que los libros que yo leía se escribían solos y ni siquiera había tratado con una posible imagen mental de un ser humano inclinado sobre unos papeles imaginando personajes. Me interesaban más las piscinas en marzo, los pompones estrambóticos de las habitaciones de hotel, los tarros de mermelada extrañamente pequeños y las plantas con nombres de pájaros o princesas.

    Estábamos en el mismo hotel; yo me ocupaba de las aves del paraíso y las cucharas de plata y él paseaba aquí y allá rodeado de un sin fin de gente caótica que me lo estorbaba a la vista. Si me percaté de su existencia, ocupada como estaba en comparar los olores de aquella isla veraniega con los de mi habitualmente empapada Asturias, fue precisamente por su escapadiza presencia. Acertaba a comprender el revuelo que se formaba en torno a él, me escurría entre las piernas de sus pretendientes buscando mis jabones y mi bolso de gatitos, torcía la cabeza intuyendo que algo importante se escurría hábilmente por delante y por detrás de mí, pero no sabía muy bien de qué se trataba. Notaba, además, cierta pesadez en el ambiente, como la de una ofensa posible y fácil.

    Me preguntó de dónde venía y cómo había llegado hasta la isla. No se trataba, obviamente, de ninguna indagación filosófica. Era, más bien, un ejercicio para mi escaso francés. Hablamos de “la route près de Salamanca” y de no sé qué otro tema de vital importancia para los que llevan un año estudiando un idioma. Se sonreía en los ojos, quizás al pensar en la bondad de su gesto al pararse a hablar con una niña aferrada a un bolso de gatos en medio de semejante turbamulta de adoradores; quizás era ironía o, quizás, simplemente felicidad. Pronunció Salamanca con la nasalidad coqueta y retorcida de los franceses, sonrió y se fue con todos sus adultos y esa pesadez que los rodeaba. Mi madre sonreía, entre orgullosa y tímida. Nos quedamos allí sentadas. De ese “allí” sólo puedo precisar que era un lugar del que se alejaba Alain Robbe-Grillet con su cazadora colgada de un brazo y su mujer del otro; un lugar que se iba quedando limpio de una tensión incierta a medida que Alain Robbe-Grillet se alejaba y dejaba de ser, para los que se relacionaban con él en la isla, el magnífico escritor francés Alain Robbe-Grillet poseedor de alguna verdad que habrá que heredar y proteger, y se convertía en un viejo más de pelo blanco, ya se sabe, como son todos los viejos que eligen Tenerife para envejecer.

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    Alain y yo I
    1
    En casa de mi abuela hay un retrato de Alain Robbe-Grillet pintado por un artista de Santiago de la época en que, si creemos las genealógicas pantomimas de mi abuela, la mitad honrosa y pétrea de la ciudad pertenecía a nuestra familia. Yo estaba acostumbrada a jugar solitaria junto a él al Monopoly, vendiéndome y comprándome calles y canales en un Madrid franquista y sin connotaciones; también releía El zoo de Pitus, único libro infantil en el panteón compostelano de mi abuela, bajo la intimidante indiferencia del perfil de Robbe-Grillet. Era fácil percibir cierta censura surgiendo de aquella forma de no mirar, de aquel empeño reductor, no sé si buscado por el artista, que mantenía al retratado en una actitud absolutamente plana y pobre, en la que la postura era dominada por el marco y la expresión estaba totalmente enterrada bajo el peso de las toscas pinceladas.

    En aquel retrato, Robbe-Grillet fumaba en una pipa que por bidimensional y tosca no hacía pensar jamás en las pipas de verdad ni tampoco en las representaciones de las pipas. La pipa de Robbe-Grillet era más bien un intento de pipa y el perfil del escritor detrás de aquella mancha marrón, como colocado en hilera, era también un intento. Se podría decir, no sé si para defender el cuadro o para denostarlo todavía más, que se trataba de un atisbo cavernícola y pueblerino de lo que Manet había conseguido años antes: dejar que la pintura se representase a sí misma mientras fingía representar otra cosa. Sin embargo, para mi infancia lega en crítica artística y crecida en las prohibiciones de la solariega casa familiar, había en aquella fallida tentativa una indiferencia cargada de reproche. Incapaz de mirarme a los ojos, condenado a su estrecho espacio, Robbe-Grillet se concentraba en la mancha de su pipa y en la cara interna de un marco de madera oscuro y hacía caer sobre mí, probablemente porque la unión de su inexpresividad con la cargada patencia de la pintura producía un efecto inquietante y contradictorio, una desaprobación muda hacia mis movimientos y escalas de niña sana.

    La crítica oculta de Robbe-Grillet se unía armoniosamente a todas las reprobaciones que flotaban en el ambiente de la casa. Ya digo que había aprendido a hacerme un hueco de felicidad con los dos únicos elementos aptos para niños que había en la casa; sabía moverme en silencio entre la calle José Antonio y la enfermedad de Pitus; me concentraba, excesiva, en el tablero manoseado para no llamar la atención o me tumbaba discretamente en la alfombra, detrás de la obligada mesa camilla de Galicia, para pasar inadvertida. Pero sabía, siempre sabía, que en su eterno viaje en pos de su pipa, un tal Alain Robbe-Grillet me vigilaba y se esforzaba por adelgazarse contra el lienzo para hacer como que no me veía.

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    Reseña: La vida perra de Juanita Narboni, de Ángel Vázquez
    ¿Juani?
    Soy yo, chérie. No pongas esa cara de memloca. No te asustes. Soy yo, Helena. Sí, la puta de tu hermana, lo malo, la consentida, la guarra y la escapadiza. La niña de su daddy, la que tantos trastornos no te quiso causar. Alguna vez tenía que escribirte. ¿O crees que yo no me acuerdo de los días de Tánger, de nuestras disputas eternas, en las que tú reñías y yo callaba o reía o me calzaba y me largaba a donde me llevaran los pies? Vale, con quien me llevaran los pies, ya sé que es eso lo que estás pensando. Malpensada. Qué pacata has sido toda tu vida, Juani, mi bueno.

    Todo el día buscando la aprobación de la descansada de mamá, que bastante tuvo con acompañarte a todos los cines para que, al menos, bañases tu imaginación en el perfume de otras mujeres. Lo siento, pero es así. Oh, claro que te he querido, chérie, no digas eso. Y te quiero todavía. Pero no me niegues que te has pasado la vida siendo la princesa de la bata y el plumero, la reina de los achaques y las preocupaciones inventadas. No comer demasiado por no morir, no fumar por no morir. Ni siquiera se podía dejar la ventana del baño abierta para que tú no te resfriases cuando te entraban esas ganas de mear tan increíbles. Yo necesitaba aire, Juani. Las Narboni no hemos nacido para vivir encerradas. No sé cómo tú lo has soportado. Pero tú misma has dicho muchas veces que te morías por una bocanada de aire, por un chorro de aire fresco entre la piel, por un poco de espacio y horizonte. Pero siempre has sido tan prudente, mi bueno… Prudente hasta el aburrimiento. ¿A qué encerrarse en casa si tanto te gustaba estar en la calle, Juanita?

    No, no me vengas ahora con esas, con la cantinela eterna de tus responsabilidades. Y, sí, puede que yo haya sido un poquito irresponsable, mi bueno, pero en mí has encontrado la excusa perfecta para cargarte con todos los muertos que has querido. Sí, es cierto que no está bien decir eso, pero tranquila, la descansada de mamá no nos oye. No, querida, no nos oye. Eso son imaginaciones tuyas. Y daddy tampoco. Por cierto, ¿cómo pudiste decir eso de papá? Que si tenía una mano muy larga, que si quería tocart… No. Ahora no me voy a callar, doña Prudencia. Siempre tan miedosa, siempre tan metida en tu cabecita atolondrada. Siempre pensando cosas de la gente en vez de hablando con ella. Tanto hablar de Mercedes y de Esther, tanto esparcir tus quejas de todo el mundo a todo el mundo. ¿De verdad crees que alguien te quería escuchar, Juanita Narboni?

    Vale, quizás no debería ser tan dura. Pero ahí te equivocas. Para mí las cosas no han sido así de fáciles. Vale, no es lo mismo partirse la espalda y verse todo el día doblada entre ratones fantásticos y fotografías mal colocadas (y todo por culpa de la torpeza de Hamruch, que muy consentida la tenías). Pero no es fácil largarse de aquel Tánger tan cosmopolita, tan interesante, tan sucio y limpio al mismo tiempo, tan peligroso y lascivo, tan sereno y a la vez tan caótico.

    Manaraf, Juanita… tendrías que haber salido más. Sí, claro, eso dices tú, pero siempre era cobardía. Cómo podían tenerte los hombres manía, mi bueno. Son cosas tuyas, como siempre. Es que eres la reina del melodrama de andar por casa. Seguro que el Zorro te quería violar, seguro. Y aquel militar o lo que fuese que se metió tu dedito de niña diminuta y gazmoña en la boca, también. Seguro, Juani. ¿Ves? Ese es tu problema. Piensas demasiado. La vida hay que vivirla, señorita Narboni. En brazos de cualquiera, pues sí. Pero vivirla, Juani. Siempre dormida bajo la protección de los nesranis.

    No, Juani, yo no digo que no fantaseases. Pero eso no basta. ¿Qué supo Dedé de todo lo que pensabas? ¿Eh? Se tuvo que morir de aquella manera y no saber nada. ¿Raro? Otra vez estamos. ¿Porque guardaba las cosas de su señora madre? Tú sí que eres rara, Juani, que hablas con mamá y haces lo que dices que ella te dice aun estando ella muerta y bien muerta. Sí, llámame bruta, pero esta sinceridad, para mí se quede, hija, que mira tú lo que has hecho con tu vida. Perdona que me repita. Ahora que con todo lo que tú me has reprochado en esta vida… como si yo hubiera nacido para hacerte sufrir a ti. Sí, si ya lo sé que me quieres, boba. Y yo a ti también. Pero tienes que dejar a cada uno a su aire. Cada uno somos de una manera. Y tú deberías concederte la libertad de ser un poco a la tuya. Dejar de mirar hacia atrás por la calle pensando en lo que pensarán. ¿Crees que la gente no tiene bastante con lo suyo como para pasarse el día pensando en ti?

    Deja de hacer la idiota, Juani. ¿Es que no te das cuenta? Bichitos por todas partes, mi reina. Eso no se lo puedes contar a nadie, porque te echarán a escobazos. Échate al cine o al teatro, como en vida de mamá. Deja las zapatillas, sacúdete el polvo del alma, mi bien. Sal aunque sea en zapatillas. Sal sin comer. Y qué más da. Como no vives con el cuerpo, tu cabeza se está superpoblando de estupideces, Juani. Te lo digo yo.

    Pero si yo te quiero, mujer. Si te lo digo por tu bien, porque no sigas con esa cara de impávida, como si no hubieras probado las chuparquías en tu vida. Lo que sí que no has probado es otra cosa, ¿verdad? ¿Sigue todo así de muerto y aburrido por ahí abajo? Ay, hija, cómo te pones, no es para tanto. Todas tenemos uno y no nos morimos por nombrarlo. Mira que eres. Pues de eso sí te vas a arrepentir, Juani. Te lo digo yo. Pues claro que yo sé. Soy la guarra depravada de tu hermana, la del valenciano y los dos mil y otros más. Y no, nunca me preocupé del recibo de la luz. A mí no se me importan nada los apagones, mi bueno. Sólo una cosa quiero tener encendida.

    Soy así, Juani, qué le voy a hacer. Mi vida no es tan perra, pero es bastante arrastrada, no te creas. No es fácil tener una brasserie en Casablanca en estos tiempos. Esto está lleno de yibilos insoportables. Y dos críos agarrados todo el día a… Bueno, mujer, ya me callo. Te invitaría a venir a Casablanca con monsieur Noiret y conmigo, Juani, de verdad. Porque al fin y al cabo somos hermanas y la vida es perra para todos. Pero la vida está muy apretada y a ver qué íbamos a hacer los cinco.

    No, yo no puedo volver a Tánger… ¿Qué queda de nuestro Tánger, Juani? Si ya no queda nada y tú no sales de casa… ¿Cómo puedes pedirme que vuelva? Yo Tánger ya me lo conozco. ¡Qué puta que eres tú también! No lo decía en ese sentido, Juani. Oye, voy a colgar, esto se oye feo. Mira lo que te gusta a ti un teléfono, mi bueno… Sí, sí… ya llamaré otro día. Porque lo que es tú… no ibas a hacer semejante gasto, eh… En cambio el vino que no falte, que me lo ha dicho Esther. Ni el vino ni el pescado.

    No te quejes, mi reina, ¿ves? Un poco de vino y algo para echarse a la boca. No es para tanto. Piensa en quien nos dios vida, desconocido y acallado... No te quejes. No llevas una vida tan perra, Juanita… Ponles flores a los dos. Sí, por mí. De tu parte los beso. De parte de su tía la desconocida. Vale, ya… me callo, sí. Adiós, adiós.

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    Alegría tópica y recuerdos
    Siempre trepé por la semana previa a mi cumpleaños como por una deliciosa pista hacia el paraíso. No sé qué misterio guardaba para mí cumplir años, no sé si era una conexión menos somnolienta con mis calles, mis colegios, mis andanzas, no sé si quizás la satisfacción de un ansia infantil de protagonismo, no sé si la absolución de los males y bienes, de los pasados y porvenires, si una invitación a los brotes, si la expansión de ciertos amores bien callados, si la delicia de verme, repentinamente desde fuera, más fecunda, más hábil y más alegre.

    El chapoteo incauto en esa felicidad injustificada se volvía luego parduzco y duro en la fangosa semana del después. Los días se amontonaban demasiado iguales a los demás, la nueva condición se asumía sin promesas ni explosiones impredecibles. Iban cayendo los días como si simplemente estuviesen destinados a enterrar aquel otro, florido y revoltoso, a aparcar su alegría en el olvido, a empañarlo con las tormentas de mayo, la niebla y los deberes.

    El mayo de este novedoso año viene disfrazado en sol y nubes, sin orden ni concierto. El torbellino luminoso se me cae en los charcos y vuelve luego a alzarse sin disimulos ya de forma cotidiana, siguiendo mis mareas habituales.

    Y sin embargo, todo ese jolgorio impenetrable y único que me acompaña el día 10 de mayo cada año, salta desde cada página de los libros que amigos, familiares y demases tienen a bien regalarme para que viva todo el año.

    Gracias por la coleta de Münchhausen, por los trocitos para un libro en el futuro, por la vida perra y graciosa de la Narboni… Todos ellos aromatizados por el perfume de Lisboa. Y por el refrán.

    Qué topica y que inempañable es a veces la alegría.

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