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  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Saudades de otrora
    Hete aquí que encuentro dos textos que escribí el año pasado. Los primeros textos por los que me pagaron algún dinero. Y ahí están, publicados en la asociación Endins. Thanks. Un maridaje y una contramotivación. Simplecillos, temblorosos e incipientes.

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    Reseña: Cuando fuimos los mejores, de Aixa de la Cruz
    Cuando fuimos los mejores nos empapa de la vida de una adolescente bilbaína que deambula, errática y torpona, entre el mundo interior de su familia y las enormes posibilidades transgresoras de la vida en el instituto. Un mundo absolutamente cerrado –el de su familia-, regido por normas estrambóticas e impuestas por rutina, necesidad e instinto -no por reflexión ni inclinación hacia lo mejor-, y un mundo tremendamente abierto, el del instituto como una órbita y todo lo que se cobija bajo él: los bares, los primeros encuentros sexuales, las fiestas, las peleas, los saltos sobre todas las prohibiciones. El único punto de unión es una chica frágil que vive en los dos hasta las últimas consecuencias.

    Los acontecimientos son innumerables y la vida va subiendo a borbotones por las páginas, llameando, devorando, adueñándose de esta chica y de su entorno. Ella está en la novela como el ojo de una aguja, dejándose enhebrar constantemente, con la ingenuidad del inexperto, con la curiosidad del niño, con la torpeza del pajarito y con la monstruosidad todopoderosa del adolescente.

    Lo hermoso de esta novela es la sinceridad abrupta del retrato. El autor no pide favor para ninguna causa, no pretende que amemos los errares rockeros de la tía Nuria, ni quiere que juzguemos a la madre que no se comunica y admite los desmoronamientos todos de su familia con enajenación y locura. No se nos invita a perdonar los errores de Kattalin por lo que su comportamiento tiene de tierno, ni se nos pide que comprendamos sus desatinos por su situación familiar.

    Quizás acertó Pimentel más de lo que creía cuando dijo que la obra tiene “la belleza de la opera prima”. Su autora no ha salido al paso de nada, no ha escrito para darle un bofetón a lo esperado. Las escuelas, los dogmas, las falsas expectativas, la moralina se rehúyen solos en esta novela. No hay un intento de clavar una posición ideológica en el mundo, ni una aspiración a escribir la verdadera novela del aprendizaje del siglo XXI. Es pura de intenciones y por eso el relato avanza chapoteando en la mera alegría de ser.

    Se suceden en el relato los barbarismos típicos del realismos sucio: sexo, drogas, rock and roll, mucho barro. Gritos, incomprensión, barreras generacionales. Como un tifón rodea este batiburrillo a la protagonista, la envuelve, la atenaza. A veces, las cosas se desbordan tanto que ella se inmoviliza y comienza a tomar distancia. Otras veces, se refugia en la autocomplacencia de la desesperación típica de la adolescencia. Pero no podemos hablar de “realismo sucio”. Porque no hay una opción moral que se desdeña ni se hace del lodo bandera, de la marginación himno, de la incomprensión disculpa.

    No hay una opción. Por eso tampoco hay moralina fácil (que, incluso en el realismo sucio, por contraposición de los consensos, se da). Kattalin abre los ojos, confusa y sin brújula, ante miles de posibilidades. El camino que elige al final, la opción, no es tal. Es sólo un tímido paso hacia una construcción más definitiva de la personalidad. Es la sola comprensión de la adolescencia como un proceso en el que se halla inmersa. Ese es el único paso al frente. Válido por real y tembloroso.

    Todos los acontecimientos de catálogo de adolescente vienen tímidamente aderezados por pequeños indicios. La protagonista siente que quiere salvarse “de tanta oscuridad”, reconoce su propia autocompasión, atina a ver los impulsos que la llevan a ciertas rebeldías. Pero este proceso, como en la vida adolescente, se esconde bajito y terco, pasa como un hilo delgadísimo entre la maraña abundante y colorida de las noches, el alcohol y la omnipotencia. Pero está. Y con esas tímidas apariciones, al final de los trepidantes capítulos en que Katta se vuelca al exterior, se va nutriendo una ternura necesaria para la comprensión total del personaje.

    Lejos de quedarse en la estampa adolescente y urbana, la novela también ahonda en la vida de una familia absolutamente disfuncional. Una tía silenciosa y esotérica, otra liberada y ligera, una madre caótica, irresponsable e incomunicativa, tres críos diferentes y chocantes. Ellos acotan el mundo con su modo de estar en él. Son como quieren ser y, en medio del caos funcional y emocional en que viven, se soportan, se apoyan y se entienden. Este caos familiar nos hace pensar que hay desórdenes que funcionan y que albergan. En él, todos los seres de esta familia tienen derecho a una identidad, a un yo único, por más que se antoje estrafalario, insoportable o en los límites de lo legal. El caos urbano del instituto es el contrario. En él, los temblorosos y vacilantes egos de Katta y sus amigos tiemblan y vacilan cada vez más, pierden su energía en proponer una máscara que los haga fuertes e invulnerables. El caos los modela a ellos, que van dejándose llevar allá donde los letreros del bar, las canciones de moda, las transgresiones más al alcance, los obligan a ir. De ahí la contraposición de narradores, una tercera persona como una mano que empuja a Katta por toda la ciudad inexorablemente y una primera persona más íntima sin perder su voluntad objetiva para lo que ocurre en la casa.

    Cuando fuimos los mejores bucea en los entresijos. Busca en los huecos poco explorados de una incipiente conciencia. Busca en las posibilidades nunca contempladas de una familia caótica que, pese a todo, se mantiene unida. Busca en los secretos de las mochilas de los adolescentes. Rastrea las posibilidades ocultas. Va destapando toda esa realidad que solemos esconder debajo de la alfombra. Por cambiante, por compleja. A veces por incomprensible. Con el descaro y la belleza de la opera prima.

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    Doblando la escala de los mapas
    Con la mochila llena de escarabajos y mapas mal doblados, nos vamos a Cuenca a buscar a Sergio Prim y a intercambiar libros de Vila-Matas. Si Sergio no aparece, lo crearemos. En plan Maria Turner, Rita Malú o Sophie Calle. Seguro que a la vuelta hay grandes historias que contar.

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    Reflexiones sobre las “reglas para la supervivencia de la novela”
    Propone Vicente Verdú en el Babelia del sábado 17 de noviembre, diez componentes o reglas que deberían caracterizar a la “nueva narración”, a la “novela actual”. Ahí van unas notas preguntonas tiradas a sus pies. No quieren ser dogmas ni refutaciones, sólo preguntas. El artículo completo puede leerse aquí.

    “El cine de autor como la novela de argumento son productos que caducaron en territorios de la Metrópoli mucho ante de iniciarse el siglo XXI.”

    Interesaría saber por qué. Pienso que en lo que Verdú llama la Metrópoli se han institucionalizado y consensuado los modos de ser de los discursos sencillos y argumentales. Kiarostami, por ejemplo, se acerca con ojos de niño nuevo a las historias que nos resultan viejas. Sin consenso acerca del sentimiento que han de suscitar sus historias, sin premeditación académica sobre la importancia de lo contado. ¿Es eso lo que ya no se consigue en la Metrópoli? ¿La limpidez de la espontaneidad? ¿Hemos agotado los argumentos por haberlos institucionalizado? ¿Por qué se hace viejo “el argumento”? ¿Por lo que son o por todo lo que ya hemos pensado acerca de ellos? ¿Existe una actitud previa a la lectura de una novela “tradicional”? ¿Flota esta actitud -los sentimientos que ha de despertar, su unanimidad entre el lector y la crítica, el carácter público de su intimidad- en el ambiente?

    “La novela actual deberá mostrarse enérgicamente resistente al intento de trasladarla al cine, al telefilme o a la vida del videojuego.”

    ¿No podemos entender estos traslados como un acto creador que, sin atarse a la letra, consiguen con el lenguaje y la arquitectura propios de cada código evocar las mismas experiencias y sensaciones? ¿Podemos confiar en una alimentación recíproca de los lenguajes gracias a la que se vayan rompiendo los moldes propuestos y se ensanche el campo abarcable desde cada “disciplina”?

    “La fantasía, la intriga –y tanto más cuanto más enrevesada resulta- debe considerarse un recurso estereotipado e indicio, a la vez, de no aspirar a mucho más que un sudoku.”

    ¿En qué medida rechazar la creación de fantasías e intrigas supone rechazar no ya a un tipo de lector, sino el propio deseo humano de vencer obstáculos aunque sea a través de la piel de un personaje escrito, de vivir otras vidas y otros mundos, de indagar en sí mismo a través de una impostura? ¿Carece La vida privada de los árboles con toda su etérea sensación de nada de una intriga que empapa la historia desde el principio hasta ese final que no adviene nunca?

    “Cualquier obra literaria actual debe insistir más que nunca en la categoría de su escritura. Es decir, en su habilidad para hacerse indispensable como medio de conocimiento y comunicación peculiar.”

    ¿Realmente se ha de insistir en ello o ese “no sé qué que qué se yo” de las buenas novelas es precisamente esa habilidad para ser indispensable? ¿La insistencia, la intención colman el éxito acerca de esta forma única de comunicación y comunión? Me pregunto si la insistencia absoluta en la escritura en sí no conduce a obras endogámicas, cerradas e inaccesibles en muchas ocasiones. Todo con moderación.

    “Ha terminado el proceso, la idea de la historia y de su trascendencia. Lo que cuenta es la belleza de la inmediatez, el texto convertido en un gozoso bocado de por sí.”

    La belleza de la inmediatez de Elizabeth Smart no impide la alegre trascendencia de lo entretejido en su torno. Si volvemos a Borges y sus manzanas, el lector asume un papel importante en el deleite de los gozos propuestos por el autor. ¿Quién puede o quiere ponerle reglas al lector? Disfruta tu manzana, lector, sin querer nada más para ti que el sabor contra tu lengua. No pienses ni busques más historia ni final que ese momento. ¿Hay una condición narrativa en el hombre? ¿Y una condición trascendente? ¿Seguiremos buscando, pese a lo que augura Verdú, esa trabazón en las cosas y ese alzar de alas que nos lleve un poco más allá de nosotros mismos? ¿La mágica unión de los planos y las historias –como en los mejores cuentos de Cortázar, como en las historias de Zambra- no traen, en el momento de la lectura, una belleza inmediata fácilmente olvidable y sin embargo trascendente? ¿En qué consiste esa trascendencia que queremos o sentimos aprehender al leer? A veces, simplemente, en reconocer como posible lo que antes de la lectura se aseveraba como absolutamente imposible. ¿Leer y escribir las buenas novelas no es una forma de ampliar las conciencias?

    “La fragmentación de las historias, con sus anotaciones e intervalos mentales, tiende a copiar del blog y de la comunicación fragmentada omnipresente.”

    Vamos, quizás, hacia novelas fragmentarias y erráticas, con diversas voces y tonos. ¿Qué pensamos entonces del concepto “novela”? ¿Tendremos que redefinirlo? ¿Ha muerto? ¿O podemos pensar “novela” de una forma más amplia y sugerente, como un texto incoherente cuya ilación la persigue un lector que se extenúa en la búsqueda y finalmente se ve (o no) recompensado? ¿Hemos de bajar al trastero la linealidad? ¿Hacerlo supone un mero enterramiento ritual de un recurso caduco o estamos mandando al ostracismo a una forma poco satisfactoria de entendernos?

    “El desarrollo pues del libro no obedecerá a un hegemónico hilo argumental sino a una red de experiencias.”

    Sí. Renunciamos a la linealidad pero no como recurso literario sino como experiencia personal. Una vez aparcada, ¿no se harán grandes obras que la recuperen para colmar esa porción siempre vacía e insatisfecha de nosotros mismos narrados a través de redes de experiencias?

    “Para contar una historia hay ahora abundantes medios […] La escritura, sin embargo, es insustituible en cuanto agudiza su ser, emplea las palabras exactas y no la palabra como un andén para llevar la obra a otra versión.”

    Podemos renunciar a las historias buscando la belleza diamantina del lenguaje. Podemos emborracharnos en metáforas, palabras exactas y conceptos jamás expresados de forma tan certera y bella. Sin embargo, la historia que los soporta, los encarna y humaniza, ha de seguir estando ahí. ¿Escribiremos prontuarios de bellas definiciones? ¿Amalgamas sutiles de metáforas increíbles? ¿Surge la belleza de las palabras mismas o de ser el único vestido posible para esa sensación que ronda, para significar la calva incipiente de un personaje que podríamos ser nosotros? Si la belleza a veces es la mera precisión y exactitud de lo expresado (aunque esta expresión lo sea de la forma aparentemente más lejana a la idea inicial o de consenso), ¿ha de quedar algo que expresar, una historia que revele que esa forma es la única que la hace ser lo que es? ¿O podemos ensartar metáforas y bellezas como abalorios? ¿Cuánto de la belleza del lenguaje reside en todo lo que no está en el lenguaje?

    “Si, como se reconoce, la realidad supera siempre a la ficción, entonces, ¿para qué fantasear?”

    Amén de la verdad mayúscula disuelta en las mentiras, habría que pensar en el mero placer de fantasear. ¿Termina este placer con el siglo XXI? ¿Hemos de renunciar a él? Y, siendo como somos falibles y amigos del engaño propio y ajeno y de la ceguera, ¿no hay en las ficciones, tomadas como ficciones, asumidas en su pacto de incredulidad suspendida, una bofetada poderosa sobre la realidad y sus fallos? ¿No puede seguir siendo la ficción una suerte de conocimiento –llamémosle mágico- a través de la mentira y la enajenación?

    “El estilo en tercera persona es hoy el colmo de la falacia, la hipocresía, la cursilería, el amaneramiento o la vana pretensión de saberlo todo por parte del narrador a la manera insufrible de la voz en off en los años cincuenta del cine.”

    Verdú defiende el uso de la primera persona del singular. “Trato directo”. Se me ocurre, como una idea descarada y repentina, la posibilidad de un narrador omnisciente (hay que tener en cuenta que no todos los narradores en tercera persona lo son) como el más adecuado para hoy. Un narrador entremetido en la vida de los personajes hasta el colmo y la asfixia. Un narrador como una sociedad, mandón y posesivo, supuestamente benévolo y divertido, que ahoga y ahoga una y otra vez. No me parece tan desatinado. La confesión íntima del yo como yo que ha vivido de veras, ¿no puede ser el colmo de la cursilería cuando no tiene nada que decir, modo de decirlo o novedad que decir? ¿Cuándo se entromete en sí mismo sin pizca de pudor? ¿Cuándo aspira a ser tomado por todos los yo del mundo?

    “Podría decirse, incluso, que ninguna obra sin humor forma parte de la producción intelectual inteligente puesto que ningún genio en la historia de la humanidad prosperó sin la ironía sobre sí mismo.”

    El humor como forma de conocimiento. La ironía como patrón para la mise en question de lo dado y de uno mismo. La ironía y el humor como un trabajo imprescindible –serio- en la elaboración del texto.

    “De su elección [la del lector] depende dar vida a los novelistas que escriben como estafermos o no.”

    El lector activa las posibilidades de un texto, las pone en marcha en un sentido elegido. Como yo que, reacia a estar firme y no moverme ante unas “reglas” que bastarán para la supervivencia de la novela, lanzo estas preguntas para agujerear un poco los decálogos (incuestionables desde la forma). Porque nunca amé los dogmas. Ni sus consecuencias.

    Pienso, por último, que los decálogos son prescriptivos por tradición. Y el arte, por definición, es desobediente.

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    Aviso para viajeros
    Acabo de recibir este mail. Por si las moscas lo dejo aquí. Al principio no sabía si creérmelo, pero después de haber tenido una profesora que perdió la única copia de su tesis... Me lo creo todo. Pobre hombre. Sobre todo, teniendo en cuenta sus iniciales, con perdón.
    “Estimados amigos,
    Me llamo G. Pizarro y soy escritor. Y, a lo que se ve, despistado. Recientemente, perdí el manuscrito de mi última obra, “Amarás la nieve”. Fue en un viaje de metro, en Madrid, en la línea roja, entre las estaciones de Ventas y Noviciado. Supongo que lo olvidé en un asiento del vagón o mientras esperaba. No quiero pensar que alguien me lo sustrajo. Estoy dispuesto a pagar una cierta recompensa por cualquier noticia sobre mi manuscrito. Se trata de una resma de unos 350 folios, impresos en tinta negra y cosidos por el borde izquierdo. Sin plastificar. En la primera página consta el título de la obra y mis iniciales G.P.S.

    Les agradecería mucho que difundieran este mensaje por las plataformas de que disponen. Pueden dejar mi dirección de correo g.pizarro.s@gmail.com para referencias.

    Atentamente,
    G. Pizarro”


    Vive Dios que si estuviera en Madrid ahora mismo, correría a informarme.

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    Autoconferencia poco científica sobre “lo real”
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    Pensar en una luna que sólo existe cuando la miramos. Extender esta posibilidad a todos nuestros órganos perceptores. Comenzar a creer, hombre que es la medida de todo su mundo, en la posibilidad de que el afuera esté dentro, de que la barrera que nos separa de las cosas sea creada por nosotros, de que el “yo” sea una multiplicación ad aeternum de lo que hemos sistematizado como “yo”.

    Se trata de aceptar nuestra colaboración activa en la percepción. No percibimos, entes pasivos y dominados por un exterior autorregulado, construimos. La ignorancia físico cuántica me obliga a querer la idea sin entenderla ni demostrarla. Castaneda y Huxley llegaron a esta conclusión de una forma más psicotrópica que científica. Nuestra capacidad de percepción puede verse aumentada de forma tan exponencial como peligrosa. Somos, al decir de Huxley, “Inteligencia Libre”.

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    ¿Qué siente, qué percibe, qué experimenta una Inteligencia Libre? Todo. Hasta el punto extático de fundirse con el resto de cosas y seres. Huxley mescalínico solía “ser estas flores”. Científicamente, “somos materia”, como todo. Todo lo que me diferencia de lo demás es lo que me iguala a ellos. Una continuidad de materia, un totum revolutum químico e imparable. Una interpretación alegre, mística y lega de la relación de incertidumbre de Heisenberg nos obliga a desdeñar –dentro de esa realidad inaprensible e incognoscible- el yo en relación dialéctica con lo externo, la existencia de barreras, la división entre perceptor y percibido.

    Nicolás de Cusa y “todas las cosas, aunque sean diferentes, están enlazadas”. Lovejoy y su Gran Cadena del Ser, como un dragón chino universal. El Nirvana. Osho y el “ego que puede disolverse porque ha madurado”. Tiempos, espacios, corrientes de pensamiento y metáforas que van surcando la diversidad hasta caer en la misma idea. Que por sencilla se vuelve amenazadora e inaceptable. “Que todo es todo” y como afirma el griego –no en el Cratilo-, panta rei. Todo fluye. Nos parecemos más al río Esla que a nosotros mismos.

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    ¿Por qué, entonces, la obviedad tan tremenda de nuestras diferencias, de la distancia entre el yo que habla y el tú que me escucha? ¿Cuánto de mi ser es igual al ser de, por ejemplo, Vila-Matas? ¿Cuánto del ser de Vila-Matas hay en ese hombre con sombrero elegante y gabardina que me mira irónicamente desde un vagón de metro? ¿Cuánto yo, partícula flotante e indeterminable, atribuyo de uno a otro? ¿Cuánto de ellos hay en mí y viceversa?

    Nos es más sencillo abrazar la realidad tangible de nuestro ser, no dejarnos ni por un momento al olvido de nosotros mismos, gobernarnos en un mundo asible con escuadra y cartabón. María Zambrano habla de una “construcción antropológica de la realidad”, que incluiría varias fases y que alude a la actividad del ser humano sobre la concepción del entorno. Huxley, mi británico endrogado, habla de “yo y mi asfixiante abrazo”. Necesitamos construir identidades, aceptar una realidad como algo definible y terminable: acaba allí donde yo y mis extensiones sensoriales acaban. Nada de lo humano nos es ajeno. Así que para aprehender cosas, realidades, sensaciones, seres, los humanizamos.

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    Pensando en un modo más de andar por casa, nuestra injerencia abrupta en la realidad es tremendamente obvia. Nuestra construcción. Hubo un tiempo en que el tiempo se medía en credos. Ahora se mide en horas, minutos y segundos. Ningún fenómeno natural tiene por qué ajustarse a una duración (a un tiempo) exacto o redondo expresado en estas magnitudes. Siempre nos hemos sentido insatisfechos en un bosque de cosas o acontecimientos sin nombre. Somos creadores de mapas, de relojes, de artificios que hagan más comprensible y satisfactorio ese animal resbaladizo que llamamos “lo real”.

    Kilómetros, pulgadas, salarios por hora, jornadas laborales, índices de desvío respecto de la media o de la moda, matrimonio, versos por poemario… somos los monstruos de la brújula y el cartabón. Medimos, acotamos, precisamos, desdeñamos lo inabarcable. No vemos más que lo que nos dejamos ver. Necesitamos normalizar nuestras experiencias para poder compartirlas. Los que “alucinan” ven cosas que no existen. Es decir, experimentan todos los señuelos físicos de una visión pero no tienen estímulo visual “real”. Y adoptemos este “real” como susceptible de ser compartido. ¿De qué tenemos miedo? ¿De ser indiscutiblemente “yo”? ¿O quizás de no serlo?

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    Aceptémoslo. Pasamos el día inventando nuevas nociones para nuevas “realidades” que asoman descaradamente su patita alegre y no convencional por todos los fueros de nuestros consensos. La “realidad” es un animalote viejo y sabio. Vamos extendiendo la red sobre su cuerpo, tensándola, dándola de sí para atrapar nuestra gran ballena blanca y ella se despereza, remolonea, se nos sacude, se extiende y no se acaba nunca.

    La única forma de apresarla es adulterarla, falsearla, darle una apariencia que no cambia a un animal que sólo lo es cuando se mueve y se esparce. Para ser sus cazadores, hemos tenido que renunciar a movernos y esparcirnos. Para comprendernos, hemos debido abjurar de todo lo incomprensible. El cerebro se aquieta para que el cerebro se entienda. Nos limitamos para poder vivirnos. “La función del cerebro es eliminativa, no productiva”, dice Huxley. La historia en que nos reconocemos es la de los rechazos, las eliminaciones, la poda. Se llena con prefijos que rinden las cosas inexplicables o incomprensibles. Traza la frontera entre lo posible y lo imposible.

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    ¿Por qué, seres empeñados en los límites, se nos ocurren novelas, esclarecemos normas donde aparece el caos, jugamos a encontrar la verdad sumida en las mentiras? ¿Cómo la forma mágica de actuar de una ficción en los lectores puede ser explicada atendiendo a ciertas normas o comportamientos que conocemos, esperamos o suscitamos? Las ficciones desobedecen ordenadamente las pautas de lo real. Algunas se acercan, bondadosas y eclesiásticas, a los compendios normativos de Aristóteles y otros teóricos. Otras se escapan orgullosas de cualquier intento de doblar, comprender, sistematizar. Y siguen funcionando.

    Lo “real” no es la norma ni el análisis. Lo “real”, y por lo tanto evanescente, mágico e inaprensible, son las novelas. Las obras que desafían la cordura y la congruencia que nos hemos inventado. Véase Allais y su “Drama muy parisino”. Las que, con su consistencia de ballena huidiza, desconocen los moldes y el acomodo. Susurra Vila-Matas: “Como dice Nabokov, la palabra “realidad” sólo tiene sentido dicha entre comillas. Percibirla equivale a falsearla”. Las comillas son, quizás, un intento de re-nombrar las cosas, de cambiar su dimensión, medida y pelo. Las comillas, como horquillas maravillosas, nos obligan a mirar las cosas entre ellas encerradas con ojos de niño nuevo.

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    Seres cobardes refugiados en la seguridad de los nombres moldeados a veces vencemos nuestras resistencias entrecomillando vidas y palabras. Quizás escribir novelas equivale a entrecomillar experiencias, a instar a los perceptores a aprehender lo narrado de alguna forma más maravillosa que real (esta vez sin comillas, en consenso), a instarnos a nosotros mismos a navegar en la mentira (también en su forma convencional), para encontrar las verdades.

    Jugar a la ficción es jugar a las comillas. Es la única forma de asir la “realidad”. Huyendo de ella, construyendo a partir de lo intangible y lo imaginado, volvemos a ella, la aprendemos poco a poco, la agrandamos. Percibir la realidad, admitirla como una posibilidad ordenada que se trabaja como nosotros queremos y en función de los límites que nos hemos impuesto, civilización y cultura arriba, es falsearla. La “realidad” “se me entra por los ojos se me entra por las manos se me entra por los pies me entra por la boca y se me sale”. Poco más hay que decir de ella. En este vaivén cambia, fiel a sí misma, y ya nunca es la misma cuando comienza de nuevo su chapoteante entrada por los ojos, por las manos, por la boca de otro.

    Si somos múltiples y variados y rompemos el embudo triste de nuestro cerebro protector, altazorearemos un vuelo por todas las posibilidades que nuestra razón asentada nos niega y, de repente sabremos, que la “realidad” es tan sólo “una cosa que será.”

    * * *

    Esto no es más que un falseamiento de las conferencias sobre "La percepción de lo real" que tuvieron lugar el lunes día 12 en la Residencia de Estudiantes dentro del ciclo "En tierra de nadie. Conversaciones sobre Ciencias y Letras". Mucho dijeron Enrique Baca y Enrique Vila-Matas sobre el tema. Cada uno percibió lo que quiso y pudo. Otros, más espabilados, lo vieron así.

    Y además, hoy cumplimos tres añitos, tres. El blog, se entiende. La autora ya cumplió siete en octubre.

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    El magnífico circo de nuestros seres humanos
    “Seño Bachelet, Chavito me ha tirado de las trenzas” decía señor Rey, colorado y explosivo, cuando abandonó la sala de la cumbre iberoamericana del desorden. Todo en la sesión prometía ser un vaivén colorido de mariposas políticas agitando banderas de cualquier ideología en oferta. Todo muy diplomático, etiquetado, cortés, dialogante y enmicrofonado. Y acabó en berrinche de patio de colegio, seguido de los sesudos análisis que periodistos y politólogos se habrían ahorrado en otro caso. O en pelea de bar de chatos. Que son las que más nos gustan.

    Nosotros, toscos y brutos ciudadanos peatonales, terminamos usando expresiones vejatorias, frases fuera de lugar, interrogaciones hirientes, apodos malévolos y exigencias de alcohólico exacerbado más tarde o más temprano. Será por falta de socialización de ésa que les sobra a estas nuestras visibles y lúcidas cabezas. No tiene gracia cuando nos enzarzamos hablando del comunismo y terminamos calificando a nuestro interlocutor con todas las imprecaciones que callamos ante nuestro jefe. No tiene gracia vernos aullando en medio de un atasco jurando hacer nuestras necesidades más oscuras sobre la rizada testa del alcalde de turno. No es hilarante vernos, rojos de ira, clamar por un contenedor más en las reuniones de la comunidad, aderezando nuestra petición con toda la obscenidad que nos permite el lenguaje.

    Lo gracioso es ver a estos encopetados dirigentes, sumidos en una sala de madera y diplomacia, ordenados, nombrados, trajeados y poderosos, discutiendo como las rozagantes verduleras del mercado de Oporto. Los hay que no pierden los papeles y se empeñan en ir descolgando, labio y talante abajo, una frase extemporánea e inútil de alumno aplicadísimo y correcto. “Exijo…”, “exijo…” quería exigir Zapatero y, desde su cortesía envalentonada de niño normalizado, perdía toda la fuerza por la educación, mientras intentaba sobrenadar, con tan potente verbo, la contienda oral. Como el capitán, atildado y obediente, que atravesando con su bergantín cobarde la gran galerna de los 40 rugientes, le espetara a las olas: “Esténse quietas, guarden el decoro, por favor”. Y acaba la jornada mojado y satisfecho de su compostura verbal.

    Más efectivo, astuto lobo de mar, señor Rey, ducho en refriegas con propios y extraños, lanza el arpón de su frase por la borda y atrapa todo lo que se deje pescar. “¿Por qué no te callas?”, escupió regio e infinito, formulando el deseo y decretando sus exigencias a base de estocadas de dedo absolutista. Salió nuestro Rey, campechano, marino y popular, a defender los cuatro costados que se llagaban de nuestra España y su cuaderno de deberes pulcrísimos. Salió, cañonazo telúrico y campeador, adelantando la diplomacia y el protocolo por la derecha sobre el caballo de la justicia pedestre, a defender los colores de esta Españita descolocada como lo habríamos hecho cualquiera de nosotros. Por eso lo amamos tanto a nuestro señor Rey, en la Zarzuela o en la moto, casando hijas como en el siglo XIV o pilotando bribones como el capitán Spock. Porque por nosotros, aunque no haga falta, se emboza en la guerra de las trincheras.

    La refriega no acaba, sin embargo, tan fácilmente. Luego, los peleantes se arriman a aquellos que más les han ayudado en la vela de armas. Se suceden las felicitaciones, las llamadas, las críticas. A algunos les sangra la boca, colegiales siempre insatisfechos, adolescentes prematuros, cuando tienen que dar una palabra de apoyo. Otros, los mafiosos de última fila que no soportan no protagonizar una reyerta, se aplican en llamadas telefónicas al estilo italiano. El niño malo, por supuesto, de otro país y de otro color, el inadaptado, termina dando puñetazos contra las mochilas que encuentra a su paso. Y termina por cultivar un lenguaje digno de los latin kings… Y así, puede seguir adornando periódicos de todo el globo con soflamas desternillantes del tipo: “¿Por qué no te callas tú, Rey?”. Y en su confusión de indígena descontextualizado, se apostilla a sí mismo convirtiendo a nuestro borboncillo en Rey, en el Rey, en el único posible y sacrosanto monarca. En the only one.

    Quedan, por supuesto, los alumnos de matrícula de honor que jamás se implican en semejantes contubernios de la sinrazón con la política. Son seres buenos, con dos carreras, que lo más que aciertan a decir son circunloquios del tipo “Se ha producido un error por parte del Rey”, donde abren el parapeto del se reflexivo por miedo a los diminutos fragmentos de proyectiles que aún pueden estar bailando en el ambiente.

    Nosotros, pueblo pavorosamente llano, nos lanzamos al barro del lenguaje un día sí y otro también. Cualquier tema puede desenlazar el ramillete sucio de nuestras palabras peores. En el colegio, en los bares de tinto a mediodía, en las colas del INEM. Y ya no nos parece gracioso. Pero vistámonos un día de diplomacia y cortesía. Cedámonos ceremoniosamente la palabra en una discusión acerca del último entrenador del Real Madrid. Seamos obsequiosos. Hagamos paráfrasis para eludir nuestra innata brutalidad. Llenemos de requilorios biensonantes el debate. Y luego, soltémosle al interlocutor, de improviso, una sarta de improperios colegiales. Nos sentiremos como el mismísimo Rey de España y no haremos peligrar ninguna relación de esas que ellos llaman diplomáticas.

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    Alguien que anda por ahí
    Hay álguienes que andan por ahí haciendo cosas tan bonitas como ésta. Ojalá que crezcan mucho. Puedes bajarte el pdf del número cero desde la página web. O bien pinchando en la imagen.



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    ... Qué exagerada
    Los que me conocen acaban, antes o después, llamándome "exagerada". Y lo soy. Hiperbólica e hiperestésica. Profundamente. Dice la RAE:
    "exagerar.
    (Del lat. exaggerāre).
    1. tr. Encarecer, dar proporciones excesivas.
    2. tr. Decir, representar o hacer algo traspasando los límites de lo verdadero, natural, ordinario, justo o conveniente."


    Para mí, exagerar es un desafuero a lo cotidiano que me permite ser como soy. Para bien y para mal. Exageradamente, el domingo traspasé los límites de lo justo, moviendo unas vallas de seguridad fuera de la frontera de lo conveniente. ¿Qué autoridad podía echarme la bronca? El mismísimo Consejo General del Poder Judicial con sus machos vestidos de paisano.

    Y por seguir exagerando, me fui a tomar café con un matrimonio de edad avanzada que no conocía de nada. Más allá de lo natural, provoqué que una punkie que no ama las banderas se aprendiera el himno de Brasil. Dejé un grafitti en una farmacia. Lejos de lo ordinario, mantuve comunicación con un dibujo con sombrero.

    Y, finalmente, escuchando por primera vez la versión original de una canción que me encanta, me asalta la siguiente frase:
    "A vida exagerada é verdadeira."

    Lo es. Lo diga Cazuza o el porquero de Agamenón. La canción se llama, por supuesto "Exagerado". Podéis encontrar la letra aquí.

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    Reseña: Las palabras de la tribu, de Francisco Umbral
    “Mi vida no ha sido más que literatura, leída o vivida”, dice Umbral en el “Atrio” que da entrada a su jardín encantado de flores místicas, cardos lecheros, aves de Hispanoamérica y mastuerzos de falangista prosa. ¿Qué será vivir literatura? ¿Se trata de poner en escena las maravillosas travesuras de la imaginación? ¿O será relacionarse sólo con escritores, por escritores, contra escritores? Yo quiero pensar que se trata más bien de un aprovechamiento total de la vida, queriendo ver en ella toda la magia de una ficción y toda la imposibilidad de la poesía, dejando que la literatura sirva para construir más y mejor vida.

    Las palabras de la tribu es un canto de amor a la literatura. De amor individual, insólito y libre. Umbral ama a quien le da la gana, pretiere a los que no soporta y no arrima paños calientes para defender a nadie. Su prosa, poesía traviesa que juega a esconderse en lo narrado, chisporrotea encantada cuando habla de los escritores a los que respeta:
    “Indio con entorchados, […] negro con alma de princesa cachonda y pianista,[…] cuaco idolizado, fabuloso derrumbe humano, […] congestionado de trascendencia, pálido bajo su color indio, robusto de persona y esbelto de corazón.[…]”

    Umbral es muy hábil en la prosa de artificio, fulgurante y alargada, que alza su luz por el cielo de la página, revienta su belleza y al final se desvanece en nada. Juegos de palabras, yuxtaposiciones imposibles para cerebros de sillón, Umbral junta lo que piensa con sus dos manos distintas y nos deja estas frases encantadas. Mortales, y a la vez, rosas.

    Pero para calentarnos en la belleza, nos basta un poema de Neruda y su infantil felicidad por el mundo, nos basta la prosa suave de los latinoamericanos, nos basta la erección del labio sobre la página. Lejos de lo que escribe la mano rosada de Umbral, en Las palabras de la tribu nos marea el paso del halago extasiado y certero al juicio ávido y exacto, que no pide perdón, que no esconde su dureza en la ambigüedad o en la benevolencia. Umbral, que es rosa en un párrafo, sabe ser mortal en el siguiente, escogiendo nuevamente las únicas palabras posibles, las que envolviendo una definición dejan lo definido en su absoluta y única desnudez. Y entonces nos habla de los “neoclásicos escayolados” y de los “últimos románticos de peluche”. O coge a Azorín por el cogote y explica:
    “Todo el estilismo, todo el preciosismo, todo el virtuosismo de Azorín no son sino un mantenido esfuerzo por ocultar al chufero valenciano”.

    Las palabras de la tribu es un viaje vertiginoso en la prosa excesiva de Umbral por el siglo XX de la literatura tal como a él le gusta. Según quien lo mire, dirá que hay grandes ausencias o presencias indebidas, que el elogio a los prosistas de la falange son inmerecidos, que basta ya de hablar de Cela o que el libro no sigue un ideario estético sino que van saltando por las preferencias a su antojo. Y sí, el libro tiene mucho de capricho y ahí está su originalidad y su valor. Detrás de todo este coro de voces discordantes, embellecidas o derrumbadas por las manos de Umbral, se llega a la personalidad acerada e inmisericorde del autor, que no salva a nadie más que por su gusto y que condena a los laureados con fervor casi maligno.

    Todo es fervor en Las palabras de la tribu, pero fervor empujado por la inteligencia y el detenimiento. Se nos quedan en los bolsillos frases lapidarias como “Antonio Machado tiene una filosofía de zapatero remendón” o “Vargas Llosa es un faulkneriano guapo y aburrido”. Aprendemos a ver a Neruda como “el buen salvaje de los grandes bosques de América, tocado, ay, por el pecado original de la cultura.” Si uno se desliza por la prosa intrincada de Umbral no verá más que belleza y ocurrencia, aforismo raquítico y embrujo de supermercado. Si uno se acomoda al paso del canoso eterno, el hielo comienza a resquebrajarse y el agua congelada que “cuando no da vida mata” empieza a inundarnos los zapatos y el pensamiento.

    Porque Umbral tiene esa rara habilidad de carpintero disfrazado de ebanista. Va limando conceptos, apuntalando prosas, recortando adjetivos, barnizando juicios y devociones y atornillando ideas. Y con el toque elegante del ebanista, esconde y miente su serrín y nos enseña sólo la joya última y secreta. Umbral no se rinde a la frase fácil, al juego de palabras ramoniano que podría esconder una gran verdad pero que, las más de las veces, es mero enredo bailando en el vacío. Yo me imagino a Umbral desamontonando palabras, rebuscando en la tolva de su lenguaje las auténticas. Las que lo desvisten todo de academicismo y hojarasca. Las que cobran toda la belleza de una metáfora porque acaban siendo realidad. Porque nos obliga a pensar que “el secreto último y genial [de los poemas de Vallejo] es que piden limosna”.

    Estas memorias danzarinas y mortales no son un anecdotario difuso de sus amores. Escondidas en las imágenes de mercadillo de lujo, debajo de la aparente descripción guasona, están los juicios gordos y señoriales, los pensamientos últimos que obligan al autor a escribir su libro, sus ideas. Umbral va presumiendo de nocturno y amigo, de bohemio que enterró a bohemios, de joven listo y poco rapaz, de amado que se dejaba amar con humildad de hormiga. Pero todas estas “mis cosas” le sirven para traernos al frente sus ideas sobre la literatura: la buena y la mala, la impostada y la única. Valle Inclán tiene “un sentido delincuente de la literatura” y, por intercesión del amor hacia el gallego, sabemos que Umbral piensa que “toda gran obra es un botín múltiple.”

    Mucho estoy de acuerdo con Umbral. Habla del estilo, habla de “vivir” la literatura, recoloca en su panteón a ciertos escritores, bajados a la fuerza por políticos, escuelas y aires de juventud. Y mucho no estoy de acuerdo. Encuentro ausencias, me pregunto por otros que se han colado en el libro, me canso de falange y Champourcin. Me va aflorando el juicio a medida que leo y me gustaría pelearme con Umbral, decirle que no, que este juicio es exagerado, que a qué tanta alabanza a Pemán, que por qué quiere tanto a Aleixandre. Es tantísima la individualidad de Umbral, la cabezonería sesuda con que defiende y ataca lo que le da la gana que, en ningún momento, la falta de acuerdo agrede al pacto de lector. La falta de acuerdo no invalida el juicio del autor y eso es por mortal, convencido y albergado. Porque por Umbral vamos y venimos del consenso a la piedra. No queremos bajarnos de nuestra opinión, mudarnos a su barrio, amar lo que ya desestimamos hace tiempo sólo porque lo diga él. Pero, por un momento, subimos por encima de nosotros mismos, nos sentamos a caballo de lo que opinamos, sacamos una pierna al aire de lo que no creemos y notamos que no hace tanto frío ni es tan mala la literatura como la pintan. Parece mentira que con toda su tozudez y con toda su prosa devastadora, leer el libro de Umbral no invite a exacerbarse en juicios y opiniones, sino a reflexionar y a difuminar las fronteras.

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