Reseña: La novela de un literato 1, de Rafael Cansinos Assens
Como perdiéndose por una calleja de Madrid que no cabe en la novela, se van con la última página del libro las alegrías baturras de Juan de Austria, campechano y campesino director de periódico; las extravagancias literarias y vitales de Colombine, rolliza literata con cuerpo de fallera; las angustias indefinibles de Juan Ramón Jiménez; las patillas lánguidas y selectas de Gómez de la Serna; el movimiento fantasmal del brazo inexistente de Valle; la soledad elegida de Daguerre, viejo periodista joven; las alharacas sureñas de Villaespesa, modernista que nunca decaía… Y todas esas otras hormigas ávidas que circularon incansablemente por el Madrid de principios del siglo XX formando su despensa literaria.
El propio Rafael –el adolescente, el joven con aspiraciones modernistas, el idealista buscando el amor perfecto, el rebelde pasivo que ya es amigo nuestro- reconoce que todos sus recuerdos se pueden incorporar ya “a eso que llaman hoy la pequeña historia, y que es complemento de la grande”. Y así los vamos viviendo de su mano, con su mismo temblor iniciático y su mismo deseo de perfección en todo lo aprehensible. Vibra cada pequeño capítulo con las personalidades variopintas y siempre exageradas de aquellos que fueron los hombres bohemios, de letras, de cafés y de periódicos de la época. Pero el paso del tiempo les da el sabor mate y la escala de grises que nos los hace perdurar y se van entreverando, entre los modismos que caracterizan a los personajes, los juicios complejos del autor envueltos en prosa certera, las descripciones sucintas pero exactas de los que, hasta ahora, eran sólo nombres en libros de historia.
Jugando con el tiempo y el espacio hasta abolirlos, como se puede hacer en las memorias, estas impresiones de Madrid nos pasean por un discurrir suavemente cronológico; sólo las repentinas apariciones de ciertos personajes más señeros (Rubén Darío, Juan Ramón, la viudedad de Machado) nos brindan una noción de tiempo más exacta. El espacio, un Madrid de apenas seis calles, dos redacciones, un par de casas y muchos cafés, se antoja pequeño y bullicioso. Los encuentros fortuitos, los lapsos de silencio, las abulias insignificantes no tienen lugar aquí. Estos recuerdos son estruendosos, llenos de gente que va y viene, discute, dirime, escribe, publica, mendiga, se ilusiona, enviuda, parte hacia otro lugar, cambia de casa o muere. Recuerdos llenos de actividad, de diálogo, de diferentes personajes que intentan elevar su voz por encima de los demás; desde el marchito tío como una presencia lejana, hasta la curiosa Safo, capaz de todos los éxitos al preparar un fracaso:
No se resiste Cansinos Assens, con tamizada ironía, a contarnos sus ansias adolescentes, sus sueños de literato, su consagración a la causa de las letras, su búsqueda de lo inefable. Y sin embargo, no inunda con su presencia el libro, sino que sus breves alusiones a lo más íntimo de su persona, hábilmente esparcidas en las partes finales de los capítulos, nos sirven para descansar de la tromba vital que venía de ser descrita. Muchas veces, gracias a la discreción del narrador, puede el lector acomodarse como uno más en un sillón chez Colombine; admirar con sus ojos a Ketty, la misteriosa mujer de provincias, enigmática y vulgar; lamentar la perversión huera de un Molano, filósofo, bebedor y nadería; bromear contra los Reyes o beber su vasito de ajenjo.
Toda la bendita manía de contar se reúne en estos recuerdos, en los, a veces, la prosa parece no poder abarcar tanta actividad. Se descuelga el lector línea a línea como por un cuadro del Greco, encontrando más espacio en el espacio, más figura en la figura. Un zigzag, un párrafo y algo nuevo ha ocurrido ya, un personaje ha cambiado, alguien ha sido definido para siempre.
Van y vienen los recuerdos del pasado al presente según el antojo del autor; pero el tiempo elegido siempre se acomoda a una naturalidad que lo impregna todo; no es premeditado, es el tiempo necesario, el que potencia el recuerdo y lo convierte en una estampa humana que está ocurriendo ante nuestros ojos. Y nos vamos a tomar el aperitivo erótico con Rafael y su amigo Bonnart, y hemos de sentirnos indignados, incómodos y nerviosos como él. Y visitamos a Juan Ramón en su sanatorio y nos llenamos de luz. Aunque también de sombra.
Porque hay cal y arena para todos. El baturro que tira de las orejas a sus redactores es también un hombre llano y divertido; el pobre Daguerre, sumido en su soledad ególatra, es independiente y austero; Villaespesa es lego en muchas cosas pero vivaz y simpático como un niño sano. No hay maldad. Tampoco misericordia. La alegría que inunda todas estas páginas en las que se narran muchas miserias, corrupias, satrapías, perversiones y holganzas no nace de un retortijón que propine el autor a la realidad. Surge, simplemente, de la felicidad con que se escribieron las páginas, del amor con que se rememoran las situaciones, y de esa magnífica ingenuidad transida de distancia con que este hombre se pone a mirar Madrid. Que es como todos deberíamos mirarlo todo. Como pájaros que no quieren saber nada de ornitología.
PS: Lo que es imperdonable es el libro-objeto físico. Señor Alianza Libro de Bolsillo: cambie de pegamento o cosa sus ejemplares. O venda una carpeta con cada uno. Please.
|
El propio Rafael –el adolescente, el joven con aspiraciones modernistas, el idealista buscando el amor perfecto, el rebelde pasivo que ya es amigo nuestro- reconoce que todos sus recuerdos se pueden incorporar ya “a eso que llaman hoy la pequeña historia, y que es complemento de la grande”. Y así los vamos viviendo de su mano, con su mismo temblor iniciático y su mismo deseo de perfección en todo lo aprehensible. Vibra cada pequeño capítulo con las personalidades variopintas y siempre exageradas de aquellos que fueron los hombres bohemios, de letras, de cafés y de periódicos de la época. Pero el paso del tiempo les da el sabor mate y la escala de grises que nos los hace perdurar y se van entreverando, entre los modismos que caracterizan a los personajes, los juicios complejos del autor envueltos en prosa certera, las descripciones sucintas pero exactas de los que, hasta ahora, eran sólo nombres en libros de historia.
Jugando con el tiempo y el espacio hasta abolirlos, como se puede hacer en las memorias, estas impresiones de Madrid nos pasean por un discurrir suavemente cronológico; sólo las repentinas apariciones de ciertos personajes más señeros (Rubén Darío, Juan Ramón, la viudedad de Machado) nos brindan una noción de tiempo más exacta. El espacio, un Madrid de apenas seis calles, dos redacciones, un par de casas y muchos cafés, se antoja pequeño y bullicioso. Los encuentros fortuitos, los lapsos de silencio, las abulias insignificantes no tienen lugar aquí. Estos recuerdos son estruendosos, llenos de gente que va y viene, discute, dirime, escribe, publica, mendiga, se ilusiona, enviuda, parte hacia otro lugar, cambia de casa o muere. Recuerdos llenos de actividad, de diálogo, de diferentes personajes que intentan elevar su voz por encima de los demás; desde el marchito tío como una presencia lejana, hasta la curiosa Safo, capaz de todos los éxitos al preparar un fracaso:
“Esta, una mujer pequeñita, morena, con ojos negros rasgados, sensuales, como su boquita un tanto prógnata, vistiendo un quimono que le da un aire auténtico de japonesita…”
No se resiste Cansinos Assens, con tamizada ironía, a contarnos sus ansias adolescentes, sus sueños de literato, su consagración a la causa de las letras, su búsqueda de lo inefable. Y sin embargo, no inunda con su presencia el libro, sino que sus breves alusiones a lo más íntimo de su persona, hábilmente esparcidas en las partes finales de los capítulos, nos sirven para descansar de la tromba vital que venía de ser descrita. Muchas veces, gracias a la discreción del narrador, puede el lector acomodarse como uno más en un sillón chez Colombine; admirar con sus ojos a Ketty, la misteriosa mujer de provincias, enigmática y vulgar; lamentar la perversión huera de un Molano, filósofo, bebedor y nadería; bromear contra los Reyes o beber su vasito de ajenjo.
Toda la bendita manía de contar se reúne en estos recuerdos, en los, a veces, la prosa parece no poder abarcar tanta actividad. Se descuelga el lector línea a línea como por un cuadro del Greco, encontrando más espacio en el espacio, más figura en la figura. Un zigzag, un párrafo y algo nuevo ha ocurrido ya, un personaje ha cambiado, alguien ha sido definido para siempre.
“- Lloraba a chorros-dice- como esta lluvia que está cayendo…
Y el malagueño imita ese llanto magdalénico, fingiendo, con sus manos junto a los ojos, cortinas de agua. Zaratustra, que cultiva la impasibilidad nietzscheana, sonríe por entre sus rubios bigotes”
Van y vienen los recuerdos del pasado al presente según el antojo del autor; pero el tiempo elegido siempre se acomoda a una naturalidad que lo impregna todo; no es premeditado, es el tiempo necesario, el que potencia el recuerdo y lo convierte en una estampa humana que está ocurriendo ante nuestros ojos. Y nos vamos a tomar el aperitivo erótico con Rafael y su amigo Bonnart, y hemos de sentirnos indignados, incómodos y nerviosos como él. Y visitamos a Juan Ramón en su sanatorio y nos llenamos de luz. Aunque también de sombra.
Porque hay cal y arena para todos. El baturro que tira de las orejas a sus redactores es también un hombre llano y divertido; el pobre Daguerre, sumido en su soledad ególatra, es independiente y austero; Villaespesa es lego en muchas cosas pero vivaz y simpático como un niño sano. No hay maldad. Tampoco misericordia. La alegría que inunda todas estas páginas en las que se narran muchas miserias, corrupias, satrapías, perversiones y holganzas no nace de un retortijón que propine el autor a la realidad. Surge, simplemente, de la felicidad con que se escribieron las páginas, del amor con que se rememoran las situaciones, y de esa magnífica ingenuidad transida de distancia con que este hombre se pone a mirar Madrid. Que es como todos deberíamos mirarlo todo. Como pájaros que no quieren saber nada de ornitología.
PS: Lo que es imperdonable es el libro-objeto físico. Señor Alianza Libro de Bolsillo: cambie de pegamento o cosa sus ejemplares. O venda una carpeta con cada uno. Please.
|
Reseña: Los girasoles ciegos, de Alberto Méndez
Agosto de 2007. La radio es veraniega y emite reportajes de temas eternos y pasados con mucha frecuencia. Entre ellos, alguno sobre la muerte de Franco o los hombres que vivieron escondidos en su casa durante la dictadura. Nunca hablan, sin embargo, de Ricardo Mazo, un masón que vivió encerrado en su casa, traduciendo con una máquina de escribir que sólo debía sonar a determinadas horas, escondiéndose del ruido del ascensor en un armario de doble fondo, imponiéndose a su hijo sólo cuando el silencio se había impuesto en el barrio y nadie podía sospechar de su existencia. Su mujer, Elena, llevaba una doble vida. Hacia la calle, fingía ser una viuda con un hijo pequeño y múltiples trabajos. Hacia dentro, volvía a ser la mujer de un hombre que no quiso entregarse. Ricardo no lleva doble vida, ni siquiera una vida. Simplemente media. Sombra de sí mismo. Como una bisagra mal encajada, dispuesta a desbaratar la triste armonía cuesta abajo de esta familia sumida en la mentira, el diácono Salvador, profesor del niño, se deja llevar por la fantasía de un posible pecado.
Y comienza a acosar a Elena. Hacia sus adentros, la culpa de su belleza y de la lujuria que despierta en él. Hacia fuera, cuando se confiesa, cuando conversa, también. Sólo al final, cuando su asedio haga reventar la delicada puerta que separa a los Mazo de la realidad, se sabrá culpable, aunque haga todo lo posible por engañarse a sí mismo. Lo más parecido que los Mazo tienen a un refugio es el lazo de la mentira. Salvador se cobija bajo el cielo entero y omnipotente.
La hija de Elena decidió huir, enfrentarse a los designios y abandonar España. Como una generación más joven, más fuerte, más decidida y menos conforme, quiere huir con su novio. Embarazada como está, no le fue fácil. El único testimonio de su existencia son unos legajos descubiertos en una braña de Somiedo. Y tres cadáveres. El novio de Elena escribió desesperado los últimos acontecimientos de su vida: Nieve, cadáveres, hambre, confusión, miedo a amar a un hijo que tiene los días contados, culpabilidad por haber querido huir y haber encontrado, como los que no lo hicieron, la muerte. Su propia conciencia de bisagra en una cueva, de hilo que bebe de la vida y de la muerte. Un diario escalofriante y bellísimo en el que cuenta los últimos días en una pequeña cueva en medio de la nada. Miedo, soledad y nada.
Porque este hombre vive al lado del cadáver de su esposa, contando los días que pasan sin que su hijo se muera. La soledad es un manto difuso de blancura, frío y horizonte. Y sólo al ponerle nombre se alivia de parte de su peso. Su cuaderno nos pesa a todos los que lo leemos porque es un saco de piedras/palabras que se va descargando en nuestra conciencia.
El capitán Alegría, con su curioso nombre inoportuno, decidió rendirse cuando ya estaba por vencer. Bisagra mal escogida, ni vencedor ni vencido, su fusilamiento errado, su permanencia de vivo en la fosa común de los muertos anónimos, su peregrinaje casi sin saberse cuerpo, su estancia en la cárcel, su suicidio. Por haber elegido mal. O por haber elegido tarde. O por no haber elegido del todo. Capitán Alegría, que fue el único capaz de ver un gris entre tanto rojo sangre y negro explosión. Condenado por ello.
Se lo dijese a quien se lo dijese, no mentía. Porque era de todos los que habían sufrido a un lado y a otro de ideologías e instituciones. Era de todos los hombres de carne, hueso y fosa. De los que se helaban de frío, rifle en mano. De los que, una noche, por toda esperanza, dormían bajo techo. De todos los que luchaban sin intentar comprender. Derrotado por ambos bandos por querer ser, simplemente, un hombre. Única cosa que la guerra no necesita.
El Capitán Alegría estuvo en la cárcel con Juan Senra. Esperando con él el llamado para ir a enfrentarse con el coronel Eymar. Luego, el pelotón. A Juan Senra nunca le llegaba la ocasión de ser fusilado porque había conocido al hijo del coronel Eymar, un cobarde, chivato, criminal de la peor ralea, asesino de civiles. Nunca le llegaba la ocasión de ser fusilado porque mentía y dibujada un hijo perfecto, valiente, amoroso y firme. Iba desgranando esa personalidad inventada frente al coronel y frente a su mujer como Scherezade sus cuentos. Para conseguir un día más de vida. Un día más de prisión hacinada, de hambre, de sospechas, piojos, contrabando y pavor. Como una bisagra mal diseñada, inútil, Juan Senra no sabe dónde apoyarse.
Va descolgándose por la prórroga que, repentinamente y sin que la hubiera pedido, le ha llegado en forma de madre destrozada que quiere saber. Pero esa vida es una falacia. Y Juan Senra se siente cada vez más cercano a los muertos. Porque vive entre ellos. Llega a hablar su lenguaje. Y sólo al final, para poder salvarse, tendrá que destrozarse, decir la verdad, dejar de odiar. No estar, por inercia a uno de los dos lados, sino querer estarlo. Y uno no puede querer estar vivo entre difuntos.
Los girasoles ciegos, danza errática de prosa aérea, frágil, entreverada de todas las verdades posibles, confusión sobre la guerra civil y sus punzantes consecuencias, grito desde todos los lados de la vida, narración de derrotas, diálogo frente a frente, con todos los que pusieron nombre, vida, dolor y tristeza a la guerra civil. Una elegía hermosa y concreta. Más cierta que todos los libros de historia. Más vívida que todos los reportajes de un agosto que, al salir del libro, se me antoja tan ajeno. Como una bisagra mal encajada.
|
“No niego que intuí en Elena el ancestro de Eva, no el de la Eva hermosa, pura y grácil, formada para cautivar el corazón del hombre y subir con él en común vuelto hasta Dios, sino el de la Eva caída, desnuda y arrepentida, la primera inductora del mal.”
Y comienza a acosar a Elena. Hacia sus adentros, la culpa de su belleza y de la lujuria que despierta en él. Hacia fuera, cuando se confiesa, cuando conversa, también. Sólo al final, cuando su asedio haga reventar la delicada puerta que separa a los Mazo de la realidad, se sabrá culpable, aunque haga todo lo posible por engañarse a sí mismo. Lo más parecido que los Mazo tienen a un refugio es el lazo de la mentira. Salvador se cobija bajo el cielo entero y omnipotente.
La hija de Elena decidió huir, enfrentarse a los designios y abandonar España. Como una generación más joven, más fuerte, más decidida y menos conforme, quiere huir con su novio. Embarazada como está, no le fue fácil. El único testimonio de su existencia son unos legajos descubiertos en una braña de Somiedo. Y tres cadáveres. El novio de Elena escribió desesperado los últimos acontecimientos de su vida: Nieve, cadáveres, hambre, confusión, miedo a amar a un hijo que tiene los días contados, culpabilidad por haber querido huir y haber encontrado, como los que no lo hicieron, la muerte. Su propia conciencia de bisagra en una cueva, de hilo que bebe de la vida y de la muerte. Un diario escalofriante y bellísimo en el que cuenta los últimos días en una pequeña cueva en medio de la nada. Miedo, soledad y nada.
“He visto un paisaje blanco y sin aristas, extenso, interminable, acunado por un viento pertinaz y frío cuyo zumbido sólo sirve para reafirmar el silencio. Y mientras estaba allí, observando, sentía algo que no lograba identificar, algo que ni siquiera sabía si era bueno o malo. Ahora que ya he encontrado mi lápiz, sé lo que era: soledad.”
Porque este hombre vive al lado del cadáver de su esposa, contando los días que pasan sin que su hijo se muera. La soledad es un manto difuso de blancura, frío y horizonte. Y sólo al ponerle nombre se alivia de parte de su peso. Su cuaderno nos pesa a todos los que lo leemos porque es un saco de piedras/palabras que se va descargando en nuestra conciencia.
El capitán Alegría, con su curioso nombre inoportuno, decidió rendirse cuando ya estaba por vencer. Bisagra mal escogida, ni vencedor ni vencido, su fusilamiento errado, su permanencia de vivo en la fosa común de los muertos anónimos, su peregrinaje casi sin saberse cuerpo, su estancia en la cárcel, su suicidio. Por haber elegido mal. O por haber elegido tarde. O por no haber elegido del todo. Capitán Alegría, que fue el único capaz de ver un gris entre tanto rojo sangre y negro explosión. Condenado por ello.
“Cuando el llanto se lo permitió, dijo:
- Soy de los vuestros.”
Se lo dijese a quien se lo dijese, no mentía. Porque era de todos los que habían sufrido a un lado y a otro de ideologías e instituciones. Era de todos los hombres de carne, hueso y fosa. De los que se helaban de frío, rifle en mano. De los que, una noche, por toda esperanza, dormían bajo techo. De todos los que luchaban sin intentar comprender. Derrotado por ambos bandos por querer ser, simplemente, un hombre. Única cosa que la guerra no necesita.
El Capitán Alegría estuvo en la cárcel con Juan Senra. Esperando con él el llamado para ir a enfrentarse con el coronel Eymar. Luego, el pelotón. A Juan Senra nunca le llegaba la ocasión de ser fusilado porque había conocido al hijo del coronel Eymar, un cobarde, chivato, criminal de la peor ralea, asesino de civiles. Nunca le llegaba la ocasión de ser fusilado porque mentía y dibujada un hijo perfecto, valiente, amoroso y firme. Iba desgranando esa personalidad inventada frente al coronel y frente a su mujer como Scherezade sus cuentos. Para conseguir un día más de vida. Un día más de prisión hacinada, de hambre, de sospechas, piojos, contrabando y pavor. Como una bisagra mal diseñada, inútil, Juan Senra no sabe dónde apoyarse.
“Se imaginó colores imposibles y entrepensó olores y sonidos mientras entresoñaba espacios y colores. Consideró todas esas sensaciones como una forma de aprender a no estar vivo y trató de imaginarse en qué idioma hablaban los difuntos.”
Va descolgándose por la prórroga que, repentinamente y sin que la hubiera pedido, le ha llegado en forma de madre destrozada que quiere saber. Pero esa vida es una falacia. Y Juan Senra se siente cada vez más cercano a los muertos. Porque vive entre ellos. Llega a hablar su lenguaje. Y sólo al final, para poder salvarse, tendrá que destrozarse, decir la verdad, dejar de odiar. No estar, por inercia a uno de los dos lados, sino querer estarlo. Y uno no puede querer estar vivo entre difuntos.
Los girasoles ciegos, danza errática de prosa aérea, frágil, entreverada de todas las verdades posibles, confusión sobre la guerra civil y sus punzantes consecuencias, grito desde todos los lados de la vida, narración de derrotas, diálogo frente a frente, con todos los que pusieron nombre, vida, dolor y tristeza a la guerra civil. Una elegía hermosa y concreta. Más cierta que todos los libros de historia. Más vívida que todos los reportajes de un agosto que, al salir del libro, se me antoja tan ajeno. Como una bisagra mal encajada.
|
Etiquetas: alberto-mendez girasoles-ciegos
Reseña: Manual de Literatura para Caníbales, de Rafael Reig
Ejercicios Prácticos
Ejercicio previo. Resuma la obra prescindiendo de las alusiones a la historia de la literatura en lo posible.
Los Belinchón son una saga un tanto desafortunada. Reconocibles por una marca de nacimiento en la nalga, todos acaban sintiendo una vocación literaria en algún momento de su vida. Sin embargo, podría decirse que en este aspecto van siempre una generación atrasados. En otras facetas de la vida, consuman los matrimonios más extraños, aspiran a casarse a veces con personajes literarios o prestan libremente su cuerpo para casi todo tipo de relaciones. Desatinados y soñadores, sus encuentros con las grandes figuras de la literatura hispánica desde el siglo XIX, resultan hilarantes o patéticos, enternecedores o increíbles. Desde luego, nunca serios, sosos o al uso. Un manuscrito sólo descifrado al final permite la narración de las vidas de tantos escritores frustrados.
1. Relacione, según la comparación que establece el autor, los diversos movimientos y manifestaciones literarias que aparecen en la novela con las distintas familias y especies de animales que también aparecen.
a. Ornitorrincos. Los románticos
“La polémica del Romanticismo se saldó con la controversia del ornitorrinco: las malditas criaturas ponían huevos, a pesar de ser mamíferos; y los jóvenes airados acabaron convertidos en clásicos con su propia preceptiva literaria, por muy clásicos que fueran.”
b. Paquidermos. El realismo
“Fue entonces cuando a Pérez Galdós y Cía se les ocurrió la gran idea: la literatura realista y sus lentas novelas paquidérmicas. Lo que la burguesía necesitaba era explicarse el mundo, levantar un plano de sus posesiones y, sobre todo, crear su propia conciencia de clase.”
c. Los albatros. El modernismo
“En este mundo burgués, gris y prosaico, el artista, como el albatros, no puede caminar a causa de sus enormes alas, que pertenecen a otro universo, que están hechas para volar en las regiones del ideal.” “La ramplona realidad burgués ano comprendería que, como poetas, eran exiliados: no podían andar a causa de sus alas, porque estaban hechos para remontar el vuelo.”
d. Las termitas. La generación del 98
“La generación del 98 adoptó la estrategia de las termitas para vaciar desde dentro el canon literario y colonizar la crítica.” “Es la propia generación del 98, que, como la comejera o la termitera se considera un solo individuo.”
e. El alción. La generación del 27 y las vanguardias
“Estos son los días del alción. ¡El arte nuevo será alciónico o no será, caballeros!” “Igual que el alción, las vanguardias artísticas aprovecharon el breve intervalo equinoccial entre dos guerras para poner sus huevos líricos y sorprendentes.”
f. Cernícalos: Carmen Laforet, Camilo José Cela, José María Gironella. Aves rapaces: el realismo de los 50.
“- Atrapa Manhattan Transfer, de John Dos Passos- le decían a Cela, por ejemplo.
Y Cela se cernía sobre la novela norteamericana, se lanzaba en vertical para clavarle el pico en la cabeza, la atrapaba y la entregaba malherida al adiestrador.
- La colmena, aquí está.”
g. Las anacondas. El realismo mágico
“Las anacondas […] se lo comen todo. Habían devorado la literatura moderna: todo Joyce, todo Faulkner, todo Kafka, todo Proust. Tras una digestión difícil y prolongada, habían adaptar la modernidad literaria a un continente virgen, utilizar técnicas realistas para acercarse a una realidad desaforada, descomunal, inverosímil.”
h. Los actuales (entendiendo por actuales lo que los libros de historia de la literatura al uso llaman “La narrativa desde 1975”) son bautizados como criaturas monstruosas.
2. Señale otras comparaciones, hipérboles o metáforas que aparezcan en la novela e indique, si puede, su sentido.
Comparación
La generación del 27 es vista como un equipo ciclista.. Pedro Salinas gana una meta volante, Jorge Guillén consigue el maillot de la regularidad y Ortega y Gasset es el preparador técnico. El mester de juglaría se enfrenta al mester de clerecía.
Hipérbole
Reunión de los escritores del cincuenta en un bar, formando una asamblea, planificando tal partido comunista, todos los quehaceres para la próxima década: las formas de escribir, los temas que se han de tratar, las influencias…
Metáfora
Acerca de la comercialización actual de la literatura, se propone una factoría en la que todos los escritores trabajan en aquello que mejor saben (“Félix de Azúa se encargaba de la Ilustración”) y fabrican libros con el más puro estilo taylorista que luego serán vendidos por las mejores caras. La guerra de las “dos Marías” es también una metáfora (o quizás una metonimia) que enfrenta:
3. Intente definir el tono de la obra
Farsa y desenfado. Las reflexiones lúcidas, quizás por temor a su acierto, se enmascaran en el entramado de metáforas extemporáneas, tratados de zoología para literatos y otras trampas. Así, se diluye el tono pedagógico y sesudo de los libros recomendados, aunque a veces se pierde también la profundidad del análisis, pues se aparcan matices para favorecer el sarcasmo, el enfrentamiento, la carcajada. Lo cual no deja de ser sano. Simplemente, el lector no debe confundir sus intenciones al leer la obra o quedará en el limbo entre decepcionado y sorprendido.
Para saber más.
Si se han seguido las instrucciones que aparecen al final de cada tema, haga ahora lo contrario. Es decir: olvide que ha leído a Espronceda y La gaviota. Si es asturiano, faga patria morriendu a foceta y lea a Clarín. Si quiere dejar de existir, lea a Galdós, si aún tiene cosas que hacer (ir a trabajar, poner lavadoras, hacer la compra, etc), desestímelo. Déjese barba, lea todo Valle-Inclán. Cecee. Si no le duele España por los cuatro costados llagados, no lea a la generación del 98. No evite a Valente. Lea Pantaleón y las visitadoras. Mate a cualquier persona que se atreva a opinar negativamente acerca de la obra. Lea a Marías pero no lo imite ni escribiendo ni viviendo. Lea a Vila-Matas y procure no dejar de existir. Finalmente, como proyecto final de curso, lea este libro, lea la reseña, rómpalo todo y haga lo que le dé la gana.
Nota para despistados y laudantes: Todo lo que está entrecomillado es obra del autor, no mía. Así como la estructura de la reseña. Méritos, los justos, pues.
|
Ejercicio previo. Resuma la obra prescindiendo de las alusiones a la historia de la literatura en lo posible.
Los Belinchón son una saga un tanto desafortunada. Reconocibles por una marca de nacimiento en la nalga, todos acaban sintiendo una vocación literaria en algún momento de su vida. Sin embargo, podría decirse que en este aspecto van siempre una generación atrasados. En otras facetas de la vida, consuman los matrimonios más extraños, aspiran a casarse a veces con personajes literarios o prestan libremente su cuerpo para casi todo tipo de relaciones. Desatinados y soñadores, sus encuentros con las grandes figuras de la literatura hispánica desde el siglo XIX, resultan hilarantes o patéticos, enternecedores o increíbles. Desde luego, nunca serios, sosos o al uso. Un manuscrito sólo descifrado al final permite la narración de las vidas de tantos escritores frustrados.
1. Relacione, según la comparación que establece el autor, los diversos movimientos y manifestaciones literarias que aparecen en la novela con las distintas familias y especies de animales que también aparecen.
a. Ornitorrincos. Los románticos
“La polémica del Romanticismo se saldó con la controversia del ornitorrinco: las malditas criaturas ponían huevos, a pesar de ser mamíferos; y los jóvenes airados acabaron convertidos en clásicos con su propia preceptiva literaria, por muy clásicos que fueran.”
b. Paquidermos. El realismo
“Fue entonces cuando a Pérez Galdós y Cía se les ocurrió la gran idea: la literatura realista y sus lentas novelas paquidérmicas. Lo que la burguesía necesitaba era explicarse el mundo, levantar un plano de sus posesiones y, sobre todo, crear su propia conciencia de clase.”
c. Los albatros. El modernismo
“En este mundo burgués, gris y prosaico, el artista, como el albatros, no puede caminar a causa de sus enormes alas, que pertenecen a otro universo, que están hechas para volar en las regiones del ideal.” “La ramplona realidad burgués ano comprendería que, como poetas, eran exiliados: no podían andar a causa de sus alas, porque estaban hechos para remontar el vuelo.”
d. Las termitas. La generación del 98
“La generación del 98 adoptó la estrategia de las termitas para vaciar desde dentro el canon literario y colonizar la crítica.” “Es la propia generación del 98, que, como la comejera o la termitera se considera un solo individuo.”
e. El alción. La generación del 27 y las vanguardias
“Estos son los días del alción. ¡El arte nuevo será alciónico o no será, caballeros!” “Igual que el alción, las vanguardias artísticas aprovecharon el breve intervalo equinoccial entre dos guerras para poner sus huevos líricos y sorprendentes.”
f. Cernícalos: Carmen Laforet, Camilo José Cela, José María Gironella. Aves rapaces: el realismo de los 50.
“- Atrapa Manhattan Transfer, de John Dos Passos- le decían a Cela, por ejemplo.
Y Cela se cernía sobre la novela norteamericana, se lanzaba en vertical para clavarle el pico en la cabeza, la atrapaba y la entregaba malherida al adiestrador.
- La colmena, aquí está.”
g. Las anacondas. El realismo mágico
“Las anacondas […] se lo comen todo. Habían devorado la literatura moderna: todo Joyce, todo Faulkner, todo Kafka, todo Proust. Tras una digestión difícil y prolongada, habían adaptar la modernidad literaria a un continente virgen, utilizar técnicas realistas para acercarse a una realidad desaforada, descomunal, inverosímil.”
h. Los actuales (entendiendo por actuales lo que los libros de historia de la literatura al uso llaman “La narrativa desde 1975”) son bautizados como criaturas monstruosas.
2. Señale otras comparaciones, hipérboles o metáforas que aparezcan en la novela e indique, si puede, su sentido.
Comparación
La generación del 27 es vista como un equipo ciclista.. Pedro Salinas gana una meta volante, Jorge Guillén consigue el maillot de la regularidad y Ortega y Gasset es el preparador técnico. El mester de juglaría se enfrenta al mester de clerecía.
Hipérbole
Reunión de los escritores del cincuenta en un bar, formando una asamblea, planificando tal partido comunista, todos los quehaceres para la próxima década: las formas de escribir, los temas que se han de tratar, las influencias…
Metáfora
Acerca de la comercialización actual de la literatura, se propone una factoría en la que todos los escritores trabajan en aquello que mejor saben (“Félix de Azúa se encargaba de la Ilustración”) y fabrican libros con el más puro estilo taylorista que luego serán vendidos por las mejores caras. La guerra de las “dos Marías” es también una metáfora (o quizás una metonimia) que enfrenta:
“La monarquía redondita aglutinó a los partidarios de la “literatura más exigente”, la que no hace concesiones al lector ni se propone divertirle. Fernando capitaneaba las tropas republicanas de los partidarios de contar una historia.”
3. Intente definir el tono de la obra
Farsa y desenfado. Las reflexiones lúcidas, quizás por temor a su acierto, se enmascaran en el entramado de metáforas extemporáneas, tratados de zoología para literatos y otras trampas. Así, se diluye el tono pedagógico y sesudo de los libros recomendados, aunque a veces se pierde también la profundidad del análisis, pues se aparcan matices para favorecer el sarcasmo, el enfrentamiento, la carcajada. Lo cual no deja de ser sano. Simplemente, el lector no debe confundir sus intenciones al leer la obra o quedará en el limbo entre decepcionado y sorprendido.
Para saber más.
Si se han seguido las instrucciones que aparecen al final de cada tema, haga ahora lo contrario. Es decir: olvide que ha leído a Espronceda y La gaviota. Si es asturiano, faga patria morriendu a foceta y lea a Clarín. Si quiere dejar de existir, lea a Galdós, si aún tiene cosas que hacer (ir a trabajar, poner lavadoras, hacer la compra, etc), desestímelo. Déjese barba, lea todo Valle-Inclán. Cecee. Si no le duele España por los cuatro costados llagados, no lea a la generación del 98. No evite a Valente. Lea Pantaleón y las visitadoras. Mate a cualquier persona que se atreva a opinar negativamente acerca de la obra. Lea a Marías pero no lo imite ni escribiendo ni viviendo. Lea a Vila-Matas y procure no dejar de existir. Finalmente, como proyecto final de curso, lea este libro, lea la reseña, rómpalo todo y haga lo que le dé la gana.
Nota para despistados y laudantes: Todo lo que está entrecomillado es obra del autor, no mía. Así como la estructura de la reseña. Méritos, los justos, pues.
|
Reseña: El traje de los domingos, de Enrique Vila-Matas
Hoy he despertado convertida en Enrique Vila-Matas. Nómada en mi propia cama, una súbita lucidez retomada del sueño me advirtió de mi nueva condición. Ahora soy Enrique Vila-Matas, me dije, optimista y abastecida plenamentede mi nueva identidad. Tras varios minutos de silencio en los que no ocurrió nada vilamatiano que me incitase a salir de la cama para estrenar mi personalidad, la albricia mudó en desconfianza. Piensa como Vila-Matas, entoné entonces, con voz nocturna y alcoholizada.
Esa tercera persona enajenada, como una piedra alborotando el estanque remolón de mi desconocido cuerpo, fue el verdadero incipit de mi nuevo estado. Disociado de mí, shandy sin más hogar que el folio en blanco, catalán sin más bandera que no querer banderas. Así era yo y así tenía que aceptarme. No tenía más remedio que inventarme recuerdos para hacerlos verdaderos.
Mal doblado en una silla, El traje de los domingos podía ayudarme, con la mágica variedad de sus escritos, a hacerme una idea de mí mismo. Comprendía que, sólo una vez cobradas todas y cada una de las piezas de mi fragmentaria personalidad, sólo una vez apuntaladas sin heridas ni misterios en el mapa de la imaginación, llegaría a librarme de Vila-Matas.
Comencé a leerme. Navegué por pequeñas frases tontas de adorables escritores. Incorporé a esas frases nimias, anécdotas de viajes, enigmas y mitos; me busqué en ellos. Me reí con epitafios y frases de extremaunción ajenas, para ver si me libraba de estos escalofríos con sabor a morgue y abstinencia que me acompañan desde que desperté aquí encarnada. Imaginé que era un catalán universal; proclamé la república hispana de las letras y su himno en una coiné sin banderas. Regañé a los malos escritores. Gracias a un teléfono inventado, saqué más palomas de la chistera de Auster de las que él haya podido ver jamás. No supe si lo que narraba era cierto o no pero inventé “el idioma del azar, el idioma de la casualidad, el idioma de los encuentros fortuitos que se convierten en destino.” Dueño de este idioma, viajé a Lisboa con la misma recurrencia diabólica. Sigo esperando allí a que alguien destroce el espacio y el tiempo y me convierta en el camarero que siempre he sido. Pausa matinal para beber un Janelas Verdes’ Dream.
Navegué por los pantalones cortos de Gombrowicz entre Buenos Aires y el París que lo pudo haber matado. Bendije con un artículo a ciertos malditos: un anónimo al que no consigo reconocer ahora, los hermanos Molano, Raymond Roussel, Michel Mourre. Nombres perfectos que podrían ser nuevas invenciones mías sino fuera “porque acabo de encontrarlos en todos, absolutamente todos mis diccionarios.”
Un profundo artículo que escribí acerca de las nacionalidades literarias me da algunos datos interesantes que apunto en un cuaderno. Comprendo, súbitamente, por qué me he lanzado a desmantelar este día onírico:
Pausa para visitar a Pitol y deshacerme de una vez por todas de Verlaine. Me estaba matando.
Escribo sobre extranjeros en su propia patria, sobre esos escritores como Cunqueiro, Gil de Biedma o Cernuda que de tanto vivirse tan adentro, se volvieron apátridas, murieron hacia fuera; y de tanto morir hacia fuera, son los que más míticamente describieron la tierra que les era ancha y ajena. Trato de no convertirme en uno de ellos recurriendo a recuerdos que afirmo ser verdaderos sobre temporadas de fútbol, infancias pobres, escuelas y “calles Rimbaud”. Pausa para coquetear con el cine y contar una de gángsters españoles de los setenta protagonizada por mí. Lo demás es silencio.
Vuelvo a Raymond Roussel, a Michaux, a Handke, a Lisboa, a Marsé. Camuflo mis reseñas, mis comentarios, mis críticas, con breves chispazos de esta vida tan azarosa y tan destinada que llevo. No puedo dar dos pasos sin que un círculo se cierre. No puedo montar en taxi sin que la ficción se cierna sobre mí. Retrato a un decadente (Michi Panero) y a una incombustible (Maruja Mallo). Quizás quieren ser autorretratos. Me invento una adolescencia en que leo a Françoise Sagan. Me propongo perder un brazo para poder escribir mejor. Intuyo que con este deseo comienza un proceso de deshumanización. ¿Cómo escribir mejor siendo inhumano? Veinte páginas más allá, yo mismo, Melo e Castro mediante, me da la absolución:
Sigo reseñando la realidad. Vuelvo a hablar de Michaux, de Roussel. Rescato a un misterioso Sarrionandia de su paradero arcano. ¿Son estos textos, plagados de misterio que se entreveran con la sabiduría de los diccionarios que cierran círculos casi imposibles, hitos que voy colocando en mi camino para convencerme de mi propia existencia? Pausa para volver a México.
Hablo de los “tejados de nuestra querida imaginación”. Comienzo a pensar en la mía. Miro hacia atrás y busco algo en los libros que ya he publicado. Comprendo que Suicidios ejemplares fue escrito simplemente para poder ser llevado en taxi a la editorial y que el taxista me tocara con la varita mágica de su irrealidad. Otros, de aspecto más intraliterario, metaliterario, requeteliterario, se me antojan esa misma mezcla de realidad y ficción de la que ahora no consigo desembarazarme. ¿Seré eso yo? ¿Un ser a medias entre dos mundos que se rigen por reglas diferentes? Pausa para hacer un elogio de la crítica. Quizás es la crítica la que me mantiene con vida en el filo vertiginoso entre esos dos mundos.
Hablo de Céline, más mítico que real; hablo de Zarraluki, demasiado real aún para ser mítico. Todo se andará. Hablo de Umberto Eco, tan real como mítico. Hablo de Benjamín Prado a quien nunca oí decir que aspirase a ser ninguna de las dos cosas.
Me descuelgo, finalmente, por este día sin fin en que, por algún error o por cierta fortuna, soy Enrique Vila-Matas leyendo a Enrique Vila-Matas para saber algo de Enrique Vila-Matas y poder dejar de ser definitivamente Enrique Vila-Matas, con seis prólogos a los que, como Lichtenberg, llamo Pararrayos. No tengo miedo en introducir los libros que presento en la misma bruma que o me está matando o no deja de darme vida. Entierro a Soledad Puértolas en un Burdeos irreal y luego la rescato. Trazo dibujos con avionetas en Almería, cuando sé perfectamente que ningún almeriense ha visto jamás una avioneta. Viajo al fin de la noche. Prologando a Stevenson, comprendo, entonces, que, sólo hablar de esta variedad mitológica de seres extraños que soy, me permitirá ser uno solo. Paradojas, pararrayos. Pausa para dejar el manuscrito en un taxi con una nota con la dirección adecuada. No quiero arriesgarme más.
Reconquistado mi archipiélago disperso de extrañezas, hago una pausa para fumar un cigarrillo. Mientras me recoloco un rizo ala de cuervo tras la oreja y sorbo mi último Janelas Verdes’ Dream de la jornada, lanzo un suspiro –creo que satisfecho-, rompo un espejo, garrapateo este texto y, durante un intenso y mínimo segundo, me abarco y me comprendo. El vaso aún traza un leve movimiento hacia la mesa, no obedece aún el rizo a los dedos, aún no se ha ordenado el aire en que me mojo y ya me noto inconexa, desorientada y tremenda entre tanta realidad. Lanzo una mirada desorientada alrededor. Casi acierto a sentir en torno a la puerta ese último viento que delata silenciosamente que alguien se ha ido para siempre.
|
Esa tercera persona enajenada, como una piedra alborotando el estanque remolón de mi desconocido cuerpo, fue el verdadero incipit de mi nuevo estado. Disociado de mí, shandy sin más hogar que el folio en blanco, catalán sin más bandera que no querer banderas. Así era yo y así tenía que aceptarme. No tenía más remedio que inventarme recuerdos para hacerlos verdaderos.
Mal doblado en una silla, El traje de los domingos podía ayudarme, con la mágica variedad de sus escritos, a hacerme una idea de mí mismo. Comprendía que, sólo una vez cobradas todas y cada una de las piezas de mi fragmentaria personalidad, sólo una vez apuntaladas sin heridas ni misterios en el mapa de la imaginación, llegaría a librarme de Vila-Matas.
Comencé a leerme. Navegué por pequeñas frases tontas de adorables escritores. Incorporé a esas frases nimias, anécdotas de viajes, enigmas y mitos; me busqué en ellos. Me reí con epitafios y frases de extremaunción ajenas, para ver si me libraba de estos escalofríos con sabor a morgue y abstinencia que me acompañan desde que desperté aquí encarnada. Imaginé que era un catalán universal; proclamé la república hispana de las letras y su himno en una coiné sin banderas. Regañé a los malos escritores. Gracias a un teléfono inventado, saqué más palomas de la chistera de Auster de las que él haya podido ver jamás. No supe si lo que narraba era cierto o no pero inventé “el idioma del azar, el idioma de la casualidad, el idioma de los encuentros fortuitos que se convierten en destino.” Dueño de este idioma, viajé a Lisboa con la misma recurrencia diabólica. Sigo esperando allí a que alguien destroce el espacio y el tiempo y me convierta en el camarero que siempre he sido. Pausa matinal para beber un Janelas Verdes’ Dream.
Navegué por los pantalones cortos de Gombrowicz entre Buenos Aires y el París que lo pudo haber matado. Bendije con un artículo a ciertos malditos: un anónimo al que no consigo reconocer ahora, los hermanos Molano, Raymond Roussel, Michel Mourre. Nombres perfectos que podrían ser nuevas invenciones mías sino fuera “porque acabo de encontrarlos en todos, absolutamente todos mis diccionarios.”
Un profundo artículo que escribí acerca de las nacionalidades literarias me da algunos datos interesantes que apunto en un cuaderno. Comprendo, súbitamente, por qué me he lanzado a desmantelar este día onírico:
“[…]y que si escribimos es para saber algo de nosotros mismos; […] escribimos como medicina, escribimos para ser felices, para no suicidarnos, para no volvernos locos, para llevar la contraria a los académicos y hundirlos, escribimos para jugar.”
Pausa para visitar a Pitol y deshacerme de una vez por todas de Verlaine. Me estaba matando.
Escribo sobre extranjeros en su propia patria, sobre esos escritores como Cunqueiro, Gil de Biedma o Cernuda que de tanto vivirse tan adentro, se volvieron apátridas, murieron hacia fuera; y de tanto morir hacia fuera, son los que más míticamente describieron la tierra que les era ancha y ajena. Trato de no convertirme en uno de ellos recurriendo a recuerdos que afirmo ser verdaderos sobre temporadas de fútbol, infancias pobres, escuelas y “calles Rimbaud”. Pausa para coquetear con el cine y contar una de gángsters españoles de los setenta protagonizada por mí. Lo demás es silencio.
Vuelvo a Raymond Roussel, a Michaux, a Handke, a Lisboa, a Marsé. Camuflo mis reseñas, mis comentarios, mis críticas, con breves chispazos de esta vida tan azarosa y tan destinada que llevo. No puedo dar dos pasos sin que un círculo se cierre. No puedo montar en taxi sin que la ficción se cierna sobre mí. Retrato a un decadente (Michi Panero) y a una incombustible (Maruja Mallo). Quizás quieren ser autorretratos. Me invento una adolescencia en que leo a Françoise Sagan. Me propongo perder un brazo para poder escribir mejor. Intuyo que con este deseo comienza un proceso de deshumanización. ¿Cómo escribir mejor siendo inhumano? Veinte páginas más allá, yo mismo, Melo e Castro mediante, me da la absolución:
“Y si hubiera algo más humano que el hombre mismo? ¿Y si ese algo se llamara texto? ¿Y si ese texto que es lenguaje, fuera, al fin, la única producción que va más allá de su productor?”
Sigo reseñando la realidad. Vuelvo a hablar de Michaux, de Roussel. Rescato a un misterioso Sarrionandia de su paradero arcano. ¿Son estos textos, plagados de misterio que se entreveran con la sabiduría de los diccionarios que cierran círculos casi imposibles, hitos que voy colocando en mi camino para convencerme de mi propia existencia? Pausa para volver a México.
Hablo de los “tejados de nuestra querida imaginación”. Comienzo a pensar en la mía. Miro hacia atrás y busco algo en los libros que ya he publicado. Comprendo que Suicidios ejemplares fue escrito simplemente para poder ser llevado en taxi a la editorial y que el taxista me tocara con la varita mágica de su irrealidad. Otros, de aspecto más intraliterario, metaliterario, requeteliterario, se me antojan esa misma mezcla de realidad y ficción de la que ahora no consigo desembarazarme. ¿Seré eso yo? ¿Un ser a medias entre dos mundos que se rigen por reglas diferentes? Pausa para hacer un elogio de la crítica. Quizás es la crítica la que me mantiene con vida en el filo vertiginoso entre esos dos mundos.
Hablo de Céline, más mítico que real; hablo de Zarraluki, demasiado real aún para ser mítico. Todo se andará. Hablo de Umberto Eco, tan real como mítico. Hablo de Benjamín Prado a quien nunca oí decir que aspirase a ser ninguna de las dos cosas.
Me descuelgo, finalmente, por este día sin fin en que, por algún error o por cierta fortuna, soy Enrique Vila-Matas leyendo a Enrique Vila-Matas para saber algo de Enrique Vila-Matas y poder dejar de ser definitivamente Enrique Vila-Matas, con seis prólogos a los que, como Lichtenberg, llamo Pararrayos. No tengo miedo en introducir los libros que presento en la misma bruma que o me está matando o no deja de darme vida. Entierro a Soledad Puértolas en un Burdeos irreal y luego la rescato. Trazo dibujos con avionetas en Almería, cuando sé perfectamente que ningún almeriense ha visto jamás una avioneta. Viajo al fin de la noche. Prologando a Stevenson, comprendo, entonces, que, sólo hablar de esta variedad mitológica de seres extraños que soy, me permitirá ser uno solo. Paradojas, pararrayos. Pausa para dejar el manuscrito en un taxi con una nota con la dirección adecuada. No quiero arriesgarme más.
Reconquistado mi archipiélago disperso de extrañezas, hago una pausa para fumar un cigarrillo. Mientras me recoloco un rizo ala de cuervo tras la oreja y sorbo mi último Janelas Verdes’ Dream de la jornada, lanzo un suspiro –creo que satisfecho-, rompo un espejo, garrapateo este texto y, durante un intenso y mínimo segundo, me abarco y me comprendo. El vaso aún traza un leve movimiento hacia la mesa, no obedece aún el rizo a los dedos, aún no se ha ordenado el aire en que me mojo y ya me noto inconexa, desorientada y tremenda entre tanta realidad. Lanzo una mirada desorientada alrededor. Casi acierto a sentir en torno a la puerta ese último viento que delata silenciosamente que alguien se ha ido para siempre.
|





