Identidad, posesión y lugar o Abandonar ciudades II
Mil gracias, Lauri, Cobaleda, Aixi Pequeñez, Sof, Valero, Olmos.
Se acabó Córdoba, salió del mapa, se perdió en un agujero para el que no tenemos nombre aún, se disolvió con nosotros. Obvio que sigue allí la mezquita, pero sus columnas no cotejan ya el riesgo de encontrar a alguna vasca perdida en su marea, con un libro en la mano. Sigue la judería calentando sus muros al sol del verano, pero ya no se impregnan de los pasos inconcretos de las porteñas. No acechan las palomas de las Tendillas a los mismos mexicanos pudorosos, ni desperezan los balcones su coquetería ante la cámara de fotos de nuestro maestro zen. Si como dice Berkeley, esse est percipi, ya no existen violinistas de jazz en Córdoba, porque no quedan punkies que los miren y del mismo modo ya no caben en sus calles los deportivos azules.
Nuestra Córdoba ya no existe, la desmantelamos el 28 de junio, día de santa Mudanza. Quizás por eso el peso de las despedidas se hace mayor, porque al comenzar esta diáspora –que tiene puntos en Argentina, México, Oviedo, Salamanca, Madrid y en un puñadito tembloroso de No se sabe- dejamos atrás definitivamente la única Córdoba que hemos conocido y la única que hemos tolerado. La que se hizo día a día, pasmosamente parcial y pequeña, tan irregular que no conoce mapas, y tan injusta con la realidad pedestre que más parece un sueño o un altar.
Ahora entiendo que la despedida se hace emotiva y trae consigo lágrimas, cartas a corazón abierto y emocionados favores de última hora porque es la clausura inevitable y definitiva de un hogar. Ahora pienso que nosotros siete nos hemos despedido entre nosotros, es cierto, pero sobre todo, nos hemos despedido de un trocito de nosotros mismos y de nuestra casa. La idea difícilmente armonizable de siete caras sonriendo tras una cerveza, discutiendo acaloradamente, susurrando secretos a voces o haciendo artístico turismo; la sensación, en definitiva, de tener un hogar, se diluye ahora y nos obliga a todos a replanteárnoslo. Tenemos que volver a caber en el lugar de donde veníamos.
También hemos dicho adiós, probablemente sin saberlo, a lo que hemos sido, vivaracha o tímidamente, con los demás, entre los demás. Quedarán los ecos de todos los códigos que inventamos y compartimos, enterrados en el lugar de las nostalgias. Quedarán las rutinas como balizas que señalaron otra vida. Incluso los sustos, las discusiones, las alegrías exacerbadas irán emigrando hacia rincones del recuerdo, donde vivirán, protegidos y plastificados, pero sin la espontaneidad y el rumbo errático y danzante de vivirlos día a día y de darles una dimensión que sólo entonces tenía sentido.
Pero no todo ha de ser dejar, abandonar, olvidar, acomodar. Creo que los siete llevamos muy a gala el desafío de ser con además. De seguir siendo con todos los ademases de nuestro año cordobés. No será fácil. Volver a Córdoba ahora mismo sería una temeridad. O al menos lo sería volver para quedarse. Volver ingenuamente, creyendo que los bares que acogieron nuestras charlas siguen siendo hogareños, pensando que la calle Ambrosio de Morales sigue siendo más ancha desde que vivimos allí, queriendo que nuestros vecinos nos saluden con rutina y sin sorpresa.
A mí, de momento, esa Córdoba me queda imposiblemente lejos. La tengo más cerca en Madrid, en Salamanca, en México, en Buenos Aires y en Bilbao. Así de grande se me hizo en nueve meses. Planté una ciudad al sur de España y se me revolvió ubicua y transnacional. Qué maravilla.
|
Etiquetas: cordoba
Papá, dibújame una feria
¿Qué mejor manera de leer un libro rojo que montada en un caballo blanco? ¿Qué mayor contento puede encontrar una lectora hiperestésica que marear a ciento cincuenta libreros a lo largo de cuatro horas? ¿Qué frescura no halla una acordobesada en el calor del Retiro? El paseo por la Feria del Libro en los primeros borrones de junio es más que una obligación, un rito. Denme caballos blancos, calores del Retiro, casetas de colores, gente, abanicos, marcapáginas. Porque “leer es vivir dos veces”, dijo Gamoneda. Y tres, y cuatro, y mil.
Reconozco que no me apasiona el tumulto de la feria los fines de semana. Pero esta vez hubo de ser un domingo con sol travieso, mucha gente, megafonía inevitable y el rugido de “atrápame a esos autores” orquestando la batahola sobre el asfalto. Y entre los que se dejaban atrapar, estaba Mario Muchnik, rompiendo un ordenador por cada libro vendido. El buen Antonio, presumiendo de angora y pañuelo, hacía realidad el mito que le atribuye “la cola más grande de la feria”. Jodorowsky, más traslúcido, lúcido y encanecido que nunca, agachaba la chamánica cabeza en su ocupación estilográfica. La ratita violeta brincaba de gusto entre sus pequeños lectores. El antigeométrico cuerpo de Benja Prado jugaba a los escorzos contra su caseta. Javier Marías, don de irrealidad, no estaba. Gonzalo Abril, tampoco. Pocos poetas. Muchas comuneras.
Si uno va dispuesto a no dejarse vencer por la realidad, la feria tiene algo de mítico en su álbum viviente de autores encerrados. La ironía intuida en las fotos de solapa se vuelve real o se desvanece por completo. La voz atiplada de cierto escritor más murciélago que soprano sorprende y se eleva como una bofetada contra la fantasía. La mera forma de sentarse de alguno contrasta absolutamente con la tendencia que teníamos a suponerlo siempre de pie. Y sin embargo, no hay nada que impida que tras un intercambio de cuatro palabras y el regalo de una firma, en menos de lo que dura una greguería, la imaginación siga campando por sus fueros, adueñándose de datos reales para integrarlos en nuestro dibujo mítico de ese lejoscercano mundo de los autores.
La feria del libro es también un escenario perfecto para pequeñas performance de niña frustrada por la convención de sus casillas. Y entonces se oye a hiperestéticas gritando que las traducciones de Edhasa, amén de ser carísimas, son infames. O se ve a un treintañero, subido a las barbas de su independencia, comprándose un libro que ya se ha leído. O escuchas como alguien dice “Señor Telva” delante de las pulcrísimas narices de Luis Alberto de Cuenca. O escuchas a un grupo de gruppies literarios incitando a la gente a irse. “No se engañen, coño, si ustedes no leen. Váyanse.”
Inevitablemente, queda la nostalgia de los Paneros bañados en cocacolalight, queda la imposible esperanza de ver a Vargas Llosa ondeando su abrigo para poder tocárselo, quedan, en una danza sincrónica por la mente, las imágenes de esta feria mezclándose con las de años anteriores. Y así se va formando un cuadro maravilloso, inventado en su mayor parte, del que al final, sólo dan fe los libros en la estantería, el monedero demasiado vacío y esa sonrisa boba en la cara de las que si llegan a ser más crías, les nace plastilina entre los dedos.
Otros años de feria aquí (2005) y aquí (2006)
|

Reconozco que no me apasiona el tumulto de la feria los fines de semana. Pero esta vez hubo de ser un domingo con sol travieso, mucha gente, megafonía inevitable y el rugido de “atrápame a esos autores” orquestando la batahola sobre el asfalto. Y entre los que se dejaban atrapar, estaba Mario Muchnik, rompiendo un ordenador por cada libro vendido. El buen Antonio, presumiendo de angora y pañuelo, hacía realidad el mito que le atribuye “la cola más grande de la feria”. Jodorowsky, más traslúcido, lúcido y encanecido que nunca, agachaba la chamánica cabeza en su ocupación estilográfica. La ratita violeta brincaba de gusto entre sus pequeños lectores. El antigeométrico cuerpo de Benja Prado jugaba a los escorzos contra su caseta. Javier Marías, don de irrealidad, no estaba. Gonzalo Abril, tampoco. Pocos poetas. Muchas comuneras.
Si uno va dispuesto a no dejarse vencer por la realidad, la feria tiene algo de mítico en su álbum viviente de autores encerrados. La ironía intuida en las fotos de solapa se vuelve real o se desvanece por completo. La voz atiplada de cierto escritor más murciélago que soprano sorprende y se eleva como una bofetada contra la fantasía. La mera forma de sentarse de alguno contrasta absolutamente con la tendencia que teníamos a suponerlo siempre de pie. Y sin embargo, no hay nada que impida que tras un intercambio de cuatro palabras y el regalo de una firma, en menos de lo que dura una greguería, la imaginación siga campando por sus fueros, adueñándose de datos reales para integrarlos en nuestro dibujo mítico de ese lejoscercano mundo de los autores.
La feria del libro es también un escenario perfecto para pequeñas performance de niña frustrada por la convención de sus casillas. Y entonces se oye a hiperestéticas gritando que las traducciones de Edhasa, amén de ser carísimas, son infames. O se ve a un treintañero, subido a las barbas de su independencia, comprándose un libro que ya se ha leído. O escuchas como alguien dice “Señor Telva” delante de las pulcrísimas narices de Luis Alberto de Cuenca. O escuchas a un grupo de gruppies literarios incitando a la gente a irse. “No se engañen, coño, si ustedes no leen. Váyanse.”
Inevitablemente, queda la nostalgia de los Paneros bañados en cocacolalight, queda la imposible esperanza de ver a Vargas Llosa ondeando su abrigo para poder tocárselo, quedan, en una danza sincrónica por la mente, las imágenes de esta feria mezclándose con las de años anteriores. Y así se va formando un cuadro maravilloso, inventado en su mayor parte, del que al final, sólo dan fe los libros en la estantería, el monedero demasiado vacío y esa sonrisa boba en la cara de las que si llegan a ser más crías, les nace plastilina entre los dedos.
Otros años de feria aquí (2005) y aquí (2006)
|
Etiquetas: feria-del-libro madrid
Desconfíen de eruditos togados
Soy una erudita, una filóloca. O casi. No sé si aprobaré todo en esta eterna –y esperemos que última- evaluación de mis conocimientos a distancia. De lo que no cabe la menor duda es del devastador paso de la erudición por mi apariencia, indumentaria y demás coordenadas físicas.
Don Benito el Garbancero y algún adepto al determinismo zolesco, podrían hacer un estudio del lamentable estado de mi personita para averiguar mis conocimientos. Pero somos tan convencionales que nos dedicamos a hacer exámenes. Saben el grado de mi sapiencia mejor que nadie, mis eternos pantalones de rayas verdes, llenos de rotulador, sudor, bolígrafos, manchas de chocolate, arrugas y cansancio. Ningún test con cinco preguntas y quinientos comentarios de texto puede dar mejor cuenta de la comprensión alcanzada sobre el comparatismo mitológico que mi desbaratado armario, en el que se fueron escondiendo ropa, regalos de cumpleaños, toda la música pop, novelas inéditas, vestidos de boda, películas, abanicos y demás cosas innecesarias para el estudio. El pelo cortado a trasquilones varios en un arranque de ira contra los ámbitos y las disgregaciones de las oraciones consecutivas sabe de gramática mucho más que yo misma. Todo lo saben las consabidas sandalias de toda legua, aburridas debajo de la mesa. Las gafas eternas. La montaña de libros. La ducha fría de la tarde. El apurado cigarrillo con los titulares del telediario. El reloj, concienzudo, inmarchitable. La pereza de La Rochefaucauld, que sólo se ensaña con el cuerpo cuando ya ha arrasado la mente.
Y sobre todo, saben mejor que nadie lo que yo sé quienes tienen que soportar, día a día mis temas de conversación. “Lo que le pasa a Ana Belén es que tiende a hacer una /s/ más coronal que los demás, porque es de Almodóvar”. “Sí que existen casos en que dos preposiciones pueden aparecer juntas, cuando una de ellas es exigida por el régimen verbal de la oración principal y la otra por la subordinada, por ejemplo.” “Eso que escribes no se puede calificar de fantástico porque no aparece ningún efecto perturbador debido a una contraposición con lo real”. “Si yo digo, ¿quieres probar el DVD?, tú entiendes que, en realidad, te lo estoy pidiendo, por un mecanismo inferencial”. “¿Cómo que no hay muchos chilenos jugadores de fútbol, Fran? ¿No te acuerdas de Ricardo Nefatlí Reyes?” Hasta las bromas pasan por el monstruoso cedazo de lo estudiado.
La última excursión a deshora a la biblioteca será para devolver todos los libros para siempre. Quedará el poso feliz de lo leído y ningún rencor contra los libros que no pude terminar. El viernes a las ocho y media de la tarde, procederemos al borrado absoluto de los archivos. Y a llenar papeleras. Maletas. Horas de ocio con holgazanería. Lavadoras con pantalones tristes. Vasos con más cerveza que nunca. Conversaciones con el sexo de los ángeles. Sobres con cartas debidas desde abril. Playas con pieles ávidas.
Ya queda poco, me dicen mis pacientes interlocutores, mientras me invitan a fútbol, a champán y a periódicos. Pero el tiempo es relativo. Ya lo dijo quien lo tenía que decir en su momento. Probablemente ataviado con sus correspondientes pantalones agotados y sus buenos trasquilones en el pelo. Desconfíen de los demás eruditos.
|
Don Benito el Garbancero y algún adepto al determinismo zolesco, podrían hacer un estudio del lamentable estado de mi personita para averiguar mis conocimientos. Pero somos tan convencionales que nos dedicamos a hacer exámenes. Saben el grado de mi sapiencia mejor que nadie, mis eternos pantalones de rayas verdes, llenos de rotulador, sudor, bolígrafos, manchas de chocolate, arrugas y cansancio. Ningún test con cinco preguntas y quinientos comentarios de texto puede dar mejor cuenta de la comprensión alcanzada sobre el comparatismo mitológico que mi desbaratado armario, en el que se fueron escondiendo ropa, regalos de cumpleaños, toda la música pop, novelas inéditas, vestidos de boda, películas, abanicos y demás cosas innecesarias para el estudio. El pelo cortado a trasquilones varios en un arranque de ira contra los ámbitos y las disgregaciones de las oraciones consecutivas sabe de gramática mucho más que yo misma. Todo lo saben las consabidas sandalias de toda legua, aburridas debajo de la mesa. Las gafas eternas. La montaña de libros. La ducha fría de la tarde. El apurado cigarrillo con los titulares del telediario. El reloj, concienzudo, inmarchitable. La pereza de La Rochefaucauld, que sólo se ensaña con el cuerpo cuando ya ha arrasado la mente.
Y sobre todo, saben mejor que nadie lo que yo sé quienes tienen que soportar, día a día mis temas de conversación. “Lo que le pasa a Ana Belén es que tiende a hacer una /s/ más coronal que los demás, porque es de Almodóvar”. “Sí que existen casos en que dos preposiciones pueden aparecer juntas, cuando una de ellas es exigida por el régimen verbal de la oración principal y la otra por la subordinada, por ejemplo.” “Eso que escribes no se puede calificar de fantástico porque no aparece ningún efecto perturbador debido a una contraposición con lo real”. “Si yo digo, ¿quieres probar el DVD?, tú entiendes que, en realidad, te lo estoy pidiendo, por un mecanismo inferencial”. “¿Cómo que no hay muchos chilenos jugadores de fútbol, Fran? ¿No te acuerdas de Ricardo Nefatlí Reyes?” Hasta las bromas pasan por el monstruoso cedazo de lo estudiado.
La última excursión a deshora a la biblioteca será para devolver todos los libros para siempre. Quedará el poso feliz de lo leído y ningún rencor contra los libros que no pude terminar. El viernes a las ocho y media de la tarde, procederemos al borrado absoluto de los archivos. Y a llenar papeleras. Maletas. Horas de ocio con holgazanería. Lavadoras con pantalones tristes. Vasos con más cerveza que nunca. Conversaciones con el sexo de los ángeles. Sobres con cartas debidas desde abril. Playas con pieles ávidas.
Ya queda poco, me dicen mis pacientes interlocutores, mientras me invitan a fútbol, a champán y a periódicos. Pero el tiempo es relativo. Ya lo dijo quien lo tenía que decir en su momento. Probablemente ataviado con sus correspondientes pantalones agotados y sus buenos trasquilones en el pelo. Desconfíen de los demás eruditos.
|
Etiquetas: pantalones sucios
Hermanos Cerdos del mundo, uníos
Los cerdos hermanos de Hermano Cerdo, en su filantrópica labor de acoger a fracasadas, han tenido a bien dejar un hueco en su chiquero para un relato que escribí hace meses para perder un certamen. (Pinchando sobre la imagen se descarga en pdf).
Por lo demás, no se pierdan toda una postura escorzada ante la vida en esta magnífica "revista hispanoamericana de literatura y kung fu"

No sé si decir: mil gracias, hermanos. O decir, mejor: mil gracias, cerdos. Gracias, en especial al mejor elefante del mundo.
|
Por lo demás, no se pierdan toda una postura escorzada ante la vida en esta magnífica "revista hispanoamericana de literatura y kung fu"

No sé si decir: mil gracias, hermanos. O decir, mejor: mil gracias, cerdos. Gracias, en especial al mejor elefante del mundo.
|