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    Reseña: La soledad era esto, de Juan José Millás
    Con esta novela ganó Juan José Millás el Premio Nadal en 1990. Es una obra en la que se ha cuidado mucho la estructura, que no es sencilla, y que pretende ser un reflejo más (como en las buenas obras de arte) de lo narrado. Otro de los recursos visibles es la inclusión de relato dentro del relato, con diferentes mecanismos. Además, la novela está estructurada en dos partes diferenciadas: una que nos es contada por un narrador omnisciente, la otra, escrita por la propia protagonista, Elena Rincón.

    El tema de la obra es fácil de identificar: el cambio profundo que puede experimentar un ser humano cuando es enfrentado a una circunstancia severa. El asunto toma forma en el personaje de Elena Rincón, una señora de cuarenta y tres años que, a raíz de la muerte de su madre, encuentra unos cuadernos que ésta había escrito estando enferma y que, combinados con su propio malestar físico, la instan a transformarse, a construir una nueva identidad.

    Las técnicas narrativas son diferentes: la primera parte, la constatación de la necesidad de un cambio y sus inicios son planteados por un narrador externo. Se interpolan en él extractos del cuaderno de Mercedes Rincón, la madre de Elena; así como los informes que Elena encarga a un detective acerca de su marido. La segunda parte se articula con la narración en primera persona de Elena, que escribe unos cuadernos similares a los de su madre; en ellos se incluyen extractos de los maternos en que se inspira y nuevos informes del detective, esta vez centrados en la persona de Elena.

    Todo esto viene ligado por un estilo que se me antoja excesivamente plano para la diversidad de discursos; estilo introspectivo, de frases largas, expositivas, que indagan en los estados del alma de cada sujeto: Elena, Mercedes, Elena a través del detective… Los informes del detective intentan, en efecto, reflejar la jerga de los investigadores. Si bien en la primera parte funciona bastante bien, puesto que quien los escribe indaga en datos objetivos; en la segunda parte, esto se hace más inverosímil. Elena le ha exigido informes subjetivos que no casan bien con el estilo de informe que, pese a todo, pretenden conservar. Por lo demás, los juegos de metáforas y símbolos y el modo en que cada narrador o cada personaje se investiga a sí mismo íntimamente son excesivamente semejantes y uno no tiene la sensación de estar dentro de un espectro variado de personajes, sino ante una voz única que se decide a orquestarse a sí misma utilizando varias voces. Me parece que este es uno de los principales fallos de la novela.

    Por otra parte, estas indagaciones son demasiado obvias; no hacen más que plantear el tema de la novela directamente, sin apoyo casi en los pocos acontecimientos que hay, que resultan, con excesiva evidencia, una mera excusa para el discurso interior:
    “Bueno, pues la soledad era esto: encontrarte de súbito en el mundo como si acabaras de llegar de otro planeta del que no sabes por qué has sido expulsada. Te han dejado traerte dos objetos (en mi caso, la butaca y el reloj) que tienes que llevar a cuestas, como una maldición, hasta que encuentres un lugar en el que recomponer tu vida a partir de esos objetos y de la confusa memoria del mundo del que procedes.”


    Efectivamente, la soledad era eso. Pero se echa de menos ver, con más detenimiento y con más profundidad, la relación que mantiene Elena con esos objetos; se echa de menos ver cómo ese sentimiento de soledad la impregna. Asistimos en cambio, a una constante reflexión, a un análisis sobre el sentimiento pero no, o no en muchas ocasiones, nos encontramos con una Elena que sienta la soledad; más bien, estamos ante una Elena (o quizás ante un Millás) que piensa la soledad.

    La novela debería mostrar las cosas, hacer emanar de las situaciones que dibuja las sensaciones, que el propio lector se encarga de aprehender. Es cierto que hay novelas más introspectivas, de profundización psicológica en los estados de ánimo de los personajes; pero incluso así, esta novela, con su estilo excesivamente uniforme, parece más bien un ensayo veteado de ficción, en la que el personaje pone su carne como pretexto para dar corporeidad a las sensaciones:
    “Elena se acercó a la puerta de la terraza y la abrió, pero no notó que la atmósfera interior ganara algo con ello; es más le pareció que el ambiente mortuorio de las calles era la emanación de la muerte atenuada que se respiraba en el interior de la vivienda.”


    Por otra parte, creo que existen algunas incoherencias entre los personajes: por ejemplo, el marido de Elena, Enrique Acosta, no se acaba de definir nítidamente: a veces, parece un egoísta; en otras ocasiones, se comporta de forma más generosa, escribe unas cartas de grandísimo cabrón y sin embargo, llenas de buenas intenciones incompatibles. Y uno busca el resentimiento que mueve a estos titubeos de la actitud, busca el hilo conductor que pueden dotar de coherencia como personaje a unos comportamientos, en apariencia, incoherentes; pero no los encuentra. Creo que se trata, simplemente, de un personaje mal dibujado o poco definido.

    La propia Elena actúa de forma un tanto incoherente. No para con su mundo, eso es plenamente admisible; sino para con su forma de ser como personaje. Y eso es lo que le rechina al lector al leer. Su desinterés por la hija tiene cierto sentido y es correctamente explicado en el primer momento; sin embargo, esta actitud persiste a lo largo de la novela, cuando el lector ya espera, ya ha inducido, de lo dicho por la propia Elena, que ese desinterés se acaba, que se abre a una nueva actitud. Pero dicha nueva actitud no aparece en la novela. Elena tiene comportamientos absolutamente abúlicos, y sin embargo, presenta una gran fuerza de voluntad y una capacidad de concentración en sí misma poco hermanables con esa noluntad que parece aquejarla.

    La estructura se antoja, en ocasiones, demasiado simétrica. Los hechos cobran la fuerza y significación de símbolos con demasiada rapidez o con demasiada obviedad: la edad de Elena, idéntica a la edad de su madre cuando comenzó sus cuadernos; el hecho de que le marido esté leyendo La metamorfosis y de que Elena amase secretamente a Gregorio Samsa cuando era joven; la evidente metáfora de los espejos como reflejos de otra vida; la enfermedad. Uno echa de menos la capacidad que estos hechos y objetos tienen para significar por sí mismos, sin que exista el doble consenso (entre los personajes de la novela, entre el autor y los lectores) de otorgarles capacidad simbólica.

    Y por último, tenemos al detective. También simbólico y ampliamente explicado en sus funciones por Elena, que dice necesitar alguien que le hable de sí misma para tomar conciencia de su identidad. La idea es magnífica, la factura, no tanto. No son informes puramente subjetivos ni plenamente objetivos; se acaban, repentinamente y el problema de la función que cumplen no queda resuelto. Por otra parte, aunque Elena utiliza una artimaña para hacer creer al detective que ella es la secretaria de un cliente desconocido que le solicita que siga a Enrique Acosta y, posteriormente, a su mujer; esta triquiñuela termina por revelar su propia incoherencia narrativa: el detective investiga las cuentas de ambos y no se da cuenta de que en la misma fecha en que es pagado, Elena ha retirado una cantidad idéntica de su cuenta; por otra parte, siguiendo a Elena, nunca la ha visto ir a recoger los informes al apartado de correos, ni se ha ocupado de averiguar a quién pertenece dicho apartado. Todo ello le habría llevado a la conclusión de que la propia Elena le ha encargado que la investigue. Se sugiere, en alguna ocasión, que el detective podría, efectivamente, saber quién es Elena; pero la alusión es breve, superficial y se deja pasar la posibilidad, cuando sería mucho más coherente explotar esta vía que no mantener la otra, increíble.

    En general, el asunto es tremendamente complejo: la relación de Elena con su madre, con su hija, con su marido, con el detective, con su hermano; la adicción al hachís, su posición social… Son relaciones, hechos y situaciones únicas e incluso extravagantes pero, sobre todo, en la mayor parte de los casos, innecesarias. El tema es mucho más sencillo que su encarnadura.

    Sin embargo, hay grandes hallazgos, como las historias infantiles narradas y la importancia que cobran en las vidas de los personajes, o la relación de Elena y de Mercedes con sus respectivas enfermedades, sus indagaciones en el cuerpo, la descripción de ciertos síntomas y sentimientos de angustia.

    Queda la sensación de leer un ensayo de ficción (no sé cómo se llaman este tipo de obras en caso de que las haya) disfrazado de novela. Viniendo de Millás, no sorprende este coqueteo con las fronteras entre los géneros; pero, abordado el texto como una novela al uso, el espectador se queda un poco extrañado.

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    Reseña: Don Ramón María del Valle-Inclán, de Ramón Gómez de la Serna
    En general, no me gusta leer biografías de escritores. Pienso que la obra tiene que hablar por sí sola, que la personalidad del autor no tiene por qué acomodarse a la imagen que el lector se forma de él a través de su obra, que a nadie le debería importar si quien escribió esa obra que cautiva una y mil veces era un apasionado de la vida festiva como Scott Fitzgerald, un bebedor empedernido como Rubén Darío o un aburrido camífero como Proust u Onetti. Las grandes obras tienen la virtud de trascender a quien la escribe; se expanden por encima de la carne tibia de la mano que les sirvió de cauce y quedan ellas solas luchando contra todos los lobos de la crítica, el lectorazgo y los problemas editoriales. Siempre me pareció que la indagación gratuita en biografías, cartas inéditas y demás manuscritos renegados es un modo de cotilleo literario, crónica palaciega de las letras, periodismo literario rosa que no interesa.

    La biografía de Valle-Inclán se puede leer como una obra más de Ramón Gómez de la Serna. Y lo es. Está llena de greguerías, naderías, guiños y disparates. Las barbas de Valle-Inclán sirven para mil juegos de palabras y conceptos: “a veces parecía ordeñarlas como en un aquelarre”. Creo que todos los que hemos visto una fotografía o una caricatura de Valle-Inclán asociaremos siempre con este nombre un brazo amputado, unas barbas de chivo y unos quevedos de Quevedo. Todas estas cosas las aprovecha Ramón para trazar una imagen especialísima de Valle-Inclán. Se sirve de los rasgos con que todos identificamos a Valle-Inclán para pasarlos a través del fino tamiz de su genialidad y sacar de su chistera de pequeño mago literario retratos y retratos como palomas que van volando con rumbos diferentes.

    Y así alza el vuelo la prosa graciosa de Ramón gracias a la barba de Valle-Inclán:
    “Hubo días en que parecían como las que se ponen algunos colmeneros que hacen reposar al enjambre como barba asiria de su rostro, como una barba de fiebre crepitante, con el aticismo de la miel portada por las abejas.”

    También el brazo de Valle-Inclán, o mejor, el muñón, el no-brazo, le sirven a Gómez de la Serna como materia para ejercitarse en el escribir:
    ”Era como la mano constrictora de aquel arrostrado español que, desgajada y flotante en los ríos de América, iba sembrando el pánico y la amenaza.”

    Cabe pensar que Gómez de la Serna intuyó muy bien cuánto de literario había en la figura extravagante, desafiante e imprevisible de Valle-Inclán. No le cabe a Gómez de la Serna el mérito de haber inventado al personaje, que de facto andaba repartiendo mandobles e ironías por las calles de Madrid; pero sí el de haber visto en su vida, en su compostura y en sus actitudes, sobrado material para escribir un libro, para elevar el género biográfico a categoría artística. Y en esto se debe ocupar el escritor, en buscar una parcela llena de potencialidades e iluminarla de tal manera que cualquier lector pueda acudir al libro para prender algún candil. Todo esto, en el caso que nos ocupa, es mérito de Gómez de la Serna. Revolotea por la vida de Valle-Inclán escogiendo las anécdotas que considera más relevantes para caracterizarlo; torciendo y retorciendo los mechones de sus barbas para escapar del estereotipo y ofrecernos una imagen más profunda y más significativa de su extravagancia; se esconde a mirar detrás de la cama en la que Valle escribía en posturas escorzadas y nos lo muestra ocupado como un “frío sabio, casi un algebrista”, en su trabajo constante de escritor peleado con las musas y con el mundo, concentrado y rutinario como un oficinista; nos lo enseña enamorándose, nos lo enseña transgresoramente supersticioso, nos lo brinda amantísimo de Galicia pero viviendo en Madrid, nos lo enseña callando la boca a pertinentes e impertinentes, pero necesitado de público; nos lo enseña pobre o despilfarrando dinero en Roma para saciar alguna pequeña manía.

    Esa es la cara que al final nos queda de este retrato. Un Valle-Inclán poliédrico y consciente de su infinidad de lados aparentemente incompatibles: el rigor estético unido al esperpento; el disparate y la matemática; la lógica y la superstición; Galicia y el mundo; la sensatez embotellada en comportamientos estrambóticos; el carlismo y un sentimiento eternamente antigubernamental. Esa superioridad del personaje la supo entender y retratar perfectamente Gómez de la Serna:
    ”Pero él sabe vivir entre el filo de la vida y el filo de la muerte, encantado de vivir y de morir.”

    Quizás Ramón Gómez de la Serna no fue la persona que más conoció a Valle-Inclán, la que más trató con su familia o la que más investigó la vida y la obra del autor gallego. Y sin embargo, creo que ha sabido leer en su justa medida todo el anecdotario de que Valle-Inclán se dotó a sí mismo; supo atisbar la necesidad que tuvo Valle-Inclán de crearse semejante personaje y de por qué había de ser así, estrambótico, majestuoso e hiriente, así como de los trasvases que había entre la vida y la obra, entre las anécdotas narradas y las ocurridas.

    Valle-Inclán es una suerte de Barón de Münchhausen que nunca esperó ser creído. Y hete aquí que Ramón Gómez de la Serna le creyó. Le creyó lo necesario. Creyó lo que tenía que creer: que en aquella época, con aquellas ganas de levantarle las faldas a todo el mundo y de escribir LA literatura y de que ésta fuera gallega y universal al mismo tiempo, la única forma de estar en serio en el mundo era estar en broma. Y donde muchos sólo vieron extravagancia, descaro e insulto, Gómez de la Serna ha visto una actitud seria, coherente, concienzuda, pensada y sopesada y acorde con uno y con todos. La única forma de sobrevivir para Valle-Inclán era precisamente esa, ser Valle-Inclán. Valle-Inclán con sus quevedos muriéndose de hambre por todos los cafés de Madrid; Valle-Inclán con su misterioso muñón tatuado de mil peripecias ficticias acerca de la pérdida del brazo; Valle-Inclán con su larga barba que más parecía estar para incomodar al personal que para acomodar el anguloso rostro del gallego.

    Lo que Ramón Gómez de la Serna nos enseña es la coherencia de esta actitud, el pasmoso rigor y la profunda lógica que reside en actuar así. Y eso nos lo demuestra retratando, no sólo los zarpazos dialécticos que Valle-Inclán regalaba por doquier, sino a todos los personajes, algunos meras comparsas, que contribuyeron, adrede o a su pesar, a convertir a Ramón Valle y Peña en don Ramón María del Valle-Inclán. Para ello, lo hace hablar incesantemente, con su característico “ceceo”, con sus insultos del tipo “hijo de un curial” o “zanguango, zurupeto, zulú, zopenco o zinvergüenza”. Lo hace mofarse de cuantos idiotas, sicarios o villanos poblaron su vida; lo pone a conversar con don Miguel (de Unamuno) o a pelearse con don Pío en medio de la calle. Pero también nos lo enseña doméstico, porque también era don Ramón María del Valle-Inclán, cuerdoloco quijotesco casi, de puertas adentro. Y son mil las anécdotas que nos lo enseñan así. Quizás la más curiosa, para medir la trascendencia que tuvo esta visión equívoca y fantástica que Valle arrojaba sobre todo son las que le suceden a sus hijos. Así, estando su hija fisgando en un cajón, le preguntan qué hace y ella contesta:
    “¡Aquí revolviendo los papeles de nuestro abuelo Carlos V!”


    La riqueza de este libro se la debemos a la pluma de Gómez de la Serna, a sus minirretratos de Valle-Inclán desperdigados aquí y allá con greguerías certeras, a su forma generosa y única de ver al genio y de plasmarlo. Y también se la debemos a Valle, por supuesto; por ese anecdotario interminable; por esas obras magníficas, peculiares, tan al filo de la norma que, a pesar de que se explican solas, invitan a indagar en cómo veía el mundo quien las escribió; por esa forma extemporánea pero cuerda de estar en el mundo y por ese humor tan inteligente que tanto provoca la carcajada infantil e irreprimible como la sonrisa sosegada y cómplice del lector. Quizás eso fue lo que los unió a los dos, querer reír y sonreír siempre, esa avidez monstruosa de vivir con alegría, aunque ello supusiera andar pegándose codazos con la tristeza y la miseria propia y ajena.

    Lamenta Gómez de la Serna al final:
    “¡Adiós, mi querido y admirado don Ramón, rey sin corona y sin un cobre: tu melena debía de campar aún entre nosotros; tu barba, que era tu raíz en el aire, debía estar aún viva.”


    Y bien, gracias a este retrato extenso y lleno de matices, sigue la melena campando entre nosotros y la barba valleinclanesca aún nos crece a todos los que queremos ser un poco como él. Acaba el libro y con él, acabamos por echar de menos a alguien a quien no hemos conocido. Como persona que vivió en otro tiempo. Y como personaje que vivió en nosotros mientras leíamos.

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