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  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Feliz Navidad...
    ...y esas cosas. Esto anda un poco apagado últimamente, pero es que vivo muy atareada: tengo que arropar mis incertidumbres con la misma colcha verde todas las noches, intentar no aterirme de frío en una biblioteca digna de una novela de Dostoievski, reírme a banderas desplegadas en comidas, comitivas, comisiones y comités y viajar por toda la geografía española buscando los añicos escindidos de mi querida familia.

    Lo cual no me impide hacer una pequeña parada en el camino para sacar de mi atadillo este Manifiesto NaviDADAísta con el que os deseo a todos unas Felices NaviFiestas.

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    Sofía tiene un berrinche...
    ...y no hay Dios ni teoría que alcance a consolarla, por lo que yo le ofrezco enjugar sus descalabros descorchando una botella de champán

    Mi dulce y dura amiga Sofía se pilló un berrinche teórico tremendo el miércoles pasado. En este convento, llenito de maletas trotamundos y de habitaciones pavorosamente iguales a todas las demás, los miércoles se acaba discutiendo o reflexionando sobre el arte, gruñendo y escupiendo contra el arte, recriminando al arte su pasividad frente a nosotros, jóvenes llenos de ilusión y buenas intenciones, sonriendo al arte, insultando al arte, renegando del arte, y soltando exabruptos ebrios de soledad y talías desacompasadas contra el arte impasible.

    La única utilidad que tiene todo esto es armar un gran ovillo enmarañado en que todos hablan pero sólo unos pocos se entienden. El ovillo se extiende a lo largo de la semana: el miércoles toca subastar públicamente la desnudez clamorosa de nuestras certezas, el jueves hay que cargar el révolver con Kant, Hegel, Heidegger y Chejov y dispararle a bocajarro a un guitarrista más intuitivo que teórico; el viernes lo que corresponde es llorar en artísticas marejadas de belleza sublimada gracias a Visconti y luego tratar de apoyar cada lágrima en un plano secuencia, un compás o un discurso homodiegético para no quedar como una estúpida emocional; los sábados, en cambio, se busca a dios en los macarrones y los lunes se llega tarde a comer porque, nuevamente, es preciso discutir la esencia del arte, posos de cerveza a través.

    Sofía Argentinísima (para su suerte y su desgracia) tiene la inevitable manía de preguntarse muchísimas cosas en todos esos contextos. A veces, cansada de investigarse entre los intestinos o con algo de malicia porteña, te endosa los interrogantes que la revuelcan a ella y se queda esperando a que le “soluciones la vida”. Y entonces, lo que creías más o menos seguro, amarrado al cálido puerto de los temas cerrados, se echa a temblar, leva anclas y te lleva de nuevo al piélago de la incomprensión absoluta.

    Cuando me ataca la artitis, esa insoportable enfermedad que te obliga a intentar ponerle una definición intocable al arte y extraer de ahí la fórmula mágica que nos permita parir obras de arte como quien cose botones, acudo siempre a las mismas medicinas. Kantxilium, que me dice que lo bello es un objeto o un modo de representación desinteresado «que complace universalmente sin concepto”. Heideggercilina, cogiendo las botas de Van Gogh por el centro de los cordones, nos habla de la Unverborgenheit (desocultación), de que el arte consigue presentarnos la verdad de las cosas, desvelarlas. Y Hegelsil hablaba de lo “universal concreto”.

    Probablemente, todo esto parece inútil, pero aplicado domésticamente (yo soy la experta en este convento de las domesticidades y sus telepatías), se le descubre mucho sentido. Pensemos en el arte como “el acto de abrir una botella de champán”. Para Kant, el acto de abrir una botella de champán será bello cuando sea desinteresado (es decir, sin la finalidad de bebernos el champán) y complazca de forma universal (haya un acuerdo en la complacencia sentida al observar el hecho). Estupor. Heidegger, en cambio, nos dice que abrir una botella de champán será un hecho artístico si esa apertura contiene en sí misma todas las aperturas, la verdad del acto; si, al asistir a esa apertura de la botella de champán, captamos la esencia del acto, vemos todas las botellas de champán de este mundo y de todos los mundos posibles abiertas con ese gesto. Escalofrío. Y Hegel dice que el acto de abrir una botella de champán será arte cuando, al abrir nuestra botella de champán, conseguimos que cada espectador, oyente, receptor (y demás nombres pseudosinonímicos), sienta abierta su propia botella de champán. Asombro.

    Creo que el arte, ese concepto resbaladizo, esquivo e impasible ante nuestras mundanas preocupaciones, pasa de todo esto. Pero me parece que, en esencia, lo que Sofía se preguntaba entre las bambalinas de su berrinche es cómo conseguir todo lo expuesto anteriormente. Porque ella quiere que en el dedo que ella puso sobre los labios de su Lorena (disculpen a Sofía, está escribiendo una novela) sea el dedo de todos posado sobre todos los labios del mundo, como quiere Hegel; o sea un objeto (una imagen, una narración, una pintura) que suscite la satisfacción kantiana; o bien, se convierta en el único Dedo posible posándose sobre esos labios, el dedo rociado con el perfume inmarcesible de la verdad, al pensar de Heidegger. Por eso Sofía, en su berrinche, patalea como una niña en el patio del colegio entre un inventario de todas esas pequeñas botellitas de champán que, en su vida, le han deparado la literatura, el cine y otras manifestaciones artísticas.

    Obviamente, Sofía no va a encontrar ninguna fórmula para conseguirlo. Kantxilium y los demás sólo funcionan como consuelo teórico que te arropa las dudas cuando no las quieres meter en la cama. Si existiera la fórmula, creo que habríamos acabado con el arte y con todas sus posibilidades futuras. Me da la sensación de que Sofía va a pasar más de un berrinche; quizás uno por cada botella de champán que quiera descorchar unverborgenheitmente. Pero no creo que eso sea malo. Es más, me parece la única manera posible para lograrlo.

    PS (en que Sofía y yo nos entendemos): por si viene quien no debe por aquí a derramar su semi-gracia, que conste que todo es muy impreciso y aproximado. Pero ello es el lugar en que me pongo y en que me entiendes desde el inmenso otro lado de nuestra simpática forma de estar de acuerdo no estándolo.

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