Reseña: Juego de azar, de Slawomir Mrozek
Parece que últimamente va de relatos la cosa. Si un día en un bar un adulto diferente, distante e hiperestésico te recomienda un libro de un polaco x tal que x se llama Slawomir Mrozek y x tiene “muy mala leche” escribiendo; nada hace presagiar que el interpelado fuese a adquirir el libro y mucho menos a leérselo. Y sin embargo, a veces sucede, que los nombres más raros se encuentran salpicando insistentemente en el charco de la conciencia hasta que nos hacemos con ellos, los sometemos, los leemos y los hacemos nuestros para siempre. Y así ya no vuelven a molestar nunca más.
Efectivamente, Slawomir Mrozek (Borzecin, 1930) tiene muy mala baba. Pero no es el mero emponzoñamiento de las rutinas, no se trata simplemente de la bilis incontenida y mal encauzada por el jardín salvaje de las letras. No, Mrozek se dedica a mucho más que eso. Anda empañando los diáfanos cristales de nuestra racionalidad con pequeñas gotitas casi anodinas que, al cabo, distorsionan totalmente la visión del conjunto.
Mrozek escribe como riéndose, o escribe para reírse o escribir es su forma de reírse. No se ríe a grandes carcajadas, sino discreta y abiertamente; señala con el dedo y zas, comienza a desprender un chorro de palabras-risa; ridiculiza pero con levedad; critica pero parece que sólo presenta hechos; se ríe pero sanamente, sin mayor pretensión que la de hacernos pensar con él un tierno “hay que ver cómo somos los seres humanos”.
Un día, nos levantamos con Mrozek de la cama, y decidimos que mañana comenzaremos “Una nueva vida”... Pero al día siguiente constatamos que es “hoy”.
Dice Mrozek con toda su caradura y con toda nuestra caradura también, porque, al final, nos está retratando en esa pereza tremenda de los lunes de madrugada y los propósitos nunca cumplidos.
Y sin embargo, no es un moralista. Ni tampoco es un inmoral. Simplemente, anda coqueteando con esas cositas un poquito sucias que hacemos todos los días, con esos acontecimientos que, aunque están ajados, aún conservan un tizne de esplendor para los que lo sepan ver. Y este señor sabe ver muy bien dónde están los quides de estos asuntos, qué es lo que puede convertir un hecho nimio en algo tremendamente trascendente para entendernos mejor. Y para reírnos.
Y entonces aparecen los ladrones que tienen que “Subir de categoría”, o la democracia vista a través de un antiespejo. En este relato, Mrozek da la vuelta a los pilares más asumidos de nuestra conciencia occidental y, por medio de un simple balcón lleno de gente, llega a la conclusión de que el poder lo han de ejercer sólo unos pocos, pues no todo el pueblo –representándose democratiquísimamente a sí mismo- cabe en el balcón. Cuestiones de intendencia arquitectónica, vaya.
Dentro de ese brote cotidiano de Mrozek, no hay apenas ningún tema que se escape de su pluma; los párrocos reconvertidos en tenderos de sex-shop o bien la sanidad pública cambiando de sexo a un sujeto en vez de extirparle el apéndice son algunos de los asuntos que pueblan estos juegos azarosos de Mrozek con Mrozek, de Mrozek con nosotros, de nosotros con la realidad, de la realidad con nosotros. Pero siempre hay una finísima veta por la que se cuela un cierto surrealismo, tamizadito, cauto, prudente y revelador, que es la que nos permite tomar la suficiente distancia como para no sentirnos ante un mero juicio de conciudadano airado, ante un hecho anecdótico, ante una queja sin mayor consecuencia que su propio exabrupto.
Ironía fina y surrealista que critica las entidades sociales que nos rodean, más por el afán de reírse que por el de criticar, creo yo. Mrozek no quiere desaprovechar todo el fanguillo cutre en que nos movemos todos los días, no lo quiere usar sólo para criticar, lo quiere también para reírse, para darle una vuelta de tuerca, para llevarlo a sus extremos, para hacerlo limo de verdad, ciénaga en la que encontrar, al menos, una disculpa para la risa. Lo gracioso nunca anda por el medio, siempre está en un extremo u otro; y Mrozek sabe llevar las cosas a su límite ridículo a la perfección.
Y todas esas entidades sociales, todas esas microestructuras decadentes que funcionan mal a duras penas, tienen, en el fondo de su ventanilla izquierda, subsección D, departamento de admisiones, a un señor fieramente humano, propiciador probable de la mitad de los yerros y del que también hay que saber reírse para poder soportarlo. Y así, un “Alguien” anda pululando por una fiesta, arrinconado en cada sillón, olvidado de todos y harto de tanto desapercibimiento. Hasta que decide que ya está bien, que tiene que llamar la atención y lo hace diciendo que se va. Y entonces todos le dicen adiós y él se va a la puerta, atónito:
Hay que ver cómo somos los seres humanos, oigan. Vistos de la mano de la delicada ironía de este Juego de Azar resultamos, al menos, más llevaderos...
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Efectivamente, Slawomir Mrozek (Borzecin, 1930) tiene muy mala baba. Pero no es el mero emponzoñamiento de las rutinas, no se trata simplemente de la bilis incontenida y mal encauzada por el jardín salvaje de las letras. No, Mrozek se dedica a mucho más que eso. Anda empañando los diáfanos cristales de nuestra racionalidad con pequeñas gotitas casi anodinas que, al cabo, distorsionan totalmente la visión del conjunto.
Mrozek escribe como riéndose, o escribe para reírse o escribir es su forma de reírse. No se ríe a grandes carcajadas, sino discreta y abiertamente; señala con el dedo y zas, comienza a desprender un chorro de palabras-risa; ridiculiza pero con levedad; critica pero parece que sólo presenta hechos; se ríe pero sanamente, sin mayor pretensión que la de hacernos pensar con él un tierno “hay que ver cómo somos los seres humanos”.
Un día, nos levantamos con Mrozek de la cama, y decidimos que mañana comenzaremos “Una nueva vida”... Pero al día siguiente constatamos que es “hoy”.
“Puesto que había de comenzar una nueva vida a partir de mañana, no podía comenzarla hoy.”
Dice Mrozek con toda su caradura y con toda nuestra caradura también, porque, al final, nos está retratando en esa pereza tremenda de los lunes de madrugada y los propósitos nunca cumplidos.
Y sin embargo, no es un moralista. Ni tampoco es un inmoral. Simplemente, anda coqueteando con esas cositas un poquito sucias que hacemos todos los días, con esos acontecimientos que, aunque están ajados, aún conservan un tizne de esplendor para los que lo sepan ver. Y este señor sabe ver muy bien dónde están los quides de estos asuntos, qué es lo que puede convertir un hecho nimio en algo tremendamente trascendente para entendernos mejor. Y para reírnos.
Y entonces aparecen los ladrones que tienen que “Subir de categoría”, o la democracia vista a través de un antiespejo. En este relato, Mrozek da la vuelta a los pilares más asumidos de nuestra conciencia occidental y, por medio de un simple balcón lleno de gente, llega a la conclusión de que el poder lo han de ejercer sólo unos pocos, pues no todo el pueblo –representándose democratiquísimamente a sí mismo- cabe en el balcón. Cuestiones de intendencia arquitectónica, vaya.
Dentro de ese brote cotidiano de Mrozek, no hay apenas ningún tema que se escape de su pluma; los párrocos reconvertidos en tenderos de sex-shop o bien la sanidad pública cambiando de sexo a un sujeto en vez de extirparle el apéndice son algunos de los asuntos que pueblan estos juegos azarosos de Mrozek con Mrozek, de Mrozek con nosotros, de nosotros con la realidad, de la realidad con nosotros. Pero siempre hay una finísima veta por la que se cuela un cierto surrealismo, tamizadito, cauto, prudente y revelador, que es la que nos permite tomar la suficiente distancia como para no sentirnos ante un mero juicio de conciudadano airado, ante un hecho anecdótico, ante una queja sin mayor consecuencia que su propio exabrupto.
Ironía fina y surrealista que critica las entidades sociales que nos rodean, más por el afán de reírse que por el de criticar, creo yo. Mrozek no quiere desaprovechar todo el fanguillo cutre en que nos movemos todos los días, no lo quiere usar sólo para criticar, lo quiere también para reírse, para darle una vuelta de tuerca, para llevarlo a sus extremos, para hacerlo limo de verdad, ciénaga en la que encontrar, al menos, una disculpa para la risa. Lo gracioso nunca anda por el medio, siempre está en un extremo u otro; y Mrozek sabe llevar las cosas a su límite ridículo a la perfección.
Y todas esas entidades sociales, todas esas microestructuras decadentes que funcionan mal a duras penas, tienen, en el fondo de su ventanilla izquierda, subsección D, departamento de admisiones, a un señor fieramente humano, propiciador probable de la mitad de los yerros y del que también hay que saber reírse para poder soportarlo. Y así, un “Alguien” anda pululando por una fiesta, arrinconado en cada sillón, olvidado de todos y harto de tanto desapercibimiento. Hasta que decide que ya está bien, que tiene que llamar la atención y lo hace diciendo que se va. Y entonces todos le dicen adiós y él se va a la puerta, atónito:
“Les di una última oportunidad y me quedé esperando aún media hora. Pero la puerta permaneció cerrada, nadie la abrió para llamarme. Salí a la calle y a paso lento –por si querían alcanzarme y rogar que me quedara con ellos – volví a casa.”
Hay que ver cómo somos los seres humanos, oigan. Vistos de la mano de la delicada ironía de este Juego de Azar resultamos, al menos, más llevaderos...
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Reseña: Si una noche de invierno un viajero, de Italo Calvino
Si una noche de invierno un viajero quiere ser una novela de novelas, quiere ser un libro peculiar, narrado desde distintas voces, para una misma persona, que a la vez, es distintas personas, distintos lectores. La idea es arriesgada y original. El libro comienza así: “Estás a punto de empezar a leer la nueva novela de Italo Calvino, Si una noche de invierno un viajero”, desafiante, demoledor para con todos los otros comienzos posibles. Te agarra por el pescuezo y te espeta una obviedad. Y ahí te las compongas, Lector.
La novela se puede dividir en dos tipos de capítulos. En unos, Calvino te coge por la segunda persona del singular, y te conduce por el proceso de lectura de alguien que eres tú y no eres tú. Este lector que Calvino quiere que seas tú (para eso se dirige a ti y te trata de tú) sufre diversas peripecias en su afán por seguir leyendo la novela que tiene entre manos. Conoces a una tal Ludmilla, la lectora ideal, y a Lotaria, la lectora analítica; conoce a un traductor-falsificador-seductor-mentiroso, conoce a Silas Flannery, un escritor o pseudo-escritor irlandés. Todos estos personajes acaban sumidos en un rocambolesco juego de falsificaciones e imposturas, entre las que se intercalan los diversos comienzos de novelas de los que luego hablaremos. El caso es que tú, Lector, y todos tus amigos personas y personajes habéis comenzado una novela que, abruptamente, se interrumpe, y queréis continuar leyéndola.
El reto no es fácil. Una vez que tú y tus amigos conseguís haceros con la novela sin defectos, descubrís que es otra; y así sucesivamente, hasta la hartura. Diez novelas se entremezclan con la historia extravagante de cómo van pasando una y otra por tus manos, ligadas a mafias de autocensura, a empresas falsificadoras, o simplemente a bibliotecas, lectoras traviesas, profesores de filología.
Los otros capítulos son las diferentes novelas. Todas diferentes. Una no deviene en otra, sino que, por obra y gracia de don Calvino, realmente sientes que estás leyendo eternamente primeros capítulos de novelas. Lo malo es que en cuanto comprendes cómo es el mecanismo del libro, cuando compruebas cuál es el esquema que se repite (y que se podría repetir infinitamente) y ves que éste consiste simplemente en una peripecia en la que un “tú, lector” que no se parece en nada a lo que cada uno siente hacia dentro como un “yo, lector”, busca un libro y luego lee el primer capítulo de otro libro distinto del que esperaba leer, desfalleces como lector porque comienzas a aburrirte desesperadamente.
La idea es magnífica. Comienzos de novelas que son interrumpidos y que, juntos, conforman una novela. El resultado es deslavazado, caótico y aburrido. Es deslavazado porque vas pasando del plano real en el que Calvino-autor te tiene cogido por el “tú” al variadísimo plano de todos los comienzos de las novelas que, a mi juicio, no tienen nada que ver los unos con los otros. Es caótico porque los personajes del plano que, supuestamente, y gracias al pacto de ficción, aceptas como real, como punto de partida y referencia, se mezclan con los personajes de las novelas que ese lector está leyendo. Son demasiadas idas y venidas del campo de la ficción a la fábrica de lo real. Y es aburrido, sobre todo aburrido, porque, aunque desde el punto de vista teórico todas las novelas guardan una relación entre sí, esta pretendida relación no queda tan bien reflejada fuera del plano teórico, en el mero plano de la narración que leemos. Una es alegórica, la otra es telúrico-primordial y aquella otra apocalíptica. Pero todas narran una peripecia muy diferente. Y ni siquiera entera.
Para mi gusto, hay varios problemas con este libro. Por un lado, tenemos a un Calvino que nos indica cómo reaccionamos, qué hacemos, qué estamos esperando y dónde estamos leyendo el libro. Esto sucede sobre todo en el primer capítulo –que resulta, por eso, muy exasperante-, pero continúa más matizadamente a lo largo de todo el libro. Es cierto que este capítulo tiene algunos hallazgos (la descripción de la relación de un lector con los libros), pero en conjunto, resulta aburrido, previsible y, como decía, irritante. Mantener una narración utilizando la segunda persona del singular (y además desdoblarla en “lector” y “lectora” en algunos momentos) es difícil y arriesgado. Y creo que Calvino no consigue mantener un tono adecuado a lo largo de todo su intento. En muchas ocasiones, quieres cerrar el libro porque sientes que te está diciendo cosas sobre ti mismo que tú ya sabes que no son así. Quizás el truco estaría en tratarnos peor, o en no hacer como que nos conoce tan bien, a nosotros, los bichos lectores; o, simplemente, aflojar de vez en cuando; o no confiar tanto en nosotros.
El segundo problema con que yo, como “tú, lector” al que se dirige Calvino, me he topado es la monotonía de estilo. Por mucho que Si una noche de invierno un viajero quiera ser un libro de novelas, un conjunto de historias que se deslavazan unas en otras y que van perdiendo los hilos en aras de formar otra narración distinta, debería tener cambios de estilo bien perceptibles. Los comienzos de novelas son escritos, supuestamente, por escritores de distintas nacionalidades, de diferentes culturas, unas son traducciones, otras falsificaciones, tenemos libros de culturas casi extintas y otros que son éxitos de ventas. Y sin embargo, el lector sigue embarcado en la barca monocorde de siempre Calvino.
El último problema que le veo tiene que ver con los pactos de ficción, con Aristóteles, con la suspensión del juicio necesaria. Y es que eso sólo funciona en el primer caso y, como mucho, en el segundo. El tú lector lee el comienzo de “Si una noche de invierno un viajero”, la novela de Tazio Bazakbal y realmente cree que, de un modo u otro, se las acabará componiendo para leerla hasta el final. Pero no. Un problema editorial nos hace ver que eso será imposible de momento; además, a continuación nos topamos con el comienzo de otra novela y nos despedimos para siempre de los personajes de Tazio. Una vez descubierto el mecanismo, toparse con los primeros capítulos es como ir encontrando piedrecitas incómodas por el camino; dan ganas de saltarlas, de ver qué va a seguir pasando “contigo”, ya que el protagonista eres tú. Alguno de estos comienzos merece realmente la pena, alguno es realmente distinto al anterior, pero en conjunto, queda uno borracho de tanto comienzo distinto e indistinto y acaba por no interesarse en absoluto por ciertos personajes que, apenas esbozados, están condenados a la desaparición absoluta, al menos, en el marco de las páginas que tienes entre manos.
En resumen, creo que la idea de la novela es magnífica. El mini-ensayo-justificación preliminar que hay en mi edición (Siruela) también resulta muy interesante. Pero la puesta en práctica de tanta teoría es deficiente. Muy aburrido. Quizás porque no me ha contado nada nuevo pretendiendo hacer una absoluta innovación, quizás porque me lo ha contado mal, quizás porque yo ya había desterrado a Calvino del conjunto de autores que tienen algo que contarme. Y sí, querido Italo, I am sorry, pero sigo pensando lo mismo. Soy un “tú” un tanto rebeldón.
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La novela se puede dividir en dos tipos de capítulos. En unos, Calvino te coge por la segunda persona del singular, y te conduce por el proceso de lectura de alguien que eres tú y no eres tú. Este lector que Calvino quiere que seas tú (para eso se dirige a ti y te trata de tú) sufre diversas peripecias en su afán por seguir leyendo la novela que tiene entre manos. Conoces a una tal Ludmilla, la lectora ideal, y a Lotaria, la lectora analítica; conoce a un traductor-falsificador-seductor-mentiroso, conoce a Silas Flannery, un escritor o pseudo-escritor irlandés. Todos estos personajes acaban sumidos en un rocambolesco juego de falsificaciones e imposturas, entre las que se intercalan los diversos comienzos de novelas de los que luego hablaremos. El caso es que tú, Lector, y todos tus amigos personas y personajes habéis comenzado una novela que, abruptamente, se interrumpe, y queréis continuar leyéndola.
El reto no es fácil. Una vez que tú y tus amigos conseguís haceros con la novela sin defectos, descubrís que es otra; y así sucesivamente, hasta la hartura. Diez novelas se entremezclan con la historia extravagante de cómo van pasando una y otra por tus manos, ligadas a mafias de autocensura, a empresas falsificadoras, o simplemente a bibliotecas, lectoras traviesas, profesores de filología.
Los otros capítulos son las diferentes novelas. Todas diferentes. Una no deviene en otra, sino que, por obra y gracia de don Calvino, realmente sientes que estás leyendo eternamente primeros capítulos de novelas. Lo malo es que en cuanto comprendes cómo es el mecanismo del libro, cuando compruebas cuál es el esquema que se repite (y que se podría repetir infinitamente) y ves que éste consiste simplemente en una peripecia en la que un “tú, lector” que no se parece en nada a lo que cada uno siente hacia dentro como un “yo, lector”, busca un libro y luego lee el primer capítulo de otro libro distinto del que esperaba leer, desfalleces como lector porque comienzas a aburrirte desesperadamente.
La idea es magnífica. Comienzos de novelas que son interrumpidos y que, juntos, conforman una novela. El resultado es deslavazado, caótico y aburrido. Es deslavazado porque vas pasando del plano real en el que Calvino-autor te tiene cogido por el “tú” al variadísimo plano de todos los comienzos de las novelas que, a mi juicio, no tienen nada que ver los unos con los otros. Es caótico porque los personajes del plano que, supuestamente, y gracias al pacto de ficción, aceptas como real, como punto de partida y referencia, se mezclan con los personajes de las novelas que ese lector está leyendo. Son demasiadas idas y venidas del campo de la ficción a la fábrica de lo real. Y es aburrido, sobre todo aburrido, porque, aunque desde el punto de vista teórico todas las novelas guardan una relación entre sí, esta pretendida relación no queda tan bien reflejada fuera del plano teórico, en el mero plano de la narración que leemos. Una es alegórica, la otra es telúrico-primordial y aquella otra apocalíptica. Pero todas narran una peripecia muy diferente. Y ni siquiera entera.
Para mi gusto, hay varios problemas con este libro. Por un lado, tenemos a un Calvino que nos indica cómo reaccionamos, qué hacemos, qué estamos esperando y dónde estamos leyendo el libro. Esto sucede sobre todo en el primer capítulo –que resulta, por eso, muy exasperante-, pero continúa más matizadamente a lo largo de todo el libro. Es cierto que este capítulo tiene algunos hallazgos (la descripción de la relación de un lector con los libros), pero en conjunto, resulta aburrido, previsible y, como decía, irritante. Mantener una narración utilizando la segunda persona del singular (y además desdoblarla en “lector” y “lectora” en algunos momentos) es difícil y arriesgado. Y creo que Calvino no consigue mantener un tono adecuado a lo largo de todo su intento. En muchas ocasiones, quieres cerrar el libro porque sientes que te está diciendo cosas sobre ti mismo que tú ya sabes que no son así. Quizás el truco estaría en tratarnos peor, o en no hacer como que nos conoce tan bien, a nosotros, los bichos lectores; o, simplemente, aflojar de vez en cuando; o no confiar tanto en nosotros.
El segundo problema con que yo, como “tú, lector” al que se dirige Calvino, me he topado es la monotonía de estilo. Por mucho que Si una noche de invierno un viajero quiera ser un libro de novelas, un conjunto de historias que se deslavazan unas en otras y que van perdiendo los hilos en aras de formar otra narración distinta, debería tener cambios de estilo bien perceptibles. Los comienzos de novelas son escritos, supuestamente, por escritores de distintas nacionalidades, de diferentes culturas, unas son traducciones, otras falsificaciones, tenemos libros de culturas casi extintas y otros que son éxitos de ventas. Y sin embargo, el lector sigue embarcado en la barca monocorde de siempre Calvino.
El último problema que le veo tiene que ver con los pactos de ficción, con Aristóteles, con la suspensión del juicio necesaria. Y es que eso sólo funciona en el primer caso y, como mucho, en el segundo. El tú lector lee el comienzo de “Si una noche de invierno un viajero”, la novela de Tazio Bazakbal y realmente cree que, de un modo u otro, se las acabará componiendo para leerla hasta el final. Pero no. Un problema editorial nos hace ver que eso será imposible de momento; además, a continuación nos topamos con el comienzo de otra novela y nos despedimos para siempre de los personajes de Tazio. Una vez descubierto el mecanismo, toparse con los primeros capítulos es como ir encontrando piedrecitas incómodas por el camino; dan ganas de saltarlas, de ver qué va a seguir pasando “contigo”, ya que el protagonista eres tú. Alguno de estos comienzos merece realmente la pena, alguno es realmente distinto al anterior, pero en conjunto, queda uno borracho de tanto comienzo distinto e indistinto y acaba por no interesarse en absoluto por ciertos personajes que, apenas esbozados, están condenados a la desaparición absoluta, al menos, en el marco de las páginas que tienes entre manos.
En resumen, creo que la idea de la novela es magnífica. El mini-ensayo-justificación preliminar que hay en mi edición (Siruela) también resulta muy interesante. Pero la puesta en práctica de tanta teoría es deficiente. Muy aburrido. Quizás porque no me ha contado nada nuevo pretendiendo hacer una absoluta innovación, quizás porque me lo ha contado mal, quizás porque yo ya había desterrado a Calvino del conjunto de autores que tienen algo que contarme. Y sí, querido Italo, I am sorry, pero sigo pensando lo mismo. Soy un “tú” un tanto rebeldón.
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La heroica ciudad...
...este mes va de precariedades, provisionalidad, ciudades olvidadas y ciudades sin conquistar. (Y quizás algún libro). Como desvariado cuaderno de notas a pie del día, necesito poner orden a todo eso. Quien quiera reseñas, asepsias y literatura sin adulterar, que busque por la columna de la derecha. Como decía don Juan, "a reclamar, al maestro armero". Para añoralgia, caos y liriqueces inevitables, empieza el bufé libre.
Abandonar ciudades (I)
(Para mi shandy, para Lucía y para una paloma)
Leopoldo alias “Clarín” sumió a Vetusta en un heroico sueño del que la ciudad parece no querer despertar jamás. Holgazana como un cetáceo veraniego, Oviedo sólo se despierta ocasionalmente para abrir un ojo con lentitud estudiada, comprobar que todo sigue igual ahí fuera y poder volver a su gloriosa respiración regular y silenciosa. Sin embargo, desde que vivimos fuera de esa burbuja somnolienta, cuando regresamos a Oviedo, nos parece que han ocurrido demasiadas cosas en ese magnífico y perezoso abrir y cerrar de ojos. Quizás nosotras también nos estamos volviendo cetáceas y vetustas.
Vivir en Oviedo era formar parte de su callada evolución imperceptible. Formaba parte de la rutina del instituto ver cómo, viga a viga, una sucursal de banco se instalaba en la calle Marqués de Santa Cruz. Tan lento era el crecer de los arbolillos en las calles recién “peatonalizadas”, como lenta era la formación de nuestra conciencia adolescente. El desgaste pedregoso de la catedral era casi un reflejo de nuestra típica vida confusa de crías de 16 años: continuaba sin que apenas nos diésemos cuenta. Quizás cerraba un bar, quizás abrían un cine nuevo, inauguraban una calle, una fuente comenzaba a funcionar o cerraban definitivamente el estadio de fútbol. Pero todo ocurría otoñalmente, hoja a hoja, a base de minúsculas señales, de hechos diminutos casinvisibles, de muescas en miniatura que iban cambiando la ciudad y nuestra forma de vivir y de vivir en ella.
Hasta hace poco no sabíamos cómo nos había moldeado vivir en Oviedo, cuánto trocito nuestro se nos había caído por sus calles. Descubrimos “Paco’s Beer” a fuerza de fumar cigarrillos a escondidas en la esquina de al lado, en la sucursal del Banco Simeón. Lluvias y lluvias que nos secamos al calor de un café con baileys en aquel bar donde todos los clientes eran tremendamente anacrónicos. En el kiosko del teatro Filarmónica, comprábamos cerditos de fresa, comíamos pipas, jugábamos a saludar a los imbéciles sin bicicleta y nos contábamos aquellos secretos adolescentes que habían de cambiar el mundo de una vez por todas y para siempre, y te lo juro. Y así se dejaba trenzar la ciudad, poniendo camareros guapos en nuestros bares preferidos, transformando la estación de tren en un nuevo parque al que ir a tumbarse para robar el único trazo de sol de todo un año, abriendo bibliotecas en fincas que siempre habían estado abandonadas, dejando sin urbanizar, respetuosamente, nuestro rincón del botellón de los viernes a dos.
Luego llegó el inevitable paso a la Universidad, la conquista de nuevas zonas de la ciudad, los pactos tácticos firmados con nuevos compañeros, la anexión de nuevos territorios a nuestra cartografía absolutamente sentimental. Llegó el bar Apolo con sus telenovelas escenificadas en tiempo real; llegó la tertulia de los poetas polvorientos y nuestros boicots apagando sus versos mal susurrados con canciones de Brassens. Llegaron los perros paseantes del campus del Milán, el zumo de fresa, los bikinis en Santullano. El primer año aprendimos a ir a la Facultad, a trazar rutas entre sus bares, a beber cerveza cubana en Santa Bárbara, a convertir el campus en una gymkhana a escala. El segundo año aprendimos a no ir a la Facultad, a llenar la ciudad con aquel poso de jóvenes a destiempo, de desubicadas felices; aprendimos a fingir que éramos otras, a no pagar en los bares, a dejar que nos quisieran a la sombra de un martini, con aceituna por favor, y en copa, si no te importa.
Y ahora venimos a Oviedo, dos veces al año, como en un programa de desintoxicación, y nos quedamos viejamente astonished ante todos los bajos comerciales “se alquila”, los cines Clarín, que ya no están, el Apolo, que se despidió dejándonos unos versos de Fray Luis colgados de la puerta. Añorálgicas y casi insultadas, ante tanto cambio repentino, tanto denodado abrir y cerrar de ojos de la eterna durmiente ciudad que ahora, parece que se esfuerza por ser siempre otra, ponemos cautamente los pies en cada calle, buscando lo que era nuestro. ¿Viste que nunca pasaba nada en Oviedo hasta que pasó?
Pero en el fondo no es así. Oviedo sigue imperturbable en su medio sueño, dejando que, viga a viga, un banco abra una sucursal en la calle Marqués de Santa Cruz. Todo sigue ocurriendo otoñalmente, hoja a hoja, a base de minúsculas señales, de hechos diminutos casinvisibles, de muescas en miniatura que van cambiando la ciudad. Simplemente, son otras las niñas que han de fumarse su primer cigarrillo, a escondidas, sentadas en el respaldo de algún banco, sumidas en la turbulencia estúpida de querer crecer a trompicones. Son ellas las que han de aceptar su primer beso, venga de donde venga, con desesperación vital y creyendo que llega tarde, siempre tarde. Son ellas las que tendrán que trastabillar con el alcohol, los viernes a dos. Y sí, son ellas las que tendrán que enterrar “promesas Vivien Leigh” en los jardines del hotel Reconquista, jurando que jamás, y esta vez va de veras, volverán a hacer algo semejante, crecer y separarse. Ingenuas...
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Abandonar ciudades (I)
(Para mi shandy, para Lucía y para una paloma)
Leopoldo alias “Clarín” sumió a Vetusta en un heroico sueño del que la ciudad parece no querer despertar jamás. Holgazana como un cetáceo veraniego, Oviedo sólo se despierta ocasionalmente para abrir un ojo con lentitud estudiada, comprobar que todo sigue igual ahí fuera y poder volver a su gloriosa respiración regular y silenciosa. Sin embargo, desde que vivimos fuera de esa burbuja somnolienta, cuando regresamos a Oviedo, nos parece que han ocurrido demasiadas cosas en ese magnífico y perezoso abrir y cerrar de ojos. Quizás nosotras también nos estamos volviendo cetáceas y vetustas.
Vivir en Oviedo era formar parte de su callada evolución imperceptible. Formaba parte de la rutina del instituto ver cómo, viga a viga, una sucursal de banco se instalaba en la calle Marqués de Santa Cruz. Tan lento era el crecer de los arbolillos en las calles recién “peatonalizadas”, como lenta era la formación de nuestra conciencia adolescente. El desgaste pedregoso de la catedral era casi un reflejo de nuestra típica vida confusa de crías de 16 años: continuaba sin que apenas nos diésemos cuenta. Quizás cerraba un bar, quizás abrían un cine nuevo, inauguraban una calle, una fuente comenzaba a funcionar o cerraban definitivamente el estadio de fútbol. Pero todo ocurría otoñalmente, hoja a hoja, a base de minúsculas señales, de hechos diminutos casinvisibles, de muescas en miniatura que iban cambiando la ciudad y nuestra forma de vivir y de vivir en ella.
Hasta hace poco no sabíamos cómo nos había moldeado vivir en Oviedo, cuánto trocito nuestro se nos había caído por sus calles. Descubrimos “Paco’s Beer” a fuerza de fumar cigarrillos a escondidas en la esquina de al lado, en la sucursal del Banco Simeón. Lluvias y lluvias que nos secamos al calor de un café con baileys en aquel bar donde todos los clientes eran tremendamente anacrónicos. En el kiosko del teatro Filarmónica, comprábamos cerditos de fresa, comíamos pipas, jugábamos a saludar a los imbéciles sin bicicleta y nos contábamos aquellos secretos adolescentes que habían de cambiar el mundo de una vez por todas y para siempre, y te lo juro. Y así se dejaba trenzar la ciudad, poniendo camareros guapos en nuestros bares preferidos, transformando la estación de tren en un nuevo parque al que ir a tumbarse para robar el único trazo de sol de todo un año, abriendo bibliotecas en fincas que siempre habían estado abandonadas, dejando sin urbanizar, respetuosamente, nuestro rincón del botellón de los viernes a dos.
Luego llegó el inevitable paso a la Universidad, la conquista de nuevas zonas de la ciudad, los pactos tácticos firmados con nuevos compañeros, la anexión de nuevos territorios a nuestra cartografía absolutamente sentimental. Llegó el bar Apolo con sus telenovelas escenificadas en tiempo real; llegó la tertulia de los poetas polvorientos y nuestros boicots apagando sus versos mal susurrados con canciones de Brassens. Llegaron los perros paseantes del campus del Milán, el zumo de fresa, los bikinis en Santullano. El primer año aprendimos a ir a la Facultad, a trazar rutas entre sus bares, a beber cerveza cubana en Santa Bárbara, a convertir el campus en una gymkhana a escala. El segundo año aprendimos a no ir a la Facultad, a llenar la ciudad con aquel poso de jóvenes a destiempo, de desubicadas felices; aprendimos a fingir que éramos otras, a no pagar en los bares, a dejar que nos quisieran a la sombra de un martini, con aceituna por favor, y en copa, si no te importa.
Y ahora venimos a Oviedo, dos veces al año, como en un programa de desintoxicación, y nos quedamos viejamente astonished ante todos los bajos comerciales “se alquila”, los cines Clarín, que ya no están, el Apolo, que se despidió dejándonos unos versos de Fray Luis colgados de la puerta. Añorálgicas y casi insultadas, ante tanto cambio repentino, tanto denodado abrir y cerrar de ojos de la eterna durmiente ciudad que ahora, parece que se esfuerza por ser siempre otra, ponemos cautamente los pies en cada calle, buscando lo que era nuestro. ¿Viste que nunca pasaba nada en Oviedo hasta que pasó?
Pero en el fondo no es así. Oviedo sigue imperturbable en su medio sueño, dejando que, viga a viga, un banco abra una sucursal en la calle Marqués de Santa Cruz. Todo sigue ocurriendo otoñalmente, hoja a hoja, a base de minúsculas señales, de hechos diminutos casinvisibles, de muescas en miniatura que van cambiando la ciudad. Simplemente, son otras las niñas que han de fumarse su primer cigarrillo, a escondidas, sentadas en el respaldo de algún banco, sumidas en la turbulencia estúpida de querer crecer a trompicones. Son ellas las que han de aceptar su primer beso, venga de donde venga, con desesperación vital y creyendo que llega tarde, siempre tarde. Son ellas las que tendrán que trastabillar con el alcohol, los viernes a dos. Y sí, son ellas las que tendrán que enterrar “promesas Vivien Leigh” en los jardines del hotel Reconquista, jurando que jamás, y esta vez va de veras, volverán a hacer algo semejante, crecer y separarse. Ingenuas...
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