Blogs.ya.com Quitar publicidad
Espacio sobre Literatura
Enlaces en ventana nueva
Acerca de
Gnosce te ipsum
Contacta
espaciosobreliteratura@gmail.com
Busca en este Sitio

Busca en el DRAE

Leyendo
  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Día del Soneto
    Qué curioso. Abro hoy el colorido paraguas de mis cuentas de correo y me encuentro en una de ellas una petición para publicar un antiguo sonetillo o sonetejo mío. En otra varilla, me aparece, como un regalo sorpresa, un soneto "convaleroso".

    Fue un fraile quien, hace ya algún tiempo, me impuso en la técnica de domar el baile de acentos, consonantes y conceptos en un compás de once por catorce. A partir de ahí, pese a las dificultades del proceso, confieso que intentar rimar y ripiar unos cuantos versos me relaja y me divierte.

    Para muestra un botón de esta misma mañana, con el que quiero devolverle, además, el regalo a mi convaleroso caballero epistolar:

    Soneto del amor que no se enroca

    No abandones, mi rey, por mí tu escaque;
    no cedas, soberano, a mis antojos;
    huye de mi mirada, pues mis ojos
    son mi amorosa táctica de ataque.

    Que nada en esta dama haya que aplaque
    tu negra indiferencia; sin sonrojos
    captura mi cohorte; haz despojos
    mis briosos caballos; ponme en jaque.

    Una vez sometida a tus peones,
    prívame nuevamente de tu alfil,
    violéntame las torres otra vez.

    Gobiérname, tirano, sin razones:
    Mi dama será esclava en tu viril
    reinado en mi tablero de ajedrez.

    Actualización
    Para rematar el día del soneto, me topo con este otro sobre el amor como ajedrez, de Enrique González. Me encantan las casualidades...

    |
     
    Manifiesto por la Libertad de Mi Expresión
    (O, para no entendernos, Manifiesto por la ininteligibilidad)

    Mi pretensión no es otra cosa que un vulgar querer decir lo mío”. Cesare Pavese
    “Trabajar para que todo resulte muy deshecho, un poco bien deshecho.” Ramón Gómez de la Serna



    Vivimos enredados en el pañuelo mortal de Gramática Duncan. Cambiándonos palabras agotadoramente diáfanas, en un curso legal sobre el aburrimiento expresivo. Aquílicos y tartaruchos , caminamos por una aporía lingüística aproximándonos eternamente a lo que queremos decir con lo poco que decimos. Hablamos buscando el puerto seguro de la comprensión, arriando las creativas velas de la fantasía. Azuzamos a los interlocutores con la vara del lenguaje programado y compartido, instándolos a comprendernos hasta los ápices recónditos no expresados. Pretendemos hacer llegar la esencia de nuestra peculiaridad con cada frase que usamos y no nos damos cuenta de que lo que se comprende está viejo como una cabaretera y lo expresado, manoseado como su guante.

    La patria que somos depende de la bandera lingüística que despleguemos sobre ella. Y esa bandera se teje destejiendo el guante del lenguaje, deshaziéndolo. Hay que coger la lengua por su envés, abofetear con ella el aburrido campo de la comprensión y barrer con una lenguajerga nueva y ágil los lugares comunes que acaban por amueblar el fértil campo de nuestra imaginación con poltronas de serie, igualándolo cómodamente al verde y apoltronado campo del vecino.

    Nuestra pretensión ha de ser aquel “vulgar querer decir lo mío” de Pavese. Que cada uno busque su “lo mío”, desenroque los tópicos que lo atan al tablero de lo manido y se deje ser, deslenguaje a través, único e irrepetible rey de un desgobierno lingüístico que sugiera más que afirme, evoque sin detalle e invite más que obligue a la comprensión del complejísimo reino que somos y podemos volver a ser.

    Por lo tanto, en Cristina, estado independiente de N. y Pereira, se será frentirresuelto, omnilatente y zarposamente huraño. Poliagónico, si se quiere. Las madrugadas serán oscuras como una diva en coche. No faltarán motivos para desenternecerse ni para espantampaparse de risa. En Cristina E.I. sólo se llora a cántaros, hechos los hombres inmensos estuarios de tristeza. Los ojos serán verde botella misteriosa y la claridad lo vestirá todo de un amarillo amorosamente limón. Cristinísticamente, se puede ser plenilúnico y rabioso hasta la redondez de los huesos. La agonía nos llenará el alma de Lorca en Nueva York y de un casidolor agotador. La alegría, por el contrario, nos ariostará los pies y nos solpimentará con su encanto veraniego. El canto cesnil de la vejez se oirá con solemnidad pechicruzada. Arrugas, canas y preocupaciones encimañarán a los habitantes sin remedio. Pero antes de abruptarnos a la muerte, que será de color azul indudablemente cielo, el bruscoamor floreará por nuestras tierras.

    Esas son las pretensiones de mi patrialengua. No hay que hacer que los demás entiendan. Hay que retarles a que lo hagan.

    |
     
    Maletas
    Hoy ando por aquí, trastabillando entre las maletas que alguien quiso vaciar primero. (Y, además, de exámenes).

    |
     
    Reseña: Sobre Héroes y Tumbas, de Ernesto Sábato
    El Sábato novelista siempre me había dado una pereza enorme. Sumergirme en un túnel tan explícitamente no me apetecía demasiado. Hacer un recorrido errático por las tumbas de algunos héroes anónimos argentinos, tampoco. Siempre me ha llamado más la atención el Sábato ensayista, el que anda perdido entre los papeles, buscando un sentido a su tarea. Sin embargo, este año ya me he leído dos de sus novelas.

    Sobre Héroes y Tumbas es una novela muy compleja, con diversos planos de lectura, con juegos de metaliteratura y con autoguiños de intertextualidad simpáticos. La novela narra tres historias diferentes, pero que están –o intentan estar- conectadas entre sí. En las dos primeras partes asistimos a una desaforada y argentinísima historia de amor. Un jovencito abúlico y desencantado, con la angustia existencial del mejor Mersault pero sin su madurez y con la ingenuidad autocompasiva del primer Sorel, pero sin su virulencia, va paseando por los parques bonaerenses hasta que le sale al paso Alejandra, una niña-mujer toda agallas, mágica y monstruosa, fascinante pero peligrosa. La suma de contrarios suele dar buenos resultados narrativos. Obviamente, Martín siente un descarnado y desesperado amor, el primero de su vida, por esta princesa con escamas, condenada a un egoísmo que ni siquiera ella puede entender. Suele intermediar en esta parte de la historia la figura de Bruno, un intelectual que sirve de puente en la narración. Así, vemos a Alejandra a través de los ojos de Martín dirigidos a Bruno, a quien le cuenta su historia. A veces, también conseguimos ver a Martín a través de los ojos de Bruno, pero nunca a través de los de Alejandra, personaje tan unilateral como destructivo.
    “Viéndola caminar hacia el restorán, Martín se dijo que para ella no era adecuada la palabra linda, ni siquiera hermosa; quizá se le podía decir bella, pero sobre todo, soberana.”



    Parece ésta, más bien, una historia de cadenas humanas, en las que cada eslabón anda desesperadamente a la busca del siguiente, sin tomar conciencia del que viene por detrás intentando amarrarle a él. Así, Martín suspira por Alejandra, obligándola a ponerle lógica y coordenadas a un amor que ella sólo entiende como nacido de una necesidad de encauzar su propio descontrol. Alejandra, a su vez, termina por intentar ahuyentar a Martín, buscando a Fernando Vidal, un personaje que aparece en la sombra y que, a su vez, anda a la búsqueda de un amor imposible, de una mujer-diosa.

    Es la historia desgarradora del desmoronamiento de un dominó de soledades, en la que cada personaje se arroja a tumba abierta buscando el apoyo de un hombro que, a su vez, se arroja sobre otro, sin conseguir sujetar ni ser sujetado. Es la tremenda realidad de la incomunicación en un mundo lleno de lazos, conexiones y posibilidades de encuentro. No resulta tan desgarradora la soledad de los misántropos, por ser elegida; ni la de los que encuentran en el recogimiento el clima adecuado para ser quienes son. Es la soledad que se eleva como un grito en medio del bullicio de Buenos Aires, la babélica y babilónica ciudad que no descansa nunca y cuya identidad es no tener identidad propia.
    ”“Seis millones de argentinos, españoles, italianos, vascos, alemanes, húngaros, rusos, polacos, yugoslavos, checos, sirios, libaneses, lituanos, griegos, ucranianos. Oh, Babilonia. La ciudad gallega más grande del mundo. La ciudad italiana más grande del mundo. Etcétera. Más pizzerías que en Nápoles y Roma juntos. “Lo nacional”. ¡Dios mío! ¡Qué era lo nacional? Oh, Babilonia.”

    La tercera parte de la historia la constituye el famoso Informe sobre ciegos, escrito por Fernando Vidal, el padre de Alejandra. Este informe narra en primera persona las peripecias de Fernando, un paranoico, que quiere desmantelar una supuesta secta de ciegos. El informe termina con un viaje imaginario por las cloacas de la capital argentina, que no son más que una metáfora del emponzoñado interior de Fernando. Y es que Fernando termina por cometer incesto con Alejandra, esa mujer-diosa. La historia recuerda inevitablemente a otros ciegos incestuosos como Edipo y entronca directamente con el psicoanálisis freudiano. De hecho, Alejandra termina por matar al padre, pero no en sentido metafórico y superador, sino real, suicidándose después.

    La cuarta parte de la historia narra los días de Martín tras tener conocimiento del suicidio de Alejandra, sus deambulares sin rumbo por la ciudad, la acariciadora idea del suicidio y, finalmente, su purificador viaje hacia el Sur, en cuyo trayecto, y como fin de la novela, comienza a sentir una “paz purísima que entraba por primera vez en su alma atormentada”.

    El argumento parece tremendamente demoledor, sin embargo, Sábato intentó construir con esta novela una “metafísica de la esperanza” y creo que sólo poniéndose en el terreno más yermo, más anegado de miseria, la esperanza cobra un sentido trascendental, realmente metafísico, es una esperanza real, la llave última que rescata al hombre de su aciago destino:
    “La esperanza no deja de luchar aunque la lucha esté condenada al fracaso, ya que, precisamente, la esperanza sólo surge en medio del infortunio y a causa de él.”

    Como dice en otra ocasión, los pesimistas forman parte del conjunto de ex esperanzados, puesto que para tener una visión negra del mundo, hay que haber creído en él y en sus posibilidades. Las reflexiones acerca de la esperanza, de su ubicuidad, de su capacidad para organizar el concierto universal y para mover a los hombres a la acción, van jalonando todo el libro. Pero no es el único ámbito de reflexión en que se detiene Sábato. El arte ocupa también partes de la novela, su sentido último, su pertinencia. En este sentido, se conecta con la esperanza, puesto que querer crear una obra de arte parte de la esperanza íntima del artista de conseguir restituirse a sí mismo a un mundo del que está desgajado:
    “Ahora advierto que escribía cada vez que era infeliz, que me sentía solo o desajustado con el mundo en que me había tocado nacer. Y pienso si no será siempre así, que el arte de nuestro tiempo, ese arte tenso y desgarrado, nazca invariablemente de nuestro desajuste, de nuestra ansiedad y nuestro descontento. Una especie de intento de reconciliación con el universo de esa raza de frágiles, inquietas y anhelantes criaturas que son los seres humanos.”

    La novela, además, intercala la historia del general Lavalle y su huida a Bolivia, ocurrida mucho tiempo atrás, pero que se conecta con los demás porque algunos de los oficiales que acompañan al general son ascendientes de Alejandra.

    Llama la atención el tono experimental de la novela, con la interpolación de historias aparentemente deslavazadas, como las charlas en la taberna, con la inclusión persistente de Bruno como interlocutor de Martín, que no nos cuenta su historia, sino que nos la cuenta a través de Bruno. Es curiosa también la estructura casi circular de la novela, que comienza con una nota de prensa en que se da noticia del asesinato de Fernando y el posterior suicido en forma de incendio del “hogar” familiar de Alejandra. A continuación, tenemos que retroceder dos años y asistir con Martín al nacimiento de su amor y su historia. El amor les dura dos años apenas y cuando termina, nos encontramos abruptamente con el Informe sobre ciegos, que vuelve a retroceder, para terminar en el mismo punto en que acabó la historia anterior. La cuarta parte ata los cabos de forma trágica, evidenciando que Alejandra había terminado por acostarse con su padre y luego asesinándolo e incendiando su casa. Más que circular, esta historia que nos obliga a retroceder para llegar al mismo punto una y otra vez, me sugiere nuevamente la imagen de las fichas de dominó, cayendo unas sobre otras.

    Una historia caótica y desgarradora en todos los matices novelados, a la que se escapan, milagrosamente, las reflexiones esperanzadas que Sábato va intercalando en la novela, que son como chalecos salvavidas a los que el lector se puede aferrar; son hitos en los que pararnos a respirar, pero sólo adquieren su pleno sentido enmarcados entre tanta barbarie: es como elementos de salvación como Sábato quiere que los entendamos, no como meros aforismos de salón. Sólo manchados de sangre y de terror, adquieren toda su magnitud y se elevan por encima de las peripecias narradas, proporcionándonos la distancia necesaria para que aprendamos algo de ellas.

    |
     
    Llorar a Lágrima Viva
    LLORAR A LÁGRIMA VIVA

    Llorar a lágrima viva.
    Llorar a chorros.
    Llorar la digestión.
    Llorar el sueño.
    Llorar ante las puertas y los puertos.
    Llorar de amabilidad y de amarillo.
    Abrir las canillas,
    las compuertas del llanto.
    Empaparnos el alma, la camiseta.
    Inundar las veredas y los paseos,
    y salvarnos, a nado, de nuestro llanto.
    Asistir a los cursos de antropología, llorando.
    Festejar los cumpleaños familiares, llorando.
    Atravesar el África, llorando.
    Llorar como un cacuy, como un cocodrilo...
    si es verdad que los cacuíes y los cocodrilos
    no dejan nunca de llorar.
    Llorarlo todo, pero llorarlo bien.
    Llorarlo con la nariz, con las rodillas.
    Llorarlo por el ombligo, por la boca.
    Llorar de amor, de hastío, de alegría.
    Llorar de frac, de flato, de flacura.
    Llorar improvisando, de memoria.
    ¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

    De Oliverio Girondo

    |
     
    Reseña: El astillero, de Juan Carlos Onetti
    Hay personas a quienes debemos muchas de nuestras lecturas. Quizás les hemos visto leer ávidamente un libro, o nos han recomendado más de uno, o leemos alguno que creímos haberle oído mencionar, o se lo robamos directamente de su estantería, o se lo pedimos, o ella misma nos lo regala. Pero, a veces, también les debemos las deslecturas, los tomos relegados a un rincón nunca visitado, los autores preteridos para siempre de nuestra lista de lecturas pendientes, los tildados categóricamente con baldones de los que nunca sabremos salvarlos, los grandes convertidos en silencio. Juan Carlos Onetti ha sido siempre uno de ellos. Casi no me atrevía a sacar un libro de Onetti de la estantería, no fuera una oleada de tedios, murciélagos y tristezas inundarme el alma para siempre.

    Quizás por eso me ha gustado tantísimo El astillero, un libro de las no-historias, un documental minucioso sobre cómo acontece la nada, sobre cómo pasa el tiempo, que de pronto son años, sobre como las ausencias hacen más real la soledad. El astillero es un vidrio nítido por el que van pasando con lentitud de pez que se sabe observado, una serie de sucesos sin significado oculto, totalmente nimios e intrascendentes. En pos de estos sucesos, manotean unos personajes que se aferran a estos peces baladíes, intentando darles trascendencia a estos hechos, encontrarles sentido e importancia y transferir estas cualidades, una vez halladas, a sus vidas sin significado oculto, totalmente nimias e intrascendentes.

    Probablemente resulte sencillo escribir grandes novelas acerca de hechos trascendentes, conflictos amorosos con familias preguntonas de por medio, guerras que asolan países ya asolados, adulterios fatales fruto de la desidia o ansiosas búsquedas de la identidad perdida. Retratar la nada, la intrascendencia, el silente pasar de los días tediosos, la caliginosa desidia de hacer siempre lo mismo, con levísimas variaciones que abren una brecha de aterradora esperanza entre lo inmutable, parece más difícil. Dar pinceladas primorosas del no acontecer con detallismo preciosista no lleva más que al bostezo y regodearse en esa nada alba e inocua ni siquiera nos lleva a escribir novelas. Lo que hace Onetti nada entre la abstracción y lo concreto, su retrato es brumoso, pero guarda la apariencia del detalle, su narración corre ágil, pero por aguas estancadas, los sucesos inocuos, son puertas hacia preguntas mucho más sañudas. La novela se va alimentando a sí misma, en una suerte de antítesis de las novelas policíacas: nada se remonta sobre nada y como nada sucede, un hombre que no es detective y que no tiene ninguna pista, no investiga acerca de unos hechos que, quizás no ocurrieron. Las descripciones, con su apariencia de concreción, no son, en realidad, más que un velo que diluye las formas que se encuentran por debajo, la forma perfecta para plasmar este continuo suceder que no sucede.
    ”Las bisagras y las letras en la puerta, los cartones en las ventanas, los reminedos del linóleo, el orden alfabético en el archivo, la desnudez desempolvada del escritorio, los infalibles timbres para llamar al personal.”


    Y sin embargo, a través de todos estos hechos, va creciendo el hilo inquietante y pavoroso de la dejadez, la aterradora sensación de ser entre la inercia, el impulso inevitable de querer dar manotazos ante un mar que ni siquiera se nos opone, sino que más bien es un lechoso limbo inmutable, que a fuerza de no querer devorarnos, termina por hundirnos en él.

    La historia acontece en un astillero de Santa María, un lugar creado por Onetti, su pequeña Comala, fantasmal sin ser mágica, cercada por un río que en vez de darle vida se la quita, formada por trozos, chozas, tabernas que no terminan de derrumbarse, sino que están sumidas en el momento atemporal previo a ese desastre catártico que nunca ha de llegar.

    Allí llega Larsen, también conocido como Juntacadáveres, para asumir un puesto de Gerencia en El astillero de Jeremías Petrus. Larsen, además, dedica las tardes a hacer la corte a la hija de Petrus. Por otra parte, en su trabajo inexistente en el astillero que no funciona, tendrá que relacionarse y ganarse a Kunz y Gálvez. Básicamente esta es la historia. Larsen es un hombre ni joven ni viejo, que acepta con facilidad la nueva situación en la que se encuentra: por las mañanas finge que trabaja en un astillero que ya no existe, que ha ido desapareciendo como empresa de forma casi imperceptible, con la lentitud con que se hunden algunos barcos sin que nadie los vea; la hija de Petrus, algo loca, no es una niña pero tampoco es una mujer, es simplemente, una persona de sexo femenino. Gálvez y Kunz trabajan sin trabajar en el astillero desde hace tiempo, fingiendo que la empresa existe. Pero al tiempo, esta impostura es la que les confirma su existencia. El astillero es el punto inexistente que mantiene a los personajes con vida. Es la irrealidad que los vuelve reales.
    ”Pero trepan cada día la escalera de hierro y vienen a jugar a las siete horas de trabajo y sienten que el juego es más verdadero que las arañas, las goteras, las ratas, la esponja de las maderas podridas. Y si ellos están locos, es forzoso que yo esté loco. Porque yo podía jugar a mi juego porque lo estaba haciendo en soledad; pero si ellos, otros, me acompañan, el juego es lo serio, se transforma en lo real.”


    Parece que algo quiere ocurrir cuando Gálvez, en posesión de ciertos documentos falsificados de la empresa, puede hacerla desaparecer por completo, hundirla por acción (y no por inacción, como venía enterrándose suavemente), terminar con ella. Sin embargo, cuando Larsen se propone evitarlo todo converge para que de nuevo, nada suceda. Larsen termina por irse de Santa María. Una vez tomada esta decisión comienza a enfermar y por fin, fuera de la novela, fuera de Santa María, fuera de este limbo sin oposiciones ni dicotomías, muere una semana después, en la que parece la única acción de la novela.

    Los capítulos se sitúan en Santa María, el astillero, la glorieta, donde Larsen hace la corte a la hija de Petrus y la casilla, donde Gálvez vive con alguien que, alguna vez, fue una mujer. Como vemos, el libro es una narración activa de cómo las cosas no suceden, los personajes fueron en otro momento, o podrán ser en otra novela, pero en ésta, se han quedado sumidos, estancados, en el horroroso estadio de transición desde o hacia algún lado, que, sin embargo, no se consigue entrever. El breve espacio y el breve tiempo en que no sucede nada son las aguas que bañan la novela. Y este estado es el que resulta tremendamente agotador y el que acaba por minar al hombre.
    ”Estaba ahora en la Gerencia General, sentado frente a su escritorio, apoyando en la pared los hombros y el respaldo del sillón de espinazo flexible, descansando, no de la mala noche ni de lo que había hecho en ella, sino de las cosas, de los actos aún desconocidos que empezaría a cometer, uno tras otro, sin pasión, como sólo prestando el cuerpo.”

    Viendo lo que no son los personajes de El astillero, se me ocurre que vivimos gracias a las oposiciones, a las pequeñas batallas diarias; la necesidad de decidir nos mantiene vivos. Unas veces son decisiones mínimas, como pequeños pespuntes diarios; otras veces, son Decisiones Importantes; parecemos zozobrar con ellas, pero son, en realidad, virajes espléndidos de nuestras botavaras, con los que conseguimos saber a dónde vamos y que suponen ya, un principio de acción, de existencia, por más que sucedan en la oscuridad de la incertidumbre. De eso vivimos, del camino que es brújula porque es sendero.

    (PD. Disculpen la tardanza y el incumplimiento de las promesas avanzadas)

    |