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  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
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    Reseña: Animalario Universal del Profesor Revillod
    El Animalario Universal del Profesor Revillod es un libro muy especial y el regalo más bonito que me han hecho en mucho tiempo. Por un lado, se trata de un “fructífero pasatiempo que contribuirá a la concordia entre las personas que lo compartan.” Pero además, es un libro cargadito de ironía, puesto que juega con el orden natural de las cosas y lo altera a su antojo, o mejor, al antojo del lector.

    El Animalario es un libro fuera de lo común, un “fabuloso almanaque de la fauna mundial”. Se trata de una libretita con un montón de grabados de distintos animales: el tigre, el elefante, el perro, el kiwi, la corneja, la cochina, el armadillo, la pulga gatuna... Los grabados están hechos gracias a “apuntes del natural recogidos por el sabio (el profesor Revillod) a lo largo y ancho de los cinco continentes.”

    La primera página, que recoge nuevamente el título, está orlada con grabados que representan al gran Revillod vigilado de cerca por Plinio el Viejo, autor de la Naturalis Historia; Carlos Linneo, el padre de la taxonomía, un sistema para nombrar y organizar a los organismos vivos; el conde de Buffon, que también estableció una clasificación de seres vivos y el barón de Cuvier, que se dedicó al estudio de los moluscos y de la anatomía comparada.

    Posteriormente, se nos cuenta cómo el profesor Revillod descubrió la tierra de Revillodia, una nueva victoria, que da cuenta del profesor Revillod como “figura señera de la ciencia moderna, heredero digno de quienes en el pasado han mantenido el testigo de la curiosidad y el rigor”. A continuación, unas palabras del profesor Revillod nos invitan a gozar del libro, nos instan a disfrutar con “este legado que dejo a la posteridad”.

    Seguidamente, aparecen las 21 láminas “realizadas por Javier Sáez Castán a partir de apuntes del natural tomados por el Profesor Revillod en las selvas del globo y con comentarios de Miguel Murugarren.” Se trata de una: “JOYA BIBLIOGRÁFICA DE LA ZOOTECNIA MODERNA”.

    Como veréis, he citado directamente fragmentos de libro en casi todos los párrafos. Y es que este libro está hecho con mimo preciosista, con una farragosidad muy irónica, pero también con cariño, cuidando el mínimo detalle: desde el lenguaje épico-modesto, hasta la terminología más adecuada para aludir a las ciencias, a las especies, a los descubrimientos, a las reproducciones que se adjuntan. Se trata de un libro para dejar volar la fantasía pero también para investigar con los ojos como lupas, buscando el último guiño final.

    Las 21 láminas vienen acompañadas de una breve descripción de cada animal. Por ejemplo, el elefante es un: “formidable paquidermo de majestuoso porte de las selvas de la India”. 21 láminas que nos muestran un total de 4096 fieras distintas. Sólo hay que abrirlo y comenzar a disfrutar...

    Eh, un momento. ¿He dicho 4096? ¿Cómo puede haber 4096 fieras en tan sólo 21 láminas? Apenas se verán, entonces, pensará el lector. Pues no. Digamos que cada lámina sólo tiene una fiera, lo que ocurre es que aparece dividida en tres secciones. Así, jugando con las cartulinas, podemos llegar a formar bichos fantásticos como el Elechina, “formidable paquidermo de hábitos omnívoros compañero del hombre”; o la Pulneca, un “parásito glotón de poderoso vuelo del mundo civilizado”. Una investigación interminable, fruto de un esforzado trabajo, de una minuciosidad de escribano y digna de las mayores loas, que nos hará reír con cada movimiento de la mano.

    Finalmente, el profesor Revillod nos propone una serie de retos, nos da la pista de qué bichos curiosos nos podemos encontrar en el Animalario; existe por ejemplo, el Armario: “Animal desdentado de vida subterránea del continente austral”, o el valiosísimo Kilate, un “extraño plumífero de cuerpo adiposo de las selvas de la India”. El Fondo de Cultura Económica asumió la tarea de dar a conocer a todos los profanos este compendio de bestias fantásticas.

    Se trata, como podéis ver, de un maravilloso libro infinito, lleno de textos, paratextos, pretextos, contextos y etc... divertidísimo en sus pocas palabras, hecho con todo el primor y con un peculiar humor que es una mano que te invita a entrar para siempre en el barco fantástico del profesor Revillod.

    Millones de gracias, Miguel, "adorable bípedo implume amante de lo bello", jeje.

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    Reseña: Confieso que he vivido, de Pablo Neruda
    Como dicen los franceses, revenons a nos moutons, es decir, volvamos a nuestras ovejas, es decir, retornemos a nuestros asuntos. O sea, a las reseñas.

    Confieso que cuando mi madre me dijo que merecía la pena leer Confieso que he vivido, las memorias (o la autobiografía, no sé) de Pablo Neruda, me dio una pereza enorme. Me imaginaba a uno de esos poetas metidos a novelistas que te dejan todo pringadito de metáforas y que se pasan en el uso de hipérbatos, asíndetos, quiasmos y demás recursos tópicamente poéticos, creyendo que con cada párrafo están obligados a dar cuenta de su fama como poetas y que cada capítulo tiene que ser un poema escrito en prosa.

    Ahora que he comprobado que esto no era más que un prejuicio en que esconder la pereza, confieso que no me arrepiento en absoluto de haber leído el libro. Además, si me lo paro a pensar, no he leído ninguna autobiografía de poeta ni ningún libro con las características prejuiciosas arriba reseñadas. Y es que Neruda es un poeta y no lo puede evitar. Escribir en un tono lineal, casi objetivo, no deslindándose nunca del camino trazado por los referentes sería para él una pose. Ver en las cebollas “redondas rosas de agua” o en las viudas como “fruta nevada envuelta en corteza de duelo” son regalos que Neruda nos hace, prestándonos sus ojos. Es su forma de ver el mundo; no tiene otra. Y con esta peculiar forma de ver la vida y lo que pasa en el mundo, mezcla de naturaleza y sentimientos, síntesis de lo humano y su contorno, comunión de la fábrica con la flor, amor para el perro y los tornillos, con esta forma de verlo todo, nos guía a través de los acontecimientos que fueron haciendo de Ricardo Neftalí Reyes, el poeta Pablo Neruda, el candidato a Presidente, el eterno cónsul de los pies desnudos.

    El camino que recorrió Neruda desde su Temuco natal hasta la sala del trono de Estocolmo (apenas unos años antes de morir) es rico en aventuras y experiencias, pero lo es sobre todo en un empeño en sorber hasta los mínimos detalles y dejarlos circular por su sangre que no decayó en ningún momento. Con apenas 23 años (la edad que yo tengo ahora, sigh), ya comenzó su andadura diplomática en Rangoon. Luego vinieron Wellawhata, Colombo, Singapur y Batavia, entre otras. Su suicidio diplomático le permitió regresar a su querido Chile, donde aprendió a amar la naturaleza y los animales, que tan importante papel tuvieron en su vida. Y es que Neruda es un hombre que es un árbol, que escarba por la tierra, para subir al cielo:
    ”Pienso que el hombre debe vivir en su patria (...) Yo no puedo vivir sino en mi propia tierra; no puedo vivir sin poner los pies, las manos y el oído en ella, sin sentir la circulación de sus aguas y de sus sombras, sin sentir cómo mis raíces buscan en su légamo las sustancias maternas.”

    Antes de eso, ya había conocido las mieles del Parnaso chileno, pero también las sombras que acompañan a los genios y a esos seres especiales decididos a ser fieles a esa dolorosa peculiaridad. Y es que su tierra metió “las raíces en su poesía” y no fue capaz de salir de allí. De ahí, la exacerbada naturaleza, siempre ligada al sentimiento con que Neruda busca expresarse a sí mismo poema a poema.

    Neruda conoció y nos da a conocer a multitud de personas: Alberto Rojas Giménez con su sombrero cordobés y sus versos arrugados en los bolsillos; Federico García Lorca y su ingenuidad para hacer de carabina; Omar Vignole y su vaca que lo acompañaba a todas partes y que le dio el tema y el título a su libro Conversaciones con la vaca; César Vallejo y su reticencia a lo nuevo; Vicente Huidobro y sus ansias de ser Napoleón. Dedica palabras a Juan Ramón Jiménez, a Nancy Cunard, a los presidentes de Chile, a los escritores mexicanos, a su amigo fiel Paul Éluard, al irremediablemente triste Jorge Amado, a Lisboa, París, Madrid, China, Moscú, San Martín de los Andes; a Ilya, su amigo, escritor, y traductor de sus versos al ruso.

    Neruda teje sus memorias con recuerdos infantiles, con las bohemias conversaciones de su juventud en los cafés de Valparaíso, con los soliloquios inevitables con que anegaba la soledad en las lejanas tierras que lo tuvieron por cónsul al principio de su carrera; utiliza anécdotas en que se mezclan Videla y los obreros, Allende y los comunistas, los enemigos literarios y sus denuestos. Utiliza preguntas de los periodistas, telegramas, poemas que le fueron dedicados o que fueron construidos ante sus narices, problemas que tuvo con las editoriales, confusiones debido a su fama, milagros debido a lo mismo, ansias de obreros por rozarle las solapas, animales y plantas.

    ¿Qué sabemos de Neruda gracias a lo que nos cuenta? Pese a todos sus nervios brotando capullo a capullo en la piel, Neruda es discreto y nos narra apenas hechos que podrían llegar a ser conocidos de otras maneras. Sí habla de su vida a solas en Rangoon, de su mangosta Kiria, de su amor casi devocionario por los mascarones de proa; sí nombra los amores de su vida, como Delia del Carril y la eternísima Matilde a la que dedicó los Cien Sonetos de Amor; sí que nos da cuenta de la opinión que le merecen ciertos escritorzuelos, ciertos arribistas, ciertos escritores consagrados con los que no congeniaba como Juan Ramón Jiménez o Vicente Huidobro; sí que defiende su incombustible ideología comunista, puesto que quiere que “la gran mayoría, la única mayoría, todos puedan hablar, leer, escuchar, florecer”; pero no ahonda en detalles morbosos, en incontinentes cánticos a la soledad, el misticismo, el amor, el sexo, el odio al enemigo. Tampoco desciende al ínfimo detalle escabroso, aprovechando el primer plano para ensalzar con exabruptos o denigrar con lupa. Simplemente va comentando las diapositivas de su vida con ese lenguaje tan peculiar que le sale de la piel, con esos ojos tan especiales que saben ponerle una mirada lateral a lo obvio.

    El libro se divide en diversos capítulos destinados a caracterizar al “joven provinciano”, a describir sus eternos “caminos por el mundo”, a reflexionar sobre “el oficio de la poesía” y a otras muchas caras del riquísimo y natural prisma que fue Neruda. Pero no creo que entrar al detalle en la cronología y los acontecimientos que la adornaron merezca la pena. Lo mejor es cogerse de la mano hermana de Neruda e ir viendo cómo su corazón infantil se va llenando de amor por lo vivo, de pasión por las causas que considera justas, de intentos de ser justo, y por qué no, de errores.

    Especialmente hermoso es el discurso a dos voces que dedicaron Lorca y Neruda a Rubén Darío. Neruda lo narra con el contento de quien sabe que ha participado en algo bello, y lo reproduce para que el propio lector juzgue:
    Neruda: Darío. Porque, señoras...
    Lorca: y señores.
    Neruda: ¿Dónde está, en Buenos Aires, la plaza de Rubén Darío?
    Lorca: ¿Dónde está la estatua de Rubén Darío?
    Neruda: Él amaba los parques. ¿Dónde está el parque Rubén Darío?
    Lorca: ¿Dónde está la tienda de rosas de Rubén Darío?
    Neruda: ¿Dónde está el manzano y las manzanas de Rubén Darío?
    Lorca: ¿Dónde está la mano cortada de Rubén Darío?
    Neruda: ¿Dónde está el aceite, la resina, el cisne de Rubén Darío?
    Lorca: Rubén Darío duerme en su “Nicaragua natal” bajo su espantoso león de marmolina, como esos leones que los ricos ponen en los portales de sus casas.
    Neruda: Un león de botica al fundador de leones, un león sin estrellas a quien dedicaba estrellas.

    Y sigue con esta genialidad maravillosa, que llega al corazón de lo cotidiano, que obliga a los argentinos a preguntarse por ausencias que nunca notaron, que termina por honrar con un detallismo preciosista al rey del preciosismo modernista. No se me ocurre mejor manera de reclamar a un poeta.

    ¿Cuál sería la mejor manera para reclamar a Neruda, para quitarle ese inevitable baldón de poeta que a veces peca de cursi, otras de extrema felicidad, y siempre de la ingenuidad de quien se baña con gusto en cualquier barro? Pablo Neruda es feliz a través de sus poemas, porque confiesa que ha vivido, porque ha vivido, y porque ha sorbido esa vida todo lo que ha podido, ha sido feliz sólo por vivir, por muchos sinsabores que la vida trajera consigo:
    ”Yo sigo trabajando con los materiales que tengo y que soy. Soy omnívoro de sentimientos, de seres, de libros, de acontecimientos y batallas. Me comería toda la tierra. Me bebería todo el mar.


    Ése es el mejor homenaje a Neruda. Beberse todo el mar a golpes de felicidad.

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    Hoy, en Otro Punto de Vista
    Mi amiga y gran opinadora Sandra me propuso hace tiempo que hiciésemos un intercambio estilístico. Yo escribiría un texto para su blog de artículos de opinión y ella haría una reseña para el mío. A la espera de su reseña sobre algún libro (será sorpresa, seguramente), si queréis, hoy podéis encontrarme en su blog, pergeñando (jeje) lo que, de momento, se ha quedado en un intento de escribir un artículo de opinión. No es fácil, la verdad. Os dejo el comienzo. Si queréis leer más, visitad a Sandra y su Otro Punto de Vista. Mil gracias, Sandra, por acoger mi texto.

    Gallardón y la función fática

    Alberto Ruiz Gallardón es un hombre preocupado por la comunicación de sus ciudadanos y dedica casi todos sus esfuerzos a que ésta prospere. No desconoce la importancia que una comunicación efectiva, saneada y abierta al lugar común tiene para la consecución de pequeños triunfos cotidianos como son la concesión de una hipotética hipoteca, el cierre de un negocio, el apalabramiento de un contrato laboral, la integración del ciudadano extranjero y demás pequeñas hazañas que al final, dependen de la fluidez de una conversación tópica y relajada. (Seguir Leyendo)


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    Un poema lo es
    La poesía habla directamente. Salta como un zarpazo desde el centro de la página, te coge por el cuello a fuerza de vocales, se te pasea por lo ojos segura en su coquetería y te anega el pensamiento con la fuerza de lo que sólo puede ser expresado una vez. Decía Hegel que el arte es “lo universal concreto”. Pero no inventó nada, sólo fue un afortunado pescador en la playa de la poesía.

    Quienes no somos Hegel sólo podemos naufragar a la orilla de los versos y sabernos más ciertos gracias al naufragio. Cada uno naufraga a su manera por las mil caras de un poema. Los hay que patinan en el acorazado exclusivo del academicismo; los hay que encallan en la primera sílaba y ya no saben salir del remolino incomprensible con que las palabras parecen querer vengarse; los hay que contemplan el poema sin tocarlo nunca, desde la cómoda tumbona del biografismo o de la crítica sociológica; los hay que lo miran con pasión de carpintero, buscándole los tornos, los tacos y las tuercas, puesto el ojo en la mágica estructura; los hay que se empachan de poesía y devoran los versos con la pícara glotonería del que roba a escondidas las guindas de una tarde; los hay que se citan con un poema como yendo al supermercado, decididos a buscar lo que necesitan, los hay que lo sacuden como un trapo, los hay que se mueren de miedo y de alegría, que se manchan con las flores de Paz, se ahogan en los mares de Pacheco, crecen con la luna de Ricardo Reis y que sienten crecer sus escorpiones ante los enamorados de Sabines.

    Muchas veces se habla de la magia de la poesía y parece que el autor está metiendo palomas blancas bajo una sábana para luego convertirlas en palabras. O parece que el lector se pone cinco collares verdes y experimenta un éxtasis brutal y baila los siete rituales consonánticos de la tribu de los lunáticos. La magia de la poesía se traduce, a mi gusto, en el conjunto de términos, experiencias y sentencias contrapuestas que concita. La poesía es lo universal concreto: universal puesto que habla desde la boca recóndita del siglo XV al distraído y acelerado oído de nuestros días. Concreta, porque surge de la pasión y el trabajo de una mano, unida a un brazo, unido a un cuerpo, unido a un nombre. Universal y concreta porque atraviesa un puente imposible desde el autor y se deja caer, potente y sana, ante los ávidos ojos del lector. Un poema es un puente que ordena el río, es un pájaro que le da dimensión al aire, es una ruptura que conecta, al hacer obvio la existencia de lo insalvable, de lo irreconciliable. Incluso cuando no entendemos un poema, cuando no nos dice nada, cuando palidece por vacío está funcionando, está metiendo su dedo empalabrado en nuestra llaga iletrada, está mostrando un hueco.

    Un poema es autónomo, pero necesita un lector. Cuando nadie lo ha leído, el autor no sabe hasta dónde se extiende el campo que acaba de espolvorear con sus palabras. El hombre crece, crece el lenguaje con que, como un buen carpintero, va apuntalando su mundo y las palabras se van llenando de significados como frutas que maduran grado a grado sin perderse nunca. No sabía Dante que el medio camino de nuestra vida iba a pasar de tierra a grava, a asfalto, adoquín, madera o cerámica; no sabía Blas de Otero que su beso no iba a bastar jamás; no intuía Eliot a cuántas amarguras les pone bálsamo su cruel abril ni creo que se imaginase Cummings cuántos hombres han visto manos más pequeñas que la lluvia. No sabía Blas de Otero tampoco que aquel “España está perdida dentro de su nombre" iba a tener tanta importancia todavía hoy. Un poema es autónomo, no podemos cambiarlo, no podemos querer rematar la faena de otro, aderezarlo con unas cuantas comas o quitarle un encabalgamiento que nos disgusta. Así no podemos. Lo cambiamos sin querer, sin poder evitarlo, tiñéndolo con los colores de la fuerza que la lengua tiene para cada uno de nosotros, con el tintineo que a cada uno le sugieren los bailes de sílabas, con la sorpresa o la comodidad que nos aguarda en el último verso, con la sonrisa, la indiferencia o el silencio entusiasta con que lo enmarcamos una vez leído. Un poema es un río de Heráclito, el cauce inmutable por el que resbala un torrente infinito e indistinto.

    Un poema es contagioso. Una palabra empuja a la otra, que empuja a otra, que rueda hacia un verso, que crece como una ola, que rompe en la siguiente estrofa, que se humedece de tanto significado, que deja ese eco húmedo en el último verso, que se retrae y vuelve a desaparecer en la inmensidad de lo no dicho. Cada palabra se impregna de la salud de la de al lado, se alza sobre sus vocales gracias a las vocales de la de al lado, se extiende más aún gracias a la brevedad de su vecina. El aljófar de Góngora es más blanco gracias a las frescas rosas que lo rodean, la sombra del ciprés de Diego se ciñe más negra que cualquier otra sombra sobre el sueño, desde Neruda, los versos más tristes sólo pueden ser nocturnos. Un poema es un baile que armoniza el desorden o mejor, que descubre la armonía del desorden sin por ello obligarlo a cambiar de estado. Es una luz que enseña el hueco sin alumbrarlo, dejándolo ser hueco. Es un dolor que se sólo se cura siendo.

    ¿Cómo se comenta un poema? No lo sé. Uno se agarra a la primera palabra, la coge de cicerona, se la usurpa al autor y echa andar, y se arrastra detrás de ella. Muchas veces da una pereza enorme ponerse ante ciertos poemas y dejarlos hablar. Hacer un poco más consciente ese proceso inconsciente que tiene lugar al leer un poema y que desemboca en la sonrisa, la turbación, la satisfacción y en una mudanza apenas perceptible de nosotros, que habiendo empezado el poema como los de entonces, al terminarlo, en cambio, ya no somos los mismos. Los poemas esconden verdades detrás de la belleza. Hay una mañana de humo y pájaros desperdigados reluciendo en un poema de Blas de Otero que nos trae a la retina una imagen hermosísima. Pero también es una manera única de describir el eco de un disparo. Una mañana que amanece envuelta en humo y un ramo de pájaros deshecho, volando erráticos, desparramados por la fuerza del disparo.

    Tiene Otero, precisamente, un poema precioso, dedicado a Beethoven, que me gusta más que la guarrada de salchicha y sangre de Frankfurt en que me gustan César Frank, y en que se me ensangran los cerdos, que escribió Azúa acongojado por la lengua alemana. Dice así:

    Vuelve la cara Ludwig Van Beethoven,
    dime qué ven, qué viento entra en tus ojos,
    Ludwig: qué sombras van o vienen, Van
    Beethoven; qué viento vano, incógnito,
    borra la nada... Dime
    qué escuchas, qué chascado mar
    roe la ruina de tu oído sordo;
    vuelve, vuelve la cara, Ludwig, gira
    la máscara de polvo,
    dime qué luces
    ungen tu sueño de cenizas húmedas;
    vuelve la cara, capitán del fondo
    de la muerte; tú Ludwig Van Beethoven,
    león de noche, capitel sonoro!


    ¿Cómo andar por un poema así? Agarrándose a él, pidiéndole con él a Ludwig van Beethoven que gire su cara, su capitel sonoro... Pero esa es otra historia... para el próximo post. Aquí se quedan, flotando sobre el fondo gris, esas sílabas graves y profundas, tan sordas como el genio que las sufría.

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    La Peste
    Me viene al pelo. Va por Lady Lara Croft

    «...le jour viendrait où,
    pour le malheur et l’enseignement des hommes,
    la peste réveillerait ses rats et les enverrait mourir
    dans une cité heureuse. »
    Albert Camus



    La peste

    La peste es un mal clásico:
    descontrolado grito, áspid del aire.
    Devora telegramas y esperanzas,
    me hunde en la bancarrota del recuerdo
    y humilla a mi pacífico dios falso.

    Anula los pretextos de las rosas,
    se teje del tranquilo
    amor de un corazón petrificado,
    ruge como un leproso mar sin tregua
    y me dobla de muerte la mirada.

    ¿Qué amputa que me salva
    de esta moderna nada silenciosa?

    La peste mata niños que son míos
    y corrompe sangrientas ratas mías.
    Pudriendo las raíces de mi conciencia edípica,
    apuntalando huesos con heridas,
    rescatando preguntas enlodadas
    de las alcantarillas de mi historia;
    la peste es un mal mío.

    Se va dejando un rastro de ratas que aún palpitan.
    Volverá a borbotones
    a limar con sus uñas calcinantes
    toda esta libertad sin pensamiento.

    Yo me revolcaré,
    ansioso como un niño que no llora
    en sus inciertas manos sobrevivas.

    No soy un apestado, oigo en la peste
    una voz que me crispa y me descansa.


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    Reseña: El último encuentro, de Sándor Márai
    El último encuentro es un libro breve y apabullante. Apenas doscientas páginas de abisal descenso a los pliegues más significativos de la condición humana. Apenas doscientas páginas de palabras que son flores, que son frutos, que son actos. Sándor Márai va despejando con el lento y certero machete del lenguaje la maraña incomprensible de nuestros actos, que son frutos, que son flores, que son palabras. El último encuentro nos permite darnos cuenta de hasta qué punto somos lo que pensamos con palabras, de cómo vemos el mundo a través del lenguaje y cómo el hecho de nombrar las cosas, concretarlas en el pensamiento a través de sus palabras, es abrir una investigación triunfal acerca de nosotros mismos. El hombre es un animal irreprimiblemente verbal, sujeto a los extremos de la vida con las pinzas del lenguaje. Márai recorre la guirnalda de Octavio Paz a través de dos personajes que van transformando en una suerte de combate dialéctico las palabras en actos y que van atribuyendo significado a los actos al asignarle uno de ellos las palabras y prestar el otro su consentimiento a dicha asignación.

    El comienzo de la novela es árido como la mansión de los Cárpatos en la que transcurre prácticamente toda la trama. Un general que lleva unos 40 años sin salir de su mansión recibe un recado con el anuncio de la llegada de un gran amigo suyo al que hace exactamente 41 años y 43 días que no ve. El punto de partida es exactamente eso: un punto iluminado en el espacio y en el tiempo, un hecho que ilumina un punto en las coordenadas. Y una luz nítida y concreta que habla de toda la oscuridad que habrá que recorrer a lo largo de la novela. Es un comienzo un tanto policial, de esos que colman al lector con interrogantes. ¿Por qué este hombre lleva 40 años sin salir de su casa? ¿Por qué regresa el amigo? ¿Por qué lleva nuestro general la cuenta precisa del tiempo que ha pasado? Para llegar a un “último encuentro”, son necesarios muchos encuentros anteriores.

    Sin embargo, y aunque sí que existe un camino concreto y policial que recorrer a lo largo del libro, este camino no es más que el pretexto y la guía para recorrer los vericuetos no desbrozados por la tozuda y recta constancia de una investigación policial. Como ya he dicho, la investigación es hacia dentro de los hechos, va buscando las flores que dieron lugar a los actos, no la cadena en sí de los actos terriblemente carnales y efímeros. El suspense de la novela descansa en la profundidad de los personajes, que se van abriendo al lector como una viejísima cebolla. El general y su amigo se encuentran, separados por 41 años y van reconstruyendo su pasado –el compartido también- desde el punto final, con la seguridad de saber a dónde les llevará la reconstrucción. Es un camino a la inversa, un desandar verbalmente los pasos para conocerlos.

    Márai enmarca los acontecimientos de El último encuentro en la quietud silente de la mansión del general, 40 años después de que sucediera todo. Y todo vuelve a suceder haciéndole recordar al general su infancia y adolescencia al lado de su amigo Konrád, y enfrentando las experiencias pasadas del general, su ingreso en el ejército, su boda, sus cacerías, su éxito social, con la visión que su amigo del alma tiene de esos mismos sucesos. El hilo finísimo del hoy sirve de soporte a la maraña inabarcable del ayer, del hace 40 años, del hace 60 años, del el día en que conocía a Konrád. Una novela que salta hacia atrás en suaves y largas retrospectivas, que son hechos pero que también son, por fin, las ansiadas respuestas a las preguntas del general. Al reencontrar a su amigo, el general se siente capaz de preguntarle por su huida, 40 años antes; siente la necesidad de confrontar los pensamientos y sospechas que guarda de aquellos años; siente la necesidad de saber si el significado que él ha atribuido a los hechos y que ha determinado su vida durante los 40 años de ausencia del amigo es el que había de ser atribuido o si, por el contrario, ha estado recluido 40 años debido a una sospecha incierta.

    No quiero revelar cuál es la trama concreta, por qué los amigos se han separado, por qué se vuelven a reunir, cuáles son las sospechas que pesan sobre cada uno. Es mejor que el lector vaya dejando que los hechos lo iluminen y que el examen concienzudo que los amigos hacen, 40 años después de su separación, vaya aclarando poco a poco todo ese pasado que el lector viene de conocer. Hay que sumirse en la ignorancia en que llevan encerrados los personajes 40 años. Márai consigue este efecto del desvastador desconocimiento que se extiende tanto tiempo a través de los recuerdos del general, que van recorriendo con la constancia de una hormiguita y con el distraído pormenor de una mariposa. Enmarcando estos avances, va avanzando la tarde de espera del general en su casa; la caída del sol, la preparación de la cena, el coche que se adivina al fondo, la llegada, por fin, de Konrád, con su maleta cargada de explicaciones.

    Para acabar de unir el pasado y el presente, los niños que se conocieron en la academia militar con el general y el amigo músico, los adolescentes que llevaban vidas distintas en Viena con los ancianos que pasan revista a su vida, Márai utiliza un par de Leitmotifs que se repiten a lo largo de la novela, mojones gracias a los cuales el lector reconoce el camino y se sabe en la ruta correcta. La amistad de Konrád y Henrik (el general) se ilustra comparándola con dos gemelos: “Convivieron con naturalidad desde el primer momento, como gemelos en el útero de la madre”, dice Márai en la página 38. Más adelante, tras todos los acontecimientos que luchan por sacarnos de la senda de esta idea, ésta vuelve a aparecer en la página 115: “Los dos cuerpos viven en simbiosis, como en el útero materno”. Es el trasfondo que persiste, el paisaje uniforme en el que se enmarcan los vaivenes de las relaciones humanas. El hilo que une y da significado a las acciones más tiernas y a las más crueles también.

    Otro de los Letimotivs de la novela es el sentido del orden del general: su tenacidad en el deseo de descubrir la verdad se explica, en parte, por lo necesario que es para él tener la sensación de que todo está en su sitio. Desde que era niño y obedecía las órdenes paternas para sentirse bien, porque “había que tener la convicción de que todo estaba en su sitio”; hasta que es anciano y termina por concluir que “todo y todos encontramos nuestro lugar”. Y es que la reunión se produce en la misma sala en que tuvo lugar la última reunión de los dos amigos, cuando la mujer del general, Krizstina, todavía estaba viva. Al ver a su amigo nuevamente en aquel sillón, el general siente que “en ese momento, todo y todos se encontraron en su sitio”. Esta persistencia por poner las cosas en su sitio correcto es la que lo lleva a querer cerrar todos los campos, poner todos los puntos finales a los párrafos descolgados de su vida, saber, realmente y de una vez por todas, quién es su amigo Konrád.

    La tesis que se aprecia al fondo de la novela es la posibilidad de traducir los hechos a palabras y las palabras a hechos en dos lenguajes que conviven íntimos como dos gemelos univitelinos en nuestra conciencia espiral: “Sin embargo, se pueden conocer los hechos a través de las palabras, acercarse a la realidad mediante preguntas y respuestas.”

    Pues eso: palabras que son flores que son frutos que son actos.

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