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Leyendo
  • El hombre aproximativo, de Tristan Tzara
  • Ética y psicoanálisis, de Erich Fromm
  • La verdad de las mentiras, de Mario Vargas Llosa
  • Enlaza
    Sindicación
     
    Sitios para ir leyendo los días
    Supongo que los lectores acérrimos, los magníficos lectores, los locos lectores, los que andamos por la calle como leyendo las páginas de un libro mágico; los que usamos zapatos para andar por las palabras; los que tiritamos de emoción al leer “palingenesia”, “lábaro” o “continuará”; los lectores, en fin, de la letra pequeña, la grande, la de neón, la de la cara de las putas y el ladrido de los perros, la de los contratos y las hiedras, supongo que ésos, o sea, nosotros, podemos leer en cualquier parte. Pero siempre hay sitios más mágicos y maravillosos que otros.

    A mí, por ejemplo, me encanta leer en la cama. Por la noche, calentita, pero también por la mañana. No en cualquier cama, claro. Recuerdo aquellas maravillosas mañanas de segundo de carrera en las que me despertaba con dos bofetones de sol y me quedaba en la cama leyendo hasta las dos de la tarde. Ahora me gusta acurrucarme encima de la colcha, empequeñeciéndome para no sobrarle a ese pedacito de sol en que me embobo, me arrullo y desaparezco libro a través.

    Tampoco desdeño un buen sillón viejo de cuero o un sillón de terciopelo verde (por poner dos ejemplos literarios). Un sillón grandote, en el que recogerme y hundirme, en los que el cuerpo se desdibuja y se aleja de la mente. Un sillón paternal, con el costado siempre dispuesto a acoger la cabeza, el brazo siempre queriendo servir de apoyo a las encogidas piernas y el respaldo alto y leal, irguiéndose protector sobre las letras que me izan poco a poco.

    De pequeña, mi lugar favorito para leer era la bañera. Y es que me pasaba tardes enteras tirada en la cama leyendo, hasta que mi padre llegaba y recitaba aquello del metron ariston y me recomendaba que me pusiera a hacer otra cosa. Entonces, cuando el libro era desesperadamente emocionante, me encerraba en el baño y me metía en la bañera. Y allí leía y leía sin parar en un hueco rígido y hostil, pero a la vez curvado y maternal. Me dejaba el cuello y la vista en cada párrafo, pero con qué tranquilidad resbalaban los minutos y con ellos las páginas, las aventuras y el silencio, más amplio casi en aquel recinto extraño.

    Puertas afuera, también leo mucho. La mayor parte del tiempo, en el metro. No es lectura para matar el rato, en seguida me absorbo, me reconcentro y no me entero de nada más. Tanto no me entero que alguna vez me he pasado las paradas. La verdad es que el metro no me gusta nada. No me gusta bajar a los subsuelos todos los días, ir encerrada entre gente que, a su vez, va encerrada en un vagón que, a su vez, va encerrado en un túnel. Así, cuando llevo un libro me agarro a él con toda mi fe y mi pequeño pánico cotidiano. El ronroneo se va haciendo cada vez menos arisco, la gente se va desdibujando y sólo al final, la luz tan conocida de la estación me cierra de golpe el libro. Una vez, un viernes por la mañana, iba tan cómoda sentada como una reina, con un montón de bolsas haciendo de regio pupitre para mi soberana lectura, que decidí ir hasta el final de la línea para acabar Narciso y Goldmundo. Tengo la misma ansiedad del último capítulo que aquella criadita de Jardiel Poncela.

    Pero también leo en los cafés, en los parques, en las plazas, allá donde el alcalde de turno haya tenido a bien poner un banquito para mí. Cuando vivía en Freiburg, tomaba posesión de un árbol a la orilla del río e iba desenhebrando páginas y páginas de Proust, hasta que el insistente sonido de tantos y tantos bichitos nocturnos me avisaba, con la puntualidad de los campanarios de las catedrales más ilustres, de que ya era hora de volver a casa. Leía en el parque de San Francisco cuando piraba alguna clase del instituto, casi siempre con una buena bolsa de pipas y una alegría de palomas descaradas y voraces. Leía en la plaza de la Villa de París, escondida entre tanta vieja con bordados para hijos y sobrinos y tanta mamá primeriza con bebé salvaje que se niega merendar. Leía en la plaza de Olavide con una buena caña para mitigar el verano, con las primeras hojas aventureras colándose en el libro o en el vaso. Estos días leía en el café Apolo, esperando a mi Godot, con el beneplácito de la suave sonrisa de mi barman preferido y el descanso de un sorbo del martini más decadente de toda la ciudad cada tres páginas.

    También hay lecturas para sobrellevar las esperas. Leí la mitad de El maestro y Margarita haciendo cola para conseguir entradas para la ópera, mientras la gente hablaba por el móvil, se estiraba inquieta los rizos, escudriñaba las caras de los que estábamos allí, como buscando saber cuántas entradas pretendíamos comprar y, en definitiva, se impacientaba cada vez más. Yo me fui de Jerusalén a Moscú dos o tres veces sin apenas notar cómo se iban desgajando los minutos. Leo con las galletas, el café y el zumo en equilibrio para disfrutar el desayuno; leo en el tren las “lecturas ferroviarias”; leo a escondidas en las librerías; leo las cartas de los bares, los santos de los cepillos en las iglesias, los papeles tirados por el suelo, las placas de abogados y arquitectos, los nombres en latín de los árboles del parque, las listas de la compra olvidadas en el súper, las cantidades diarias recomendadas en las cajas de cereales... Voy leyendo los días como los leía Pasternak, como abriendo un periódico. Al azar.

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    Hoy remonto en mi sangre
    Hay cosas que por difíciles se hacen innombrables y se dejan escondidas bajo el lecho blanco del silencio. La pena les desdibuja la fecha y las circunstancias, pero de ellas va quedando un poso que es, por innombrado, cada vez más lejano e inmutable. Dos amigas muy queridas se parapetan detrás del mismo silencio en este mismo año difícil del señor. Encontré un consuelo blanco Ariel en este poema y lo quería compartir con ellas. Y por supuesto, con todos aquellos que adivinen su propio silencio detrás de estas palabras. (Ni siquiera me disculpo hoy por la ñoñería, que a fuer de ser sincera, se me vuelve necesaria).

    HOY remonto en mi sangre
    hasta la servidumbre lejana de mi abuelo
    y le ayudo en las piedras que tuvo que mover
    y le aparto del palo
    y luego le enderezo la espalda
    hasta mi tiempo.
    Y me pongo con él a caminar hacia otros días.


    De Francisco Álvarez Velasco

    (Del viejísimo jugo de la tierra, Gijón, Deva, 1988).

    Gracias a Otis, conocí este enlace con muchos poemas del autor.

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    Reseña: El curioso incidente del perro a medianoche
    He visto este libro reseñado ya en unas cuantas bitácoras, entre ellas, la reseña de Helena en su More Than Words; además, más de una persona me ha instado a que lo reseñara yo también. Como vuelta al barro, me parece un libro sencillito de reseñar, tan fácil de vender como el pescado y tan grata y sencilla compañía como un jarrón lleno de flores. Así pues, ahí voy:

    El curioso incidente del perro a medianoche es un librito sencillo y curioso; una novela cuyo mérito reside tanto en el contenido, en el libro terminado, es decir, en las 268 páginas que escribió su autor; como en el mérito de haberlas escrito, puesto que ponerse en la piel de un adolescente afectado por el síndrome de Asperger no parece tarea fácil. El autor trabajó durante cierto tiempo, dice mi solapa omnisciente, con personas "con deficiencias físicas y mentales", lo que -suponemos los atrevidos- le ayudó a darle cuerpo, manías y peculiaridades al protagonista de esta su primera novela. Pincha aquí para saber que el autor "realizó estudios".

    Creo que ya he apuntado cuál es la principal peculiaridad de la novela y la que, a mi juicio, le otorga casi todo el valor que tiene. El libro que tenemos en nuestras manos es el cuaderno de Christopher Boone, un chico de 15 años muy peculiar: es un experto en matemáticas capaz de hacer las más complicadas operaciones en poco tiempo; gana al modo experto del Buscaminas en un tiempo récord; se niega a comer la comida que está tocando otra comida; no soporta que le toquen por la calle; tiene días maravillosos si ve pasar coches rojos, y en cambio, días espantosos si los coches que pasan son amarillos.

    El cuaderno de Christopher nos narra lo ocurrido con el perro a medianoche desde la óptica particular de este excepcional niño de 15 años. He aquí lo valioso del libro: narrar los acontecimientos casi cotidianos que constituyen la trama de la novela, desde un punto de vista totalmente novedoso, a través de la percepción de la realidad que tiene un niño con síndrome de Asperger.

    ¿Y por qué es novedoso? Por un lado, me parece que es un “tour de force” al papel del autor-narrador-narrador in fabula y demás etiquetas terminológicas internacionales. Por otra parte, el abordar los hechos desde ese punto de vista le permite construir una novela originalísima partiendo de un montón de hechos cotidianos y casi anodinos, que, de ocurrirle a otra persona no tendrían ningún interés. Por último, gracias a la particular visión de las cosas que tiene Christopher, los lectores nos damos cuenta de cuán limitada o prejuiciosa es nuestra forma de ver el mundo. Christopher es incapaz de dar por sentados muchos de los puntos de partida de que nos servimos para juzgar; no sabe asumir cosas que no comprende; a veces, incluso les sigue el juego al mundo “adulto” pero con la plena conciencia de que la forma de actuar de este mundo tan “adulto” está tan contaminada como podría estarlo la suya. Todo es cuestión de perspectiva.

    Christopher utiliza una lógica muy lineal, que no se deja desviar por contingencias que no le atañen directamente. Pero también por eso, no entiende cosas que son el desvío asumido, por ejemplo las metáforas...
    “Si trato de decir esta frase haciendo que la palabra signifique dos cosas distintas a la vez, es como si escuchara dos piezas distintas de música al mismo tiempo, lo cual es incómodo y confuso.”

    Con reflexiones como éstas, nos damos cuenta, no sólo de por qué Christopher se siente confuso, sino de por qué a veces no nos entendemos o de por qué, oh milagro, las más de las veces sí nos entendemos o por qué nos reímos de los chistes.

    Se trata, efectivamente, de una novela que nos ayuda a comprendernos mejor a nosotros mismos, pero no sólo desde un punto de vista técnico que ilumina el “cómo actuamos”, sino desde un punto de vista tan extraño que nos obliga a preguntarnos “¿por qué actuamos así?” y, “¿tenemos realmente razón al empeñarnos en esto?”. Cuando un libro nos ayuda a poner en cuestión pilares que creemos totalmente asentados en nuestro “edificio vital” (Toma: 100 puntos en la máquina de petacos de la cursilería!), merece la pena, creo yo. Christopher nos enseña a comprendernos mejor, porque él, para comprender a los demás, tiene que destripar mecanismos que en nosotros son casi automáticos; también nos invita a buscar los motivos oscuros por los que a veces hacemos algo; nos indica lo absurdo de ciertos comportamientos y de interminables castillos de actitudes sostenidas por un naipe equivocado. Así explica Christopher sus días superbuenos, utilizando como vara de medir, un criterio igual de absurdo que el suyo pero que nota como normal entre la gente que le rodea:
    “Le dije que hay personas que trabajan en una oficina y que al salir de casa por la mañana ven que brilla el sol y eso hace que se sientan contentas, o ven que llueve y eso hace que se sientan triste, pero la única diferencia es el clima, y si trabajan en una oficina el clima no tiene nada que ver con que tengan un buen día o un mal día”.

    ¿Cuál es la trama? Christopher Boone encuentra una noche al perro de su vecina, la señora Shears, atravesado por una horca. Como a Christopher le gustan mucho los animales, decide intentar averiguar quién mató al perro. Sin embargo, Christopher se ve envuelto en una maraña de pistas y conexiones que le van llevando cada vez más lejos, hacia verdades que, quizás, él no quería descubrir. Más de una vez mete la pata en su camino, simplemente porque la cegadora luz de la verdad no le deja ver el daño que puede estar causando, o el sentimiento de rechazo que su carácter decidido origina en los demás. Más de una vez tiene que volver atrás, dejar de escribir en su cuaderno, superar su miedo a no ir solo a algún sitio lejano, dejarse tocar por un desconocido... En este sentido, el libro es también muy aleccionador, puesto que va narrando la historia de un niño que, casi sin saber que lo está haciendo, va superando poco a poco muchos de los miedos que no sólo lo poseen, sino que constituyen parte de su identidad.

    Se trata de una novela ligerita, sencilla, de capítulos cortos que son unidades en sí mismos (primas, por supuesto), pero que va desarrollando una trama al entrecortado ritmo de Christopher. Una historia peculiar, que desgrana los hechos asumidos, que no se para a considerar las interferencias emocionales del políticamente correcto con que muchos estorban el devenir de los acontecimientos... El cuaderno de Christopher es un prisma nuevo para mirar el mundo y esconde la advertencia de que las formas de ver la vida pueden ser totalmente extrañas unos a otros y además, variables. Y es que la vida es como los números primos:
    “Yo creo que los números primos son como la vida. Son muy lógicos pero no hay manera de averiguar cómo funciona, ni siquiera aunque pasaras todo el tiempo pensando en ellos”.

    Hay que dejar a la vida que siga su serie de números aparentemente absurdos, ir saltando de uno en otro pero no perder todo nuestro tiempo pensando en estos saltos... Vivir, simplemente. O eso parece que nos aconseja Christopher.

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    Aviso
    Disculpen las sinausencias, espero volver a escribir en breve. Mientras tanto, salgan a la calle, apuren los últimos helados, las últimas terrazas, las cañas estorbadas por las primeras hojas del otoño... arrebújense bien en la rebequita... Diviértanse, vaya :D

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    Reseña: El mundo de ayer, de Stefan Zweig
    Acabo de leer un libro maravilloso. Bueno, quizás no es esta la palabra que mejor lo define, por todo el horror y la desengañada lucidez que contiene, pero he disfrutado muchísimo leyéndolo. Se trata de El mundo de ayer, de Stefan Zweig. Stefan Zweig fue ensayista, novelista, poeta, dramaturgo, articulista... un hombre de letras, al fin y al cabo. El mundo de ayer es un libro autobiográfico pero no es simplemente una autobiografía, es un legado irremplazable, es la visión fina y delicada de una época mortal y brutal.

    Stefan Zweig tiñe 500 páginas con todos los recuerdos, impresiones, sucesos, viajes y amistades que constituyeron su vida hasta 1941. Aproximadamente un año después de escribir este libro, se suicidó en Petrópolis, Brasil.

    Zweig nació en Viena en 1881; su infancia y adolescencia está muy marcada por el espíritu que reinaba en aquella época en la ciudad: los muchachos eran unos apasionados por la cultura, casi unos depredadores de la cultura: se morían por conseguir autógrafos, por rozar a las actrices del Burgtheater, por escribir grandes obras literarias, por ser los directores de orquesta de la ópera de Viena y por cambiar el mundo haciéndose un lugar en él.

    En la primera parte del libro nos cuenta su infancia y adolescencia, su afán por escribir, el conocimiento que trabó con otros artistas, como Hoffmanstahl, Rilke, el escultor Rodin o los escritores, hoy ya no tan conocidos, Romain Rolland y E. Verhaeren. Al narrar episodios que le ocurrieron junto a estos hombres, Zweig los retrata a través de sus acciones y de sus actitudes, intenta relacionar su carácter con su obra y hace unas bonitas semblanzas, justas y sopesadas pese -o gracias- al exacerbado sentido de la amistad. Todos ellos fueron hombres importantísimos para Zweig y él no se cansa de demostrar esta importancia relatando visitas, acciones y colaboraciones... Podemos pensar que Zweig tuvo la suerte de conocer a artistas de la talla de Hoffmanstahl, Rilke o Richard Strauss. Pero también podemos pensar, de forma más justa, que él fue uno de ellos.

    La vida de Stefan Zweig es un continuo viaje desde que, decide aprovechar su condición de universitario para ir a Berlín. De Berlín pasa a París, de París a Londres, regresa de cuando en cuando a Viena, pero también visita Rusia y la India. Y todo esto antes de la Primera Guerra Mundial. Zweig era un europeo nato, sentía que cada trozo de territorio europeo que pisaba era suyo y que cada palabra, cada pincelada y cada corchea estampada por una mano europea también le pertenecía. Este sentimiento europeísta puede parecer banal, pero en el caso de Zweig no lo es. Zweig no se entendía a sí mismo sin Europa, sin la unidad en la diversidad, sin el paso franco de una nación a otra. Por eso, vivir dos guerras mundiales en las que los diferentes habitantes de Europa se matan sin pudor y en la que cada cultura reniega de la hermana por mor de la victoria, supuso para él una catástrofe aún más dolorosa que para muchos otros. Él no era capaz de ponerse de parte de Austria, si ello requería ponerse en contra de Francia, él no se sentía con fuerzas para escribir a favor de Alemania, si los alemanes mataban a los rusos... Ganara quien ganara, Europa perdía, y Stefan Zweig, también.

    Estos sentimientos europeos no se pueden entender sin la existencia de tantos amigos de tantas nacionalidades diferentes y tan excelsos todos ellos. Zweig no podía enfrentarse a Rolland por el mero hecho de que éste fuera francés, no podía considerarse austríaco si ello implicaba, repentinamente, odiar todo lo italiano, y por lo tanto, a Benedetto Croce también. Zweig sentía suya una Europa mental, construida por él y por otros escritores que siempre se opusieron a la guerra no sólo por su violencia física, sino la violencia espiritual que supone tener que clasificar las almas en función de una raza, una ideología o un trozo de tierra.
    “Nunca había amado tanto a nuestro Viejo Mundo como en los últimos años antes de la Primera Guerra Mundial nunca he confiado tanto en la unidad de Europa, nunca he creído tanto en su futuro como en aquella época, en la que nos parecía vislumbrar una nueva aurora.”


    Y es que la Europa de antes era, efectivamente, y desde el punto de vista cultural, un continente unido: los escritores y artistas iban y venían por las grandes ciudades, leyendo manifiestos en los cafés, recitando poesías en los moteles, esculpiendo mármol en talleres ajenos. Europa, más que un continente, era una actividad. Algo a lo que muchos se dedicaban. Por eso, dos veces es tragedia la tragedia si a alguien tan europeísta se le estigmatiza con la señal de su nación, si siente el miedo de creerse juzgado con la técnica habitual de “el todo por la parte”. Esa fue la tragedia de Zweig, convertirse en un apartida por haber tenido una concepción generosa de la patria.

    Zweig nos narra los acontecimientos literarios y periodísticos de la Primera Guerra Mundial, la conocida como la “guerra de la propaganda”. Casi ningún escritor o periodista vaciló en poner su verbigracia al servicio de su país, por más que estuviera en contra de la mera idea de guerra. Zweig nos narra la guerra otra vez a través de personas que él conocía, con cada una nos muestra una actitud: el patriota encendido, el poeta que compone un himno de odio, el cobarde... “Sólo había una salida, recogerse y callar mientras los otros delirasen y vociferasen”, esta fue la postura de Zweig, que en principio puede parecer cobarde, pero que es comprensible: Zweig no quiso avivar el fuego con el fuego, sino que prefirió hacer pequeños intentos con sus amigos europeos de lanzar blancas palomas literarias en medio del lodazal bélico.

    Los peores años de la posguerra, los años de la inflación y la locura, los pasó Stefan Zweig en su casita de Salzburgo. Comenzaba a ser un escritor reconocido. En torno a 1922, comienza a viajar de nuevo y visita Rusia, así que nos regala un retrato ponderado de lo que vio, de la sensación que la causó el régimen comunista y de su desconfianza final hacia él. Stefan Zweig lo veía como algo hipócrita y poco humano. Se daba cuenta, dice, de que en el tiempo que estuvo en Rusia, apenas había podido hablar personalmente con nadie.

    La última parte del libro narra los comienzos soterrados e imperceptibles de Hitler, los años que Zweig pasó en Inglaterra, y las primeros actos típicamente nacionalsocialistas: las quemas de libros, la oposición brutal e inhumana a los judíos... Finalmente, se nos narra la tensión que reinaba en Inglaterra pocos días antes de la declaración de la guerra y cómo, todos los ingleses con la experiencia de una guerra europea ya en las espaldas, centraban todas sus esperanzas en cualquier leve señal que les insinuase que la paz estaba asegurada y que podían respirar tranquilos hasta el día siguiente. Pero no fue así, porque Hitler no se detuvo ante nada. Zweig comienza a sentirse despojado de todo: acogido en Inglaterra antes de la guerra, sabe que en cuanto comience la guerra se convertirá en un enemigo para este país que lo acoge y en el que tan a gusto se siente. Austria ya no es su hogar, puesto que ha tenido que huir de él, su querida Europa se prepara para comenzar a destruirse a sí misma nuevamente. Zweig se convierte en un emigrante, y esto no es lo mismo que un viajero. Sabe que no puede volver a Austria, ya no tiene pasaporte de allí. Y entonces comienza a vacilar... Toda la raigambre de su origen que lo elevaba hasta los cielos de Europa se destruye, y ano es nada... Parte de lo que era Zweig quedó destruido:
    ”De nada me ha servido educar al corazón durante medio siglo para que latiera como el de un citoyen du monde. No, el día en que perdí el pasaporte descubrí, a los cincuenta y ocho años, que con la patria uno pierde algo más que un pedazo de tierra limitado por unas fronteras.”


    De estos últimos años también es también la amistad con el músico Richard Strauss, no exenta de polémica, puesto que colaboraban en una ópera que había de estrenarse en Alemania pero que no podía incluir el nombre de Stefan Zweig, un judío, en los carteles. En Inglaterra conoció también a Sigmund Freud y el relato de los días que vivió con él es enternecedor y reconcilia al lector con esa imagen tan áspera y desabrida que se suele tener del psicoanalista austríaco.

    La vida de Zweig se convirtió en un contrasentido, en un errar constante sin un horizonte lejando al que dirigir la mirada.
    ”Yo escribía y pensaba en alemán, pero cada idea que concebía, cada deseo que sentía, pertenecía a los países que se alzaban en armas por la libertad del mundo.”
    Y es que quien señoreaba en Alemania en ese momento había prohibido todos sus libros y le había cerrado la boca, esa boca que hablaba alemán.

    El libro es un conjunto de recuerdos, por lo tanto, está narrado desde el presente. Se recrean los días de la juventud, de los primeros viajes, de las primeras amistades y publicaciones... Stefan Zweig explica y recrea sus vivencias pero las barniza con la pátina del presente, mirar hacia atrás le permite sopesar las cosas, comprender más profundamente qué sentía e incluso saber dar causas de ciertos acontecimientos y sensaciones.

    El libro termina con la mirada desconsolada que Stefan Zweig dirige por última vez a Inglaterra y con ella, a Europa, una mirada muy diferente de la inocencia con que miraba en 1914 a Viena; ahora, esta mirada esta teñida con la lucidez del desengañado y ya es capaz de ver, más allá de los últimos pacíficos rayos de sol, la devastación total de Europa, las ruinas, las matanzas y la lenta y sacrificada reconstrucción...

    El estilo es calmo, lento de grandes párrafos e intrincadas frases, pero es el estilo en el que está cómodo Zweig, paseando lentamente su mirada por Europa, guiándonos con una mano en nuestro hombre por el desbaratado paisaje de su vida. Se trata además de una prosa finísima, que camina sola, no de un pastiche irreflexivo. Las frases se entremezclan unas en otras, inevitablemente, la lengua va fluyendo al compás de los pensamientos, en una corriente, cuya característica más notoria es la de estar viva.

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    Me prosterno ante ellas
    "...Todo lo que usted quiera, sí señor, pero son las palabras las que cantan, las que suben y bajan...Me prosterno ante ellas...Las amo, las adhiero, las persigo, las muerdo, las derrito...Amo tanto las palabras...Las inesperadas...Las que glotonamente se esperan, se escuchan, hasta que de pronto caen...Vocablos amados...Brillan como piedras de colores, saltan como platinados peces, son espuma, hilo, metal, rocío...Persigo algunas palabras...Son tan hermosas que las quiero poner todas en mi poema...Las agarro al vuelo, cuando van zumbando, y las atrapo, las limpio, las pelo, me preparo frente al plato, las siento cristalinas, vibrantes, ebúrneas, vegetales, aceitosas, como frutas, como algas, como ágatas, como aceitunas...Y entonces las revuelvo, las agito, me las bebo, me las zampo, las trituro, las emperejilo, las liberto...Las dejo como estalactitas en mi poema, como pedacitos de madera bruñida, como carbón, como restos de naufragio, como regalos de la ola...Todo está en la palabra..."


    Así habla Neruda de las palabras en su obra Confieso que he vivido. Yo, como aún no estoy en condiciones de confesar tan magno verbo, me limito a confesar que también me prosterno ante ellas... Las tengo de la calle, como raíz, patata y tulipán, y luego tengo otras aceitosas como frutas, vibrantes como la miel, frías, abstractas, cálidas concretas...

    He aquí un botón de 10 como muestra, siguiendo la idea del blog 10 palabras... Tenía yo un libro (el mismo en el que leí el fragmento de arriba), que se llamaba El juego de la poesía, y en él proponían abrir al azar el diccionario 10 veces y con esas palabras armar un poema. Prometo intentarlo, de momento os las dejo para que os prosternéis vosotros también y las paladeeis a gusto.

    Palinodia

    Contumacia

    Albañal

    Nívea

    Urdimbre

    Patena

    Crepuscular

    Impetuosos

    Manantial

    Timorata


    Pd. La dedicatoria de este post está reservada y bajo secreto sumarísimo...
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