CONFESIONES DE UN ASESINO - M. Guarido
-Buenos días –murmuró Jacinto, que dejaba descansar sus cincuenta y siete años, justo al lado de la pesada puerta de hierro y cristal que daba acceso a las oficinas de atención al público de la casa cuartel; y que se cerraba lentamente a su espalda-.
-Hola, buenos días –contestó el agente cuarentón, que se encontraba detrás del mostrador-. Debajo del tricornio se podía intuir su cabello moreno. Era de constitución fuerte y rasgos duros, sus cejas estaban visiblemente pobladas y, hablaba levantando la vista por encima de unas gruesas gafas. -Venía a entregar este paquete al inspector –dijo Jacinto con su frágil voz.
-Aguarde un momento en la sala de espera –gruñó con un sonido áspero, antes de levantar su pesado cuerpo de la silla giratoria. El agente, entró en un pequeño despacho que había al fondo de aquel pasillo. Al poco tiempo salió acompañado de un joven de ojos oscuros, pelo claro y cuerpo atlético; a pesar de su aspecto cansado, se podían advertir en él las dotes de mando; su paso era firme y seguro, y llevaba en el pecho tres medallas, que lucía orgullosamente.
-Hola, me ha dicho mi compañero que busca al comandante ¿Podría decirme de qué se trata? -Quería entregarle algo, pero sólo puedo dárselo a él en persona –dijo Jacinto agarrando un pequeño paquete entre sus manos. -Yo soy el comandante al cargo. Deje sus datos en el registro de visitas, enseguida estaré con usted. El joven regresó al despacho con el mismo paso firme con el que había ido, se paró ante la puerta y miró atentamente a aquel extraño hombre de pelo cano, manos grandes y ropas arrugadas. Vislumbró una leve joroba, seguramente consecuencia de una vida laboriosa y observó, como en su rostro se marcaban las arrugas de haber vivido una vida dura y difícil.
El hombre se puso las gafas para poder ver de cerca, sacó su carné de identidad y lo entregó al agente. -Jacinto Peralte Vallejo, ¿es correcto? –Preguntó sin levantar la vista de la instancia que estaba rellenando. -Sí, es correcto.
-El comandante le atenderá enseguida, si lo desea puede regresar a la sala. La estancia era fría, sus paredes blancas impolutas y sus limpios cristales, daban un aspecto más de hospital que de comandancia. El agente estaba sentado de nuevo en su silla, leía unos papeles, a los que no dejaba de dar vueltas y hacer correcciones con su escandalosa máquina de escribir, luego los apilaba en el mostrador; sobre éste, un calendario del año dos mil y un pequeño cenicero lleno de colillas aplastadas.
El mostrador era de madera, vieja y desgastada. Era lo único que dejaba entrever sobre la antigüedad de aquel lugar, y de los casos que habrían pasado por allí a lo largo de los años. De repente escuchó como siseaban desde el despacho del fondo, era el joven comandante que le hacía gestos con la mano para que se dirigiera hacia él, se levantó cautelosamente y se acercó.
-¿Y bien? ¿Usted dirá? -Preguntó el comandante cruzando los brazos sobre la mesa.
-No señor, no vengo a decir nada, simplemente quería entregar esto a la persona adecuada.
-¿Me podría decir, el por qué, de la importancia de entregarlo personalmente?
-No es importante. Tenía curiosidad –asistió Jacinto esbozando una pícara sonrisa.
-¿Curiosidad? ¿De qué tipo? –Preguntó frunciendo el entrecejo y frotándose las manos.
-Quería saber como es un comandante de la benemérita –contestó mirándolo fijamente.
Durante unos segundos la mirada de los dos hombres se cruzó, y finalmente, Jacinto añadió: -Gracias por atenderme ¿comandante?
-¡Ah! Discúlpeme soy un despistado -exclamó a la vez que se ponía en pie-, no me he presentado, soy el comandante Sánchez.
-Bien, gracias otra vez comandante Sánchez, adiós, que tenga usted un buen día.
Sánchez se despidió con indiferencia haciendo un leve gesto con la cabeza. Cuando el hombre se hubo marchado, cogió aquel paquete entre las manos y lo estudió minuciosamente durante unos minutos, luego se dispuso a abrirlo. Era un viejo diario. Las cubiertas eran de piel, de color negro con inscripciones en granate, pero se habían borrado seguramente por el desgaste; tras una rápida ojeada observó, que en algunas de sus páginas se había corrido la tinta.
Martes, 13 de agosto de 1968.
Hoy empieza para mí una nueva aventura. Salamanca, Palencia, Segovia, León… Han sido tantos los lugares por los que he tenido el placer de repartir mis enseñanzas, que ahora, que todavía estoy en edad de ofrecer mucho a la parroquia, tengo la alegría de poder regresar a éste pequeño pueblo de mi Burgos natal.
María y Juan han venido a recogerme a la estación de Lerma. Al bajar del tren él se me acercó con sus ojos de gato mimoso y las canosas entradas en su frente. El apretón de manos me dejó sin aliento, aquel hombre me cogió como si no quisiera dejarme escapar.
-¿Padre Fermín?
Asentí en silencio y esbocé una sonrisa. Ella se acercó y cogió mi maleta con sus manos de cristal. Era una mujer delgada y de estatura baja. Su cara fina inspiraba confianza y sus ojos me trasladaban a la época en que estuve enseñando en el seminario de Santander; su mirada era tan azul como el mar.
En el camino casi no hemos hablado. Yo, contemplaba a través de la ventanilla el conjunto de llanuras y valles que se muestran cultivados de cereales y viñedos. A lo lejos se divisaban algunos pueblos a ambos lados de la carretera; que corrían en la misma dirección y se despedían con sus fachadas de adobe a medida que los dejábamos atrás.
Al ver todo aquello, me viene a la memoria el Monasterio y mis amados e inolvidables monjes benedictinos. ¡Qué bellos recuerdos!
A medida que nos acercábamos a la casa, me fijaba en el pueblo. Es como un pequeño puzzle de casitas bajas, enmarcado por el bello paisaje de las tierras castellanas. Lleno de callejuelas con un mismo destino, la plaza mayor, donde se sitúa la casa consistorial, un edificio algo más grande que el resto de los hogares, en el cual, se comparten labores de enseñanza y culturales. Luego nos hemos dirigido a su casa directamente, pues es sofocante pasear bajo el sol del mediodía.
Al atardecer, Juan me ha acompañado a la iglesia. Hemos ido caminando y así charlábamos de cosas banales como el tiempo. Al acercarnos al final de la calle vi la capilla, es una pequeña construcción de una sola planta y cabrete al lado izquierdo; se puede acceder a el por una escalinata que hay junto a la pila bautismal. El retablo tiene forma curva, con unas fantásticas, aunque descuidadas imágenes de los santos que guardan las almas de los hijos de este lugar. A la derecha del altar hay una estancia donde se sitúa la sacristía y el aseo. Hay cuatro hileras de bancos de madera carcomida y, sus paredes, algo sucias, están revocadas únicamente de cal. Creo que deberemos darle una mano de pintura antes de hacer cualquier otra cosa. Me he situado en el púlpito y he observado detalladamente cada foco de luz que entra por las pequeñas vidrieras, algunas rotas por cierto, pero que no turban la belleza que desprenden con su colorido. A mi espalda se sitúan todos aquellos que han de guiarme en el camino y a los que doy gracias por ello.
Imagino a los lugareños escuchándome con atención. Me impaciento con la llegada de ese momento. Como cuando los mozos esperan a las mozas para cortejarlas. ¡Oh, señor! Si pudiera verme mi madre hoy, se echaría a reír, estoy seguro de que tú, mi Dios, cuidarás de ella con el mismo cariño que lo hice yo aquí en la tierra.
Domingo, 15 de septiembre
Querido diario, ha sido ardua mi labor en esta capilla. Había tantas cosas por hacer. Hemos pintado de blanco las viejas paredes y cambiado algunos cristales. ¡Ah! David el carpintero, se ofreció para restaurar un carcomido confesionario que estaba en desuso, lo ha pintado y barnizado, ha quedado casi como nuevo; estoy seguro de que será de mucha utilidad. Los jóvenes me han ayudado a colocarlo debajo de la escalera que da acceso al cabrete del primer piso. Era el único lugar donde no estorbaba al paso de los feligreses. Menos mal que los vecinos son gente de buen corazón y han ayudado de una manera desinteresada. Todos hablan del concurso de la televisión Un millón para el mejor y dicen que si algún día les toca el premio construiremos una iglesia nueva, pero que de momento, con eso de que el salario mínimo ha subido a ciento dos pesetas diarias, están felices y se conforman con la que tenemos.
Son las seis de la mañana, no podía esperar a la noche para escribir. Tan sólo unas horas me separan de mi primera misa. Hace dos años que no me pongo frente a una congregación. Y aunque durante este mes he podido conocer a gran parte de los vecinos más fieles a la parroquia, siempre está aquel gusanito que corre por el estómago cuando uno debe ponerse ante los demás para hablar en nombre de nuestro señor.
He preparado mi sotana, la he tenido que remendar, pues ya es vieja.
Bueno, ya pasó todo, son ahora las ocho y diez de la noche, si el reloj o mi estropeada vista no me engañan; no ha sido tan embarazoso como yo imaginaba. Éramos pocos, pero eso no es lo importante, lo primordial es que hemos empezado con buen pie. Juan y María estaban en primera fila, como no podía ser de otra manera, escuchando con atención cada uno de los versículos que yo buenamente leía. David también ha asistido junto a su señora. Los jóvenes no, pero estoy seguro de que el tiempo y el buen hacer los atraerá.
He visto a Javier, Inés y Soledad en el último banco; ellos dicen no ser muy adeptos a la iglesia pero han acudido, es un paso importante.
Hemos leído algunos pasajes para recordar al policía vasco que murió el otro día en San Sebastián. Han resbalado por nuestros rostros algunas incontroladas lágrimas; no podemos olvidar que hace pocos días, también mataron a un guardia civil. Dos hombres que tendrían familia. Quizás mujer e hijos, han quedado viudas y huérfanos… Espero que en el futuro no tengamos que llorar a ningún muerto más a manos de estas malas personas.
En el último peldaño de la escalinata de piedra se ha sentado el muchacho del otro día, vestía un pantalón oscuro y una camisa clara, que desde el lugar que yo ocupaba tras el altar me pareció observar que estaba algo sucia. Tenía el pelo alborotado como si acabara de levantarse de la cama. Debe tener unos veintidós años o poco más, y aunque pueda parecer increíble, físicamente me recuerda a mí mismo cuando era joven; hay algo en él que me resulta familiar, como alguien al que has conocido antaño y al tiempo reaparece en tu vida. Mientras leíamos los evangelios, movía nervioso las manos y, miraba absorto los ventanales y los santos que hay en el retablo, pero se ha marchado antes de finalizar la misa. He tenido la impresión de que se sentía solo, aunque quizás son imaginaciones, “a más viejo más maniático” eso decía mi amado padre, en paz descanse.
Lunes, 18 de noviembre
Las cosas van muy bien, cada vez es mayor la congregación, incluso me han llegado noticias de que viene gente del pueblo vecino; dicen que son más amenas las ceremonias de aquí, que las que ofrece su párroco.
Hoy, después de preparar el sermón he tenido una visita inesperada. Estaba limpiando la parte interior del confesionario, cuando he escuchado la voz de un joven que me llamaba…
-Padre, necesito confesarme -ha dicho.
Era una voz familiar, pero no acertaba a ponerle rostro -estás en el lugar adecuado –me apresuré a responder-. Cuéntame tus pecados y hallarás el perdón de Dios.
-No sé, puede que ni siquiera él pueda perdonarme…-Se lamentó.
-Sí hijo. Siempre existe el perdón, sea lo que sea lo que hayas hecho o dicho, él te dará su absolución.
-Ave María purísima.
-Sin pecado concebido.
-¿Me guardará el secreto de confesión?
-Por supuesto hijo, todo aquello que digas aquí, quedará entre nosotros tres.
-¿Tres? –Exclamó aturdido.
-Claro hijo mío… Tú, yo y el señor.
-Ayer me dijo que lo hiciese. Me contó que aquella mujer, le había rogado la muerte muchas veces, que tenía una enfermedad y que nunca se curaría si yo no hacía algo para remediarlo.
Cuando llegué a su casa abrí la puerta con sigilo, y subí las escaleras lentamente; evitaba de todas las maneras posibles no hacer ningún ruido. ¡Ahora que lo pienso! ¿Cómo llegarían las llaves de su casa a mi bolsillo? –Aquel joven se quedó pensativo.
–Continúa hijo.
-Dormía plácidamente, una sábana blanca impoluta cubría su cuerpo medio desnudo. Durante unos minutos me quedé allí, en silencio, contemplando como respiraba, su pecho se hinchaba y se deshinchaba siguiendo el ritmo de los latidos de mi corazón. Era tan bonita… Tenía el pelo negro, sedoso, un cuerpo delgado y esbelto; su rostro era bello, como los de las princesas de los cuentos. ¡Y siempre olía bien! Conmigo era amable y generosa, cuando me veía por la calle me preguntaba “¿Cómo estás Jacinto?”. Yo le sonreía y alzaba los hombros, pues no sabía que responder. ¡Pero él me dijo que tenía que hacerlo!
-¿Quién te dice esas cosas?
-Andrés, padre.
-Háblame de Andrés.
-¡No! No puedo hacer eso… ¡Se enfadaría mucho conmigo! ¿Acaso quiere que me castigue? No quiero volver al cuarto oscuro de nuevo. –dijo nervioso y asustado.
-Está bien –dije intentando calmar su preocupación.
-Me acerqué al lecho y abrió los ojos, ¡me asusté! ¿Por qué tenía que despertarse justo en aquel momento? ¿Qué iba a hacer si se daba cuenta de mis intenciones? Cogí la lamparilla de noche y, con ella la golpeé. Se quedó inmóvil y preguntó: -¿Pero Jacinto que haces aquí? ¿Por qué me golpeas?-. Yo la golpeé de nuevo, una y otra vez hasta que no abrió los ojos. Cogí el cable y se lo puse alrededor del cuello haciendo un nudo muy fuerte. Si no era fuerte podía soltarse –argumentó-. ¿Me entiende, verdad? Después bajé las escaleras tirando del cable, su cabeza golpeaba contra los escalones dejando detrás de mí un rastro de sangre.
-Espera hijo. Creo que no es a mí a quién debes contar eso –impugné.
Aquella historia me ponía el vello como escarpias, el relato me asustaba; parecía un capítulo de alguna novela de suspense. Tras unas décimas de segundo en silencio empezó a golpear los laterales del confesionario y a gritar:
-¡No quiero escuchar esos ruidos!
-¿Qué ruidos? Yo no escucho nada Jacinto.
La magnitud de sus gritos crecía irremediablemente.
-¡Qué paren! Por favor padre.
-Jacinto ¿Qué oyes?
Entonces cesaron sus súplicas y acercándose a la rejilla susurró:
-No me llamo Jacinto, mi nombre es Lázaro.
-¿Pero no dijiste antes que ella te llamaba Jacinto? –Pregunté confundido.
-La gente suele llamarme Jacinto ¡Están mal de la cabeza! –Murmuró-. Creo que están locos –añadió subiendo de nuevo la voz.
-No deberías hablar así de las personas, hijo.
-¡Va! Que más da. Además, cualquier día Andrés les dará una buena lección. ¡Qué tarde es! Debo marchar, adiós. Y se marchó corriendo.
-¡Espera!... ¡Hijo!... ¡Lázaro!
Salí detrás de el, pero sólo pude ver su sombra de sus piernas tomar la esquina. No sé si eso que me ha contado es fruto de su imaginación. Supongo que sí. ¿Quién haría una cosa así y vendría a contármela a mí?
Bueno, en realidad creo que hago de ésta historia un mundo, posiblemente ha sido una travesura, una novatada al párroco que ha llegado de la ciudad y no se entera de nada. Creo que voy a descansar un poco, mañana tengo un día agitado. Quiero plantar algunas acelgas, coles y alcachofas en el huerto de la parte de atrás. Es algo que siempre he querido hacer, pero para alguien que nace y crece en la ciudad es casi impensable, te conformas con comprar lo que buenamente te ofrece el tendero. Será la primera vez que cultive mis propios alimentos, otro gran reto que tendré que afrontar.
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