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Divagaciones de un Alma Errabunda
Llega un momento en la vida en el que se decide salir en busca del mundo.
Acerca de
No tengo muchas ganas de describirme pero diré que he viajado tal vez más de lo que me gustaría, he vivido tal y como yo he querido, he buscado mi vida y en base a esa búsqueda sobrevivo.
 
Un comienzo...
Estoy sentada en el medio de mi habitación mirando las musarañas. Al fin tengo algo de tiempo para mí aunque no sé en qué utilizarlo. Ya he terminado de vaciar la maleta y hacer que esta habitación me pertenezca. Ya la he llenado de mi ropa, fotos y demás frases alegres que te hacen sentirte más en casa. Es increíble como puedes hacer que una habitación cambie, sólo en unos momentos. Antes, antes de que mi tesoro volviera a mi, era sólo una habitación más de esta casa, ahora es MI habitación.

Sigo en el suelo contemplando mi obra, y veo que es bueno en gran manera… Esta habitación es la más grande que he tenido en mi vida entera, dos grandes ventanales que dan al jardín (y a África, como siempre puntualiza Samuel, miran hacia el sur)


Han pasado muchos meses desde ése instante, desde el momento en que Alemania era nueva para mí. Mucho tiempo, o al menos eso me ha parecido. Lo cierto es que ya llevo cuatro meses y medio aquí, me ha dado tiempo de ir a casa por navidades y volver. Tiempo de recopilar muchas primeras impresiones y de hacerme un hueco en esta vida.

De nuevo estoy como el primer mes de mi estancia aquí, bastante aburrida y sin mucho para hacer. Las clases que tenía antes se han terminado. Esto tiene dos puntos de vista:
1. Menos mal que se han terminado, porque eso significa que ya tengo la base del alemán y un pequeño titulillo.
2. ¡Qué aburrimiento que tengo encima! No sé en qué emplear mi tiempo libre.

El otro día mientras jugaba con el pequeño, me percaté de que todo el rato se tocaba el vientre y preocupada le pregunté: ¿Te duele? (Es que a veces se le puede irritar a causa del pañal o que haya crecido y los pantalones le aprieten) Esto es lo que recibí como contestación de un niño de tres años: Nein, mein Penis ist lang (Traducción: No, mi pene es largo). Me quedé paralizada durante unos instantes. Luego ya volví en mí y comencé a reírme y Barrufet me acompañó. Los niños tienen salidas muy extrañas de vez en cuando.

Volviendo a cambiar de tema, vivo en un pueblecillo a las afueras de una ciudad pequeña también y poco conocida. Aunque lleve aquí ya un tiempo sigue sorprendiéndome que desconocidos me saluden con un Guten Morgen, Guten Tag, Guten Abend… O lo que toque. Para llegar a la ciudad tengo que coger un autobús que suele venir cada diez minutos en horas diurnas. Mientras estaba allí anoche, me di cuenta de las grandes diferencias que hay entre el servicio publico de transporte en Alemania y en España. El autobús no es como nosotros pensamos, no es suben, pagen, estrujen, bajen. No, no. Es esto:
Suben bei wo Sie wollen,
Pagen si le apetecen,
Sino, una clavaden wir machen,
y… Al deutsche frío bajen.

Me explico: en los autobuses alemanes puedes subirte por cualquiera de las tres puertas del autobús. Que yo sepa en España sólo puedes entrar por la puerta del conductor y así comprar tu billete o picar. Aquí, tienes la posibilidad de comprar o pagar tu billete en una maquinita que hay en el medio del autobús. Si lo haces o no, es cosa tuya. Ahora, de vez en cuando se pasa un revisor y te pide tu billete si no lo llevas… Tienes que pagar mucho dinero. Aún así, creo que si el transporte público fuera como aquí en España, se quedarían bastante pobres, no creo que muchos pagasen.

Una vez ya en la ciudad me encuentro con curiosidades de este tipo: en la plaza abierta junto a la catedral, bajo los pasillos abarrotados de gente ajetreada, hay un banco que llama la atención no solo por su incomodidad, su pequeñez o fealdad, si no por el cartelito que de el cuelga: TREFFPUNKT, que viene a significar: Punto de encuentro. Ahora, la gracia esta en que el susodicho banco tiene ruedas. Por tanto ese punto es móvil... Es decir, estos alemanitos tienen un banco tremendamente incomodo, alto, el respaldo recto, el asiento demasiado corto, de madera dura, tan minúsculo que solo una persona y media se pueden sentar, que encima teóricamente ha de servir como punto de encuentro PERO se puede mover de lado a lado? Si... nos vemos en el punto de encuentro...
Ya ves a los viejecitos ahí sentados, con esa cara de alegría falsa que ponen los alemanes comiéndose un hot dog de estos alemanes. Media nalga fuera. Todo un espectáculo. Tal vez tenga que sacarle una foto al dichoso banco para recordarlo por la eternidad.
 
Un reencuentro
Por la mañana, me despierta un sonido extraño, un sonido que no identifico. Extrañada, abro los ojos en busca del ruido que me despierta. Poco a poco la habitación se está haciendo más clara, ya no sé si es que mi vida ha decidido ir a cámara rápida o qué. Son las siete de la mañana y ya he descubierto la procedencia del ruido: las persianas, que son automáticas. Mira tú, los alemanitos, qué avanzados están.

Al abrir el armario tengo serias dudas sobre qué ponerme en el día de hoy. ¿Las botas, las chanclas, unos baffles, el reproductor de mp3 o… sí, tal vez el CD de Stratovarius? Aunque no sé si pega demasiado con las botas… Bueno, siendo serios, como no había ropa a irse con lo puesto. Sigo a la espera de que aparezca mi maleta.

Va siendo hora de que describa un poco lo que he venido a hacer aquí (aunque a veces me lo siga preguntando y no lo comprenda demasiado bien). Estoy aquí porque me gustaría aprender esta lengua bárbara, y a cambio de comida y alojamiento vivo en casa de unos familiares lejanísimos cuido de sus dos monstruitos: Samuel y Moisés (llamémosles así).

Describamos un poco esta familia peculiar: Mattias, el padre, es un hombre bastante mayor ya pasa los cincuenta y cinco (y a veces me pregunto por qué ha decidido tener hijos a estas horas).

Samuel, de cuatro años, es un niño extremadamente precoz y a mi vista (no sólo a la de sus padres) superdotado. Aunque resalte por su brillante capacidad, es evidente el gran esfuerzo que le requiere la demostración de afecto, el contacto físico y lo que es peor aún: las relaciones sociales. Aunque esto se hace más palpable a la hora de relacionarse con sus iguales. Es un niño necesitado de atención permanente y también un perfeccionista. En realidad, se parece bastante a su padre.

Moisés, de tres años, es todo lo contrario. Suele ser un niño risueño, siempre atento, curioso y cariñoso. Cuando me busca, no sonríe hasta que mi cara le da una señal de alegría o de afecto. Desde el primer día en que llegué le llamo Barrufet, que en catalán significa Pitufo. Desde ese primer momento responde a ese nombre. Es más, se lo ha apropiado.
Cuando no me encuentra por la casa en vez de preguntar por mí, “camina” (no exactamente, tiene un andar gracioso, dando trompicones y meneando su pañal), va gritando do quiera que va: ¿Dónde está tu Barrufet? ¿Dónde está? Hasta que me encuentra y vuelve a salir corriendo, tan contento.

Los padres son ambos doctorados en Biología, pero curiosamente ninguno trabaja y tienen dinero suficiente como para tener una gran casa con cinco habitaciones, un jardín… etc. Es decir, no se pueden quejar. A veces me pregunto para qué me necesitan si ninguno trabaja.

En general, son una familia agradable. Sobretodo agradable si no vives con ellos.

Tras esta larga explicación tal vez innecesaria… vuelvo a mis habituales andanzas por Alemania. Después de haber llevado a los niños al Kindergarten me di cuenta de que a causa del frío mi piel se estaba resquebrajando! Sí, que me estaba pelando en pleno invierno. Decidí ir a comprarme alguna crema. ¡Qué ilusa yo! En España jamás he tenido que hacer uso de esas cosas pegajosas que algunas mujeres (y ahora también hombres) se aplican en la piel. (No hay que decir que es evidente que detesto el maquillaje)

Sin siquiera coger un diccionario me fui a Tannen Platz (no sin haber recibido antes una laaaarguísima explicación del lugar). Llegué al Shlecker, el Schleker de toda la vida . Como el resto de los comercios alemanes, de nombres impronunciables que proliferan por toda España. (Un paréntesis: no tienen suficiente con tener peores productos que nosotros, NO! Sino que tienen que venir a nuestro país a vendérnoslos para luego llevarse todas nuestras frutas y verduras. Fin del paréntesis)

Una vez dentro me di cuenta de lo perdida que estaba… Primero: encontrar dónde están las cremas. Segundo: cuál de todos los botecitos era el indicado para mí. Evidentemente todo estaba en alemán… y yo ni papa. ¡CLIIIING! En mi mente aparece una lucecita: Dale la vuelta a los botes y mira a ver si hay alguna descripción en inglés. Hummm… No, aquí no hay nada que se parezca en lo más mínimo al inglés… ¡CLIIIING! De nuevo se ilumina mi mente: Eh! Que también entiendes francés…. A ver… No, tampoco nada en francés. Pero… si son sus vecinos, qué menos que ponerlo en francés. Pues no, aquí sólo hay polaco, ruso, rumano y hasta griego pero ni rastro de ningún idioma comprensible, ni siquiera italiano. Ya, algo desconcertada y decepcionada me dirijo a la dependienta:

- Sprechen Sie Englisch?
- Eh… Nein, nur ein bisschen. Was kann ich für Sie machen?
- Oh... (espera, que a ver si me aclaro yo sola cómo explicarle a esta mujer que quiero una crema facial) Ich… (quiero! Quiero! El español lucha por salir) MÖCHTE! (uhms… creo que de tanta alegría que me ha dado acordarme de la palabrita le he dado demasiado énfasis, sobreviví. Ahora sólo hay que explicar el qué…)

La chica me mira como si estuviera loca o viniera de otro planeta. Yo todavía procesando.
- Ich… ein.. “créeme” für (Face, face! El inglés es esta vez quien quiere darse un paseo). Ya, gestualizando, me señalo la cara.
- Ah… - dice la dependienta amable y tras esto suelta una larga parrafada de la que no entiendo ni mu. Was wollen Sie blachen, blachen, blachen, blablachen? Oder blablablachen?
- Errrrrrrr… O.o o.O ¡¡¡¿¿¿????!!! Emmm… Just something for my face…
- Ah.. Wir haben blablachen, Margareten Astoren, Schwrargaunraoen, Chsengwegräöen, Lorealen...
- (Sí, sí! Loreal! Porque yo lo valgo!)

Total, que al final compro lo primero que me pone en las manos – no hace falta especificar que era lo más caro. Me dejo la mitad del dinero que llevaba y no sé si lo que he comprado es lo que quiero.

Vuelvo a casa con la cara larga y desconcertada. Más tarde, descubro que he comprado una crema exfoliante (qué pasa, que te parece que tengo granos? Es sólo por este condenado frío que me deja la piel tan estirada que parezco chinita y no puedo ni sonreír, ni que me hubiera hecho un lifting!), y una crema de leche. Menos mal que me van bien, ya tengo piel normal de nuevo.

Al finalizar el día estoy exhausta, he jugado con los peques. “Rejuveneciéndome” y haciendo un gran esfuerzo mental por comprender un idioma del que TODAVÍA (pronto cambiará esto) no tengo ni idea. Me estiro en la cama sin preocuparme por cambiarme. Total, no tengo más ropa. En fin, mañana será otro día…

Para aquellos que sean impacientes y deseen saber qué le ocurrió a mi maleta… Esta es la historia:

Cuatro días después de llegar a Alemania, un día en el que no por última vez me preguntaría qué hago aquí, abrí la puerta de mi habitación y vi un regalo del cielo. Mi maleta! Mi querida, preciosa maleta! Mi tesoro!! Mío!! Sólo mío. Por fin había vuelto a mí. Mi tesoro! La cogí entre mis brazos (al menos intenté abarcarla con ellos) y la acuné. Mi tesoro… Ya sabía yo que volverías. Nadie te quiere tanto como yo, a que sí mi tesoro?

Ya podía descansar en paz.
 
Vuelta a la rutina
Ya estoy de vuelta en Alemania, de vuelta en la rutina. Ordenemos todos los hechos para que yo misma los pueda entender. Y es que las ideas ordenadas parecen más claras. Layed out on theese simple sheets. Llegué nerviosa. Ahora viene el por qué:

Recuerdo muy bien aquella mañana, la maleta la terminé a última hora, como siempre. Milagrosamente, no olvidé meter nada en la maleta… pero creo que más que porque me acordase de todo fue porque destripé mi cuarto entero y lo liberé de todas mis pertenencias. Por eso, si había algo suelto… rápida y veloz lo metía en la maleta. Ya está mi cuarto vacío, mi maleta llena. Mi corazón ávido de nuevas experiencias, mi mente algo aturdida. Porque confesando algo: nunca he viajado en avión.

Haciendo caso omiso de mi revuelto estómago (por los nervios) me obligo a comer mi última ración de comida casera, comida española, que no probaré durante los próximos cuatro meses.

Me he despedido de todos… debería estar lista para embarcarme en la nueva aventura. Pero mi estómago sigue sin estar demasiado de acuerdo con esto de viajar.

Así, de golpe y porrazo me veo esperando en el aeropuerto a que nos llamen. Pasa el tiempo, la hora de embarque… Los minutos son eternos y los de Iberia no dan señales de vida. Hasta que... el DIN DON DIIIIIIIIIIIN me despierta de mi sopor: ¡Atención! Pasajeros del vuelo Iberia bla bla bla pasen por el mostrador en la Terminal B.
¿Qué? Miro a mi alrededor y me siento más perdida que nunca. ¿Dónde está la Terminal B? ¡Y cómo voy a llegar allí con este equipaje de mano que pesa más que yo! Aterrada miro a los que me rodean, que parecen tranquilísimos. Claro, son alemanes, no se inmutan por nada. La masa alemana, se levanta y anda con paso lento hacia donde nos han indicado. Yo, sigo la masa. Que aunque sean alemanes parecen más familiarizados con esto de los vuelos, aeropuertos y demás. Pero, suddenly, out of the blue, todos los antes remolones alemanes deciden ir a grandes zancadas. Y yo todavía intentando arrastrar el “maletín”. A lo lejos, puedo atisbar un alto alemán con un jersey rojo chillón.

Ya en el mostrador, I catch my breath, mientras me comunican que el aparato que debía efectuar el vuelo esta averiado. ¡Vaya suerte la mía! Nada, a esperar cuatro horitas en el aeropuerto hasta el próximo vuelo.
La señorita me informa: Podéis recoger vuestro equipaje en la salida 45 bla bla bla… Adiós.
¿Adiós? ¿Cómo que adiós? ¿Dónde está eso de ir a buscar el equipaje? Después de que la señorita me repitiera las indicaciones –igualmente confusas, e igualmente rápidas e incomprensibles - decido ir hacia algún lugar haciendo como que me he enterado de lo que me ha dicho. Menos mal que todavía estoy en España y que se supone que hablo la misma lengua.

Para ese entonces, toda la masa alemana se ha esfumado del mapa, ya no tengo a quien seguir. Algo perdida, me propongo ser racional y buscar mi equipaje. Total, tengo cuatro horas hasta el próximo vuelo.

Las masas extranjeras pasan a mi alrededor como pedro por su casa y yo, española, mota de polvo entre la masa, me quedo embobada mirando los carteles, que sí, supuestamente tienen que ser comprensibles para mí: ESPAÑOLA.

Por fin, encuentro el lugar donde debería, repito, DEBERÍA estar mi equipaje. Pero… ¿cómo no? Ni rastro de él (ni tampoco de ninguno de los alemanitos, ni siquiera del de jersey rojo chillón). Mis ánimos van cayendo en picado.
¿Dónde se habrá escondido mi maleta? ¡Con todas mis preciadas pertenencias! ¡Que mi cuarto se ha quedado en bragas! (Nunca mejor dicho, sólo quedan unas bragas grandes de esas que te regala algún familiar, no sabes por qué, y que te llegan casi hasta el sujetador. Que sí, hija, que sí, que son muy calentitas, ya verás… Y de ahí a un salón para la tercera edad) ¡Que no tengo nada más en la vida más que mi preciada maleta! Además del equipaje de mano con botas y demás zapatos (que pesaban mil toneladas y no cabían en la maleta).

Finalmente, me armo de valor y decido superar mi timidez e “inquire about the location of my luggage”

- Tal vez se haya extraviado. No podemos decirte donde está.

Ahora está entre dos compañías: Iberia y Lufthansa. Ninguna se hará cargo del extravío… bla bla bla bla… Vamos, que te aguantas y te quedas sin pertenencias. Estás más vacía que tu habitación. Sólo calzado para vestirte. Éste es tu viaje ¡Y TODAVÍA NO HAS SALIDO DE ESPAÑA! En el fondo de mi mente se libera una vocecita: ¡Eso es que no tienes que ir! –grita la muy condenada-¡Mala suerte desde que saliste de casa, eso significa algo! Y yo, testaruda prefiero no prestarle demasiada atención. Todo el mundo tiene contratiempos.

Vuelvo al lugar donde se hace latente la ausencia de mi equipaje y exhausta me siento en el primer banco que avisto, rodeada del resto de mis pertenencias. Tan absorta estoy en mi desgracia que no me doy cuenta de que hay un chaval a mi lado. Tiene la misma cara de perdido que yo. Está leyendo un libro que parece chino… Pero luego me doy cuenta (mi mente tiene un procesador lento), es que está leyendo en inglés, pero no un inglés normal, no, está leyendo del revés. Me pregunto por qué narices alguien querría leer un libro del revés, aunque sea en inglés. Pero luego, siendo más observadora me doy cuenta de que está mirando unos papelitos que tiene en el libro. ¡Y esos papelitos son los mismos que tengo yo! Por tanto, ¡ha perdido el mismo vuelo que yo! Y tal vez también haya perdido su maleta… ¡Ah! Ya no me siento tan sola y desamparada. Ahora viene lo complicado: comunicarme con el tío este. Intento echar mano del inglés que creo que sé. Pero sólo sale una frase destartalada que no entiendo ni yo. El chico me mira desconcertado y finalmente dice… Du yu espik espanis? Mi sonrisa se expande y llena toda mi cara. ¡Pues claro! Si soy española, joé!
De pronto sale una maleta, pero es la del chico (que por cierto es más grande que la mía, también se va un año… es erasmus), esperamos a que la mía también aparezca pero sigue sin querer dar señales de vida. Hacemos un report de que se ha perdido y ya está... Yo sin maleta. Ahora toca encontrar el restaurante más caro de todo el aeropuerto y utilizar el vale que nos han dado. Pero ya no estoy tan nerviosa, ahora me han tranquilizado: mi maleta está en algún lugar, dios sabe donde, y algún día, dios sabe cuando, aparecerá.

Tras la charla amena con el chico español y tras haber llenado mi estómago, ya no tan nervioso, porque en vez de efectuar un viaje me he quedado en tierra, nos damos cuenta de que ya es la hora de embarcar. A mitad de vuelo, me doy cuenta de que comer tanto no fue una buena idea. No me encuentro demasiado bien. Pero tampoco es plan de admitirlo. No me da miedo volar, no me da vueltas el estómago.

Finalmente, tras una larga lucha con mi estómago, aterrizamos y pongo pie en mi nuevo hogar: Alemania. Con alguna esperanza todavía escondida espero a ver si mi maleta ha decido aparecer, pero como ya me temía, mis esperanzas de poco sirven y lo primero que tengo que hacer en este país es pedir que me devuelvan mi maleta.

Unos cuantos días a sobrevivir con la ropa puesta… nada del otro mundo. Al menos ya he llegado a Alemania.