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Del sexo y otros demonios
Del sexo y otros demonios. Diario de una obsesión
Acerca de
Soy un ser perdido que, para hallarse a sí misma, solo encuentra una única vía: el sexo
Sindicación
 
Poema XXIV (33) Gustavo Adolfo Bécquer (2005 enero)
Esa sensación de ardor no se aleja de mí. Invade mi intimidad, controla mis pensamientos, mi vida, mi aire, mi mundo. ¿Y cuándo acabará? Me pregunto, cuando se alejará de mí esta sombra que se ha apoderado de mi cuerpo. ¿Y a qué es debido? ¿Quizás a mi soledad?

Paseo por la calle. Sin rumbo alguno, y veo la gente que gira entorno a mí, que me rodea. Me cruzo con ellos, que, de ningún modo, se percatan de mi presencia... Pero yo sí me percato de la de ellos. Los miro, los observo. En un fugaz instante (el tiempo en que pasan por mi lado) los desnudo, y observo sus cuellos, sus espaldas, sus pechos, sus sexos, sus piernas. Mi mirada los deja desvalidos. Huelo su almizclado aroma, y siento su piel sobre mí.

Paseo hasta el parque, donde me veo envuelta por la incesante algarabía de personas paseando, niños corriendo, perros jugueteando... Y allá, a lo lejos, me siento.

Descanso en el húmedo banco, y tomo el libro entre mis manos. Levanto la mirada, y, frente a mí, hay un chico. Parece intranquilo, parece que espera a alguien. Lo observo, pero él ni siquiera se ha percatado de mi presencia. Su cuerpo es delgado, muy delgado, poso mi mirada en su blanquecina piel, y su claro pelo refleja ciertos destellos de luminosidad. Sus ojos transmiten inseguridad, nerviosismo, timidez, algo que hace sentirme atraida.

Vuelvo a mi libro, quiero alejar mis pensamientos de él...

Dos rojas lenguas de fuego
que, a un mismo tronco enlazadas
se aproximan, y al besarse
forman una sola llama.


Levanto mi mirada hacia él. Sigue ahí, mirando su reloj y reflejando esa intranquilidad. Dejo volar mi imaginación, que se cierne sobre él. Me acerco suavemente. Posa sus ojos inseguros en mí, en mis movimientos, en mi cuerpo. Acerco mi rostro al suyo, y rozo sus suaves y finos labios con los míos. Y, algo asustadiza, mi lengua roza levemente la suya. Tomo su pelo entre mis manos, y él, suavemente, acaricia con sus delicados dedos mi rostro...

Dos notas que el laúd
a un tiempo la mano arranca,
y en el espacio se encuentran
y armonïosas se abrazan.


Huelo su dulce aroma, entremezclado con alguna colonia de centro comercial. Me envuelvo en él. Aprieto mi pecho contra el suyo, e intento fundirme en un abrazo. Sus frías, pero delicadas manos penetran debajo de mi jersey, y acarician cada palmo de mi espalda. Siento un escalofrío que me recorre el cuerpo. Lo abrazo, y voy recorriendo sus piernas con mis manos. Me adentro en la entrepierna, pero sin violar su templo.

Dos olas que vienen juntas
a morir sobre una playa,
y que al romper se coronan
con un penacho de plata.


Nuestras lenguas continúan en su lucha. La ansiedad comienza a hacer mella en mí. Me sitúo encima de él, y encajo mi sexo palpitante con el suyo. Me muevo buscando su eréctil pene, que, de forma infinita, siento en mí. Me contoneo en su búsqueda. Siento que su respiración se entrecorta, que va siendo víctima del placer, y me excita; me excita sobremanera. Me excita su ansiedad. Me excita su sexo en busca del mío. Me excita su placer. Me excita su inseguridad, su llamada.

Dos jirones de vapor
que del lago se levantan,
y al juntarse allá en el cielo
forman una nube blanca.


Acerco mi rostro al suyo. Respiro su aliento. Su pecho sube y baja, acompasado con la respiración. Abro mis piernas, para poder sentirlo; para que pueda sentirme. Me ase el pelo, y comienza a mover violentamente sus caderas. Sus ojos se posan en los míos. Su mirada aún desprende inseguridad, timidez, intranquilidad; pero me desea. Mi vagina arde en deseos, se estremece, tiembla. Siento que me recorre un calor, un conocido calor.

Dos ideas que al par brotan,
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden,
eso son nuestras dos almas.


Echo mi cuerpo hacia atrás, imbuido de placer. Sus vaivenes se hacen violentos, me quiere, me desea, quiere penetrarme, pero las ropas no nos lo permiten. Sus manos aprietan mis nalgas contra él: Siento que me desmayo de placer, que está apunto de cernirse sobre mí la ola del deseo. Me golpea con su sexo salvajemente. Duele, pero gusta. Tomo sus manos y las poso en mis pechos. Hunde su cabeza en ellos, los muerde, los aferra firmemente, con decisión, por encima del molesto jersey. Siento el calor que se apodera de mi clítoris, de mi vagina. Ardo en deseos porque meta sus manos por debajo de mi pantalón y lo acaricie, pero se convierte en ansiedad. Me acerco a su boca, presa de la desesperación... me alejo de ella... Hasta que rompe la ola de placer, el sabor del éxtasis...

Levanto mi mirada hacia él, que, repentinamente se ha levantado de aquél banco, ha mirado su reloj y se ha alejado decidido. Observo su grácil caminar. Y llega hasta una persona que, a lo lejos, le hace un ademán con su mano.

CIerro el libro, y tomo, tranquila, el camino contrario. Mi sexo arde. El hechizo se ha apoderado de mí otra vez, y lamento este castigo que me atormenta, que no me deja vivir. Este grito ahogado, esta melancolía eterna que se torna en deseo; en placer; en su búsqueda, en su perpetuidad constante.

De nuevo vuelvo al griterío del parque, a la felicidad de las personas que allí están. Me paro en seco. Ahí está de nuevo, sentida, con la mirada perdida.. Aquel hombre que despertó en mí el miedo y el deseo, el hombre que me susurró y por el que luego me desviví. Igual estaba observándome.


No