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Del sexo y otros demonios
Del sexo y otros demonios. Diario de una obsesión
Acerca de
Soy un ser perdido que, para hallarse a sí misma, solo encuentra una única vía: el sexo
Sindicación
 
Un paseo por la catedral (marzo 2006)
Hoy por fin me he animado a escribir. Llevo días apagada, sin vida, preguntándome una y otra vez qué me lleva a ser así, qué me lleva a esta imperfección desapercibida.

Al fin me decidí acudir a la cita del papel, más bien con la desesperanza de no volver a verlo, y con la alegría que aquello me suponía.

Me acerqué una mañana hasta la catedral, y paseé por allí. Miraba atentamente, en busca de alguna señal que me brindara su presencia. Era una hora temprana, aproveché que tenía que ir a la facultad, por lo que fui más temprano de lo normal, y así poder pasear por aquella zona con tranquilidad.

Me apoyé en un árbol de la plaza, con la firme decisión de irme por donde había venido: todo había sido una tontería. Me sentía decepcionada, pero, a la vez, alegre de que las cosas sucedieran así; que todo hubiera sido un malentendido... Me incorporé y me dispuse a irme, cuando, de repente, al otro lado de la catedral veo una figura que se le asemeja. Está descargando cajas de una furgoneta. Me quedo inmóvil, mirándolo. Veo cómo se seca el sudor de la frente con su brazo y, justo en ese momento, mira hacia donde yo estoy. Sonríe, y, sin dejar de mirarme, sigue con su trabajo. Descarga dos cajas más, se sacude las manos en dos palmadas, y se dirige hacia mí.

Cuando ya estaba lo suficientemente cerca, decidí comenzar a andar en dirección contraria, no quería que sucediera nada allí, que tanta gente podría pasar... Aumentó la marcha y se situó a mi lado, diciéndome: "Detrás de la catedral". Fingí no escucharlo, y en una bocacalle, le di esquinazo.

Me senté en el escalón de una casapuerta cualquiera. De nuevo me vino el pensamiento de aquel parque; de nuevo me sentía presa de aquel ardor. Me levanté y decidí acudir, acabar con esto. Me encaminé hacia allí.

Ahí estaba, sentado en el suelo, en un rincón de uno de los contrafuertes edificio. Apoyaba su espalda contra la pared, mantenía las piernas flexionadas y abiertas, y fumaba un cigarrillo. Me situé a unos dos metros de él y lo miraba fijamente. EN cuanto me vio, me sonrió, y con un gesto tiró la colilla a lo lejos. Echó su cabeza hacia atrás, con aquella sonrisa, y, con la mano, me hizo ademán de acercarme.
Di un paso al frente, nada más. No dejaba de mirarme. Abrió sus brillantes ojos y, con su mano, comenzó a acarcirase su sexo. Yo no podía dejar de mirarlo. Solo me miraba a los ojos. Yo observaba cada uno de sus movimientos.
Comenzó a introducirse su mano por debajo del pantalón y a jadear ligeramente. El movimiento denotaba que se acariciaba el pene. Comenzó a balancearse. Bajó su cremallera, lo que le permitía masturbarse mejor...
- Acércate - susurró con un hilo de voz. Me mantuve en mi sitio, sin dejar de observarlo.
Sacó su pene. Lo miré atenta. Ensalivó la palma de su mano y comenzó a frotarlo. Tendría algo así como dieciséis o diecisiete centímetros, con una suave curvatura; del pantalón sobresalía algunos vellos fuertes y negros. Su diámetro sería de unos cuatro centímetros.


Masajeaba su miembro, y su rostro denotaba cada vez más excitación. Sus movimientos se hacían rápidos, frotando arriba y abajo, y con un ligero balanceo de muñeca. Abrió un poco más sus piernas y entrecerró algo los ojos sin dejar de mirarme.
Por mi parte, me estaba excitando esa situación. Descubrí, de repente, que me excitaba sobremanera que él se excitara conmigo. Me fui acercando, y, a medida que lo hacía, sus movimientos se tornaban más rápidos, y era presa de pequeños impulsos. Fruto del movimiento, se había resbalado un poco, por lo que su espalda se encontraba más cerca del suelo. Me fui acercando más, hasta situarme justo a su lado. Con un gesto arrebatador, se incorporó un poco, de forma que llegara a mi pubis, me levantó la falda y hundió su cabeza en mi sexo. Comenzó a lamer mi clítoris e introducir su lengua en mi vagina como un poseso, sin dejar de masturbarse. Lo hacía con ansiedad, como si llevara años esperando ese momento. Tal impulso de placer me hico exhalar un pequeño grito y comenzar a balancear mi cuerpo. Sentí que se masturbaba más rápido. Me encantaba lo que estaba sintiendo, las piernas me temblaban y en mi garganta sentía como un nudo. Movía mis caderas insistentemente. Apoyé una de mis piernas en la pared, para que, así, pudiera besarme mejor.
Con una mano mesí su pelo. Se arrodilló, y con la mano que le quedaba libre, me apretó más junto a él. Me lamía tan fuerte y repetidamente que en seguida noté cierto dolor, cierta molestia, pero el arrebato de placer, en un instante, lo eclipsaba.
Apartaba de vez en cuando mi falda, separaba su cabeza, miraba mi ardiente sexo, y, seguidamente, continuaba posando su boca en él, jugando con su lengua, abriéndolo con sus dedos y succionando de él.
- Sigue, sigue - le gemí. Comencé a sentir que casi no me podía tener en pie. De repente, un calor comenzó a bajarme por mi sexo. Sentí la erección del clítoris y la ligera hinchazón de la vulva. Mis movimientos pélvicos se hacían más contundentes. Él seguía jugueteando, hasta que sentí que de mis piernas chorreaba un líquido caliente, que él comenzó a tragar. Me aparté exhausta. Vi una mancha de líquido blanquecino en el suelo, y en uno de mis zapatos. Había eyaculado antes que yo.

Se incorporó enseguida y hundió su rostro en mi pelo, lamió mi oreja y susurro.
- Me encanta cómo sabes, Viciosa-

Aquella palabra chocó en mi cabeza... "Viciosa". Me di la vuelta, y me fui de allí.

Llevo días con esa palabra en mi cabeza, atormentándome. Sobretodo porque sé que tiene razón. Lo soy. Y lo malo es que el vicio puede conmigo, es algo que nopuedo dominar, y que, irremediablemente, me veo presa de él.
No