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Del sexo y otros demonios
Del sexo y otros demonios. Diario de una obsesión
Acerca de
Soy un ser perdido que, para hallarse a sí misma, solo encuentra una única vía: el sexo
Sindicación
 
El Apolo de Botero
Subí al autobús y fui mirando algún sitio libre junto a la ventanilla para sentarme. Seguí avanzando por el pasillo, pero no vi ninguno. Así que sin pensarmelo demasiado me senté en uno de los últimos, junto a una señora a la que casi ni miré.

Antes de sentarme, mellamó especial atención un chico. Estaba sentado delante de mí, y medio cuerpo le sobresalía del asiento, su obesidad le impedía recogerse en ese limitado espacio. Era de estas personas que transmiten inseguridad, que en sus ojos delatan su complejo, su inferioridad. Estas personas que se sienten observados y que, lo peor, saben por qué les observan: SU CUERPO, SU MALFORMACIÓN.

Me incliné unpoco hacia el, y olí su perfume, un tanto embriagador. Observé su vestimenta: un polo de rayas horizontales rojas,blancas y azules, un gran pantalón caqui y el pelo repeinado hacia atrás. Lucía una barba de varios días que pretendía darle un toque sensual, moderno... A su lado viajaba una señora mayor; probablemente su madre.

Contemplé sus formas redondas, su papada, sus anchos hombros recubiertos de esa grasa uniforme que recorría su cuerpo. Me detuve en cada espacio de piel que sobresalía de aquel asiento. Observé sus gestos, todo denotaba su inseguridad, su enclaustramiento... Y me iba atrayendo cada vez más.

Llegamos a la última parada, por suerte, nos bajábamos en la misma. Torpemente cogí mi mochila y saqué un trozo de papel y un bolígrafo, apunté mi móvil y, en cuanto bajamos, le intercepté y le ofrecí el papelito procurando que su madre no me viera. FUe fugaz. Me volví y seguí mi camino.

Sentía su mirada en mi nuca, su expresión perpleja se evocaba una y otra vez en mi mente, expresión que me hacía sonreir. Tenía la misma satisfacción que cuando ayudas a cruzar a una anciana la carretera. La satisfacciónde una buena acción.

¿Me llamaría?
 
Una llamada
Eran las siete y media de la tarde. El móvil sonó justo en el momento de que el dependiente me diera el cambio de la barra de pan que había comprado para la cena. Miré la pantalla, era un número desconocido, pero inmediatamente me vino a la mente el chico del autobús. No suele llamarme mucha gente al móvil, y desde el tiempo que hace que lo tengo, nunca se han equivocado... Podría ser que sí, pero algo me decía que no, que no se trataba de ninguna equivocación.
-¿Hola?.
Silencio.
- Hola, ¿me oye?
Respiración entrecortada.
- Oiga, ¿sucede algo?
Han colgado.
Estaba segura, debía ser él. Apunté su número en mi agenda: "Autobús".

El piso estaba a oscuras. Después de cenar me dispuse a ver la televisión, pero me resultó una caja estúpida que emitía voces sin sentido, así que la apagué.
El móvil estaba encima de la mesa, frente a mí. Clavé mi mirada en él. Un mensaje; le enviaré un mensaje para citarlo... "El miércoles en la Plaza de España a las 16.00. Sé puntual". Menú. Autobús. Enviar. (Pausa) Mensaje Enviado Correctamente.

Aun tenía cinco días para pensármelo. NO me sentiría mal, no lo conocía de nada si no acudía. Pero decididamente, acudiría.

Tras escribir el mensaje, me tumbé en el sofá, y llegué a un agradable estado de delicioso sopor. Ya no me asustaba ser yo misma; seguir mis instintos; ser racional. Hacía tiempo que no sabía del Desconocido que tan buenos (y tan malos) momentos me hizo pasar. Aun recuerdo cómo su lengua surcaba mi sexo, y pedía más y más. Imaginaba con total nitidez ese momento y sentía ganas de apretarlo contra mí, de fundirlo conmigo...

Me sobresalté con la melodía repetitiva del móvil. Miré la pantalla: "Autobús". De nuevo me llamaba. Descolgué.
- ¿Hola?
La respiración.
Adquirí una voz sensual, melosa. - Y ese jadeo... ¿estás excitado?...
- Sí - Respondió una débil voz. Me incorporé en el sofá. Empieza la función.
- Yo también estoy excitada-. La respiración del otro lado se hace más pesada. Sonrío.
- ¿Qué llevas puesto?- Me pregunta con un hilo de voz tembloroso.
- Llevo un pijama azul de algodón. Empiezo a sentir calor. ¿Quieres que me lo quite?
- Por favor... - Me desnudo. AL rato vuelve su debilitada voz - ¿Qué llevas ahora?.
- Nada.- Soy tajante. Es cierto, no llevo nada, hacía un rato que había salido de la ducha, y se me olvidó coger la ropa interior. Había tenido mucha suerte. Justo en el momento de responder eso, de su garganta pareció salir una voz ahogada. - ¿Qué llevas puesto tú?
- Los calzoncillos.
- ¿Te estás tocando?
- Sí- SU hilo voz parecía en un perpetuo orgasmo.
- Me encantaría pasar mi lengua por tu polla.
Se escucha un quejido, una voz débil y el silencio.
- Uhmmm, ¿me dejas que te la acaricie con mis labios? Quiero tu polla, quiero masturbarme con ella y ver cómo te corres encima mía.
Se repiten los quejidos. Puedo dilucidar que está masturbandose y que sus movimientos son rápidos. Creo que ya está apunto de llegar al orgasmo. Imagino su regordeta cara con la boca entreabierta mirando al cielo; con su pene rodeado por su oronda mano, en gesto de Santa Teresa de Jesús.
- Vamos. FOLLAME- Un quejido más alto; un gruñido y un bufar. Le ha gustado- ¡Fóllame! ¡Fóllame! ¡Fóllame! - Un gruñido y un suspiro ronco. Una respiración entrecortada, cansada, anhelando todo el aire que hace unos momentos le faltaba.
Ha colgado.
Sonrío. Dejo el móvil sobre la mesa y me pongo el pijama. ¿Sería capaz de aguantar al miércoles?
 
El sabor de la inocencia
De nuevo me encontraba en la plaza de la catedral, pero esta vez era por decisión propia, era yo quien llevaba las riendas de la cita. Llegué un cuarto de hora antes de lo previsto; no quería coincidir en el autobús con él.
Decidí buscar un lugar apropiado donde pudiera localizarme fácilmente con una ojeada, pero que no fuera demasiado evidente, así que me senté en un ángulo de las escaleras de la catedral donde daba la sombra; ahí, arrinconada, esperando a mi particular Romeo.

Miré el reloj: Las tres menos cinco y ahí venía. Su andar era pesado, plomizo, como el sol que atisbaba entre las nubes, como ese sol primaveral que arde, pero n o quema. Primero una pierna, y todo su inmenso cuerpo depositado en ella; luego la otra pierna, y de nuevo todo él apoyado en ella; cual elefante todo omnipotente en apacible caminata.

Parecía perdido. Se acercaba poco a poco al lugar donde yo estaba, pero aún no me había visto. Miraba a todas partes con la boca ligeramente entreabierta y sus mejillas arreboladas: se mostraba cansado, algo que me pareció normal dado su orondo cuerpo. Una poderosa espalda soportaba el peso de tamaña barriga. De su rostro colgaba una gran masa de carne. Sus piernas eran solidos diques que soportaban todo ese cuerpo, maravillosos diques. Logró dar conmigo. Encogió un poco los hombros y se acercó tímidamente. Mis labios dibujaban una sonrisa de bienvenida.
- Hola- susurró.
- ¡Hola! - Le respondí alegremente. Me acerqué a él y le di dos cálidos besos de presentación. - Vamos, siéntate a mi lado.
Torpemente se sentó junto a mí, el sudor hacía surcos en determinadas partes de su cuerpo, pero era frío. Me miraba con sorprendidos ojos. No dejaba de hablarle y de sonreir, quería que se sintiera cómodo, y, poco a poco, fue distendiéndose, adquiriendo una posición cómoda, y, aun con su hilo de voz, tomando iniciativa en la conversación.

Pasamos en aquéllas escaleras gran parte de la tarde, hasta que nos dimos cuenta de que empezaba a oscurecer, y que iba siendo hora de volver a casa. Nos incorporamos, pero yo aún no tenía ganas de irme. Lo tomé de la mano y lo llevé a la parte posterior de la catedral.

CUando me acerqué al lugar, recordé el maravilloso momento que pasé con el Desconocido. Sentí su inseguridad como una corriente. Llegamos al punto exacto; mi imagen no dejaba de evocar los momentos que pasé ahí y eso provocaba que me excitara.
- Agachate un poco- le dije para poder tener su rostro a mi altura. Se agachó levemente, y me miraba con ojos asustados. Me excitaba esa inseguridad, ese "qué me va a pasar" que su rostro transmitía. -No tengas miedo- le susurré, y seguidamente fui besando su cuello. Me uní a él todo lo que pude, lo apreté para que sintiera mis pechos, y me hundí en él. Su vientre se hinchaba y vaciaba cada vez más rápido, era una sensación agradable. No podía saber si estaba en erección o no, su orondo cuerpo nos lo impedía.
Besé sus labios, e introduje mi lengua en su boca. Era fresca, inocente, carnosa: me excitaba. Intentaba imitar mi beso, hacerlo lo mejor posible. Su corazón palpitaba aún más deprisa. Sus manos no me tocaban, descansaban a cada lado de su cuerpo. No podía exhalar palabras. No tenía voz.

Me despegué un poco de él y acaricié su piel. Introduje mis manos por debajo de su camiseta de algodón, y fui recorriendo su piel hasta llegar a sus pezones y juguetear con ellos. Lo miré con una sonrisa a los ojos... Su expresión de incredulidad, inseguridad, miedo, asombro no había desaparecido aún. No podía creer lo que le estaba pasando. Y cada vez me gustaba más. Me gustaba proporcionarle ese placer que seguramente nadie en su vida le hubo proporcionado.

Bajé mis manos hasta encontrar su sexo, que, por encima del pantalón, acaricié. Empezaba a adquirir poderío. Parecía tener un buen miembro. La curiosidad me invadía. Desabroché ese gran pantalón para poder tocarlo. No respiraba. SUs ojos cada vez estaban más abiertos.

Lo saqué. En efecto, era poderoso, grueso, acorde con su cuerpo. No era demasiado grande, igual unos quince centímetros, pero, sin duda, tenía un buen diámetro, aunque no exageradamente grande. Comencé a pasar mi mano por él. La respiración volvió de nuevo a él. Me arrodillé y empecé a pasar mi lengua por su glande. Noté que sudaba en exceso; que temblaba. Alcé mi mirada mientras introducía lentamente su pene en mi boca. Me miraba con ojos enrojecidos, con rostro compungido. Paré, me incorporé, y le pregunté que si estaba bien. No tenía voz para contestarme. Se enjugó una lágrima que apareció recorriendo su mejilla y se en un pesaroso correr.

Vi cómo se alejaba su figura, tan grande, tan poderosa.... y tan inmaculada. SEntía deseos de abrazarlo, de pedirle que no se preocupara. Pero se fue.