Una Mañana cualquiera...

Me levanté temprano y arrastré mi cuerpo hasta el baño. Abrí el grifo y comencé a llenar la bañera.
Siempre que me levanto, suelo contemplar mi manido rostro en el espejo. Me acerco y veo mis ojos ligeramente sobresalientes, mi pelo encrespado, mi piel blanquecina. Sonrío, pero ni mi propia sonrisa me convence.
El frío de la mañana me hace pensar el desnudarme, pero por fin lo hago, sin dejar de contemplarme en el espejo. Todas las mañanas suelo realizar el mismo ritual: desnudarme y contemplarme. Parece como un castigo que he de autoimponerme, contemplar mi cuerpo, y detengo la mirada en cada centimetro de mi piel; en cada cicatriz, en cada malformación... Y, como quien contempla un paisaje de desolación, la aparto bruscamente.
Hoy me sentía especialmente desanimada, me ahogaba en mis propios pensamientos. Tomé un espejo de tamaño mediano, y lo puse sobre el suelo. En cuclillas me situé justo encima de él, y contemplé mi sexo. No estoy acostumbrada a ver sexos femeninos, ni tampoco me he preocupado mucho de hacerlo, el mío me resultaba especialmente feo; sin embargo, no sabía si realmente lo era o, por el contrario, su fealdad se debía a la falta de visualización de otros.
Toqué con la yema de mis dedos los labios mayores, sin dejar de contemplar las reaciones que iba teniendo. Acaricié suavemente el vello que lo recubría, no muy espeso ni muy largo (siempre fui comedida con el aspecto de mi vulva) y ligeramente rizado. Sentía que se secaba la zona, así que mojé mis dedos índice y corazón, y seguí autoexplorándome... Acaricié suavemente mis labios menores. COn la otra mano abría mi vulva, para contemplar mejor la vagina. Volví a mojar mis dedos y acaricé suavemente la entrada de la vagina. La respiración comenzó a entrecortarse... más que por la sensación física, por la idea de que eso me debía proporcionar satisfacción... Por la adicción al placer que sufro. Observé como comenzaba a contraerse todo mi sexo, y cómo el clítoris gritaba que lo tocase. Volví a humedecerme los dedos, y suavemente los posé sobre éste, acariciándolo firmemente, pero,a su vez, de forma delicada. Comencé a masturbarme. Otra vez lo hacía sola. Los movimientos se tornaban firmes, pero cada vez más rápidos. La respiración se hacía más entrecortada. Y, de forma casi intuitiva, realizaba movimientos pélvicos. Sentía una ansiedad especial... la ansiedad de la soledad, del placer solitario, de necesitar a alguien que te acariciase... una leve caricia, sólo una caricia. Mis musculos se ponían en tensión. Sentí miles de mariposas revoloteando por mis estómago, una especie de náusea, y un escalofrío que me iba subiendo por el cuerpo... Un calor en mis pezones y en mis labios, sentí esas cosquillas tan características, y el halito de placer se cernió sobre mí. Comencé a lubricar y a mover mis dedos rápidamente, y cuando ya rocé el culmen sentí que mi mano se humedecía, y que las gotas de lo que podría llamar "eyaculación", caían sobre el espejo.
Desvalida, me apoyé en la fría pared de azulejos, me tapé el rostro con las manos y lloré mi soledad.
Me introduje en el baño, y me relajé. Contemplé mi silueta, que, graciosamente, parecía moverse al compas del agua. Debía darme prisa, iba a llegar tarde.
Aquella Mañana...

Bajé del autobús. Con los libros pegados contra mí, comencé a andar presurosamente, y al doblar una de las esquinas, me choqué con un hombre no demasiado mayor; quizás rozara la cuarentena, pero parecía conservarse bien, a pesar de sus rasgos de hombre adulto. Lo miré un instante, me eché a un lado, y lo dejé pasar. Iba vestido con una camiseta negra (a pesar del frío) ceñida a su cuerpo (a pesar de su barriga prominente) y unos vaqueros que le quedaban ligeramente apretados. Desde que chocásemos, no paró de mirarme, No era especialmente guapo, es más, igual hasta pecaba de feo, pero el hecho de que me mirara, hizo que despertara cierto deseo en mí.
Seguí presurosa mi camino, mirando al suelo y aumentando la marcha. A cierta distancia de aquél lugar, me giré. ¡Seguía allí! ¡Me miraba fijamente! Me volví y reanudé mi camino.
Sentía la sensación de una mirada fija en mi nuca. Me volví, y ahí estaba, andaba detrás de mí. El corazón empezó a palpitarme, y comencé a convencerme a mí misma de que, igual es casualidad, y que, si no lo fuera, eran las diez de la mañana como para temer nada.
Pero seguía ahí, detrás de mi marcha, casi pisándome los pasos. Temblaba. Cerré los ojos y opté por correr, y en el momento en que me dispuse a tomar impulso, sentí que su mano aferraba la mía. Me volví a mirarlo espantada, ¿qué pretendía?.
- Tranquila.- Me decía, mientras, suavemente acariciaba mi mejilla. Y fue lo último que dijo. Me volví y corrí, no sé a dónde, pero corrí.
Llegué a un parque y allí me senté, hecha un ovillo y esperando que ese temblor irracional me abandonara. Pensé, pensé muchísimo en la situación, y me convencí de que no era tan irracional... y pensé en la caricia; y mi adicción al placer, entonces, me jugó la mala pasada.
Nunca me había pasado. Nunca me habían acariciado de esa forma la mejilla. Me sumí en esa caricia, y, poco a poco, fui transformando la situación a mi antojo: fui acariciándolo suavemente con la yema de mis dedos, mientras acercaba mi rostro a su piel. Besé su cuello y bajé mis manos por su torso. Sentía su olor característico, ligeramente almizclado. Con mi aliento formé una caricia por todo su cuerpo. Me agachaba y me acerqué a su sexo, erecto y apretado contra el pantalón. Respiré cerca, y noté cómo él iba jadeando ante la incertidumbre de mi acción. Posé mis labios en el pantalón, y atisbé, con ellos, lo que parecía ser su pene. Pasé firmemente mi lengua por encima, y mordí suavemente. Mi sexo palpitaba, en mi postura, decidí apretarme más contra él, de forma que el pantalón que llevaba, me rozaba ligeramente; aquel parque me permitía poder jadear levemente sin llamar demasiado la atención.
Seguí sumida en mis fantasías. De repente la situación se tornó a mi favor, el miedo se convirtió en deseo, y deseé que aquél chico estuviera allí y ahora. Desée sentir su mano en mi hombro, y que, de nuevo, me dijera en un susurro: "Tranquila"... Y lo imaginé acercándose a mí, y besando suavemente mi cuello; resbalando su mano hasta mi pecho, y acaparándolo con ella.





