Un paseo por la catedral (marzo 2006)
Hoy por fin me he animado a escribir. Llevo días apagada, sin vida, preguntándome una y otra vez qué me lleva a ser así, qué me lleva a esta imperfección desapercibida.
Al fin me decidí acudir a la cita del papel, más bien con la desesperanza de no volver a verlo, y con la alegría que aquello me suponía.
Me acerqué una mañana hasta la catedral, y paseé por allí. Miraba atentamente, en busca de alguna señal que me brindara su presencia. Era una hora temprana, aproveché que tenía que ir a la facultad, por lo que fui más temprano de lo normal, y así poder pasear por aquella zona con tranquilidad.
Me apoyé en un árbol de la plaza, con la firme decisión de irme por donde había venido: todo había sido una tontería. Me sentía decepcionada, pero, a la vez, alegre de que las cosas sucedieran así; que todo hubiera sido un malentendido... Me incorporé y me dispuse a irme, cuando, de repente, al otro lado de la catedral veo una figura que se le asemeja. Está descargando cajas de una furgoneta. Me quedo inmóvil, mirándolo. Veo cómo se seca el sudor de la frente con su brazo y, justo en ese momento, mira hacia donde yo estoy. Sonríe, y, sin dejar de mirarme, sigue con su trabajo. Descarga dos cajas más, se sacude las manos en dos palmadas, y se dirige hacia mí.
Cuando ya estaba lo suficientemente cerca, decidí comenzar a andar en dirección contraria, no quería que sucediera nada allí, que tanta gente podría pasar... Aumentó la marcha y se situó a mi lado, diciéndome: "Detrás de la catedral". Fingí no escucharlo, y en una bocacalle, le di esquinazo.
Me senté en el escalón de una casapuerta cualquiera. De nuevo me vino el pensamiento de aquel parque; de nuevo me sentía presa de aquel ardor. Me levanté y decidí acudir, acabar con esto. Me encaminé hacia allí.
Ahí estaba, sentado en el suelo, en un rincón de uno de los contrafuertes edificio. Apoyaba su espalda contra la pared, mantenía las piernas flexionadas y abiertas, y fumaba un cigarrillo. Me situé a unos dos metros de él y lo miraba fijamente. EN cuanto me vio, me sonrió, y con un gesto tiró la colilla a lo lejos. Echó su cabeza hacia atrás, con aquella sonrisa, y, con la mano, me hizo ademán de acercarme.
Di un paso al frente, nada más. No dejaba de mirarme. Abrió sus brillantes ojos y, con su mano, comenzó a acarcirase su sexo. Yo no podía dejar de mirarlo. Solo me miraba a los ojos. Yo observaba cada uno de sus movimientos.
Comenzó a introducirse su mano por debajo del pantalón y a jadear ligeramente. El movimiento denotaba que se acariciaba el pene. Comenzó a balancearse. Bajó su cremallera, lo que le permitía masturbarse mejor...
- Acércate - susurró con un hilo de voz. Me mantuve en mi sitio, sin dejar de observarlo.
Sacó su pene. Lo miré atenta. Ensalivó la palma de su mano y comenzó a frotarlo. Tendría algo así como dieciséis o diecisiete centímetros, con una suave curvatura; del pantalón sobresalía algunos vellos fuertes y negros. Su diámetro sería de unos cuatro centímetros.

Masajeaba su miembro, y su rostro denotaba cada vez más excitación. Sus movimientos se hacían rápidos, frotando arriba y abajo, y con un ligero balanceo de muñeca. Abrió un poco más sus piernas y entrecerró algo los ojos sin dejar de mirarme.
Por mi parte, me estaba excitando esa situación. Descubrí, de repente, que me excitaba sobremanera que él se excitara conmigo. Me fui acercando, y, a medida que lo hacía, sus movimientos se tornaban más rápidos, y era presa de pequeños impulsos. Fruto del movimiento, se había resbalado un poco, por lo que su espalda se encontraba más cerca del suelo. Me fui acercando más, hasta situarme justo a su lado. Con un gesto arrebatador, se incorporó un poco, de forma que llegara a mi pubis, me levantó la falda y hundió su cabeza en mi sexo. Comenzó a lamer mi clítoris e introducir su lengua en mi vagina como un poseso, sin dejar de masturbarse. Lo hacía con ansiedad, como si llevara años esperando ese momento. Tal impulso de placer me hico exhalar un pequeño grito y comenzar a balancear mi cuerpo. Sentí que se masturbaba más rápido. Me encantaba lo que estaba sintiendo, las piernas me temblaban y en mi garganta sentía como un nudo. Movía mis caderas insistentemente. Apoyé una de mis piernas en la pared, para que, así, pudiera besarme mejor.
Con una mano mesí su pelo. Se arrodilló, y con la mano que le quedaba libre, me apretó más junto a él. Me lamía tan fuerte y repetidamente que en seguida noté cierto dolor, cierta molestia, pero el arrebato de placer, en un instante, lo eclipsaba.
Apartaba de vez en cuando mi falda, separaba su cabeza, miraba mi ardiente sexo, y, seguidamente, continuaba posando su boca en él, jugando con su lengua, abriéndolo con sus dedos y succionando de él.
- Sigue, sigue - le gemí. Comencé a sentir que casi no me podía tener en pie. De repente, un calor comenzó a bajarme por mi sexo. Sentí la erección del clítoris y la ligera hinchazón de la vulva. Mis movimientos pélvicos se hacían más contundentes. Él seguía jugueteando, hasta que sentí que de mis piernas chorreaba un líquido caliente, que él comenzó a tragar. Me aparté exhausta. Vi una mancha de líquido blanquecino en el suelo, y en uno de mis zapatos. Había eyaculado antes que yo.
Se incorporó enseguida y hundió su rostro en mi pelo, lamió mi oreja y susurro.
- Me encanta cómo sabes, Viciosa-
Aquella palabra chocó en mi cabeza... "Viciosa". Me di la vuelta, y me fui de allí.
Llevo días con esa palabra en mi cabeza, atormentándome. Sobretodo porque sé que tiene razón. Lo soy. Y lo malo es que el vicio puede conmigo, es algo que nopuedo dominar, y que, irremediablemente, me veo presa de él.
Al fin me decidí acudir a la cita del papel, más bien con la desesperanza de no volver a verlo, y con la alegría que aquello me suponía.
Me acerqué una mañana hasta la catedral, y paseé por allí. Miraba atentamente, en busca de alguna señal que me brindara su presencia. Era una hora temprana, aproveché que tenía que ir a la facultad, por lo que fui más temprano de lo normal, y así poder pasear por aquella zona con tranquilidad.
Me apoyé en un árbol de la plaza, con la firme decisión de irme por donde había venido: todo había sido una tontería. Me sentía decepcionada, pero, a la vez, alegre de que las cosas sucedieran así; que todo hubiera sido un malentendido... Me incorporé y me dispuse a irme, cuando, de repente, al otro lado de la catedral veo una figura que se le asemeja. Está descargando cajas de una furgoneta. Me quedo inmóvil, mirándolo. Veo cómo se seca el sudor de la frente con su brazo y, justo en ese momento, mira hacia donde yo estoy. Sonríe, y, sin dejar de mirarme, sigue con su trabajo. Descarga dos cajas más, se sacude las manos en dos palmadas, y se dirige hacia mí.
Cuando ya estaba lo suficientemente cerca, decidí comenzar a andar en dirección contraria, no quería que sucediera nada allí, que tanta gente podría pasar... Aumentó la marcha y se situó a mi lado, diciéndome: "Detrás de la catedral". Fingí no escucharlo, y en una bocacalle, le di esquinazo.
Me senté en el escalón de una casapuerta cualquiera. De nuevo me vino el pensamiento de aquel parque; de nuevo me sentía presa de aquel ardor. Me levanté y decidí acudir, acabar con esto. Me encaminé hacia allí.
Ahí estaba, sentado en el suelo, en un rincón de uno de los contrafuertes edificio. Apoyaba su espalda contra la pared, mantenía las piernas flexionadas y abiertas, y fumaba un cigarrillo. Me situé a unos dos metros de él y lo miraba fijamente. EN cuanto me vio, me sonrió, y con un gesto tiró la colilla a lo lejos. Echó su cabeza hacia atrás, con aquella sonrisa, y, con la mano, me hizo ademán de acercarme.
Di un paso al frente, nada más. No dejaba de mirarme. Abrió sus brillantes ojos y, con su mano, comenzó a acarcirase su sexo. Yo no podía dejar de mirarlo. Solo me miraba a los ojos. Yo observaba cada uno de sus movimientos.
Comenzó a introducirse su mano por debajo del pantalón y a jadear ligeramente. El movimiento denotaba que se acariciaba el pene. Comenzó a balancearse. Bajó su cremallera, lo que le permitía masturbarse mejor...
- Acércate - susurró con un hilo de voz. Me mantuve en mi sitio, sin dejar de observarlo.
Sacó su pene. Lo miré atenta. Ensalivó la palma de su mano y comenzó a frotarlo. Tendría algo así como dieciséis o diecisiete centímetros, con una suave curvatura; del pantalón sobresalía algunos vellos fuertes y negros. Su diámetro sería de unos cuatro centímetros.

Masajeaba su miembro, y su rostro denotaba cada vez más excitación. Sus movimientos se hacían rápidos, frotando arriba y abajo, y con un ligero balanceo de muñeca. Abrió un poco más sus piernas y entrecerró algo los ojos sin dejar de mirarme.
Por mi parte, me estaba excitando esa situación. Descubrí, de repente, que me excitaba sobremanera que él se excitara conmigo. Me fui acercando, y, a medida que lo hacía, sus movimientos se tornaban más rápidos, y era presa de pequeños impulsos. Fruto del movimiento, se había resbalado un poco, por lo que su espalda se encontraba más cerca del suelo. Me fui acercando más, hasta situarme justo a su lado. Con un gesto arrebatador, se incorporó un poco, de forma que llegara a mi pubis, me levantó la falda y hundió su cabeza en mi sexo. Comenzó a lamer mi clítoris e introducir su lengua en mi vagina como un poseso, sin dejar de masturbarse. Lo hacía con ansiedad, como si llevara años esperando ese momento. Tal impulso de placer me hico exhalar un pequeño grito y comenzar a balancear mi cuerpo. Sentí que se masturbaba más rápido. Me encantaba lo que estaba sintiendo, las piernas me temblaban y en mi garganta sentía como un nudo. Movía mis caderas insistentemente. Apoyé una de mis piernas en la pared, para que, así, pudiera besarme mejor.
Con una mano mesí su pelo. Se arrodilló, y con la mano que le quedaba libre, me apretó más junto a él. Me lamía tan fuerte y repetidamente que en seguida noté cierto dolor, cierta molestia, pero el arrebato de placer, en un instante, lo eclipsaba.
Apartaba de vez en cuando mi falda, separaba su cabeza, miraba mi ardiente sexo, y, seguidamente, continuaba posando su boca en él, jugando con su lengua, abriéndolo con sus dedos y succionando de él.
- Sigue, sigue - le gemí. Comencé a sentir que casi no me podía tener en pie. De repente, un calor comenzó a bajarme por mi sexo. Sentí la erección del clítoris y la ligera hinchazón de la vulva. Mis movimientos pélvicos se hacían más contundentes. Él seguía jugueteando, hasta que sentí que de mis piernas chorreaba un líquido caliente, que él comenzó a tragar. Me aparté exhausta. Vi una mancha de líquido blanquecino en el suelo, y en uno de mis zapatos. Había eyaculado antes que yo.
Se incorporó enseguida y hundió su rostro en mi pelo, lamió mi oreja y susurro.
- Me encanta cómo sabes, Viciosa-
Aquella palabra chocó en mi cabeza... "Viciosa". Me di la vuelta, y me fui de allí.
Llevo días con esa palabra en mi cabeza, atormentándome. Sobretodo porque sé que tiene razón. Lo soy. Y lo malo es que el vicio puede conmigo, es algo que nopuedo dominar, y que, irremediablemente, me veo presa de él.
Poema XXIV (33) Gustavo Adolfo Bécquer (2005 enero)
Esa sensación de ardor no se aleja de mí. Invade mi intimidad, controla mis pensamientos, mi vida, mi aire, mi mundo. ¿Y cuándo acabará? Me pregunto, cuando se alejará de mí esta sombra que se ha apoderado de mi cuerpo. ¿Y a qué es debido? ¿Quizás a mi soledad?
Paseo por la calle. Sin rumbo alguno, y veo la gente que gira entorno a mí, que me rodea. Me cruzo con ellos, que, de ningún modo, se percatan de mi presencia... Pero yo sí me percato de la de ellos. Los miro, los observo. En un fugaz instante (el tiempo en que pasan por mi lado) los desnudo, y observo sus cuellos, sus espaldas, sus pechos, sus sexos, sus piernas. Mi mirada los deja desvalidos. Huelo su almizclado aroma, y siento su piel sobre mí.
Paseo hasta el parque, donde me veo envuelta por la incesante algarabía de personas paseando, niños corriendo, perros jugueteando... Y allá, a lo lejos, me siento.
Descanso en el húmedo banco, y tomo el libro entre mis manos. Levanto la mirada, y, frente a mí, hay un chico. Parece intranquilo, parece que espera a alguien. Lo observo, pero él ni siquiera se ha percatado de mi presencia. Su cuerpo es delgado, muy delgado, poso mi mirada en su blanquecina piel, y su claro pelo refleja ciertos destellos de luminosidad. Sus ojos transmiten inseguridad, nerviosismo, timidez, algo que hace sentirme atraida.
Vuelvo a mi libro, quiero alejar mis pensamientos de él...
Dos rojas lenguas de fuego
que, a un mismo tronco enlazadas
se aproximan, y al besarse
forman una sola llama.
Levanto mi mirada hacia él. Sigue ahí, mirando su reloj y reflejando esa intranquilidad. Dejo volar mi imaginación, que se cierne sobre él. Me acerco suavemente. Posa sus ojos inseguros en mí, en mis movimientos, en mi cuerpo. Acerco mi rostro al suyo, y rozo sus suaves y finos labios con los míos. Y, algo asustadiza, mi lengua roza levemente la suya. Tomo su pelo entre mis manos, y él, suavemente, acaricia con sus delicados dedos mi rostro...
Dos notas que el laúd
a un tiempo la mano arranca,
y en el espacio se encuentran
y armonïosas se abrazan.
Huelo su dulce aroma, entremezclado con alguna colonia de centro comercial. Me envuelvo en él. Aprieto mi pecho contra el suyo, e intento fundirme en un abrazo. Sus frías, pero delicadas manos penetran debajo de mi jersey, y acarician cada palmo de mi espalda. Siento un escalofrío que me recorre el cuerpo. Lo abrazo, y voy recorriendo sus piernas con mis manos. Me adentro en la entrepierna, pero sin violar su templo.
Dos olas que vienen juntas
a morir sobre una playa,
y que al romper se coronan
con un penacho de plata.
Nuestras lenguas continúan en su lucha. La ansiedad comienza a hacer mella en mí. Me sitúo encima de él, y encajo mi sexo palpitante con el suyo. Me muevo buscando su eréctil pene, que, de forma infinita, siento en mí. Me contoneo en su búsqueda. Siento que su respiración se entrecorta, que va siendo víctima del placer, y me excita; me excita sobremanera. Me excita su ansiedad. Me excita su sexo en busca del mío. Me excita su placer. Me excita su inseguridad, su llamada.
Dos jirones de vapor
que del lago se levantan,
y al juntarse allá en el cielo
forman una nube blanca.
Acerco mi rostro al suyo. Respiro su aliento. Su pecho sube y baja, acompasado con la respiración. Abro mis piernas, para poder sentirlo; para que pueda sentirme. Me ase el pelo, y comienza a mover violentamente sus caderas. Sus ojos se posan en los míos. Su mirada aún desprende inseguridad, timidez, intranquilidad; pero me desea. Mi vagina arde en deseos, se estremece, tiembla. Siento que me recorre un calor, un conocido calor.
Dos ideas que al par brotan,
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden,
eso son nuestras dos almas.
Echo mi cuerpo hacia atrás, imbuido de placer. Sus vaivenes se hacen violentos, me quiere, me desea, quiere penetrarme, pero las ropas no nos lo permiten. Sus manos aprietan mis nalgas contra él: Siento que me desmayo de placer, que está apunto de cernirse sobre mí la ola del deseo. Me golpea con su sexo salvajemente. Duele, pero gusta. Tomo sus manos y las poso en mis pechos. Hunde su cabeza en ellos, los muerde, los aferra firmemente, con decisión, por encima del molesto jersey. Siento el calor que se apodera de mi clítoris, de mi vagina. Ardo en deseos porque meta sus manos por debajo de mi pantalón y lo acaricie, pero se convierte en ansiedad. Me acerco a su boca, presa de la desesperación... me alejo de ella... Hasta que rompe la ola de placer, el sabor del éxtasis...
Levanto mi mirada hacia él, que, repentinamente se ha levantado de aquél banco, ha mirado su reloj y se ha alejado decidido. Observo su grácil caminar. Y llega hasta una persona que, a lo lejos, le hace un ademán con su mano.
CIerro el libro, y tomo, tranquila, el camino contrario. Mi sexo arde. El hechizo se ha apoderado de mí otra vez, y lamento este castigo que me atormenta, que no me deja vivir. Este grito ahogado, esta melancolía eterna que se torna en deseo; en placer; en su búsqueda, en su perpetuidad constante.
De nuevo vuelvo al griterío del parque, a la felicidad de las personas que allí están. Me paro en seco. Ahí está de nuevo, sentida, con la mirada perdida.. Aquel hombre que despertó en mí el miedo y el deseo, el hombre que me susurró y por el que luego me desviví. Igual estaba observándome.

Paseo por la calle. Sin rumbo alguno, y veo la gente que gira entorno a mí, que me rodea. Me cruzo con ellos, que, de ningún modo, se percatan de mi presencia... Pero yo sí me percato de la de ellos. Los miro, los observo. En un fugaz instante (el tiempo en que pasan por mi lado) los desnudo, y observo sus cuellos, sus espaldas, sus pechos, sus sexos, sus piernas. Mi mirada los deja desvalidos. Huelo su almizclado aroma, y siento su piel sobre mí.
Paseo hasta el parque, donde me veo envuelta por la incesante algarabía de personas paseando, niños corriendo, perros jugueteando... Y allá, a lo lejos, me siento.
Descanso en el húmedo banco, y tomo el libro entre mis manos. Levanto la mirada, y, frente a mí, hay un chico. Parece intranquilo, parece que espera a alguien. Lo observo, pero él ni siquiera se ha percatado de mi presencia. Su cuerpo es delgado, muy delgado, poso mi mirada en su blanquecina piel, y su claro pelo refleja ciertos destellos de luminosidad. Sus ojos transmiten inseguridad, nerviosismo, timidez, algo que hace sentirme atraida.
Vuelvo a mi libro, quiero alejar mis pensamientos de él...
Dos rojas lenguas de fuego
que, a un mismo tronco enlazadas
se aproximan, y al besarse
forman una sola llama.
Levanto mi mirada hacia él. Sigue ahí, mirando su reloj y reflejando esa intranquilidad. Dejo volar mi imaginación, que se cierne sobre él. Me acerco suavemente. Posa sus ojos inseguros en mí, en mis movimientos, en mi cuerpo. Acerco mi rostro al suyo, y rozo sus suaves y finos labios con los míos. Y, algo asustadiza, mi lengua roza levemente la suya. Tomo su pelo entre mis manos, y él, suavemente, acaricia con sus delicados dedos mi rostro...
Dos notas que el laúd
a un tiempo la mano arranca,
y en el espacio se encuentran
y armonïosas se abrazan.
Huelo su dulce aroma, entremezclado con alguna colonia de centro comercial. Me envuelvo en él. Aprieto mi pecho contra el suyo, e intento fundirme en un abrazo. Sus frías, pero delicadas manos penetran debajo de mi jersey, y acarician cada palmo de mi espalda. Siento un escalofrío que me recorre el cuerpo. Lo abrazo, y voy recorriendo sus piernas con mis manos. Me adentro en la entrepierna, pero sin violar su templo.
Dos olas que vienen juntas
a morir sobre una playa,
y que al romper se coronan
con un penacho de plata.
Nuestras lenguas continúan en su lucha. La ansiedad comienza a hacer mella en mí. Me sitúo encima de él, y encajo mi sexo palpitante con el suyo. Me muevo buscando su eréctil pene, que, de forma infinita, siento en mí. Me contoneo en su búsqueda. Siento que su respiración se entrecorta, que va siendo víctima del placer, y me excita; me excita sobremanera. Me excita su ansiedad. Me excita su sexo en busca del mío. Me excita su placer. Me excita su inseguridad, su llamada.
Dos jirones de vapor
que del lago se levantan,
y al juntarse allá en el cielo
forman una nube blanca.
Acerco mi rostro al suyo. Respiro su aliento. Su pecho sube y baja, acompasado con la respiración. Abro mis piernas, para poder sentirlo; para que pueda sentirme. Me ase el pelo, y comienza a mover violentamente sus caderas. Sus ojos se posan en los míos. Su mirada aún desprende inseguridad, timidez, intranquilidad; pero me desea. Mi vagina arde en deseos, se estremece, tiembla. Siento que me recorre un calor, un conocido calor.
Dos ideas que al par brotan,
dos besos que a un tiempo estallan,
dos ecos que se confunden,
eso son nuestras dos almas.
Echo mi cuerpo hacia atrás, imbuido de placer. Sus vaivenes se hacen violentos, me quiere, me desea, quiere penetrarme, pero las ropas no nos lo permiten. Sus manos aprietan mis nalgas contra él: Siento que me desmayo de placer, que está apunto de cernirse sobre mí la ola del deseo. Me golpea con su sexo salvajemente. Duele, pero gusta. Tomo sus manos y las poso en mis pechos. Hunde su cabeza en ellos, los muerde, los aferra firmemente, con decisión, por encima del molesto jersey. Siento el calor que se apodera de mi clítoris, de mi vagina. Ardo en deseos porque meta sus manos por debajo de mi pantalón y lo acaricie, pero se convierte en ansiedad. Me acerco a su boca, presa de la desesperación... me alejo de ella... Hasta que rompe la ola de placer, el sabor del éxtasis...
Levanto mi mirada hacia él, que, repentinamente se ha levantado de aquél banco, ha mirado su reloj y se ha alejado decidido. Observo su grácil caminar. Y llega hasta una persona que, a lo lejos, le hace un ademán con su mano.
CIerro el libro, y tomo, tranquila, el camino contrario. Mi sexo arde. El hechizo se ha apoderado de mí otra vez, y lamento este castigo que me atormenta, que no me deja vivir. Este grito ahogado, esta melancolía eterna que se torna en deseo; en placer; en su búsqueda, en su perpetuidad constante.
De nuevo vuelvo al griterío del parque, a la felicidad de las personas que allí están. Me paro en seco. Ahí está de nuevo, sentida, con la mirada perdida.. Aquel hombre que despertó en mí el miedo y el deseo, el hombre que me susurró y por el que luego me desviví. Igual estaba observándome.

¿Y ahora qué?
Hola
No sé aún si me queda algún nombre. Creo que carezco de él. Pero, por comodidad, podéis llamarme Lilith. La elección de este nombre no ha sido casualidad; Lilith, según me he informado, es una concubina de Belcebú... su puta.
Mi vida parece normal. Sin embargo, en mi fuero interno no lo es. Hay una obsesión que no me deja dormir por las noches, que acapara todos mis sentidos: el sexo.
No es un vicio que yo haya elegido, ni es algo que me satisfaga decir. Pero, mediante el anonimato de estas letras, tengo una vía de escape para desahogarme.
Mi sexo es mi obsesión. Mi obsesión es el sexo.
¿Y cuándo empieza?
No lo sé... Pero creo que la circunstancia de mi vida es la que me ha hecho ser así. Ser una obsesionada, una degenerada sexual. De siempre fui una persona estéticamente "no aceptable". Desde pequeña me vi imbuida en una sociedad donde un físico no ceñido a los cánones de belleza era una forma de exclusión, lo me ha llevado a aislarme y a desarrollar determinadas filias (o fobias) en las que me siento segura.
Y que conste que el vicio no ha venido dado por su uso... Ni mucho menos, más bien ha sido por su desuso.
Y lo peor de todo, es de la forma en que afecta a toda mi vida. Es una sensaciónlatente, palpitante.
No miro a nadie (sea hombre, sea mujer) de forma "sana" como muchos dirían. Cada persona que, en un momento concreto, pasa por mi vida (incluyamos aquéllas personas con las que simplemente me cruzo) automáticamente son desnudadas por mi mente y sumergidas en un océano de sexo por placer. Nada más que por placer.
Constantemente siento un ardor en el bajovientre. Un palpitar que se agudiza cuanto más conciente soy de él. Una ansiedad que me hace palpitar el corazón.
Es horroroso ser presa de este diablo que se cierne sobre mí. De esta lujuria (si a´si podemos llamarlo) desenfrenada...
No sé aún si me queda algún nombre. Creo que carezco de él. Pero, por comodidad, podéis llamarme Lilith. La elección de este nombre no ha sido casualidad; Lilith, según me he informado, es una concubina de Belcebú... su puta.
Mi vida parece normal. Sin embargo, en mi fuero interno no lo es. Hay una obsesión que no me deja dormir por las noches, que acapara todos mis sentidos: el sexo.
No es un vicio que yo haya elegido, ni es algo que me satisfaga decir. Pero, mediante el anonimato de estas letras, tengo una vía de escape para desahogarme.
Mi sexo es mi obsesión. Mi obsesión es el sexo.
¿Y cuándo empieza?
No lo sé... Pero creo que la circunstancia de mi vida es la que me ha hecho ser así. Ser una obsesionada, una degenerada sexual. De siempre fui una persona estéticamente "no aceptable". Desde pequeña me vi imbuida en una sociedad donde un físico no ceñido a los cánones de belleza era una forma de exclusión, lo me ha llevado a aislarme y a desarrollar determinadas filias (o fobias) en las que me siento segura.
Y que conste que el vicio no ha venido dado por su uso... Ni mucho menos, más bien ha sido por su desuso.
Y lo peor de todo, es de la forma en que afecta a toda mi vida. Es una sensaciónlatente, palpitante.
No miro a nadie (sea hombre, sea mujer) de forma "sana" como muchos dirían. Cada persona que, en un momento concreto, pasa por mi vida (incluyamos aquéllas personas con las que simplemente me cruzo) automáticamente son desnudadas por mi mente y sumergidas en un océano de sexo por placer. Nada más que por placer.
Constantemente siento un ardor en el bajovientre. Un palpitar que se agudiza cuanto más conciente soy de él. Una ansiedad que me hace palpitar el corazón.
Es horroroso ser presa de este diablo que se cierne sobre mí. De esta lujuria (si a´si podemos llamarlo) desenfrenada...
El hechizo de un susurro
Me levanté sin mucho ánimo. Este era uno de esos días en que vivir duele. Sientes pesadez en todo tu cuerpo, en tus ojos, tus brazos, tus piernas. Es un día en los que no caminas: te arrastras. Tengo esa sensación plomiza, que me hace sentir asco por todo, desidia, pesadez...
No sé si habrá tenido que ver con algo de lo que ocurriera ayer. Si ese "Hombre del Susurro" ha influido de alguna forma.
Cuando me levanté de aquél banco para seguir mi camino lo ví a él, Sentado en una zona sombría del parque con la mirada perdida. El corazón me dio un vuelco-... Nunca creí volver a verlo, pero ahí estaba. Me detuve en seco. Sentía horror hacia su persona, o más bien, hacia lo desconocido de su persona; pero, a su vez, me sentía muy atraida, recordaba su susurro, y, sobretodo, mi fantasía que, de alguna forma, sentia curiosidad por saber si podría ser cumplida.
No sé por qué lo hice, quizás venciera el deseo. Cogí mi libro del bolso, lo abrí y fijé mi mirada en sus letras, pero no leí. Me dirijí hacia aquel banco, sin dejar de mirar la página, leyendo una y otra vez el mismo verso sin sentido : "Cansado del combate / en que luchando vivo". Pasé muy cerca. Atisbaba algo con el rabillo del ojo. Sé que, al pasar junto a él salió de su ensimismamiento, por aquél respingo que dio. Se sorprendió al verme, su ajetreo lo delató; pero pronto guardó la compostura. Miré al frente, de esa forma, podría verlo mejor. Su rostro emitía una leve sonrisa, una sonrisa que le daba aires de seguridad. Segui hacia delante, pero mis pasos se hacían cada vez más lentos. Era una especie de incitación hacia su persona. Deseaba que estuviera lejos, no sabía qué consecuencias me traería el estar allí, sin embargo, de nuevo estaba esa confrontación de sentimientos: también deseaba que se acercara.
Vi cómo su figura venía hacia mí. Inconcientemente me quedé paralizada. Las piernas comenzaron a temblarme, y cerré los ojos. Sentí su aliento muy cerca de mi mejilla. Lentamente se dirigía a mi oido, y, de nuevo, me susurró: "Tranquila".
Mi corazón estaba apunto de desbordarse. ¿Pero qué había hecho? El vicio, este deseo ardiente, esta quemazón me había llevado hacia él. Hacia un completo desconocido.
Con la yema de sus dedos acarició mi labio inferior. Sus dedos eran grandes, creo que podrían abarcar mi rostro, y su tacto áspero. La delicadeza con que los posaba sobre mi cara, incluso parecía cómica.
Estaba inmóvil, no me atrevía a mirarlo; mis ojos permanecían cerrados. Pero el seguía ahí, esperando una reacción.
Se acercó un poco más. Podía sentir su calor corporal, pero no me rozaba. Olió mi pelo: hundió su rostro en él y aspiró con fuerza, al separarse, algunos se quedaron impregnados en sus labios, por lo que sentí un pequeño tirón.
- ¿No hablas?- Preguntó mientras jugueteaba con mis rizos. - Veo que no- y sonrió. Acercó su rostro al mío. Noté su pesado aliento en mi cara, que contrastaba con el frío de la mañana. Con su lengua, suavemente despegó mis labios, y los acarició. Entreabrí los ojos.
- Por fin miras- Su rostro reflejó una sonrisa. Sin dejar de mirarme a los ojos, suavemente pasó sus dedos por uno de mis pechos, hasta topar con su pezón totalmente erguido a causa del miedo o del frío... no estaba segura... Se percató de la protuberancia, y con un movimiento que más bien parecía fruto de la casualidad, volvió a rozarlo. Al ver que no reaccionaba de ninguna forma, esta vez la caricia fue más patente. Tomó suavemente mi pecho en su pano, y con el dedo pulgar, acarició el pezón. Di un respingo, y, enseguida la quitó; pero no me fui de allí. Continué inmóvil en mi sitio. De nuevo apareció la sonrisa en su rostro.
Comenzó a bajar su mano por mi vientre. Luego dio un salto hacia mi cadera, e inclinándose un poco, alcanzó a rozar mi ingle... Deslizó suavemente su mano hacia mi entrepierna, muy cerca de mi sexo, pero sin llegar a alcanzarlo. Me pellizcaba muy suavemente. Con su otra mano me acercó a él. Mi cadera rozó con su miembro erecto que levemente rozaba contra mí.
Su mano, la que me acariciaba la entrepierna, reptó hacia mi vagina, y la acarició suavemente: tomé aire.
- Estás húmeda... ¿Has sido mala? - Y tras estas palabras, la acarició con más decisión y muy resuelto posó su boca encima de mi pezón, succionándolo al instante.
Eso me despertó de mi ensimismamiento, y cortó el deseo del placer. Di un paso hacia atrás. Él me miró sin dejar de mostrar aquella sonrisa que, en ese momento, me pareció estúpida. Me separé de él, y comencé a andar rápido. Permaneció inmóvil, mirándome, sin apartar aquella mueca de su cara. Levantó un poco la voz:
- Te gusta el vicio - Afirmó.
Llegué a casa. Me dirijí al cuarto de baño y abrí el grifo. Me sentía sucia. Nunca he tenido prejuicios sobre el sexo. Pero aquéllo me hizo sentirme mal conmigo misma. Creo que quizás se debiera a que, por fin, mi deseo extrapoló mi mente. Mi castigo se materializaba.
Me fui desprendiendo de la ropa y, de pronto, algo calló al suelo. No sé exactamente de dónde podría haber salido, solo sé que estaba entre la ropa. Lo tomé: era un papel. "Nos vemos en la Catedral. ¡No faltes!". Comencé a temblar. Igual habría sido casualidad o, igual no. No parecía una cita a ciegas, más bien pareciera que quien hubiera escrito el mensaje, se dirijía decidida (y sin atisbos de deseo sexual) a esa persona.
Terminé el baño, sintiéndome aún sucia. Esta vez debía lavar mi conciencia. Y me acosté.
(url fotografía: http://www.deviantart.com/deviation/7241819/)
No sé si habrá tenido que ver con algo de lo que ocurriera ayer. Si ese "Hombre del Susurro" ha influido de alguna forma.
Cuando me levanté de aquél banco para seguir mi camino lo ví a él, Sentado en una zona sombría del parque con la mirada perdida. El corazón me dio un vuelco-... Nunca creí volver a verlo, pero ahí estaba. Me detuve en seco. Sentía horror hacia su persona, o más bien, hacia lo desconocido de su persona; pero, a su vez, me sentía muy atraida, recordaba su susurro, y, sobretodo, mi fantasía que, de alguna forma, sentia curiosidad por saber si podría ser cumplida.
No sé por qué lo hice, quizás venciera el deseo. Cogí mi libro del bolso, lo abrí y fijé mi mirada en sus letras, pero no leí. Me dirijí hacia aquel banco, sin dejar de mirar la página, leyendo una y otra vez el mismo verso sin sentido : "Cansado del combate / en que luchando vivo". Pasé muy cerca. Atisbaba algo con el rabillo del ojo. Sé que, al pasar junto a él salió de su ensimismamiento, por aquél respingo que dio. Se sorprendió al verme, su ajetreo lo delató; pero pronto guardó la compostura. Miré al frente, de esa forma, podría verlo mejor. Su rostro emitía una leve sonrisa, una sonrisa que le daba aires de seguridad. Segui hacia delante, pero mis pasos se hacían cada vez más lentos. Era una especie de incitación hacia su persona. Deseaba que estuviera lejos, no sabía qué consecuencias me traería el estar allí, sin embargo, de nuevo estaba esa confrontación de sentimientos: también deseaba que se acercara.
Vi cómo su figura venía hacia mí. Inconcientemente me quedé paralizada. Las piernas comenzaron a temblarme, y cerré los ojos. Sentí su aliento muy cerca de mi mejilla. Lentamente se dirigía a mi oido, y, de nuevo, me susurró: "Tranquila".
Mi corazón estaba apunto de desbordarse. ¿Pero qué había hecho? El vicio, este deseo ardiente, esta quemazón me había llevado hacia él. Hacia un completo desconocido.
Con la yema de sus dedos acarició mi labio inferior. Sus dedos eran grandes, creo que podrían abarcar mi rostro, y su tacto áspero. La delicadeza con que los posaba sobre mi cara, incluso parecía cómica.
Estaba inmóvil, no me atrevía a mirarlo; mis ojos permanecían cerrados. Pero el seguía ahí, esperando una reacción.
Se acercó un poco más. Podía sentir su calor corporal, pero no me rozaba. Olió mi pelo: hundió su rostro en él y aspiró con fuerza, al separarse, algunos se quedaron impregnados en sus labios, por lo que sentí un pequeño tirón.
- ¿No hablas?- Preguntó mientras jugueteaba con mis rizos. - Veo que no- y sonrió. Acercó su rostro al mío. Noté su pesado aliento en mi cara, que contrastaba con el frío de la mañana. Con su lengua, suavemente despegó mis labios, y los acarició. Entreabrí los ojos.
- Por fin miras- Su rostro reflejó una sonrisa. Sin dejar de mirarme a los ojos, suavemente pasó sus dedos por uno de mis pechos, hasta topar con su pezón totalmente erguido a causa del miedo o del frío... no estaba segura... Se percató de la protuberancia, y con un movimiento que más bien parecía fruto de la casualidad, volvió a rozarlo. Al ver que no reaccionaba de ninguna forma, esta vez la caricia fue más patente. Tomó suavemente mi pecho en su pano, y con el dedo pulgar, acarició el pezón. Di un respingo, y, enseguida la quitó; pero no me fui de allí. Continué inmóvil en mi sitio. De nuevo apareció la sonrisa en su rostro.
Comenzó a bajar su mano por mi vientre. Luego dio un salto hacia mi cadera, e inclinándose un poco, alcanzó a rozar mi ingle... Deslizó suavemente su mano hacia mi entrepierna, muy cerca de mi sexo, pero sin llegar a alcanzarlo. Me pellizcaba muy suavemente. Con su otra mano me acercó a él. Mi cadera rozó con su miembro erecto que levemente rozaba contra mí. Su mano, la que me acariciaba la entrepierna, reptó hacia mi vagina, y la acarició suavemente: tomé aire.
- Estás húmeda... ¿Has sido mala? - Y tras estas palabras, la acarició con más decisión y muy resuelto posó su boca encima de mi pezón, succionándolo al instante.
Eso me despertó de mi ensimismamiento, y cortó el deseo del placer. Di un paso hacia atrás. Él me miró sin dejar de mostrar aquella sonrisa que, en ese momento, me pareció estúpida. Me separé de él, y comencé a andar rápido. Permaneció inmóvil, mirándome, sin apartar aquella mueca de su cara. Levantó un poco la voz:
- Te gusta el vicio - Afirmó.
Llegué a casa. Me dirijí al cuarto de baño y abrí el grifo. Me sentía sucia. Nunca he tenido prejuicios sobre el sexo. Pero aquéllo me hizo sentirme mal conmigo misma. Creo que quizás se debiera a que, por fin, mi deseo extrapoló mi mente. Mi castigo se materializaba.
Me fui desprendiendo de la ropa y, de pronto, algo calló al suelo. No sé exactamente de dónde podría haber salido, solo sé que estaba entre la ropa. Lo tomé: era un papel. "Nos vemos en la Catedral. ¡No faltes!". Comencé a temblar. Igual habría sido casualidad o, igual no. No parecía una cita a ciegas, más bien pareciera que quien hubiera escrito el mensaje, se dirijía decidida (y sin atisbos de deseo sexual) a esa persona.
Terminé el baño, sintiéndome aún sucia. Esta vez debía lavar mi conciencia. Y me acosté.
(url fotografía: http://www.deviantart.com/deviation/7241819/)
Una Mañana cualquiera...

Me levanté temprano y arrastré mi cuerpo hasta el baño. Abrí el grifo y comencé a llenar la bañera.
Siempre que me levanto, suelo contemplar mi manido rostro en el espejo. Me acerco y veo mis ojos ligeramente sobresalientes, mi pelo encrespado, mi piel blanquecina. Sonrío, pero ni mi propia sonrisa me convence.
El frío de la mañana me hace pensar el desnudarme, pero por fin lo hago, sin dejar de contemplarme en el espejo. Todas las mañanas suelo realizar el mismo ritual: desnudarme y contemplarme. Parece como un castigo que he de autoimponerme, contemplar mi cuerpo, y detengo la mirada en cada centimetro de mi piel; en cada cicatriz, en cada malformación... Y, como quien contempla un paisaje de desolación, la aparto bruscamente.
Hoy me sentía especialmente desanimada, me ahogaba en mis propios pensamientos. Tomé un espejo de tamaño mediano, y lo puse sobre el suelo. En cuclillas me situé justo encima de él, y contemplé mi sexo. No estoy acostumbrada a ver sexos femeninos, ni tampoco me he preocupado mucho de hacerlo, el mío me resultaba especialmente feo; sin embargo, no sabía si realmente lo era o, por el contrario, su fealdad se debía a la falta de visualización de otros.
Toqué con la yema de mis dedos los labios mayores, sin dejar de contemplar las reaciones que iba teniendo. Acaricié suavemente el vello que lo recubría, no muy espeso ni muy largo (siempre fui comedida con el aspecto de mi vulva) y ligeramente rizado. Sentía que se secaba la zona, así que mojé mis dedos índice y corazón, y seguí autoexplorándome... Acaricié suavemente mis labios menores. COn la otra mano abría mi vulva, para contemplar mejor la vagina. Volví a mojar mis dedos y acaricé suavemente la entrada de la vagina. La respiración comenzó a entrecortarse... más que por la sensación física, por la idea de que eso me debía proporcionar satisfacción... Por la adicción al placer que sufro. Observé como comenzaba a contraerse todo mi sexo, y cómo el clítoris gritaba que lo tocase. Volví a humedecerme los dedos, y suavemente los posé sobre éste, acariciándolo firmemente, pero,a su vez, de forma delicada. Comencé a masturbarme. Otra vez lo hacía sola. Los movimientos se tornaban firmes, pero cada vez más rápidos. La respiración se hacía más entrecortada. Y, de forma casi intuitiva, realizaba movimientos pélvicos. Sentía una ansiedad especial... la ansiedad de la soledad, del placer solitario, de necesitar a alguien que te acariciase... una leve caricia, sólo una caricia. Mis musculos se ponían en tensión. Sentí miles de mariposas revoloteando por mis estómago, una especie de náusea, y un escalofrío que me iba subiendo por el cuerpo... Un calor en mis pezones y en mis labios, sentí esas cosquillas tan características, y el halito de placer se cernió sobre mí. Comencé a lubricar y a mover mis dedos rápidamente, y cuando ya rocé el culmen sentí que mi mano se humedecía, y que las gotas de lo que podría llamar "eyaculación", caían sobre el espejo.
Desvalida, me apoyé en la fría pared de azulejos, me tapé el rostro con las manos y lloré mi soledad.
Me introduje en el baño, y me relajé. Contemplé mi silueta, que, graciosamente, parecía moverse al compas del agua. Debía darme prisa, iba a llegar tarde.
[17:23 23/01/2005]





