“En el mar austral” – José S. Álvarez (Fray Mocho) – Escritor argentino (1858-1903)
“Estaba en uno de esos momentos en que uno, a fuerza de pensar, no piensa en nada, y como única solución a mi situación embarazosa, se presentaba al espíritu atribulado la idea del suicidio.”
“Yo soy hombre de negocios y nada más. ¿A usted no le conviene lo que propongo?... ¡Bueno!... ¡Esperaremos!... ¡Lo que no sirve a las ocho, suele servir a las once!”
“…y conocía muchos detalles sobre la existencia del indio de los canales.
Esa noche, mientras hacíamos los honores, a la buena cena que nos proporcionaron las aves y los mariscos, me los comunicó, instruyéndome en los misterios de la vida fueguina que, seguramente, no pasará a la historia con los mágicos colores con que han pasado la de Grecia y la de Roma.”
“Es por esto quizás que, entre los yaghanes y alacalufes, las modas no existen ni se conoce la coquetería femenina. El vestuario se usa para librarse del frío únicamente y a este resultado llega un hombre por medio de una vistosa pollera, como una mujer por medio de un mugriento pantalón de tela embreada –de esa que sirve para envolver fardos- como uno que vi en Ushuaia, vistiendo el cuerpo de una matrona yaghán y que en la parte más ancha y partiendo de un cuadril, ostentaba una inscripción que decía: frágil, con grandes caracteres blancos.”
“¿Y queda mucha indiada aquí en los canales?
-Aquí, no. El indio les huye a las embarcaciones loberas, que son las que andan más en este lado. Han peleado muchas veces y de ahí ha resultado que los muchachos les tomen rabia y para aquel lado del canal Smith; allí tienen más recursos y los misioneros ingleses los amparan.
Y ante mis ojos se presentó de pronto, de relieve, aquella horrible lucha del salvaje con la civilización que quiere atraerlo exterminándolo, o robándole su mujer y sus hijos y que todavía le acusa de bárbaro porque no se somete.”
“Desembarcamos en un breñal áspero, casi cortado a pico, y ayudándonos con las manos y los pies, alcanzamos a una pequeña meseta que barría el vendaval y que parecía bruñida.
-¡Vea qué plumero el del sudoeste!... Se podría desafiar a la patrona más puntillosa a que encontrara aquí un gano de polvo, ¿eh?...
Efectivamente: las piedras mostraban su esqueleto descarnado en la más horrible desnudez.”
“…para defendernos del ímpetu del viento que batía furioso y parecía querer arrebatarnos para agregar con nuestros ayes quejumbrosos, al estrellarnos contra algún acantilado, nuevas notas a la música monótona de sus silbidos estridentes…”
“Y pronto el agua fue perdiendo su hermoso tinte y la tiniebla reinó imponente y soberana: se hubiera dicho que estábamos en un mundo muerto, si no fuera por el golpear cadencioso del agua rumorosa, sobre las piedras de la orilla y por el titilar de las estrellas que allá, abajo, en el fondo, brillaban con sus luces caprichosas, evocadoras de tanto recuerdo.”
“Yo soy hombre de negocios y nada más. ¿A usted no le conviene lo que propongo?... ¡Bueno!... ¡Esperaremos!... ¡Lo que no sirve a las ocho, suele servir a las once!”
“…y conocía muchos detalles sobre la existencia del indio de los canales.
Esa noche, mientras hacíamos los honores, a la buena cena que nos proporcionaron las aves y los mariscos, me los comunicó, instruyéndome en los misterios de la vida fueguina que, seguramente, no pasará a la historia con los mágicos colores con que han pasado la de Grecia y la de Roma.”
“Es por esto quizás que, entre los yaghanes y alacalufes, las modas no existen ni se conoce la coquetería femenina. El vestuario se usa para librarse del frío únicamente y a este resultado llega un hombre por medio de una vistosa pollera, como una mujer por medio de un mugriento pantalón de tela embreada –de esa que sirve para envolver fardos- como uno que vi en Ushuaia, vistiendo el cuerpo de una matrona yaghán y que en la parte más ancha y partiendo de un cuadril, ostentaba una inscripción que decía: frágil, con grandes caracteres blancos.”
“¿Y queda mucha indiada aquí en los canales?-Aquí, no. El indio les huye a las embarcaciones loberas, que son las que andan más en este lado. Han peleado muchas veces y de ahí ha resultado que los muchachos les tomen rabia y para aquel lado del canal Smith; allí tienen más recursos y los misioneros ingleses los amparan.
Y ante mis ojos se presentó de pronto, de relieve, aquella horrible lucha del salvaje con la civilización que quiere atraerlo exterminándolo, o robándole su mujer y sus hijos y que todavía le acusa de bárbaro porque no se somete.”
“Desembarcamos en un breñal áspero, casi cortado a pico, y ayudándonos con las manos y los pies, alcanzamos a una pequeña meseta que barría el vendaval y que parecía bruñida.
-¡Vea qué plumero el del sudoeste!... Se podría desafiar a la patrona más puntillosa a que encontrara aquí un gano de polvo, ¿eh?...
Efectivamente: las piedras mostraban su esqueleto descarnado en la más horrible desnudez.”
“…para defendernos del ímpetu del viento que batía furioso y parecía querer arrebatarnos para agregar con nuestros ayes quejumbrosos, al estrellarnos contra algún acantilado, nuevas notas a la música monótona de sus silbidos estridentes…”
“Y pronto el agua fue perdiendo su hermoso tinte y la tiniebla reinó imponente y soberana: se hubiera dicho que estábamos en un mundo muerto, si no fuera por el golpear cadencioso del agua rumorosa, sobre las piedras de la orilla y por el titilar de las estrellas que allá, abajo, en el fondo, brillaban con sus luces caprichosas, evocadoras de tanto recuerdo.”
