Nosotras que nos queremos tanto - Marcela Serrano - Escritora chilena (1951)
Sabemos que el amor termina, Ana. ¿Para qué nos pasamos películas? Las proyecciones al futuro son sólo protecciones. Sabemos que toda relación muere. Tú dices que se transforma. Claro, ¿en una cosa calentita, blanda y complaciente? ¿Qué energía hay en eso? Sabemos que la pasión no es eterna. Sabemos que tras una relación simbiótica se esconde sólo el terror a la soledad. Y ese terror toma la forma de una familia. Engendrar hijos para que todos se posean unos a otros, ahogándose. ¡Odio la posesividad! Al menos hago la vida que se me da la gana. No debo guardar imágenes estabilizadoras a nadie. No debo proteger a nadie de mis propios vaivenes. No hay un proyecto de vida que se prolongue más allá del mío. No vivo ese fenómeno del cual la maternidad es dueña: la culpa. Al no tenerla todo se rodea de otro color. No, no estoy haciendo ninguna inversión para el futuro. Pero ¿crees que los hijos realmente lo son? La vejez puede ser una desgracia aunque hayas parido muchos. Más vale que la plenitud de nuestros años venideros no dependa de esos pobres seres que, a fin de cuentas, no fueron echados al mundo para que sus madres, vacías, se cuelguen de ellos.

...como si ese verano, sin saberlo, cerrara la primera etapa de la vida, aquella donde aún no han entrado los dolores.
...no pasaré la vejez sola, es el peor momento para la soledad. Lo que en la juventud es símbolo de autonomía y de desenfado, en la vejez se vuelve indigno.
-Es bueno a veces andar mal, Isabel- la consuela María.-Son épocas puente en que se cambia de órbita.
Esperanza saltaba de alegría. Nunca había tenido una, por orden expresa de su madre. Antes que ella naciera, en el allanamiento practicado en casa de un compañero, los agentes de seguridad habían cortado las cabezas de todas las muñecas de los niños ante los ojos desorbitados de ellos mismos, que más tarde recordarían eso con más fuerza que la desaparición del padre del hogar.
Apenas si se retocó el maquillaje, cansado como ella a esta hora, y salió casi corriendo.
Si has de abandonarme, no lo hagas en domingo, no lo resistiría.
Pero Isabel ya está en la tina, llena de espumas, con esa temperatura que hace coincidir al cuerpo con el alma.
Ahora quiero mi independencia y ganarme la vida en el mundo privado, con la libertad -y dolor de cabeza- que sólo da el ser dueño de su propio lugar de trabajo.
Él frunció el ceño como atrapando ideas sueltas y al juntarlas sonrió.

...como si ese verano, sin saberlo, cerrara la primera etapa de la vida, aquella donde aún no han entrado los dolores.
...no pasaré la vejez sola, es el peor momento para la soledad. Lo que en la juventud es símbolo de autonomía y de desenfado, en la vejez se vuelve indigno.
-Es bueno a veces andar mal, Isabel- la consuela María.-Son épocas puente en que se cambia de órbita.
Esperanza saltaba de alegría. Nunca había tenido una, por orden expresa de su madre. Antes que ella naciera, en el allanamiento practicado en casa de un compañero, los agentes de seguridad habían cortado las cabezas de todas las muñecas de los niños ante los ojos desorbitados de ellos mismos, que más tarde recordarían eso con más fuerza que la desaparición del padre del hogar.
Apenas si se retocó el maquillaje, cansado como ella a esta hora, y salió casi corriendo.
Si has de abandonarme, no lo hagas en domingo, no lo resistiría.
Pero Isabel ya está en la tina, llena de espumas, con esa temperatura que hace coincidir al cuerpo con el alma.
Ahora quiero mi independencia y ganarme la vida en el mundo privado, con la libertad -y dolor de cabeza- que sólo da el ser dueño de su propio lugar de trabajo.
Él frunció el ceño como atrapando ideas sueltas y al juntarlas sonrió.
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