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Orígenes del ajedrez
No hay ninguna certeza histórica que permita precisar el origen del ajedrez. Existen remotísimas tradiciones que atribuyen el juego a los caldeos, a los persas o a los etruscos. Algunos dicen que el ajedrez tendría oigen sánscrito y su nombre sería Chaturanga (el de 4 cuerpos), en alusión a las 4 armas del ejército índico: infantería, caballería, elefantes y carros de combate simbolizados respectivamente por los peones, los caballos, los alfiles (alfil o elefante en árabe) y torres.

La leyenda sitúa su nacimiento en la India, su inventor un brahmán llamado Sissa Ben Dahir lo concibió para distracción y ocio de un rey, tal fue el éxito en la corte de dicho rey que ofreció a tan brillante inventor que eligiera su recompensa. El brahmán solicitó que le fuera concedido un grano de trigo en la primera casilla del tablero, dos en la segunda, cuatro en la tercera y seguir doblando la cantidad hasta totalizar las 64 casillas del tablero. El rey y los cortesanos presentes se rieron de este aparente ínfimo pedido. Al cabo de algunas de algunas horas, los algebristas más hábiles regresaron al salón con el resultado de los cálculos, un número inconcebible para la mente humana: 18 trillones 4461744 billones 73949 millones 551615, el número 18 seguido por 18 ceros: 18000000000000000000. Indudablemente Sissa Ben Dahir sabía que su pedido no podría ser satisfecho. La leyenda concluye que fue nombrado primer ministro y que con sabios y prudentes consejos prestó grandes servicios a su pueblo.



El ajedrez fue amado por personalidades destacadas como por ejemplo: Tolstoi, Alfred de Musset, Sigmund Freud, Schiller, Goethe, Iván IV el terrible, Miguel de Unamuno, Ramón y Cajal, Einstein, Tamerlán, conquistador turco (su biógrafo cuenta que Tamerlán jugaba al ajedrez porque de este modo estimulaba su inteligencia. Pero jugaba siempre al gran ajedrez cuyo tablero contaba con 110 casilleros y para complicarlo le agregaba 2 camellos, 2 jirafas, 2 exploradores, 2 tortugas y un visir.)

Borges escribió estos sonetos que se leen como un soneto doble:

I
En su grave rincón, los jugadores
Rigen las lentas piezas. El tablero
Los demora hasta el alba en su severo
Ambito en que se odian dos colores.

Adentro irradian mágicos rigores
Las formas: torre homérica, ligero
Caballo, armada reina, rey postrero,
Oblicuo alfil y peones agresores.

Cuando los jugadores se hayan ido,
Cuando el tiempo los haya consumido,
Ciertamente no habrá cesado el rito.

En el Oriente se encendió esta guerra
Cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra.
Como el otro, este juego es infinito.

II
Tenue rey, sesgo alfil, encarnizada
Reina, torre directa y peón ladino
Sobre lo negro y blanco del camino
Buscan y libran su batalla armada.

No saben que la mano señalada
Del jugador gobierna su destino,
No saben que un rigor adamantino
Sujeta su albedrío y su jornada.

También el jugador es prisionero
(La sentencia es de Omar) de otro tablero
De negras noches y de blancos días.

Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.
¿Qué dios detrás de Dios la trama empieza
De polvo y tiempo y sueño y agonías?

Leibniz dijo: “Es demasiado juego para ser una ciencia y demasiada ciencia para ser un juego.”

 
No