Memorias póstumas de Blas Cubas > Joaquim María Machado de Assis > Escritor brasileño > 1839-1908
“En efecto, cierta mañana, paseando por la chacra, colgóseme una idea del trapecio que yo tenía en el cerebro. Una vez prendida, comenzó a bracear, a pernear, a ejecutar las más atrevidas cabriolas de volatín que es posible imaginar. Yo me dejé estar, contemplándola. Súbitamente, de un gran salto, extendió los brazos y las piernas, hasta tomar la forma de una X: descíframe o te devoro.”
“…pero pausado y torpe, como quien se retira tarde del espectáculo.”
“…me dejaba llevar de idea en idea, de imaginación en imaginación, como una mariposa vagabunda o hambrienta.”
“Vulgar cosa es ir a meditar en el desierto. Lo voluptuoso, lo exquisito, es aislarse el hombre en medio de un mar de gestos y palabras, de nervios y pasiones; decretarse alejado, inaccesible, ausente. Lo más que pueden decir, cuando vuelve a sí, esto es, cuando vuelve a los demás- es que baja del mundo de la luna; pero el mundo de la luna, ese desván luminoso y recatado del cerebro, ¿qué otra cosa es sino la afirmación desdeñosa de nuestra libertad espiritual? He aquí un buen final de capítulo.”
“¡Ánimo Blas Cubas; no seas tonto! ¿Qué te importa esa sucesión de ruina a ruina o de flor en flor? Trata de saborear la vida; y piensa que la peor filosofía es la del llorón que se tiende en la orilla del río con el fin de lamentarse por el curso incesante de las aguas. La misión de ellas es no detenerse nunca; acomódate a la ley, y trata de aprovecharla.”
“Entonces el hombre, flagelado y rebelde, corría ante la fatalidad de las cosas, tras una figura nebulosa y esquiva, hecha de retazos; un retazo de lo impalpable, otro de lo improbable, otro de lo invisible,
cosidos todos a punto precario, con la aguja de la imaginación; y esa figura -nada menos que la quimera de la felicidad- huía de él perpetuamente, o dejábase atrapar por la falda, y el hombre la estrechaba contra su pecho, y entonces ella reía como un escarnio y esfumábase como una ilusión.”
“Renuncié a todo, tenía el espíritu atónito. Creo que fue entonces cuando empezó a brotar en mí la hipocondría, esa flor amarilla, solitaria y mórbida, de un perfume enervante y sutil. “-Qué bueno es estar triste y no decir nada!”- Cuando estas palabras de Shakespeare me llamaron la atención, confieso que sentí en mí un eco, un eco delicioso. Recuerdo que estaba sentado debajo de un tamarindo, con el libro del poeta abierto en las manos y el espíritu aun más cabizbajo que la figura; el jururú, como decimos de las gallinas tristes. Apretábame el pecho mi dolor taciturno, con una sensación única,
algo que podría llamar voluptuosidad del aburrimiento. Voluptuosidad del aburrimiento: aprende esta expresión, lector; guárdala, examínala,
y si no llegaras a entenderla, puedes deducir que ignoras una de las sensaciones más sutiles de ese mundo y de aquel tiempo.”
“Otra cosa que también me parece metafísica es esto: se da movimiento a una bola, por ejemplo; rueda ésta, encuentra otra bola, le transmite el impulso, y he ahí a la segunda bola rodando como rodó la primera. Supongamos que la primera bola se llama… Marcela es una simple suposición-; la segunda, Blas Cubas; la tercera, Virgilia. Tenemos que Marcela, recibiendo un papirotazo del pasado, rodó hasta chocar con Blas Cubas, el cual cediendo a la fuerza impulsiva, se puso a rodar también hasta tropezar con Virgilia, que no tenía nada que ver con la primera bola; y he aquí cómo, por simple transmisión de una fuerza, se tocan los extremos sociales y se establece una cosa que podríamos llamar solidaridad del aburrimiento humano. ¿Cómo este capítulo escapó a Aristóteles?”
“…corría un murmullo alegre, un palabrerío de estómagos satisfechos.”
“No la vi partir; pero a la hora señalada sentí algo que no era dolor ni placer, sino una cosa mixta, alivio y nostalgia, todo mezclado, en iguales dosis. No te irrites, lector, con esta confesión. Yo bien sé que para hacer vibrar los nervios de tu fantasía, tendría que sufrir una gran desesperación, derramar algunas lágrimas y no almorzar. Sería novelesco, pero no sería biográfico. La realidad pura es que almorcé como en los demás días, alentando al corazón con los recuerdos de mi aventura, y al estómago con los manjares de M. Prudhon…”
“Yo me dejé estar, con los ojos puestos en el farol de la esquina, un antiguo farol de aceite, triste, oscuro y encorvado, como un signo de interrogación.”
“…pero pausado y torpe, como quien se retira tarde del espectáculo.”
“…me dejaba llevar de idea en idea, de imaginación en imaginación, como una mariposa vagabunda o hambrienta.”
“Vulgar cosa es ir a meditar en el desierto. Lo voluptuoso, lo exquisito, es aislarse el hombre en medio de un mar de gestos y palabras, de nervios y pasiones; decretarse alejado, inaccesible, ausente. Lo más que pueden decir, cuando vuelve a sí, esto es, cuando vuelve a los demás- es que baja del mundo de la luna; pero el mundo de la luna, ese desván luminoso y recatado del cerebro, ¿qué otra cosa es sino la afirmación desdeñosa de nuestra libertad espiritual? He aquí un buen final de capítulo.”
“¡Ánimo Blas Cubas; no seas tonto! ¿Qué te importa esa sucesión de ruina a ruina o de flor en flor? Trata de saborear la vida; y piensa que la peor filosofía es la del llorón que se tiende en la orilla del río con el fin de lamentarse por el curso incesante de las aguas. La misión de ellas es no detenerse nunca; acomódate a la ley, y trata de aprovecharla.”
“Entonces el hombre, flagelado y rebelde, corría ante la fatalidad de las cosas, tras una figura nebulosa y esquiva, hecha de retazos; un retazo de lo impalpable, otro de lo improbable, otro de lo invisible,
cosidos todos a punto precario, con la aguja de la imaginación; y esa figura -nada menos que la quimera de la felicidad- huía de él perpetuamente, o dejábase atrapar por la falda, y el hombre la estrechaba contra su pecho, y entonces ella reía como un escarnio y esfumábase como una ilusión.”
“Renuncié a todo, tenía el espíritu atónito. Creo que fue entonces cuando empezó a brotar en mí la hipocondría, esa flor amarilla, solitaria y mórbida, de un perfume enervante y sutil. “-Qué bueno es estar triste y no decir nada!”- Cuando estas palabras de Shakespeare me llamaron la atención, confieso que sentí en mí un eco, un eco delicioso. Recuerdo que estaba sentado debajo de un tamarindo, con el libro del poeta abierto en las manos y el espíritu aun más cabizbajo que la figura; el jururú, como decimos de las gallinas tristes. Apretábame el pecho mi dolor taciturno, con una sensación única, algo que podría llamar voluptuosidad del aburrimiento. Voluptuosidad del aburrimiento: aprende esta expresión, lector; guárdala, examínala,
y si no llegaras a entenderla, puedes deducir que ignoras una de las sensaciones más sutiles de ese mundo y de aquel tiempo.”
“Otra cosa que también me parece metafísica es esto: se da movimiento a una bola, por ejemplo; rueda ésta, encuentra otra bola, le transmite el impulso, y he ahí a la segunda bola rodando como rodó la primera. Supongamos que la primera bola se llama… Marcela es una simple suposición-; la segunda, Blas Cubas; la tercera, Virgilia. Tenemos que Marcela, recibiendo un papirotazo del pasado, rodó hasta chocar con Blas Cubas, el cual cediendo a la fuerza impulsiva, se puso a rodar también hasta tropezar con Virgilia, que no tenía nada que ver con la primera bola; y he aquí cómo, por simple transmisión de una fuerza, se tocan los extremos sociales y se establece una cosa que podríamos llamar solidaridad del aburrimiento humano. ¿Cómo este capítulo escapó a Aristóteles?”
“…corría un murmullo alegre, un palabrerío de estómagos satisfechos.”
“No la vi partir; pero a la hora señalada sentí algo que no era dolor ni placer, sino una cosa mixta, alivio y nostalgia, todo mezclado, en iguales dosis. No te irrites, lector, con esta confesión. Yo bien sé que para hacer vibrar los nervios de tu fantasía, tendría que sufrir una gran desesperación, derramar algunas lágrimas y no almorzar. Sería novelesco, pero no sería biográfico. La realidad pura es que almorcé como en los demás días, alentando al corazón con los recuerdos de mi aventura, y al estómago con los manjares de M. Prudhon…”
“Yo me dejé estar, con los ojos puestos en el farol de la esquina, un antiguo farol de aceite, triste, oscuro y encorvado, como un signo de interrogación.”






