"Balún-Canán" - Rosario Castellanos (1925-1974) - Escritora mexicana
Balún-Canán (“Nueve estrellas”) es el nombre que según la tradición dieron los antiguos pobladores mayas al sitio donde hoy se encuentra Comitán en el Estado de Chiapas.
Los balcones están siempre asomados a la calle, mirándola subir y bajar y dar vuelta en las esquinas.(...) Debe de ser tan bonito estar siempre, como los balcones, desocupado y distraído, sólo mirando.

Mi madre se levanta todos los días muy temprano. Desde mi cama yo la escucho beber precipitadamente una taza de café. Luego sale a la calle. Sus pasos van rápidos sobre la acera. Yo la sigo con mi pensamiento. Sube las gradas de los portales; pasa frente al cuartel; coge el rumbo de San Sebastián. Pero luego su figura se me pierde y yo no sé por dónde va.
Es mediodía. El viento duerme, cargado de su propia fragancia, en el jardín. De lejos llegan los rumores: la loza chocando con el agua en la cocina; la canción monótona de la molendera. ¡Qué silenciosas las nubes allá arriba!
Tiemblo, pasmada, ante este nombre que no escuché nunca antes y ha de ser de alguno muy poderoso y muy malo puesto que Vicenta lo invoca. Me dejo conducir, ya sin protestar. Detrás de mí se cierran, se ajustan bien, los dos maderos de la puerta. Me quedo un instante inmóvil, parada en el centro de la sala. Los retratos me hacen guiños burlones desde el terciopelo de sus marcos. Los abanicos se abren y se cierran desplegando todos sus dientes en una carcajada cruel. El espejo... ¡No quiero que me vea! Y corro hasta el sillón donde está sentada la viejecita y hundo mi rostro en su regazo y juntas sollozamos nuestro imposible viaje a Guatemala.
Y la gente se va. Y cuando la gente se va escribe. Pero sus palabras nos llegan tantas semanas después que las recibimos marchitas y sin olor como las flores viejas.
En el suelo se mueve una larga hilera de hormigas, afanosas, transportando migajas, trozos diminutos de hierba. Encima de las ramas va el sol, dorándolas. Casi podría sopesarse el silencio.
Amalia sale a recibirnos. Lleva un chal de lana gris, tibio, sobre la espalda. Y su rostro es el de los pétalos que se han puesto a marchitar entre las páginas de los libros.
El aire amanece limpio, recién pronunciado por la boca de Dios.(...) La gallina empolla solemnemente, sentada en su nido como en un trono.
Los balcones están siempre asomados a la calle, mirándola subir y bajar y dar vuelta en las esquinas.(...) Debe de ser tan bonito estar siempre, como los balcones, desocupado y distraído, sólo mirando.

Mi madre se levanta todos los días muy temprano. Desde mi cama yo la escucho beber precipitadamente una taza de café. Luego sale a la calle. Sus pasos van rápidos sobre la acera. Yo la sigo con mi pensamiento. Sube las gradas de los portales; pasa frente al cuartel; coge el rumbo de San Sebastián. Pero luego su figura se me pierde y yo no sé por dónde va.
Es mediodía. El viento duerme, cargado de su propia fragancia, en el jardín. De lejos llegan los rumores: la loza chocando con el agua en la cocina; la canción monótona de la molendera. ¡Qué silenciosas las nubes allá arriba!
Tiemblo, pasmada, ante este nombre que no escuché nunca antes y ha de ser de alguno muy poderoso y muy malo puesto que Vicenta lo invoca. Me dejo conducir, ya sin protestar. Detrás de mí se cierran, se ajustan bien, los dos maderos de la puerta. Me quedo un instante inmóvil, parada en el centro de la sala. Los retratos me hacen guiños burlones desde el terciopelo de sus marcos. Los abanicos se abren y se cierran desplegando todos sus dientes en una carcajada cruel. El espejo... ¡No quiero que me vea! Y corro hasta el sillón donde está sentada la viejecita y hundo mi rostro en su regazo y juntas sollozamos nuestro imposible viaje a Guatemala.
Y la gente se va. Y cuando la gente se va escribe. Pero sus palabras nos llegan tantas semanas después que las recibimos marchitas y sin olor como las flores viejas.
En el suelo se mueve una larga hilera de hormigas, afanosas, transportando migajas, trozos diminutos de hierba. Encima de las ramas va el sol, dorándolas. Casi podría sopesarse el silencio.
Amalia sale a recibirnos. Lleva un chal de lana gris, tibio, sobre la espalda. Y su rostro es el de los pétalos que se han puesto a marchitar entre las páginas de los libros.
El aire amanece limpio, recién pronunciado por la boca de Dios.(...) La gallina empolla solemnemente, sentada en su nido como en un trono.






