26 de julio de 1985
Todo tiene solución, menos la muerte (mi madre)
No quiero sonar a anuncio de la DGT, pero conducir borrach@ sí que mata.
Te recuerdo perfectamente aquella noche hace ya tantos años (para mí prácticamente ayer). Yo era una niña cuya vida, como la del resto de la familia, se dividió en antes y después de que te fueras. Incluso los recuerdos previos a tu muerte tienen un color distinto en mi cabeza a los posteriores. Paseaba con mi madre, mi padre y mi hermana pequeña por el puerto. “La juventud”, como os llamaba mamá, os ibais de juerga en el descapotable amarillo.
Después papá vendió el descapotable a un vecino de Madrid. A veces lo veía aparcado por el barrio y me sentía extraña. Todavía recuerdo cómo el viento te peinaba a su antojo cuando viajabas en él, la capota negra enrollada.
Os ibais de juerga y nos dijisteis adiós tocando la bocina. Te metiste con papá porque estaba fumando. A mí me pediste que te diera un beso de buenas noches. Has de saber que papá tuvo que dejar de fumar pues se le puso enfermo el corazón después de tu accidente. Nunca fue el mismo desde entonces. Una vez le escuché recordarte, charlando con mamá en la cama. Yo quería dormirme para no escuchar lo tristes que estaban mis padres, pero no podía. Siempre lo oía todo y al día siguiente me iba al colegio con la mochila más pesada de lo habitual, llena de cosas que una niña no debería conocer todavía.
En la habitación donde dormíamos las dos pequeñas y el niño había una litera y un colchón. Quien dormía en la litera de arriba era rey o reina. A quien le tocaba en la de abajo era alcaldesa o alcalde. En el colchón simplemente eras súbdita/o.
Un ruido extraño me despertó temprano. Apenas se filtraban unos rayos de sol por la persiana. Yo era reina. En las alturas escuché a mi madre llorar y a mi hermano hablar de mi otro hermano, tú. Un golpe en la cabeza, en el hospital de Murcia, en coma...
Mis padres se vestían. Mi madre entró llorando y nos dijo: Vuestro hermano Quiquín ha tenido un accidente, nos vamos, vuestras hermanas mayores os cuidarán.
Pero nuestras hermanas mayores no nos pudieron cuidar porque estaban muy tristes. Nos llevaron a la casa de mi tía en la Manga. Pasaron varias días.
Todas las mañanas mi tía nos llevaba a la playa. Yo me escondía para llorar porque quería irme a mi casa. Rezaba porque aún creía en dios: Que me vaya pronto a casa y que Quiquín se ponga bien. Escuchaba a los mayores hablar de “coma profundo”, pero no entendía bien qué significaba, ni creo que supiera todavía, con nueve años, que tus hermanos podían morirse.
Un día mis hermanas mayores nos recogieron. Hacían bromas y disimulaban pero yo sabía que algo raro pasaba. Llegamos a casa. Mi madre estaba muy muy delgada. Llevaba una boina verde. Nos dio dinero para que fuéramos a comprar un helado. ¿Dónde estaba Quiquín? Mi hermano mayor, que saltaba conmigo de la mano a la piscina y un día descubrió el escondite secreto donde yo leía para que no me molestasen y no se lo dijo a nadie. Hacía ruidos con la boca y yo me enfadaba porque creía que se había tirado un pedo. Siempre le brillaban mucho los ojos. Era muy guapo. Tenía veintidós años.
Mi hermana mayor nos llevó al embarcadero donde estaba atracada nuestra barquita roja.
- ¿Veis qué bonito está el cielo hoy?
- Sí –respondimos mi hermano, mi hermana y yo al unísono.
- Eso es porque dios ha llamado a Quiquín para que esté con él, por eso está tan bonito.
Hubo un momento de silencio pero después, claro, estallé:
- ¡Eso es que se ha muerto!
Y de pronto ya nada volvió a ser lo mismo, porque así es la muerte, lo altera todo. Mi familia puede alzar la cabeza orgullosa porque ha salido adelante gracias a la mujer más admirable del mundo, mi madre. Y nos seguimos reuniendo todas las semanas para comer, y en Navidad hacemos una foto de “tod@s junt@s” pero en el fondo siempre sabremos que falta alguien.
Cuando tú estabas no había Internet, ni móviles, y yo era muy pequeña. Me gustaría saber qué pensarías de la mujer en que me he convertido y qué opinarías del mundo, que tanto ha cambiado desde entonces.
Ayer fue el decimonoveno aniversario de tu muerte, y estas palabras que duele teclear y que ni siquiera sabrías leer a no ser que te enseñara yo a manejar un ordenador, son para ti, mi querido hermano.
No quiero sonar a anuncio de la DGT, pero conducir borrach@ sí que mata.
Te recuerdo perfectamente aquella noche hace ya tantos años (para mí prácticamente ayer). Yo era una niña cuya vida, como la del resto de la familia, se dividió en antes y después de que te fueras. Incluso los recuerdos previos a tu muerte tienen un color distinto en mi cabeza a los posteriores. Paseaba con mi madre, mi padre y mi hermana pequeña por el puerto. “La juventud”, como os llamaba mamá, os ibais de juerga en el descapotable amarillo.
Después papá vendió el descapotable a un vecino de Madrid. A veces lo veía aparcado por el barrio y me sentía extraña. Todavía recuerdo cómo el viento te peinaba a su antojo cuando viajabas en él, la capota negra enrollada.
Os ibais de juerga y nos dijisteis adiós tocando la bocina. Te metiste con papá porque estaba fumando. A mí me pediste que te diera un beso de buenas noches. Has de saber que papá tuvo que dejar de fumar pues se le puso enfermo el corazón después de tu accidente. Nunca fue el mismo desde entonces. Una vez le escuché recordarte, charlando con mamá en la cama. Yo quería dormirme para no escuchar lo tristes que estaban mis padres, pero no podía. Siempre lo oía todo y al día siguiente me iba al colegio con la mochila más pesada de lo habitual, llena de cosas que una niña no debería conocer todavía.
En la habitación donde dormíamos las dos pequeñas y el niño había una litera y un colchón. Quien dormía en la litera de arriba era rey o reina. A quien le tocaba en la de abajo era alcaldesa o alcalde. En el colchón simplemente eras súbdita/o.
Un ruido extraño me despertó temprano. Apenas se filtraban unos rayos de sol por la persiana. Yo era reina. En las alturas escuché a mi madre llorar y a mi hermano hablar de mi otro hermano, tú. Un golpe en la cabeza, en el hospital de Murcia, en coma...
Mis padres se vestían. Mi madre entró llorando y nos dijo: Vuestro hermano Quiquín ha tenido un accidente, nos vamos, vuestras hermanas mayores os cuidarán.
Pero nuestras hermanas mayores no nos pudieron cuidar porque estaban muy tristes. Nos llevaron a la casa de mi tía en la Manga. Pasaron varias días.
Todas las mañanas mi tía nos llevaba a la playa. Yo me escondía para llorar porque quería irme a mi casa. Rezaba porque aún creía en dios: Que me vaya pronto a casa y que Quiquín se ponga bien. Escuchaba a los mayores hablar de “coma profundo”, pero no entendía bien qué significaba, ni creo que supiera todavía, con nueve años, que tus hermanos podían morirse.
Un día mis hermanas mayores nos recogieron. Hacían bromas y disimulaban pero yo sabía que algo raro pasaba. Llegamos a casa. Mi madre estaba muy muy delgada. Llevaba una boina verde. Nos dio dinero para que fuéramos a comprar un helado. ¿Dónde estaba Quiquín? Mi hermano mayor, que saltaba conmigo de la mano a la piscina y un día descubrió el escondite secreto donde yo leía para que no me molestasen y no se lo dijo a nadie. Hacía ruidos con la boca y yo me enfadaba porque creía que se había tirado un pedo. Siempre le brillaban mucho los ojos. Era muy guapo. Tenía veintidós años.
Mi hermana mayor nos llevó al embarcadero donde estaba atracada nuestra barquita roja.
- ¿Veis qué bonito está el cielo hoy?
- Sí –respondimos mi hermano, mi hermana y yo al unísono.
- Eso es porque dios ha llamado a Quiquín para que esté con él, por eso está tan bonito.
Hubo un momento de silencio pero después, claro, estallé:
- ¡Eso es que se ha muerto!
Y de pronto ya nada volvió a ser lo mismo, porque así es la muerte, lo altera todo. Mi familia puede alzar la cabeza orgullosa porque ha salido adelante gracias a la mujer más admirable del mundo, mi madre. Y nos seguimos reuniendo todas las semanas para comer, y en Navidad hacemos una foto de “tod@s junt@s” pero en el fondo siempre sabremos que falta alguien.
Cuando tú estabas no había Internet, ni móviles, y yo era muy pequeña. Me gustaría saber qué pensarías de la mujer en que me he convertido y qué opinarías del mundo, que tanto ha cambiado desde entonces.
Ayer fue el decimonoveno aniversario de tu muerte, y estas palabras que duele teclear y que ni siquiera sabrías leer a no ser que te enseñara yo a manejar un ordenador, son para ti, mi querido hermano.
Comentario:
Vaya, Hester, no sé si lees los posts atrasados, pero acabo de leer tu relato de la muerte de tu hermano, y me ha recordado cosas que a mí también me han pasado... también perdí un hermano, que tenía veintidós años, hace dieciocho años, también en un accidente de coche, claro...
Comentario:
ESTOY MUY EMOCIONADA, ES INCREIBLE EL RELATO,PIENSO QUE ES TAN CLARO EN EMOCIONES NO LO HACE FALTA NADA POR QUE ES MUY REAL, ME RECORDO LO LINDO QUE ES TENER HERMANOS, YO TENGO DOS HERMANAS Y SIENTOQ UE SI SUCEDIRA ALGO ASI YO SENTIRIA LO MISMO QUE LA ESCRITORA DEL RELATO AASI QUE FELICIDADES
Comentario:
A Marieke:
Yo también te quiero
Yo también te quiero
Comentario:
lo verdaderamente sorprendente es cómo (muy a pesar de ludditas, anarcoprimitivistas y tecnófob@s vari@s) puedes estar más cerca de las emociones de gente que tienes tan cerca teclado mediante que caña mediante.
cómo la presencia física nunca ha garantizado la cercanía emocional. y cómo los besos y abrazos electrónicos son (casi) igual de cálidos y cómo los pixels de las lágrimas siguen sabiendo salados.
pues eso. que me alegro de que este espacio sirva para estar contigo. que te quiero, beso y abrazo como siempre y más
cómo la presencia física nunca ha garantizado la cercanía emocional. y cómo los besos y abrazos electrónicos son (casi) igual de cálidos y cómo los pixels de las lágrimas siguen sabiendo salados.
pues eso. que me alegro de que este espacio sirva para estar contigo. que te quiero, beso y abrazo como siempre y más
Comentario:
Hester Prynne: claro que las heridas y alegrías nos sirven para crecer y fortalecernos y para distinguir lo que (quien) nos hace daño y lo que (quien)nos puede llevar a rozar la felicidad. Y creo que el recorrido nunca es en línea recta y a veces nos alejamos de ese camino para llegar al mismo lugar o a otro lugar que quizás no buscamos (¿o sí?). Y que sí, que un día de estos tendremos que decirle a Christine para que le diga a Miren que nos presente. Buenas vacaciones a todas.
"¿Cómo puede ser que teniendo ante nosotros nuestro camino trazado-o nuestros posibles caminos-generalmente tomemos siempre el q nos aleja de nuestra meta, el que nos lleva a otro lugar donde no estamos-aunque tal vez estemos?" Edmond Jabés
"¿Cómo puede ser que teniendo ante nosotros nuestro camino trazado-o nuestros posibles caminos-generalmente tomemos siempre el q nos aleja de nuestra meta, el que nos lleva a otro lugar donde no estamos-aunque tal vez estemos?" Edmond Jabés
Comentario:
A Glauka:
Hermoso el fragmento de Lawrence, y qué gran verdad. Pero pasado el tiempo, aunque las heridas no se curen, duelen menos, se cicatrizan. Y las cicatrices, físicas o no, son indesructibles fragmentos de nuestra historia personal. Necesarias, aunque sea paradójico, porque el dolor y la alegría nos forman y conforman y nos hacen ser quienes somos.
Hermoso el fragmento de Lawrence, y qué gran verdad. Pero pasado el tiempo, aunque las heridas no se curen, duelen menos, se cicatrizan. Y las cicatrices, físicas o no, son indesructibles fragmentos de nuestra historia personal. Necesarias, aunque sea paradójico, porque el dolor y la alegría nos forman y conforman y nos hacen ser quienes somos.
Comentario:
A Bambolia:
El tiempo todo lo da, el tiempo todo se lleva.
Ánimo, fuerza, y un abrazo de este ciberespacio que tratamos de humanizar lo máximo posible.
El tiempo todo lo da, el tiempo todo se lleva.
Ánimo, fuerza, y un abrazo de este ciberespacio que tratamos de humanizar lo máximo posible.
Comentario:
A todas:
Gracias por los abrazos, amigas. ¡Sientan tan bien!
Gracias por los abrazos, amigas. ¡Sientan tan bien!
Comentario:
En cuanto al comentario de Bambolia, debo decirte Hester Prynne que D. H. Lawrence lo explicaba muy bien cuando hablaba de las grandes leyes del alma humana y sus heridas. Te regalo este fragemento de El amante de Lady Chaterley:
"Cuando el alma recibe emocionalmente un duro golpe que no mata el cuerpo, el alma parece recobrarse a la vez que el cuerpo. Pero solo en apariencia. En realidad, sólo es el mecanismo del hábito que vuelve a ponerse en marcha. Poco a poco, lentamente, la herida del alma comienza a dejarse sentir, como una contusión cuyo dolor se va haciendo más profundo, hasta que inunda toda la psique. Y cuando creemos que nos hemos recuperado y hemos olvidado, entonces es cuando tenemos que afrontar los peores momentos de sus terribles consecuencias".
"Cuando el alma recibe emocionalmente un duro golpe que no mata el cuerpo, el alma parece recobrarse a la vez que el cuerpo. Pero solo en apariencia. En realidad, sólo es el mecanismo del hábito que vuelve a ponerse en marcha. Poco a poco, lentamente, la herida del alma comienza a dejarse sentir, como una contusión cuyo dolor se va haciendo más profundo, hasta que inunda toda la psique. Y cuando creemos que nos hemos recuperado y hemos olvidado, entonces es cuando tenemos que afrontar los peores momentos de sus terribles consecuencias".
Comentario:
Hermosa forma de contarlo, Hester.
El domingo 18 de julio murió alguien a quien quería mucho. Siempre temí por su vida porque la vivió muy al límite, quizás demasiado para que la gente que estaba a su alrededor lo entendiese. No sé por qué, pero llevo desde entonces recordando sus manos, como si fuesen la única forma que tengo de aferrarme a su mundo.
Los años, a veces, amortiguan el dolor, pero el sentimiento de abandono permanece.
El domingo 18 de julio murió alguien a quien quería mucho. Siempre temí por su vida porque la vivió muy al límite, quizás demasiado para que la gente que estaba a su alrededor lo entendiese. No sé por qué, pero llevo desde entonces recordando sus manos, como si fuesen la única forma que tengo de aferrarme a su mundo.
Los años, a veces, amortiguan el dolor, pero el sentimiento de abandono permanece.
Comentario:
Para mí lo más doloroso de la muerte más importante de mi vida ha sido la imposibilidad de decir cosas importantes cuando todavía era posible, de pensar como la película que “las cosas que nunca te dije son las más importantes”. Creo que cuando una admite a los que quiere tal y como son y les transmite lo que siente, cuando se van y ya no vuelven, una vive con más ligereza esa pérdida porque ha compartido lo fundamental, el recuerdo se dibuja con alegría y la ausencia no pesa tanto. A mí me sigue pensando, por eso, desde hace 12 años, no pasa una semana sin decirle a mi madre lo mucho que la quiero.
Comentario:
querida h.
atrevido saber qué pensarían de nosotr@s quienes se van..
osado pronunciarme y sin embargo estoy segura: reconocería la grandeza de sus mujeres (más pequeñas o más grandes). eres-sigues siendo-serás una reina.
atrevido saber qué pensarían de nosotr@s quienes se van..
osado pronunciarme y sin embargo estoy segura: reconocería la grandeza de sus mujeres (más pequeñas o más grandes). eres-sigues siendo-serás una reina.
Comentario:
Me pregunto con frecuencia cómo sería mi vida, la de mi familia, la de aquella novia que tenías, la de tus amigos...si aun siguieras aquí.
Sólo te conocí durante los primeros seis años de mi vida, pero fueron suficiente para que, a veces, te eche de menos... sobre todo cuando veo fotos y pienso que me parezco a ti.
Sólo te conocí durante los primeros seis años de mi vida, pero fueron suficiente para que, a veces, te eche de menos... sobre todo cuando veo fotos y pienso que me parezco a ti.
Comentario:
buff.. me gustaría tener más confianza para mandarte un abrazo que por un momento aliviara ese recuerdo... bueno, qué caraio!, yo te lo mando:
un abrazo
un abrazo
Comentario:
Querida Hester:
El abrazo más fuerte que te puedas imaginar te lo mando desde esta otra orilla!
Besos mujer!
El abrazo más fuerte que te puedas imaginar te lo mando desde esta otra orilla!
Besos mujer!

