La Letra Escarlata
No tengo tiempo para escribir poco
Hester Prynne
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Sindicación
 
Armas de mujer
Y Richie comprendió, con un escalofrío, que para eso la habían fabricado. ¿Qué otra cosa se podía hacer con una pistola? ¿Encender un cigarrillo? (It, Stephen King)

No me parece un avance que una mujer se halle al frente de los ejércitos, porque, por mucho que hoy mismo salga ella en el periódico diciendo que es “pacifista” y que “el ejército español es una fuerza de paz,” no nos las va a dar con queso. Las fuerzas armadas (las de todos los países, me refiero) son un magnífico ejemplo de lo mal que nos lo montamos. Vamos, que podíamos estar aquí tan a gustito y nos dedicamos a jodernos la vida y a amargar la del prójimo. Las militares y las ministras de defensa son mujeres que, en lugar de hacer una nueva política ahora que por fin han accedido a estratos que antes les estaban vetados, prefieren meterse en un sistema completamente creado por hombres y adaptarse a él como un niño pobre que se tiene que poner ropa que ya se le ha quedado pequeña. Es triste que consideremos como avances ciertas cosas que no hacen sino perpetuar sociedades limitadas y poco creativas, sociedades que no celebran las diferencias ni saben solucionar conflictos con la palabra. Llamadme idealista si queréis.
Viendo hoy a Carme Chacón embarazada al frente de un batallón y diciendo con vehemencia eso de “soy pacifista” me he acordado de un reportaje que vi ayer en el National Geographic acerca de los avances en balística y de cómo un grupo de científicos habían conseguido diseñar un arma que disparaba mil balas por minuto y otra que tenía una bala que nunca fallaba, porque se teledirigía al objetivo. Y yo pensaba: así que estos científicos están por ahí haciendo dinero a costa de inventar estas pistolas o metralletas o lo que sea que, obviamente, sólo sirven para matar y para nada más. Y luego qué, ¿van a sus casas, hacen el amor con sus parejas, leen un cuento a sus hijos, cenan con sus amigos, friegan los platos? ¿Pueden dormir tranquilos, con el cerebro libre de culpabilidad?
Por favor, comandantas en jefe, personas dedicadas a la ciencia, hagan lo que les de la gana, pero llamen a las cosas por su nombre y no nos traten a los demás de idiotas, ¿vale?
 
Tempus fugit
Pero cuando nada subsiste ya de un pasado antiguo, cuando han muerto los seres y se han derrumbado las cosas, solos más frágiles, más vivos, más inmateriales, más persistentes y más fieles que nunca, el olor y el sabor perduran mucho más, y recuerdan, y aguardan, y esperan, sobre las ruinas de todo, y soportan sin doblegarse en su impalpable gotita el edificio enorme del recuerdo (En busca del tiempo perdido 1, Marcel Proust)

En ocasiones, ¡inesperado encuentro!, un aroma o una luz o una vieja canción me llevan en volandas a la infancia y vuelvo a ver las nimiedades cotidianas de mi vida de niña, esa que sucedió ayer, esa que incomprensiblemente un día se me escurrió de las manos como un gato huidizo que de un brinco se esconde entre los muebles. Entonces, no me doy de bruces con los sucesos trascendentales que más han marcado mi persona, sino que van poco a poco penetrando en la retina de mis recuerdos esas nimiedades cotidianas que no parecen tener posteridad.
El borboteo de la insustituible cafetera vieja que mi madre ponía sobre el fuego después de la siesta (ahora, probablemente, oxidándose en un vertedero), el tacto fresco del banco del jardín (ya no existe ese jardín), los pasos quedos de mi perro vago (mi perro, mi querido perro ya está muerto), los gritos regocijados del nieto de la vecina al salir a jugar (Borja ya es casi adulto y no tiene tiempo para juegos), el crujir del periódico de mi padre (hoy día un viejecito cascarrabias), mis hermanas y hermanos subiendo y bajando las escaleras (uno ya no está, para ver al otro hay que cruzar un océano, y los demás nos repartimos en nuevas casas para generar otras rutinas y distintas memorias), el barrio con sus esquinas recónditas, su panadería rebosando donuts con escarcha de azúcar, mi amiga Elena que fumaba a escondidas, el loco que daba miedo y el kiosquero que vendía –jueves sí jueves no- la flamante revista SuperPop (hace años que no paso por esas calles), las conversaciones con mi hermana pequeña antes de dormir (sustituidas ahora por las charlas a través del móvil), la sensación de que aún quedaba tiempo para ser lo que me diese la gana ser…
El viejo tópico, en fin, del tiempo y su fugacidad. Eso que no te crees hasta que empieza a sucederte.
 
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Las únicas personas normales son las que no conocemos demasiado (Joe Ancis)

Alguna que otra vez me han dicho eso de “es que no pareces lesbiana,” y creo que piensan que me lo tengo que tomar como un cumplido, pero… para empezar, ¿qué es parecer lesbiana? ¡Somos tan diversas, tan distintas, de tantos colores y sabores y olores! ¡Con creencias tan diferentes, esperanzas y deseos tan personales, políticas tan múltiples! Y para seguir, ¿por qué iba a tomarme como un cumplido “parecer heterosexual”? ¿Qué coño (santo coño…) significa eso? ¿Tener el pelo largo, llevar falda, pintarse los labios o qué? ¿No son las mujeres heterosexuales también variadas y policromáticas? Todo este dilema me recuerda a esa frase tan horrible de “sentirse mujer” o “ser femenina.” Vamos, esas personas que deben de creer que sólo hay una forma de sentirse mujer (si es así, ¿cuál es y quién establece esas normas?) o de ser femenina (¿qué diablos quiere decir eso?). Lo que nos lleva, en conclusión, a la amargante división dual de heterosexual/homosexual y mujer/hombre que tantas cosas se deja entre medias, albergadas en la barra que divide a ambos pares de palabras.
Ahora que no es difícil tener al alcance de la mano información de todos los recovecos de nuestro planeta enfermito (le duelen tantas partes que parece milagroso que le siga latiendo la tierra) nos llegan noticias que nos sorprenden y descolocan, fenómenos que no son tales sino hechos que siempre han existido pero que se han silenciado porque se salían de la norma y claro, para qué dar ideas… Me refiero a sucesos como el de Thomas Beatie, el hombre transgénero que ha quedado embarazado, por poner un ejemplo. Y venga todo el mundo a debatir sobre si entonces no es un hombre de verdad (¿existen unos requisitos para serlo? ¿cuáles son y quién los establece?), si es antinatural (como tantas otras cosas, como un marcapasos o un condón, pero es que así somos los seres humanos, y además, hay animales macho que se embarazan, como los caballitos de mar, si es que necesitamos buscar correlaciones absurdas) o yo que sé qué…
Las personas que convivimos en estos momentos en nuestro mundo somos las primeras que tenemos la sabiduría necesaria para desafiar esa palabra que ha torturado a tantas generaciones a lo largo de la historia: lo normal, lo que viene de la norma. Somos las primeras que podemos darnos cuenta de forma generalizada (siempre ha habido casos aislados de valientes que nos precedieron) de que lo normal no existe, es tan sólo un intento para mantenernos a raya. Lo normal es un centro artificial que se ha creado para que todo lo que no esté en ese centro sea condenado. Lo que quiero decir, en fin, es que tenemos el deber –y además, nuestra vida se enriquecerá de forma inimaginable si lo hacemos- de mirar a toda esa gente (tanta…) que reside en la barra que separa las palabras con las que nos han enseñado a comprender limitadamente el mundo.
Hombre/mujer
Heterosexual/homosexual
Cuerdo/loco
Sano/enfermo
Bueno/malo
Guapo/feo
Normal/anormal
Legal/ilegal

¡Se me ocurren tantas!
Abramos nuestra mente.
Feliz primavera.

Este post está dedicado a Mamen, porque me lee todos los días, porque es maravillosa.