Jornada de reflexión
Me hice feminista como alternativa a hacerme masoquista (Sally Kempton)
Al decidir celebrar las próximas elecciones generales el 9 de marzo, el gobierno español muestra un desprecio absoluto e indignante hacia el movimiento feminista, que tiene desde hace décadas su día el 8 de marzo, el cual lamentablemente coincidirá en nuestro país en 2008 con la jornada de reflexión. En este día, las feministas organizamos marchas en la mayoría de las ciudades del mundo, además de diversos actos muy importantes. En España el año que viene probablemente todo esto deba ser adelantado o aplazado para que los partidos políticos, una vez más, puedan hacer lo que les venga en gana sin contar con la gente de la calle. Que alguien por favor me diga qué problema había con poner las elecciones en otra fecha porque no lo entiendo.
La imposición de tal vacío al movimiento feminista no debe quedar silenciado en los tiempos que corren, pues son los feminismos más que nadie los que se encargan de luchar contra la discriminación de las mujeres –que en España continúan ganando menos, trabajando fuera y dentro de casa, sufriendo terriblemente la lacra del maltrato, encontrándose con publicidad sexista cada vez que encienden el televisor y un largo etcétera-, tema que creo, si no me equivoco, que sigue formando parte de las promesas electorales. ¡Hipocresía!
Así que nada, votaremos, cruzaremos los dedos para que no gane cierto pesado retrógrado y con el tiempo ni nos acordaremos de que el 8 de marzo de 2008 nos lo robaron un poquito. Pero hasta que eso pase, en fin, que gracias por el desprecio, se tendrá en cuenta.


Al decidir celebrar las próximas elecciones generales el 9 de marzo, el gobierno español muestra un desprecio absoluto e indignante hacia el movimiento feminista, que tiene desde hace décadas su día el 8 de marzo, el cual lamentablemente coincidirá en nuestro país en 2008 con la jornada de reflexión. En este día, las feministas organizamos marchas en la mayoría de las ciudades del mundo, además de diversos actos muy importantes. En España el año que viene probablemente todo esto deba ser adelantado o aplazado para que los partidos políticos, una vez más, puedan hacer lo que les venga en gana sin contar con la gente de la calle. Que alguien por favor me diga qué problema había con poner las elecciones en otra fecha porque no lo entiendo.
La imposición de tal vacío al movimiento feminista no debe quedar silenciado en los tiempos que corren, pues son los feminismos más que nadie los que se encargan de luchar contra la discriminación de las mujeres –que en España continúan ganando menos, trabajando fuera y dentro de casa, sufriendo terriblemente la lacra del maltrato, encontrándose con publicidad sexista cada vez que encienden el televisor y un largo etcétera-, tema que creo, si no me equivoco, que sigue formando parte de las promesas electorales. ¡Hipocresía!
Así que nada, votaremos, cruzaremos los dedos para que no gane cierto pesado retrógrado y con el tiempo ni nos acordaremos de que el 8 de marzo de 2008 nos lo robaron un poquito. Pero hasta que eso pase, en fin, que gracias por el desprecio, se tendrá en cuenta.


Los armarios son para la ropa
La vida se expande y se contrae en proporción a lo valiente que sea una persona (Anais Nin)
Lamentablemente, he recibido una educación cristiana, perdiendo un valioso tiempo infantil que podría haber dedicado a leer mis libros de Los Cinco o a jugar por el barrio en ir a misa, a catequesis, a clase de religión y demás actos que me fueron haciendo cada vez más atea. Yo lo hacía encantada, no os creáis, e incluso en mis años más tiernos me imaginaba que dios bajaba y decía ante todo el mundo que yo era la niña más buena y no sé qué más cosas que me hacían famosa en todo el planeta.
Lo que más me gustaba eran las historias de la biblia, porque parecían cuentos. Me encantaba y compungía a partes iguales el relato de la llamada Pasión de Cristo, cuando sucede todo lo de la última cena y la traición de Judas. Lo que más me inquietaba del tema era cuando Jesús le dice al apóstol Pedro que antes de que cantase el gallo habría renegado de él tres veces. Pedro le responde indignado que no, que él jamás haría eso. Pero esa noche le preguntan en tres ocasiones si él va con el grupo de Jesús, y en tres ocasiones Pedro lo niega por temor a las represalias. Y cuando canta el gallo se da cuenta de lo que ha hecho y casi se muere de la pena (y yo con él, jurando y perjurando desde mi banco de la iglesia que si hubiera sido yo, nunca le hubiera hecho eso a Jesús).
Esta narración tan de Semana Santa me viene siempre a la cabeza cuando pienso en las mujeres lesbianas (me encanta ser tan blasfema) que ocultan o niegan el serlo para que ello no afecte a su carrera profesional. No estoy hablando de mujeres que se juegan la vida en países fundamentalistas, por ejemplo, sino de las famosas o las grandes directivas que tanto podrían hacer por la visibilidad y cuyo silencio es como la negación del apóstol Pedro, como el rechazo a aquello que es tan importante para ti.
Como seres humanos, es nuestra responsabilidad inherente (más bien debería serlo, porque mucha gente va simplemente a lo suyo) respetar y luchar por que todas las personas tengan ciertos derechos básicos: techo, comida, educación, igualdad de oportunidades, dignidad, infancia, voto, voz, etc. Como mujeres lesbianas, también creo que tenemos la responsabilidad de poner nuestro granito de arena en la visibilidad. No estoy diciendo que tu sexualidad deba regir tu vida, pero es cierto que hemos avanzado lo que hemos avanzado gracias a quienes nos precedieron, y ahora debemos trabajar nosotras también.
No voy a decir nombres porque a mí eso del outing no me va, pero me viene ahora a la cabeza el nombre de una política española muy muy importante que está casada con una mujer y todo, y que el otro día dijo en una entrevista que era soltera. Me dio mucha pena. Y me pregunté cómo se sentiría su mujer, seguramente ya acostumbrada a que el amor de su vida reniegue de ella, pero probablemente con una opresión en el pecho al leer el artículo. Me imaginé a la política frente al entrevistador, escuchando al gallo cantar tres veces, y diciéndose a sí misma que no pasa nada, que su partido ha conseguido que las lesbianas y los gays se puedan casar, que bastante hace ella por la causa.
Y luego están las valientes, aunque les haya costado años, como Jodie Foster, que acaba de confesar (cosa que las bollos con el sexto sentido o gaydar un poco desarrollado ya sabíamos, claro) que lleva quince años ni más ni menos con una mujer. Y nada, que para ella este post, porque una no es de piedra, por guapa, por durita, por Taxi Driver, por El silencio de los corderos, por ser una bollera de tomo y lomo y por regalarnos esta elegante salida del armario. ¡Ole!

Lamentablemente, he recibido una educación cristiana, perdiendo un valioso tiempo infantil que podría haber dedicado a leer mis libros de Los Cinco o a jugar por el barrio en ir a misa, a catequesis, a clase de religión y demás actos que me fueron haciendo cada vez más atea. Yo lo hacía encantada, no os creáis, e incluso en mis años más tiernos me imaginaba que dios bajaba y decía ante todo el mundo que yo era la niña más buena y no sé qué más cosas que me hacían famosa en todo el planeta. Lo que más me gustaba eran las historias de la biblia, porque parecían cuentos. Me encantaba y compungía a partes iguales el relato de la llamada Pasión de Cristo, cuando sucede todo lo de la última cena y la traición de Judas. Lo que más me inquietaba del tema era cuando Jesús le dice al apóstol Pedro que antes de que cantase el gallo habría renegado de él tres veces. Pedro le responde indignado que no, que él jamás haría eso. Pero esa noche le preguntan en tres ocasiones si él va con el grupo de Jesús, y en tres ocasiones Pedro lo niega por temor a las represalias. Y cuando canta el gallo se da cuenta de lo que ha hecho y casi se muere de la pena (y yo con él, jurando y perjurando desde mi banco de la iglesia que si hubiera sido yo, nunca le hubiera hecho eso a Jesús).
Esta narración tan de Semana Santa me viene siempre a la cabeza cuando pienso en las mujeres lesbianas (me encanta ser tan blasfema) que ocultan o niegan el serlo para que ello no afecte a su carrera profesional. No estoy hablando de mujeres que se juegan la vida en países fundamentalistas, por ejemplo, sino de las famosas o las grandes directivas que tanto podrían hacer por la visibilidad y cuyo silencio es como la negación del apóstol Pedro, como el rechazo a aquello que es tan importante para ti.
Como seres humanos, es nuestra responsabilidad inherente (más bien debería serlo, porque mucha gente va simplemente a lo suyo) respetar y luchar por que todas las personas tengan ciertos derechos básicos: techo, comida, educación, igualdad de oportunidades, dignidad, infancia, voto, voz, etc. Como mujeres lesbianas, también creo que tenemos la responsabilidad de poner nuestro granito de arena en la visibilidad. No estoy diciendo que tu sexualidad deba regir tu vida, pero es cierto que hemos avanzado lo que hemos avanzado gracias a quienes nos precedieron, y ahora debemos trabajar nosotras también.
Y luego están las valientes, aunque les haya costado años, como Jodie Foster, que acaba de confesar (cosa que las bollos con el sexto sentido o gaydar un poco desarrollado ya sabíamos, claro) que lleva quince años ni más ni menos con una mujer. Y nada, que para ella este post, porque una no es de piedra, por guapa, por durita, por Taxi Driver, por El silencio de los corderos, por ser una bollera de tomo y lomo y por regalarnos esta elegante salida del armario. ¡Ole!
