La Letra Escarlata
No tengo tiempo para escribir poco
Hester Prynne
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Sindicación
 
Rosie
Las personas más estúpidas son aquellas que lo saben todo (Malcolm Forbes)

Quizá el nombre de Rosie the Riveter (Rosie la Remachadora) no os suene a nada, pero si os enseño una imagen, seguro que os resulta más familiar:
Pues bien, Rosie the Riveter es un icono cultural de los Estados Unidos que hoy día muchas mujeres y organizaciones del movimiento feminista han tomado como estandarte, como símbolo. Y aunque puedo entender el poder de la imagen más popular de Rosie (hay muchas otras), –una mujer que alza el puño segura de sí misma, vestida con un mono de trabajo- me gustaría contextualizar a este personaje de modo que sepamos de dónde viene.
Rosie the Riveter forma parte de la propaganda norteamericana en la Segunda Guerra Mundial: carteles que animaban a la población a comprar bonos, que les advertían de los malévolos japoneses o que recordaban a los hombres el deber patriótico de alistarse. La imagen de Rosie fue creada y utilizada por el gobierno norteamericano para instar a las mujeres a que dejasen sus labores de amas de casa y trabajasen en las fábricas, pues estas se habían quedado escasas de mano de obra al marcharse todo el género masculino a luchar a Europa y al Pacífico. Los anuncios de Rosie se publicaron en periódicos, revistas y en enormes carteles por las calles de todas las ciudades. Hoy día, estas ilustraciones se consideran, como digo, iconos del movimiento feminista y del poder de las mujeres.
Pero Rosie no es esto ni mucho menos. Rosie es marketing de guerra, y poco tienen que ver los feminismos con la guerra. Fue creada por hombres y utilizada por ellos para llevar a las mujeres por el camino que les interesaba. El más claro ejemplo de esto fue cuando, al terminar la Segunda Guerra Mundial, la misma Rosie que antes alzaba su puño animando a las mujeres a tomar las fábricas y a hacerse fuertes económicamente, pedía ahora a todas que volviesen a casa, a atender a su marido y a sus hijos, a recluirse de nuevo en la cocina. No he podido encontrar en Internet las imágenes de las que hablo (por favor, si alguien las tiene que me las envíe o me diga el vínculo donde se encuentran, ¡mil gracias!), pero os puedo describir una que recuerdo perfectamente, pues asistí en Estados Unidos a un coloquio sobre el tema de la propaganda de guerra y la mostraron en una diapositiva: Rosie the Riveter está yendo a trabajar cuando se encuentra con sus hijos, quienes le preguntan con una cara de pena tremenda que cuándo va a volver a casa. En resumen, que qué malas y qué egoístas son las mujeres que abandonan a sus desvalidos hijitos y no le ponen la cena a su marido todas las noches.
En nombre del patriotismo, pues, se utilizó a Rosie the Riveter para primero instar a las mujeres a entrar en el mundo laboral y posteriormente forzarlas a marcharse, por lo que la guerra y su propaganda fueron un tipo –otro más- de explotación y un medio para mantener y reforzar el patriarcado.
Aunque personalmente intento no tener ninguna imagen de este personaje (y digo que lo intento porque siempre hay alguien que, con toda su buena intención, sabe que me gusta el merchandising feminista y me regala una postal, una chapita o algo por el estilo con Rosie y su puño), no es mi intención criticar a las feministas que utilizan este símbolo, pues estoy totalmente a favor de reapropiarnos y de reinterpretar símbolos que en otro momento de la historia nos han oprimido. Lo único que pretendía con este post es ofrecer un poco de información que muchas de nosotras desconocemos. Como dice el refrán, el saber no ocupa lugar.
 
Quédate
En la edad adulta, el truco está en hacer el esfuerzo de recuperar lo que sabíamos de forma automática en nuestra infancia (Carol Lawrence)

Con veinte años no me creía muchas de las manidas frases hechas que flotaban a mi alrededor como moscas molestas: todo el mundo va a lo suyo, ya cambiarás y un largo etcétera que no quiero reproducir por si me está leyendo alguien de esa edad (hay que mantener la esperanza, la gente que cambia el mundo es la que sigue llevando esta como estandarte).
Con treinta años me encuentro luchando contra esas frases hechas, ahora que veo que gran cantidad de ellas están muy cerca de ser verdad. Y digo muy cerca, porque aún me las arreglo para desinflarlas cuando veo que van cobrando forma. Cada cual tendrá el suyo, pero mi mecanismo de defensa es continuar aferrándome a esa fuerza que de niña me abría mucho los ojos, maravillada con lo que tenía delante (tantos libros por leer, tantas cosas extrañas por entender) e impaciente por lo que estaba por venir. Me agarro fuerte a esa yo que a veces quiere empaquetar y marcharse, no te vayas por favor, no te vayas del todo, niña yo.
De chiquilla era sin duda más sabia, más sabia de una manera menos rocambolesca. Ahora –para bien y para mal- la selva de mi por dentro está compuesta de innumerables laberintos que desembocan en innumerables facetas que forman la –enrevesada y al mismo tiempo simple- persona que soy: la más afortunada del mundo a veces, la que se siente abandonada y sola otras, la locamente enamorada, la que se descubre vulnerable y temblorosa, la que tiene mucho que aprender, la bibliófila, la que echa de menos, la llena de proyectos, la llena de miedos, la lenta que tiene prisa, la ansiosa que debe detenerse, la que se acuesta cada noche abrazada al amor de su vida, la fuerte que flaquea y también la débil que saca energías de no se sabe dónde.
Así que nada, qué otro remedio queda que tirar para delante. Y ya que no me queda otra, por qué no hacerlo con la elegancia de las torpes que siempre se vuelven a levantar de donde han caído.
Tiempo de proyectos, tiempo de rodillas llenas de costras, tiempo de cabeza alta, aunque la barbilla tiemble a veces.

Mención especial a Chavela, a quien le he robado la idea de poner una foto de mi infancia en el post de hoy.
 
¡Olé!
Podemos juzgar la grandeza de una nación y su progreso moral por la forma en que son tratados sus animales (Mahatma Gandhi)

Te recomiendo que la próxima vez que vayas al campo abraces un árbol. Te puede parecer una cursilada, pero en los absurdos tiempos que corren, llegará un momento que este acto tan maravillosamente lleno de hormigas y serrín será un verdadero lujo.
En este post no voy a decir nada nuevo. De hecho ayer, cuando leí en un periódico que financiamos con nuestros impuestos las corridas y los encierros que se celebran por toda España haciendo de este país un lugar cutre y cruel, tampoco me sorprendió mucho. Nunca me había parado a pensarlo, eso es todo. Así que según un estudio, cada familia destina alrededor de 47€ anuales a esta basura paleta que algunos intelectuales como hace unas décadas Hemingway y actualmente Joaquín Sabina nos intentan vender como arte. Que no cuela, señores, que no cuela. Al menos a mí. Y si a ti sí te gusta la tauromaquia, como llaman al maltrato de estos animales quienes quieren engrandecerlo, creo que te has equivocado de blog.
Volviendo al estudio (si es que sigues aquí), se ha calculado que las administraciones destinan 564 millones de nuestros impuestos a financiar la cruel diversión de las fiestas populares. Pagamos a los toreros, que son casi funcionarios (no me da ninguna pena cuando tienen cogidas, por muy graves que estas sean), y pagamos los ignorantes ritos de pueblos donde lanzan animales al agua (como Los Toros a la Mar de Dénia), les lancean hasta morir (como el Toro de la Vega de Tordesillas) o les arrojan alfileres (como el Toro de Coria), por poner sólo tres ejemplos.
Sobra decir que este dinero podríamos destinarlo a otros fines, que 47€ por familia en todo el estado es mucho pero que mucho dinero.
No sólo en los países ricos nos estamos cargando el mundo con la contaminación de nuestros coches, el consumismo compulsivo, las talas indiscriminadas y las devastadoras guerras, no sólo los animales que nos comemos en estos países son criados en condiciones infames, sino que además, qué vergüenza, en esta España del siglo XXI queremos ser más y le añadimos un toque de crueldad adicional a la cosa, por si era poco, porque aquí siempre nos gusta añadirle una aceituna al vermut… clavada en un palillo, por supuesto.

Únete a la lucha apoyando a la Fundación Altarriba. a la A.N.P.B.A, a AnimaNaturalis o a tantas otras organizaciones que luchan por los derechos de los indefensos animales.
 
Misterio
Nada es interesante si no muestras interés (Helen MacInnes)
El llamado “caso Madeleine” que inunda las portadas de los periódicos estos días a mí también me tiene enganchada, claro. Cómo no iba a caer en las redes de la trama que hay alrededor de la linda niña inglesa cuyo rostro conoce ya medio mundo. ¿Asesinada, secuestrada, muerta de una sobredosis? El frío rostro de una madre… ¿que está destrozada o que finge? Ese padre que nunca ha perdido los papeles. Esos increíbles contactos que han llevado desde Beckham hasta a la Rowling a pedirnos que encontremos a Maddie. Esos gemelitos que tanto se parecen a su hermana mayor. Esa playa portuguesa, las catorce botellas de vino, los diarios de Kate McCann, la perfecta pareja de doctores, los somníferos… Sin duda a la historia no le falta de nada. Da igual que miles de niños sufran y desaparezcan todos los días, los ingredientes de este asunto han conquistado a una sociedad ávida de cualquier cosa que nos haga desconectar de la cotidianidad por un rato.
Bueno, pues con todo este lío a mí de lo que me ha dado ganas, en mi línea, es de desempolvar unos buenas historias para no dormir de mi biblioteca, porque si queréis buenos crímenes, de esos que no te dejan pegar ojo hasta que sepas quién es el culpable, qué diantres ha pasado, madre mía que miedo, entonces queridas y queridos, vuestra Hester tiene lo que necesitáis. Obviamente, en las novelas no encontraréis copias exactas de la realidad, pero es que el caso Madeleine es también una ficción que nuestra mente ha creado con el cóctel que nos han inyectado los telediarios y que tanto ha avivado nuestra imaginación. Y además, no debemos menospreciar la Literatura intentando convertirla en un reflejo de la vida, porque en los libros no buscamos tanto la verdad como una especie de epifanía que nos mueva por dentro y nos rompa los esquemas.
Divagaciones aparte, repito que tengo lo mejorcito en misterios. ¿Por qué no empezamos con la madre del cordero? Una de las primeras novelas que inauguraron el género de misterio del que posteriormente saldrían subgéneros como los thrillers o los libros de detectives fue La mujer de blanco (The Woman in White) de Wilkie Collins, escrita a mediados del siglo XIX. En ella encontraréis a una misteriosa dama de vestimenta color nieve que lleva consigo un enigma… Para más goce y desasosiego victoriano, no os perdáis los cuentos de Edgar Allan Poe, o los fantasmas de Henry James en la tenebrosa Otra vuelta de tuerca (The Turn of the Screw) y de Oscar Wilde en El fantasma de Canterville (The Canterville Ghost). De Wilde también asusta y deleita El retrato de Dorian Gray (The Picture of Dorian Gray). Imprescindibles los delirios lésbicos decimonónicos de Sarah Waters: Falsa identidad (Fingersmith), El lustre de la perla (Tipping the Velvet) y Afinidad (Affinity).
Pero si queréis miedos más contemporáneos, la reina a mi gusto es Donna Tart con El secreto (The Secret History) y The Little Friend. En la primera unos universitarios la mar de raritos bordean la locura al intentar ocultar un asesinato y en la segunda una niña intenta resolver la extraña muerte de su hermano. Por otra parte tenemos El cuento número trece (The Thirteenth Tale) de Diane Setterfield, con ocultos pasados familiares, El jardinero fiel (The Constant Gardener) de John le Carré, acerca de las malévolas compañías farmacéuticas, Los aires difíciles de Almudena Grandes, en la que un accidente puede haber sido en realidad un asesinato, la delirante y maravillosa dictadura literaria de Jasper Fforde con una detective que investiga cosas como el secuestro de Jane Eyre, la niña investigadora de Harriet the Spy de Louise Fitzhugh, Rebeca (Rebecca) de Daphne du Maurier con mansión tenebrosa incluida, las andanzas de los desgraciados hermanos Baudelaire de Lemony Snickett o, por qué no, la trilogía erótico-detectivesca de Lola Van Guardia.
En fin, que si os apetece empezar el otoño con la carne de gallina, acomodaos en el sofá taza en mano y libro en regazo, apagad la tele y encended la cabeza.