La Letra Escarlata
No tengo tiempo para escribir poco
Hester Prynne
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Sindicación
 
AUTOBIOGRAFÍA: Capítulo tres
[AUTOBIOGRAFÍA: capítulos uno y dos]

El mundo existía antes que tú, y no tienes que aceptarlo ni dejarlo como estaba cuando llegaste.(James Baldwin)

Por parte de padre, mi familia es de la isla de Gran Canaria, por lo que recuerdo las Navidades de mi infancia (luego la vida se puso muy cara y tuvimos que cerrar el grifo) en bañador, bajo un abeto lleno de bolas rojas plantado en la playa de las Canteras, esperando con ansia al viejo que vendía helados. Un verano también me mandó allí mi padre, porque había suspendido varias asignaturas y quería que conviviese con una prima que era completamente diferente a mí, a ver si se me pegaba algo.
Pobre prima mía, siempre le tuve manía, pero no era nada personal, sino por lo que representaba para mí y porque siempre era el final de todas las riñas de mi padre: “…miraencambiotuprima…” Ambas nacimos casi a la vez en el mismo año, pero en las fotos yo parezco un bebé mucho mayor porque fui una niña-bola con cara de alucine y una mata de pelo rizado, mientras que ella desde que nació fue delgada. Vamos, que a mi madre le preguntaban que qué me daba de comer (os prometo que eso cuenta ella: es que contigo me paraban por la calle para preguntarme que qué te daba de comer) y a la suya le decían, qué niña más rica, mírala qué mona. Con tres o cuatro años nos llevaron a una boda familiar vestiditas iguales, pero mis hermanos tuvieron la brillante idea de darme vino y hacerme gritar qué se besen, qué se besen, con lo que acabé con una cogorza infantil de tomo y lomo y el vestido lleno de churretones rojos, mientras que ella fue el angelito dulce y sonriente de todas la fotos. Ella siempre sacó sobresalientes mientras que mi gran secreto, por el cual acudía todos los días al colegio con el pavor de ser descubierta, era no saberme la tabla del siete.
Y aquél verano de mis trece años en que me mandaron a Canarias comprended mi pavor al pensar que iba a pasar dos meses con mi prima perfecta. Yo tenía que levantarme a las ocho a estudiar para los exámenes de septiembre y ella aparecía a eso de las once, con su cara adormilada de perpetua aprobada para quien septiembre es simplemente el mes en que empieza el otoño, el cole y hay que ir al Corte Inglés a comprar los libros nuevos y el uniforme, y no el mes en que se decide tu futuro, si repites curso o no, si tu padre te va a castigar hasta que seas mayor de edad o no. La verdad es que al final esos dos meses me sirvieron para bajarla un poco del pedestal y darme cuenta de que dijera lo que dijera mi padre, mi prima no era un modelo a seguir, sino una adolescente cualquiera obsesionada con la discoteca del club náutico (donde ese mismo verano me di yo mi primer beso… con un tenista de melena rubia que por cierto le robé a mi prima… al son de Sergio Dalma) y enzarzada constantemente en peleas con su hermano pequeño con quien, por cierto, me llevé mucho mejor que con ella durante mi estancia.
Algo de ese alivio debió de intuir mi padre a mi vuelta a Madrid, harta de estar rodeada de agua por todas partes, cuando casi beso los ladrillos de mi parque desabrido, y casi abrazo a la panda del barrio, y uno a uno toqué los lomos de mis novelas queridas que me aguardaban en las estanterías de mi habitación, y más que nunca había logrado convencerme de que yo era yo y de que no estaba mal ser yo, cosa que es toda una hazaña a los trece años, no os creáis. Algo de ese alivio debió de intuir mi padre a mi vuelta a Madrid, porque después ya no me intentó comparar con nadie, por fin se dio cuenta de que soy incomparable.
 
Mi querida España
¿Dónde están tus ojos? ¿Dónde están tus manos? ¿Dónde tu cabeza? (Cecilia)

Vivo en un país de gilipollas. Un país donde tenemos un rey que no para de reproducir su especie y a quien no le reclamamos multitudinariamente que se largue de una vez con todos sus nietos rubios y dejen de chupar del bote, que bastante nos cuesta ya llegar a fin de mes. Un país donde a la semana mueren asesinadas como mínimo tres mujeres a manos del machismo y no salimos en enfervorecida masa por las calles a pedir el fin de este devastador terrorismo. Un país donde la telebasura con todos sus engendros pseudoperiodísticos son superventas mientras que los programas culturales los echan de madrugada porque casi nadie los quiere ver. Un país cuya capital está en manos de una mujer que ha hecho suya la televisión autonómica que sale de bolsillo de la ciudadanía, censurando y exponiendo a su gusto, y de un hombre que se cree Ramsés II irguiendo pirámides, sin preocuparse en absoluto por lo social, pero quienes han vuelto a ganar las elecciones por aplastante mayoría. Un país donde una persona que consume coca manchada con la sangre de los niños soldado luego milita en una ONG. Un país donde Zara y la esclavitud que nos cose la ropa son orgullo nacional. Un país de inmigrantes a quienes el bienestar les hizo perder la memoria. Un país que se dice aconfesional pero que aún da voz a los curas, e incluso casilla en la declaración de la renta. Un país donde la educación primaria es obligatoria pero yo veo críos correteando por el centro y robando bolsos sin que nadie les meta de la oreja en una escuela. Un país donde predomina el culto al cuerpo antes que el culto a la diferencia, donde se prefiere la delgadez a la salud, donde hay quien invierte horas desarreglándose delante del espejo. Un país sarcástico, donde decir cosas bonitas queda cursi pero siempre hay que tener la inteligente frase irónica y descreída a mano, por si surge el utilizarla. Un país de desastres ecológicos a pie de playa. Un país donde el maltrato animal es tradición enraizada. Un país donde un grupo de vagos persiguiendo un balón mueve montañas. Un país donde aún tiene un algo de orgullo patrio eso de conducir con un par de vinitos en el cuerpo, caiga quien caiga. Un país donde la vivienda es un lujo y no un derecho. Un país donde nos llegan miradas desesperadas flotando en cayucos y pateras, y cuyos rostros asociamos indiferente e impasiblemente al gazpacho y a la tortilla que comemos mientras vemos el telediario. Un país que se dividió tras el golpe de estado fascista de 1936 y la Guerra Civil subsiguiente, y que nunca ha vuelto a unirse. Un país donde se nos mintió con inquina tras el devastador atentado islámico del 11 de marzo de 2004 y ahí están los pinochos tan campantes, en sus mansiones y saliendo en la tele a dar lecciones de moralidad.
Un país de gilipollas que escuchan a los mentirosos, un país que nunca ha vuelto a unirse porque la división se fomenta desde los altos mandos, sembrando peleas chabacanas en lugar de enriquecedores debates. Un país en el que todo lo demás ya no importa a partir de hoy, porque ETA lo ha vuelto a apartar todo a un lado con uno de sus comunicados. ETA, que nació en la burguesía vasca y que se dice de izquierdas, ja. ETA, que nunca fue antifranquista, sino anti cualquier cosa que hubiera habido en ese momento en España, fascista o no. ETA obsoleta, ETA asesina, ETA todavía con el poder de acallar el resto de cosas que importan. A partir de hoy, ya sabemos qué es lo único que van a hablar nuestros políticos (pero, ¿alguna vez no lo hicieron?). Si no puedes tener una casa, olvídate. Si crees que te va a matar tu marido, olvídate. Si te ha embestido alguien que conducía en estado de ebriedad, olvídate. Olvídate, olvídate, olvídate de todo porque lo único que importa es lo mal que lo está haciendo _______ (rellenar según ideología).
[Un país maravilloso lleno de arte, de literatura, con tantos sitios distintos, y ciudades y playas y bosques, con gente de todos los colores y sabores. Un país donde hay de todo para todo el mundo si lo sabemos repartir de forma sostenible. ¿Podrá esto algún día unirnos?]
 
Dos
Estar presente significa algo más que estar ahí (Malcom S. Forbes)

Está en el salón, es la hora de la siesta y, adormilada, escucha de fondo alguna película de esas de sobremesa.
Cree que estoy en la biblioteca trabajando en mis cosas, pero la verdad es que no paro de pensar en lo bien que huele, en lo bien que sabe, en lo guapa que está desnuda. Y es que esta mañana se ha estado probando ropa mientras yo, desde la cama, opinaba sobre cómo le quedaba tal o cual camiseta, ese pantalón o aquél otro. Y entre prenda y prenda el regalo de su piel y el cosquilleo en la mía. El deseo es denso, casi palpable, como si se tratase de un inquilino más en esta casa. A veces se consuma, otras veces se queda en el aire esperando su momento afortunado mientras ella y yo, risueñas o aburridas, transcurrimos con el día.
Y como soy una orgullosa apóstata y no me da la gana dar gracias a dios por nada, se las doy a ella por aguantar mis mohines, por salir del caparazón en el que tan cómoda estaba para hablarme y escucharme, por esperarme cuando nos separaba el océano y por hacerme el amor siempre como si yo fuese una deliciosa chocolatina rellena de galleta y avellanas. Y me doy las gracias a mí por no perder nunca el norte, por no priorizar lo no prioritario, por dejarme enseñar por ella y por hacerle el amor con la misma emoción que aquella primera vez, hace ya dos años, cuando no me podía creer la suerte de estar besándola y hundiéndome en ella.
Dos años ya, mi bruja. Apaga esa tele que lo vamos a celebrar como dios no manda.
 
¡Me aburro!
El primer paso para conseguir lo que quieres en la vida es este: decide qué es lo que quieres. (Ben Stein)

Tengo treinta años. Miro a mi alrededor y me doy cuenta de que más o menos voy por el camino adecuado, si entendemos por esto aquél que me hace sentir más satisfecha con la vida (nunca el dictado por las convenciones que a la larga es el más inconveniente, nunca el fácil que a la larga es el difícil). A veces cierta impaciencia me nubla la vista, porque observo como mucha gente de mi edad ya está teniendo bebés, ganando (y gastando) dinero y sumergiéndose en el compromiso más duradero de su vida, la hipoteca, mientras que a mí me queda alquiler para rato, no sé vestirme elegante, no me he puesto tacones en la vida, no me maquillo ni me tiño, no tengo ahorros y sigo ilusionada por muchas cosas. Y es que esto último noto que mucha gente lo pierde con la edad, con la madurez, con las responsabilidades. Y entonces el discurso de pronto empieza a ser sarcástico, plagado de chistes irónicos de persona desencantada que no mueve el culo para volverse a encantar. Entonces, de pronto, más o menos cuando cumples los treinta, se supone que ya no queda bien que una crea que el mundo puede cambiar, no quedan bien las locuras de amor, no quedan bien las opiniones que se dicen en serio y con los ojos bien grandes y bien llenos de esperanza, no queda bien intentar ser coherente con lo que se consume ni con el modo de vida, no queda bien.
Pertenezco a una generación –refiriéndome con este término no sólo a gente contemporánea y de edad parecida, sino con una cultura y una procedencia comunes- que vive en el limbo entre las personas adultas que ya deberían ser (para asumir las responsabilidades de la propia vida y de todo lo bueno y lo malo que pasa en ella) y las personas adolescentes que ya deberían haber dejado de ser (dándole excesiva importancia a lo cool, a la apariencia exterior, a las calorías, a las drogas y a muchas otras superficialidades). Yo, válgame, no me creo la persona más recta y coherente del mundo. Es duro pensarlo, pero hoy día vivir sin participar en el capitalismo extremo en el que se sume nuestra sociedad es harto difícil. Pero vamos, que siento que me aburro muchísimo rodeada de gente que utiliza el sarcasmo para hablar de lo que importa de verdad, que por regla general no puede hacer nada los fines de semana por la mañana porque ha salido hasta el amanecer y se levantará tarde, que no mete la mano en el cuenco de las patatas fritas porque engordan pero que sí que se mete una raya de coca (calorías no, pero niños-soldado todos los que quieras), que no ha tocado un libro en meses y ke eskribe todo kon k. Vamos, no me jodas.
Aburrida y enfadada, porque la indignación es buena como motor. Pero afortunada de rodearme de gente increíble que me inspira y que me enseña, eso también. Y lenta pero segura. En breve me hago autónoma para ser mi propia jefa y seguir persiguiendo mis sueños, aunque esto de perseguir los sueños de una, dicho a los treinta, es como poco cursi, y desde luego nada cool. Pero en fin, yo a lo mío. Imperfecta por dentro y por fuera, y a quien no le guste que no mire.