La Letra Escarlata
No tengo tiempo para escribir poco
Hester Prynne
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Sindicación
 
Cuidado, que voy armada
Perder el pasaporte era el menor de los problemas. Perder el cuaderno era una catástrofe (Bruce Chatwin)

Que anden con cuidado. A estas alturas la palabra y yo ya somos demasiado amigas. He de reconocer que es una amiga que a veces puede resultar devastadora, tan sólo aplicando la receta del contexto y el significado, dejándome por los suelos al estilo Bécquer, a quien se lo dijo un amigo y le dio las gracias. Pero muchas más veces la pobre es utilizada por un vampiro que le chupa la sangre y la deja vacía de significado, o por un ser manipulador que la altera, la confunde, la usa, la grita o la calla. Y muchas más veces aún me arrulla por las noches en forma de libro, me brota de los dedos convertida en inspiración, me abraza representada en la voz de una persona que quiero, me hace el amor en los oídos cuando me susurra mi bruja.
Os presento mi munición, estos cuadernos donde plasmo la vida que me pasa fuera y que me pasa dentro. Nada está a salvo de mi abecedario, nada me sucede realmente hasta que lo convierto en palabra. A la izquierda del todo tenéis el de literatura: en él escribo lo que tal o cual libro me ha parecido, reflexiones noveleras, o pego recortes de entrevistas o artículos literarios que me interesan, poemas, relatos, lo que sea… Debajo de él está mi diario. Y qué contaros de un diario que no sepáis… El diario está sobre mi moleskine, y no es que piense que para ser escritora una deba llevarse una moleskine a un café de esos con mesas de mármol y camareros muy viejos que ya sirvieron en otros tiempos a las tertulias de la generación del 98, pero qué queréis, es el cuaderno más cómodo que he encontrado para mis anotaciones de escritura, con el bolsillito donde meter papeles y recortes y la goma que lo cierra para que no se caiga nada. De frente os presento mi cuaderno de collages (éste, regalo de mi querida Christine), donde pego noticias que me impactan (la última, lo podéis ver, el terrible asesinato de Anna Politkóvskaya), lugares que visito y otros sentimientos.
Más que escritora, por tanto, yo soy cuadernista, y lo único a lo que aspiro es tiempo para ejercer esta profesión por la que he jurado amor eterno a la palabra. Tiempo que por fin se me brinda un ratito al día, ahora que por fin gané la batalla de la habitación propia.
Os deseo feliz palabra.
 
Obituario: Carlota
El futuro pertenece a aquellas personas que creen en la belleza de sus sueños (Eleanor Roosevelt).

Las paredes son blancas. El techo es blanco. El aire acondicionado se ha convertido en calefacción. Hoy hace un día bonito, con ese cielo tan característico de Madrid que parece recién recogido de la tintorería,como nuevo. Ruidos a mi alrededor: teclados, conversaciones telefónicas, pasos hacia la máquina de café, suspiros con ganas de viernes. Yo aquí me llamo Carlota, y qué queréis que os diga, le he llegado a coger cariño a este personaje que tiene tanto de mí y tan poco de mis aspiraciones. Carlota aprende rápido, aunque cuando mete la pata, madre mía, la mete de verdad. Carlota no sabe vestir de oficina, y la ropa formal le queda como si no fuese suya, como si alguien de su misma talla se la hubiera prestado. Carlota viaja al complejo de oficinas enlatada y llega entre enfadada y dormida, contenta de ver a sus colegas de faena y algo gruñona. Carlota lleva la comida en una tartera, generalmente los restos de la cena de la noche anterior, y lo guarda en la nevera junto con las demás tarteras de las demás personas que se pasan la mañana mirando el reloj para ver si llega la hora de descansar. A Carlota le queda muy poco de vida. Mañana es su último día en este trabajo. Mañana, por tanto, es su último día de existencia. Me voy a ganar menos dinero y a sonreír más sonrisas. Ahora que puedo permitirme comer lentejas durante diez días seguidos si el bolsillo no da para más, dejo la estabilidad y la nómina decente para cumplir un pequeño sueño o, en fin, intentar cumplirlo.
Las paredes son blancas. El techo es blanco. Escribo esto en la oficina donde he pasado ocho horas al día durante más de cuatro meses. Yo, que le cojo cariño a todo, hoy me siento rara y escucho las voces familiares de estos rostros familiares que me han acompañado en esta experiencia, viviéndola a su manera, y desesperándose a su manera, y soñando sus propios sueños. Escucho sus voces y ya les echo un poco de menos, con la certeza de que inevitablemente perderé el contacto con algunos y la relación con otros evolucionará de lo laboral a lo vital, de Carlota a mi otro yo.
Entre las personas maravillosas con las que he tenido la suerte de toparme en esta etapa de mi vida, me gustaría homenajear hoy en La Letra Escarlata a tres damas como la copa de un pino: Luisa, Asun y Lorena. Tan diferentes la una de la otra pero con los mismos ojos brillantes que delatan, acusan, las descubren, se chivan de que también ellas están llenas de sueños y de que, en el cubículo desde donde hacen clic con el ratón, se cuecen planes sin que ellas lo sepan del todo, porque aunque a veces piensan que están atrapadas, ninguna de ellas nació con el gen de la resignación.
Luisa, Asun y Lorena han sido más soles que el sol de este verano, y por eso siempre siempre siempre siempre os voy a necesitar en mi vida, para que me sigáis enseñando y desenseñando, contando y escuchando, y, claro, haciéndome reír.
Y tú que también estás ahora mismo en el trabajo, y me lees a escondidas, minimizando con susto la ventana de este blog cada vez que oyes que alguien se acerca. Tú, sí, tú, permanece sólo donde quieras permanecer, y cierra los capítulos que deban terminar. Si es difícil es que es importante.