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Diario de una lesbiana neurótica
De lo que hizo una lesbiana en un mundo excesivamente heterosexualizado
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Sindicación
 
Que se avergüencen ellos
Puede que uno no se dé cuenta de lo frágil que es la línea que separa el respeto de la intolerancia hasta que te dan una patada en la boca. Una buena hostia en los morros te devuelve inexorablemente a la recalcitrante atmósfera que aún se respira en muchos rincones de nuestro país.

Así debió pensar una pareja homosexual formada por dos chicos que hace quince días fue agredida por un grupo de intolerantes tras besarse en público en una piscina madrileña. Los energúmenos no dudaron en “poner orden” a una situación a todas luces “asquerosa” y “repugnante” para ellos. Los medios insisten en que se trataba de dos jóvenes de etnia gitana quienes propinaron el duro correctivo a la pareja, como para minimizar la ola de homofobia que tristemente aún arremete contra la dignidad del colectivo homosexual en todas las esferas de la sociedad.

Los afectados denunciaron los hechos a la policía profundamente convencidos de que su actitud es total y absolutamente correcta. Testigos de la agresión corroboraron la versión de la pareja y a los pocos días se detuvo a los culpables, aunque todo ello no repara la dignidad ultrajada de los ciudadanos agredidos.





Sin embargo, otras actitudes marcadamente intolerantes se repiten a diario. Sin ir más lejos, un chico denuncia en el foro de Xega una situación similar. De nuevo con la piscina de fondo, unos besos inocentes fueron la chispa que encendió la ira de una mujer, de corte ultracatólico, en Gijón.

Esta otra energúmena no pegó, no causó lesión física alguna, pero sí se creyó en el derecho de juzgar a dos personas, de pisotear su honor y hacer añicos su lucha personal contra el pensamiento único y retrógrado. El chico, un joven de 21 años, no supo reaccionar, se quedó petrificado ante la reprimenda de esta pseudo “legionaria de Cristo” iluminada por el Santísimo para limpiar la Tierra de la depravación gay.

La humillación es el arma de los miserables. La vergüenza ajena por estas actitudes absurdas se convierte en rabia y, a veces, en impotencia. Pero lo que nunca debe aparecer es la propia culpabilidad por ser uno mismo. Nunca más el silencio, ni los armarios. Que se avergüencen ellos.
 
Falacias más, falacias menos
Si hay algo que me cabrea sobremanera es el cinismo de algunas personas. Esa desvergüenza en el mentir, ese disimulo tan mal llevado, ese patético gesto de convencimiento de lo que se predica cuando por dentro se ríen de que alguien pueda tragarse la sarta de absurdidades que se dicen. Esa retórica falaz es muy acusada en algunos dirigentes políticos que la llevan hasta el extremo con tal de no ceder ni un solo resquicio a la duda del ciudadano.

En concreto me refiero a nuestro presidente, al asturiano, sí, a este Areces que llevamos sufriendo unos cuantos años y que ahora se vuelve a presentar como candidato del PSOE para las próximas elecciones. Este hombre dijo hace unos días, sin que un atisbo de arrebol apareciese en su inmensa jeta, que los jóvenes asturianos dejamos el Principado porque estamos muy cualificados, no porque en Asturias haya trabajo precario o ni siquiera haya.

Claro y mientras tanto todo el tropel de jóvenes emigrantes a los que se nos llena la boca al hablar de nuestra tierra en cualquier parte del mundo pensamos: ¡manda cojones!.

Así pensaba mientras salía de mi última entrevista de trabajo. Se buscaban periodistas con dos años de experiencia. El trabajo sería de miércoles a domingo, es decir, descansando lunes y martes. El horario, bueno, todos los que nos dedicamos al periodismo más o menos sabemos que el horario es una utopía, ocho horas mínimo más el descuento, como en los partidos de fútbol pero a lo bestia, eso sí, aquí lo de pagar horas extra suena a chino.

Pues bien, el salario ofrecido era de 600 euros. Sí, han leído bien, 600 maravillosos y escasísimos euros para alguien que pretenda vivir de su trabajo, claro. En fin juzguen ustedes mismos. Creo que el PSOE se merece a alguien mucho mejor para ocupar un puesto tan delicado como el de Presidente de una Comunidad cansada de tanta bazofia y precariedad laboral.

Otra clase de cinismo que sufrimos a diario proviene del principal partido de la oposición. Felices todos, excepto su propio grupo, de que Gallardón casase a una pareja de homosexuales, incomprensiblemente militantes del PP, acudimos una vez más al espectáculo de la intolerancia y la homofobia.

Las críticas de los populares hacia el alcalde de Madrid no cesan, sin embargo, debemos seguir creyendo que el partido de Rajoy no es que esté en contra de los matrimonios entre homosexuales, no qué va, sólo es que a los señoritos les molesta la utilización del vocablo “matrimonio”. Por favor, que alguien me ponga un vodka bien cargado, que crezca la fama de borrachos y dinamitera. No les vendría mal a estos políticos una huelga de lenguas. En fin, que vivan los novios.
 
Mentira
El periodismo no pasa por su mejor momento tal y como lo ha anunciado Caffarel. Se trata de una profesión cuya consideración ha descendido notablemente entre los ciudadanos, y yo diría más aún, entre los propios profesionales de la comunicación. Por suerte o desgracia yo también me dedico a este mundillo y puedo certificar la mala calaña de muchos de los que aspiran a ser dios a través de unas páginas de periódico o, lo que es peor, de una pantalla de televisión.

Como suele suceder, la acción de unos pocos mancha la reputación de la inmensa mayoría. La guerra por las audiencias y las ventas conduce irremediablemente a un morbo amarillista felizmente consumido por esos mismos ciudadanos que han dejado de tener fe en el periodismo. Paradojas de la vida.

Quejas y más quejas sobre la telebasura, sobre la zafiedad de la mayoría de los contenidos que se emiten a diario, se repiten incesantemente. Sin embargo, aún no he tenido noticia de ninguna protesta ciudadana contundente contra este tipo de conductas que atacan directamente al derecho que tenemos todos a contar con una información veraz, rigurosa y “objetiva”.

Ahora resulta que todos somos de color rosa, que no merecemos ese reconocimiento de antaño al desempeñar una labor realmente compleja como es la de informar de manera plural, sin criterios uniformes ni estrechez de miras (el factor político de las informaciones queda aparte, pues es algo, por desgracia, inherente al propio periodismo). Y así, los juicios van creciendo y confundiendo y transformándose en prejuicios, esos que tanto bien hacen al pensamiento único.

Hay prejuicios de toda índole como el que asegura que todas las lesbianas somos feas. ¡Por dios! ¿cómo que todas? Eso no va por ti, Leisha, cariño. Aunque cuando vives en una ciudad pequeña y el lesbianismo aún no es aceptado ni por las propias lesbianas te llegas a cuestionar si ese argumento puede tener algo de cierto.

Sales a un bar de ambiente. Sábado noche. Miras alrededor. Miles de gays atractivos, miles de esporas jodidamente maqueadas y manteniendo a flote a las empresas de cosméticos de medio mundo. Sin embargo, ¿dónde están las lesbianas? ¿qué fue de esas excepciones que confirman la regla? ¿dónde se meten esas mujeres guapas e interesantes que harían del día del Orgullo Gay la envidia de la dictadura heterosexual?

¿Alguna vez habéis escuchado la premisa “la verdad os hará libres”? Pues dejad de una vez esa oscura y manida balda del gigantesco armario en el que os mantenéis escondidas y moved vuestro culo, porque, por desgracia, en muchos bares hetero no somos bien recibidas, sino con el disfraz de la mentira.
 
Sola
“Si las mujeres hubiesen escrito libros, estoy segura de que lo habrían hecho de otra forma, porque ellas saben que se las acusa en falso”. Cristina de Pizan (1364-1430).

Hace días que tengo algo de insomnio y algo de monotonía, un poco de querer despertar y vivir y otro tanto de “para qué más de lo mismo”. Cuando no puedes conciliar ese sueño necesario sueles pensar mucho, y eso significa que algo falla, porque el que es feliz o cree serlo no padece desvelos, simplemente pasea a hurtadillas por sus pensamientos como queriendo que nada haga cambiar lo presente, que permanezca algo que por esencia es efímero.

En estas noches de vigilia varios temas recurrentes se embarcan en tu cabeza, y digo así, “embarcan” porque compran un billete para unas horas. Después dejamos de tenerlas presentes, las relegamos a ese subterráneo mundo de las reflexiones nocturnas porque, de otro modo, la desazón no nos permitiría levantar cabeza.

La soledad es una palabra hermosa que te hace fuerte. Ya son muchos días sin que pase nada, sólo los segundos y son siempre iguales. A veces me pregunto cómo seré cuando sea vieja, como serán mis colegas de senectud. Me gustaría que fuese en plan Las chicas de oro en versión bollo, cada una intentando ligarse a la compañera del bus en los viajes del Inserso. Qué serie tan genial, me encantaba verla, sobre todo el capítulo en que Blanch y Dorothy fingieron ser pareja en un programa de televisión. ¡Dios eso sí que era buena televisión americana!

Conozco parejas de lesbianas que rondan los 50 y no se acercan para nada a mi plan de las “viejas lesbianas desatadas y acosadoras”, con un apetito sexual a prueba de bombas. Más bien son todo lo contrario. ¿A qué edad deja de interesarte la manipulación de vaginas? Ni idea.

La soledad es una palabra hermosa que te hace vulnerable. Pero cuesta algo de tiempo comprender que al final de todo: de un café, de un polvo, de un capítulo de The L word (I love you Leisha), después de todo, siempre hay un momento, el más profundo, en que estás sola, en que eres sola.

Sola

 
“Lo siento, no entiendo”
Este fin de semana no ha sido lo que se dice espectacular. Dos noches de fiesta y dos fracasos siguen alargando mi ya de por sí vasta lista de calabazas amorosas. Y no es que me guste el rollo victimista, no, sólo es que me encuentro sumergida en lo que yo llamo una espiral irrefrenable de pesimismo lésbico. Este síndrome se mete en tu cabeza y te raya el cerebro haciéndote creer que ninguna chica del “lado oscuro” reunirá todos los requisitos que debe tener una lesbiana para enamorarte perdidamente.

Y no quiero decir con esto que no haya bollitos preciosos, de esos rellenos de chocolate, que te comerías sin dejar ni una sola jodida miga para los pájaros, sino que esas ya están pilladas y, las demás, uff, las demás se encuentran al otro lado de la frontera. Para llegar a ellas hay que saltar esa alta, aunque no impenetrable, valla de la heterosexualidad, y no me apetece dejarme el corazón como lo hacen los valientes de Melilla. Ellos sí eligen desafiar las incomprensibles “leyes humanas”. Yo prefiero respetar las insondables leyes ¿naturales?

El caso es que el viernes por la noche salí con un grupo de amigas a un local de ambiente por nuestra ciudad, Oviedo. Sí lo sé, un ambiente precario, muy triste en lo que a mujeres se refiere, pero es lo que hay. Cuando ya se estaba acabando la noche sin ningún objetivo atractivo con quien poder entablar conversación, mis ojos divisaron a una morena preciosa. Una boca inmensa y sensual, junto a unos hoyuelos que flanqueaban a la joya de la corona, una dulce y brillante sonrisa.

Normalmente no me gustan muchas chicas a primera vista, así que venciendo mi habitual cobardía me acerqué a hablar con ella. Su repuesta respetuosa y sincera: “lo siento, no entiendo” echó por tierra cualquier esperanza de victoria. Di media vuelta y me fui disculpándome.

La consecuencia a tales inopinados sucesos suele ser recurrente y consiste en renegar de la heterosexualidad, en querer impedirles la entrada a los bares de ambiente, “nuestros bares”, o al menos en desear que llevasen un cartel que les identifique. Suerte que mis amigas me sacaron rápidamente de ese ataque de estupidez y es que, es curioso como la comunidad homosexual tiende a hacinarse en guetos de los que siempre he renegado.

En fin, que si alguien quiere organizar unos Juegos Olímpicos para gays, perfecto, pero, menuda jodienda ¿no?, ¿qué se necesita para participar? ¿Un DNI para los habitantes de gayland? O el caso de esa peña de homosexuales del Barça (pongo cara de asombro, me rasco la cabeza en busca de razones): ¿cuántas divisiones más vamos a preconizar?¿qué será lo próximo?¿un chip identificativo que pite en los aeropuertos? “Por favor, abróchense los cinturones que despegamos. Llevamos a bordo a una bollera y dos maricones, el resto, comunes heterosexuales y dos caniches. Gracias y buen viaje”.

El sábado repetimos salida. Mismo sitio, misma música y, como no, misma morena. Estaba más guapa que la noche anterior, si cabe, y otra vez a vueltas con mis neuróticos y descabelladas reflexiones. Mejor a la cama, insomnio sobre la almohada, el zapping me traslada, otra vez, al Líbano, Israel, Palestina. Más de lo mismo, más guetos, más banderas, más fronteras y más muertos.

La verdad es que yo, a veces, tampoco entiendo
 
Del género y del sexo
Líbano, Hezbolá, israelíes, bombas, joder, más de lo mismo. Apago la tele desde la cama, me levanto, nublado otra vez, qué raro. El pequeño trayecto de la habitación a la cocina se sucede entre una mezcolanza de imágenes de Oriente Medio, con sus explosiones y sus judíos ortodoxos radicales corriendo, meneando los pequeños y graciosos pompones de sus curiosos gorros. Rezan para que su patria degüelle al enemigo por la afrenta de los soldados secuestrados. Sí señor, esa es la esencia de toda religión, nada de amar al prójimo ni amaneradas costumbres cristianas por el estilo. Maruja haz lo que puedas por allá, sobre todo documéntate un poco más sobre la soberbia y la estupidez humanas.

Un café, galletas y alguna tenue reminiscencia del embarazo de la doctora Fernández pasan por mi cabeza (pero qué bien le queda la panza de mamá a Patricia Vico, uff). Por qué nunca me toca un médico como ella, quiero decir, una doctora guapa, inteligente, sexy y lesbiana. Mucho pedir supongo. Por el contrario te encuentras con casos de médicos absolutamente incapacitados para mantener una conversación coherente, y con esto quiero decir, acorde a las mínimas reglas gramaticales que mejor o peor conocemos todos. El caso es que esta ¿profesional? se negó a mirar un lunar que le preocupaba a una buena amiga mía porque, según ella, era un lunar “del género de nada”. Mi amiga trataba de explicarle que la mancha en cuestión le picaba y le producía calambres en la zona, también quiso darle relación de los antecedentes de cáncer en su familia, pero, craso error, nada de ello importaba, porque la doctora la despachó rápidamente, molesta de que cuestionase su teoría de que aquella jodida pústula no era más que “nada del género, del género de nada”. Mi amiga, aturdida por aquella desconcertante explicación, se prometió no interrumpir nunca más a un médico en su hora del café.

Salgo de casa camino del gimnasio. Desde que dejé mi último trabajo soy más feliz, dentro de lo que cabe, jodida pero contenta como dice la canción. Mi vida se desarrolla entre los libros, el alcohol, la lucha contra las calorías (pequeña contradicción con la premisa anterior) y una búsqueda desesperante y sin sentido de la mujer ideal. Todas buscamos a la lesbiana ideal, no bisexual, ya han causado suficientes estragos en mí. No heterosexuales, las posibilidades de que se conviertan son escasas, aunque siempre conozcas a una amiga que lo haya logrado. Esa lucha no es para mí, la última vez pasó factura, pero de eso ya hablaré en otra ocasión.

Sin trabajo y sin novia no es un panorama demasiado halagüeño, pero quién dice que hay que tener pareja para ser feliz. Tic, tac, tic, tac, que alguien responda por favor. Claro que se puede ser feliz, si es que hay alguien capaz de describir qué coño es eso de la felicidad. Querer siempre más y más y valorarlo menos y menos, y así hasta llegar a no se sabe donde y viceversa.