Es extraño lo surrealista que puede parecer el mundo cuando estás sentado en la sala de espera del otorrinolaringólogo. El otro día sin ir más lejos, mientras hacía tiempo para que llegara mi turno, una
mujer de aspecto despistado, sentada frente a mí, dormía. Lo curioso del caso, porque sé que dormir es una característica poco identificativa en estas anécdotas, es la sonrisa que reflejaba su rostro. A pesar de la seriedad con que parecía afrontar el vacío, un resplandor entusiasta daba vueltas entorno a su figura.
Realmente me siento estúpido ahora mismo, pero en aquel momento sentí tal vergüenza ajena que hubiera hecho lo posible por despertar a aquella muchacha. Ha pasado algún tiempo, quizá unas 72 horas aproximadamente, y la imagen de aquel personaje se me repite como algo extremadamente bello. La inconsciencia con que aquella mujer parecía abstraerse del mundo caló muy hondo en mi perspectiva de vida.
Ahora recuerdo aquellas lecciones de literatura que solía disfrutar en la cafetería del instituto. "Total, el día del examen me lo estudio todo y lo paso, no hay mucho que hablar sobre literatura". Los profesores de esta asignatura siempre me han parecido algo anómalos. Unos adictos a los vicios más detestables de la tierra: cafés, tabaco, alcohol... e incluso, por lo visto, los mejores escritores de la historia son impensables sin una dosis narcótica en el cuerpo. Bohemios. Por eso me alegré tanto cuando por fin me senté en una butaca en la que la realidad de la vida se veía únicamente desde una perspectiva. Donde todo tiene un principio y un final absolutamente claros. Todas esas asignaturas absurdas que hoy han pasado a formar parte de un currículum estudiantil, me abandonaron. Nunca nos llevamos bien. Siempre me pregunté por qué Neruda se empeñaba en utilizar palabras tan complejas para sencillamente transmitir al mundo su obsesión por el sexo. No entiendo como alguien tan visiblemente machista y baboso podía encandilar a toda mujer que se le pusiera en el camino. Desde luego era innegable que era un don Juan.
Luego está Shakespeare a quien siempre le he encontrado un cierto parecido al Sherlock Holmes de Doyle, ambos utilizaban el caballo para descubrir en la vida las cosas interesantes de la misma. Es más, digo, si no fuera porque sé que Holmes surgió de la pluma de sir Arthur Conan Doyle pensaría en Shakespeare como su principal creador. Ambos tan del siglo XIX y sin embargo se cansaban de proclamar por todos los rincones del planeta aquello de "vive el momento". Aunque también es cierto que no especifican de qué forma. Años más tarde el grotesco Groucho Marx acabaría de matizar este modo de vida con aquella frase de "Bebo para hacer a la gente de mi alrededor más interesante". A juzgar por los litros de alcohol que absorbía el mundo le parecíamos un grupo de simples e incoherentes. Prepotente. Pero no menos que aquellos que necesitaban su chute para representar la realidad de la vida. Parece que sin matar ciertas neuronas el mundo carece de interés para los intelectuales. Intelectuales, ¡ja! Para ser uno de ellos, repito sólo hace falta beber mucho, fumar mucho, cafeína en vena y no hacer nada durante el día. Vida contemplativa, que se cansaba de denunciar Platón, mejor me voy a permitir el lujo de llamarle por su verdadero nombre, Aristócles. Para el todas estas variaciones de la contemplación no eran más que simples copias de la realidad, a cada cual más alejada de la misma. ¡Vívela sin aditivos! le faltó decir. Pero bueno, no tiene mucho valor su opinión porque él era filósofo, profesión que actualmente se conoce como político, y se dedicaba también a observar la vida para hablar sobre los secretos y misterios que ella esconde.
Sin embargo al recordar aquella mujer de estado ausente no puedo menos que compararla positivamente con todos los personajes que acabo de nombrar y con algunos más de los que hablaré seguramente más adelante. Transmitía su mirada ciega cierto grado de intelectualismo que no dejaba de ser indiferente. Cuando despertó, sin sobresaltos ni vergüenza, parecía aún más dormida que cuando la oscuridad acampaba en sus pupilas. Pensaba sobre lo soñado. Parecía soñar. Descubrí que se puede soñar
y yo sin saberlo.