Carrera contra el tiempo
Decía mi madre que está harta de que no llegue nunca a tiempo a ninguna parte ¿Qué prisas! Desde pequeña recuerdo como nuestras idas y venidas de la escuela se convertían siempre en un caótico maratón de imposibilidades: Me obligaba a levantarme rápidamente cuando el reloj estaba a punto de tocar las ocho y media, para vestirme velozmente, coger mi mochila nunca preparada del día anterior y bajar corriendo las escaleras para desayunar por el camino. Mientras ella arreglaba de mi ropa esos pequeños detalles que no había persona capaz de captar y que, sin embargo, a mi madre le quemaban los ojos: El cuello, las puñeras, el yérsey vuelto… Al salir de la escuela las prisas continuaban. Mi pobre abuelo se veía obligado a recuperar sus piernas adolescentes para que sus nietos llegaran puntuales a todas partes. Todo esto mientras nos hacía comernos la merienda por el camino. Lógicamente siempre llegábamos tarde.
A pesar de los esfuerzos sobrehumanos de mi madre porque cumpliera un horario estricto, soy incapaz de llegar a hora a todas partes. Por eso, cuando el otro día fui a visitar a mi antiguo profesor me acordé de todos aquellos retrasos que tuve que lamentar avergonzada ante todos mis compañeros de clase. Al llegar al umbral de la puerta, experimenté un repentino ataque de vergüenza, aún sabiendo que mi profesor se encontraba solo: llegaba tarde. Su sonrisa comprensiva y el ceño fruncido me trasladaron de nuevo a mi infancia. Por un momento, sonrojada sentí la tentación de pedir perdón ante los pupitres vacíos. La anécdota sirvió para romper la barrera del tiempo entre aquel señor ligeramente envejecido y la pequeña que ahora se sentaba a contarle todos los cambios que se habían producido en su vida. Del mismo modo que antaño sus experiencias nos dejaban atónitos, ahora mis relatos enmudecieron a aquel viejo profesor. Al acabar afirmé con precaución “Nunca cambiaré” y entonces como si despertara de un profundo sueño, miró su reloj y asintió añadiendo “Yo tampoco”, y se fue corriendo dejándome como única despedida un hasta luego lejano y apresurado que me acompañó durante el camino a casa.
El eco de aquella confesión permaneció en mi cabeza durante los días posteriores, hasta hoy. Esta mañana, mientras tomaba una taza de té asomada a mi ventana observé anonadada como, una intrépida mujer, retaba a un vehículo a una carrera por alcanzar en el mínimo tiempo posible el extremo opuesto del paso de cebra. Por suerte, no ocurrió ningún incidente lamentable entre ambos protagonistas; Sin embargo, la improvisada carrera me llevó a fijarme en la reacción de los demás transeúntes. Nada. La impasibilidad era absoluta ¡Una mujer había estado a punto de atropellar un coche y nadie parecía asombrado! Todo el mundo continuaba con su misma rutina. Ellos tampoco cambiarían nunca. Para todos los actores de mi particular escenario matutino el tiempo pasaba más deprisa de lo que ellos pudieran asimilar. Igual que para mí, igual que para mi admirado profesor de infancia quien todavía sigue corriendo al salir de clase.
Por cierto, ganó la señora.