Tormenta Estacional
“Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido”. Tan preciosas palabras inmortalizadas en el poema del Olmo Viejo dedicadas al cambio climático del año han perdido todo sentido en nuestros días.
Aquellos cambios tan perfectos de estación quedan ahora obsoletos en contraste con el suave frescor que hoy día nos incita a abrigarnos con vestiduras glamorosas e inútiles. El desordenado cambio climático en que hemos convertido nuestra vida ha destronado toda lírica estacional. Con tal panorama no es de extrañar que los artistas contemporáneos hayan encontrado como única inspiración las groseras palabras que hasta ahora habían sido relegadas al purgatorio del vocabulario.
Los diversos clamores conservados a las diversidades tempestivas se recuerdan ahora con añoranza e idealismo. La misma mágica mano encargada durante siglos de inmortalizar la caída de las hojas de otoño; el frío acogedor del invierno; la explosión colorista de la primavera; o el excitante calor del verano. La propia mano, digo de nuevo, esta convirtiendo en ajeno el tiempo.
La tímida brisa que asomaba acompañada de salpicaduras de la lluvia es hoy el temor de nuestras tierras. Su presencia siempre se presenta imprevista y ambos fenómenos han pasado por un proceso de metamorfosis mediante el cual se han convertido en temible vientos huracanados e imparables tormentas.
Abril ha dejado de tener la exclusividad de las aguas mil, como rezaba un popular refrán. El avance tecnológico que marca el siglo XXI ha facilitado la acumulación de agua que después azota determinadas zonas de un solo golpe. Por eso ahora las mentes más privilegiadas del planeta se queman las neuronas pensando en una solución a esta carrera de contaminación.
El frío invierno, escenario de casi la totalidad de la obra romántica de Becker y otros escritores de renombre de su época, constituye ahora un paraje idílico propio de las églogas más memorables. Atrás quedó el otoño triste. Hoy los días son el nacimiento de una nueva estación desordenada, donde los enamorados ya no encuentran excusas para refugiarse el uno en el otro. Donde los pensadores ya no sienten la inspiración en la tormenta. Donde el calor del verano ha dejado de ser el bienvenido visitante del año, para convertirse en el familiar gorrón que ya se demora demasiado.
La tradicional complicidad que durante siglos ha unido a pensadores, escritores y poetas siguiendo el devenir de cada estación ha sido fusilada por la poderosa ambición de controlar el mundo. La ignorante creencia de la fuente inagotable de energía está dejando entrever sus múltiples defectos. Sin embargo, aparece tan patente y con tanta fuerza, que a ninguna de nuestras mentes deslumbrantes se le ha ocurrido una excusa para disimular sus efectos. “Aún queda tiempo” y nadie se preocupa del futuro porque a ese no nos lo han presentado todavía. A modo de respuesta ahí queda la frase de Edward George Buwer- Lytton “El tiempo es oro”. A la que la novelista austriaca Marie von Ebner-Eschenbach añade acertadametne “Cuando llega el tiempo en que se podría ha pasado el tiempo en que pudo”.