“Lo quiero, lo quiero, lo quiero es mío”. El enervante llanto que ha roto con el pacífico silencio es producido por un niño de estatura media que observa desafiante a su madre. A medida que los segundos se hacen más intensos y las miradas de curiosos se van añadiendo a la escena unas gotas de agua traslúcida se dejan entrever en los ojos grisáceos del infante. La madre cada vez más avergonzada reclama el auxilio entre sus semejantes con el débil temblor de sus manos y el fuerte latir de su corazón que contienen un grito ensordecedor y una palmada de castigo.
Finalmente la compasión de los más ancianos y la dosis de regocijo en la desgracia ajena obligan a la desafortunada madre a ceder ante los caprichos del niño ¡Malcriado! Ha de oír por debajo la dama.
Mejor eso que la cárcel. Todos sabemos juzgar, Normalmente optamos por criticar, en este caso, a la madre y cuestionar sus técnicas educativas. Otras simplemente, desde un placentero rincón maldices al niño por interrumpir un momento de deleite mientras sonríes por no pertenecer a dicha familia. Y a lo lejos siempre se oye
“Si fuera mío esa criatura llegaba caliente a casa”. Hoy ya no puedes decir estas cosas demasiado alto.
Realmente el tema de la educación infantil me reserva ciertas dudas apocalípticas. No me llego a imaginar que un niño incapaz de distinguir el bien del mal este apto para entender una charla acerca de lo irreverente y maleducado que puede resultar dar cuatro berridos en mitad de un complejo público. La meta, si mal no recuerdo, es conseguir lo que se desea, cuanto antes, al precio que sea. El precio a sacrificar se aprende pronto.
Nadie nos enseña a educar a una criatura y sin embargo, en situaciones críticas todo el mundo se autoproclama mejor educador que cualquiera. Malo es consentirle y malo es darle una palmadita para que aprenda. No abogo por los malos tratos (¡todo lo contrario!) pero justifico un cachete en un momento de tensión como el explicado, sin que por ello tenga que acontecer delito alguno.
En mi infancia he recibido muchos cachetes y ninguno de ellos lo he memorizado como acto de maltrato. De hecho creo que han contribuido beneficiosamente a mi actual educación. Oportunamente puedo pensar que sin ellos podría haber obtenido los mismos resultados con una grata conversación psicológica. Pero olvidamos en este punto un minúsculo detalle. Mis padres, muy a su pesar, no son psicólogos, ni sociólogos, ni psiquiatras en última estancia. Sólo sabían con certeza indiscutible que deseaban tener hijos y criarlos. (Un viva por ellos que decidieron un objetivo demasiado duro y alejado de mis expectativas). Este detalle no podemos obviarlo a la hora de juzgar el papel paterno (materno). Ante mis ojos unos padres son merecedores de mi admiración si dan el máximo de sus posibilidades por sus hijos.
Tampoco es conveniente olvidar el maltrato psicológico, y ese pasa desapercibido ante nuestra mirada crítica. Más condenable que una palmada oportuna puede resultar unas palabras dolosas.
Finalmente una única reflexión sobre terreno resbaladizo
¿Quienes somos el resto de mortales de un emplazamiento público para juzgar una inocente reprimenda sin haber padecido el sufrimiento de ser padres? Hagas lo que hagas. Sacrifiques lo que sacrifiques nadie te va a garantizar nunca que ese niño podrá estar orgulloso de ti el día de mañana. Nadie te va a prometer que nunca hará nada de lo que debas arrepentirte. Porque nadie, salvo él/ella puede elegir su destino. Como padres uno solo puede guiarle y enseñarle sus experiencias. Al final la imagen paterna queda siempre grabada en una foto acompañada de mil sentimientos diferentes motivados o no por alguna acción del pasado. No hay comprensión. El amor, como los sentimientos, duerme sobre sedimentos pasionales.
