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Marisa, yo, no es más que una persona a la que le gusta soñar, escribir y disrfutar de los pensamientos mientras los inmortaliza en notas comos las que se pueden leer en este espacio.

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Pañales para belcebú
He visto en las noticias de medio día una información que ha logrado captar mi atención durante unos segundos más intensos de lo habitual. En esta edición ha vuelto a surgir el nombre de José Rabadán, más conocido con el sobrenombre del asesino de la catana.
Creo que no es necesario, pero aún así lo recordaré, en abril del 2000 una familia de Santiago del Mayor apareció salvajemente asesinada con un sable japonés como arma homicida. El autor de los hechos llevaba el apellido del clan. Era el hijo de 16 años. El asesinato se produjo a sangre fría. Además el chico pudo esquivar a la policía durante algunos días aunque finalmente fue localizado con un amigo en una estación de tren en Alicante, camino a Barcelona. El joven alegó en su defensa que quería “estar solo y vivir una nueva experiencia”. Los psiquiatras le diagnosticaron una patología psicosomática producida por un ataque de epilepsia.
En todo caso, el parricida se beneficio de la recién implantada ley el menor del 2000, por la que fue condenado a permanecer en un centro reformatorio durante aproximadamente doce años. El suceso se perpetró en el año 2000 como he mencionado, actualmente estamos en los albores del 2006 y el adolescente, ahora ya mayor de edad, se encuentra en libertad vigilada a la espera de ingresar en un centro de Santander donde terminará su condena.
El hito propugnado por Rabadán ganó importancia debido a la desigualdad en que se basaba esta ley. Una ley que abogaba por la inconsciencia de un menor a la hora de cometer actos criminales. Una ley que ha permitido que multitud de casos cometidos por adolescentes quedaran exentos de penalizaciones.
Sin embargo, he aquí una cuestión que durante siglos ha sido causa de muchas disputas. ¿Hasta que punto un menor puede ser juzgado como adulto, ¿En que edad se puede fechar la mayoría de edad? Voy a intervenir con una valoración muy personal sobre este caso que desde aquel abril del año 2000 me tiene impactada.
No sé hasta que punto se puede considerar inconsciente o involuntario un crimen en el que se ha registrado un intento de huída. Sobre el que, además, se conoce un intento de fuga que duró aproximadamente cuatro horas durante una excursión a Elche dos años después. Un caso bañado por la polémica, generada mayoritariamente por un crío de 17 años. Un chico, que poco después de estar aislado envió una carta a diversos medios de comunicación para denunciar los malos tratos a los que estaba siendo sometido en el centro de rehabilitación. Una persona que desde un primer momento conocía sus derechos y deberes ante la ley. Una justicia que en su día le amparó a pesar de ser el autor de tres homicidios.
No fue un caso aislado, podo después dos jóvenes mataron a una compañera suya por el mero hecho de “experimentar las sensaciones de cometer un asesinato”. Días anteriores habían intentado, frustradamente, hacer lo mismo con un compañero al que asaltaron en un cajero. Estas dos chicas confesaron mantener correspondencia con José Rabadán. Aunque posteriormente se demostró que únicamente mantenían una relación epistolar, es cierto que sentían profunda admiración por su persona. Este delito hubiera sido juzgado en circunstancias normales como crimen con premeditación e intento de asesinato por el caso del chico del cajero. Este último pasó inadvertido a ojos de los jueces y el otro fue felizmente juzgado, porque ambas criminales eran memores de edad.
Siempre me ha parecido injusto delimitar a un menor por su mayoría o minoría de edad. Aunque también es cierto que necesitamos unas bases para poder acogernos a algo y de alguna manera convertirnos en jueces de la realidad. Sin embargo, es un alivio saber que se ha endurecido la ley del menor. Voy a hablar desde lo que conozco y más cerca tengo. Sagunto, es un municipio, en el que, como en cualquier otro, supongo, se suceden asaltos de menores a adultos casi diariamente. Sin embargo, me comentaba un compañero que trabaja de policía que se ven acobardados ante la impotencia de no poder hacer nada porque están amparados por ley. Cualquier delito es visto a ojos de justiciero como una travesura inocente, ya sea perderse las clases o robarle a una anciana. Creo que ya hora de destrozar el mito de que los niños actúan inocentemente. Ahora tienen a sus abasto todas las herramientas posibles para atentar contra los adultos y salir impunes. Tanto la internet como la televisión han reducido los cándidos actos de los mocosos a peligrosas apariencias.
Lo cierto es que esta justicia está perdiendo cada vez más miembros. Si por tradición hemos acordado pintarla ciega, sería necesario pintarla también coja. No digo con esto que haya que recurrir a penas insalvables como las que se profesan en Estados Unidos. Más bien, desde mi punto de vista, quizá debiéramos valorar cual es la peor pena que un criminal pueda padecer. Sin duda, me declino por la privación de la libertad. No obstante, se tiende a levantar la mano antes de tiempo y en multitud de ocasiones prematuramente antes. Fue el caso sonado de aquel violador que se descubrió que había sido condenado previamente varias veces. No es un caso aislado pero este sucedió en verano y ya se sabe que en estas fechas cualquier suceso es alimento para los buitres comunicativos. De ahí su resonancia.
En todo caso, esto es otro debate en el que se tendría que cuestionar los medios utilizados para averiguar si un preso está capacitado para reinsertarse en la sociedad. Es difícil juzgar a un ser humano cuando ni tan sólo somos capaces de juzgarnos a nosotros mismos. Creo en el ser humano, pero dudo de él. Lo cierto es que somos impredecibles y esa irregularidad puede confundir en multitud de ocasiones. No es que sea escepticista pero lo cierto es que en ocasiones es la mejore elección. Me gustaría poder creer que un hombre que ha violado a alguien no lo volverá a hacer, o que a una persona que ha matado simplemente por descubrir el sabor de dicha acción no le ha gustado tanto como para repetir.
Acabaré recuperando la memoria de Kant: “La libertad de un individuo acaba donde empieza la libertad del otro”.


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