Pongamos que hablo de... España
Tengo la sensación de que estamos dándole la vuelta al mundo de una forma improcedente y retrospectiva. Hoy tomando un café con una amiga me contaba que una conocida de su madre fue agredida por un grupo de Latin King el pasado martes. Con 23 años la chica fue interceptada por un grupo de asalvajados que tuvieron la bondadosa consideración de darle a elegir entre violarla, pegarle o dibujarle la sonrisa del payaso (hasta ahora yo la conocía con el sobrenombre de la sonrisa del Jocker).
Me contaba mi amiga que la chica, no se con que fría cabeza, escogió esta última. La primera vez que oí el nombre de esta práctica fue en la película de
"La Naranja Mecánica", película que paradójicamente refleja la vida de una banda nazi y su
modus operandi en las operaciones de caza. El resultado de tan pernicioso juego ha sido una joven marcada para siempre con una cicatrizada sonrisa de dolor. Un recuerdo que le asaltará eternamente cada vez que se mire al espejo, y por el que dará gracias (o no) por que no le ocurriera nada peor.
Después de esto no me quedaron más palabras. Mi mente daba vueltas intentando recordar cuando había sido el momento del cambio. He comentado antes el caso de la película “La naranja mecánica”, recuerdo que en ella todavía era la prepotente raza aria quien quería dominar el mundo. La escoria en esos momentos era el resto de humanos. Ahora la sociedad vive en una burbuja de rencor y venganza. Somos incapaces de perdonar.
En este momento Rousseau se hace presente en mi mente para recordarme aquello de
homo homini lupus est. Realmente la ciudad nos ha permitido incluirnos en una sociedad, sin embargo, también nos ha impedido avanzar como personas.
Es probable que con nuestra actitud arrogante hayamos olvidados los principios animales que, mal que nos pese, permiten un avance de socialización. El nihilismo del que tan alarmadamente advertían los renacentistas se ha hecho patente. Hemos perdido nuestros referentes y no parecemos estar dispuestos a recuperarlos.
No hace siquiera medio siglo eran los judíos, la raza negra y los latinoamericanos quienes tenían que padecer el rechazo y los ataques infrahumanos que razas, consideradas físicamente superiores, les hacían padecer. Nos vemos avocados a una continua persecución de responsabilidades. Hemos olvidado que entre las virtudes del razonamiento existe la de perdonar. No se trata de hacer una lista de buenas intenciones sino de aprender de los errores y dejar de creer que hemos de imponer la ley del más fuerte.
El
ojo por ojo y diente por diente nunca ha sido un síntoma de progreso. Es la ley que practican las religiones más antiguas y es uno de los primeros instintos del hombre. Cuando alguien hace algo a un ser querido surge ese alma negra que todos llevamos dentro. Sin embargo, no es justificable un comportamiento similar. El entorno de un culpable no merece ser castigado como el propio culpable.
Ahora una niña de mi edad, estará sentada en la cama de un hospital con una imagen grabada en la cabeza. Mientras, un grupo de bándalos perseguirán a otra niña inocente para hacerle la misma pregunta: la sonrisa del Jocker, ser violada o la muerte. Ante estas tres propuestas sólo logro descifrar un mismo código, la sangre difunta de una persona inocente cuyo único pecado fue cruzarse con un grupo de indeseables.