Estamos en la sociedad de la información, así lo afirman los especialistas de hoy. Los mismos que hablan sobre la globalización, la multiculturalidad, la pobreza global, las diferencias extremas. Es decir la era de las contradicciones, y siguiendo los códigos de Ulrich Beck, “La sociedad del riesgo”. No carecemos de nada, pero nos encontramos al límite de cada una de las características que permiten que una sociedad avanzada pueda seguir manteniéndose activa (a costa de zonas subdesarrolladas). Rápidamente surgen nuevas alternativas que traspasan fronteras y permiten retrasar el, aparentemente inevitable, final de las cosas. Todo es estándar, incluso la cultura. La sociedad de masas de la que tanto habla Gasset, lejos de haber desaparecido se ha generalizado cada vez más.
El fenómeno ha aportado el aprendizaje de nuevas técnicas culturales, la intromisión de la ONU en la ley, a nuestro juicio, inhumana de países subdesarrollados, y sobre todo, entre otras muchas cosas más, ha creado una lectura simplificada cargada de convicciones que desembocan dramáticamente en la uniformidad.
Primero fue la desaparición de librerías especializadas, después la reconversión de bibliotecas en salas de estudio silenciosas y por último la aniquilación de una asignatura en las aulas infantiles que significó el principio del fin: la clase de literatura. La excusa fue como la consecuencia, incoherente: “El progreso (tecnológico se entiende) no precisa de una especialización literaria”. Ahora mis primas más pequeñas han pasado de leer a caperucita roja a hablar con entusiasmo de
Gran Hermano. Ilusionada intervengo en la conversación para comentarles la simbología política que George Orwell derramó en cada página de su libro 1984. Las caras de estupefacción de mis primas me deja claro que
Los sueños, sueños son y no hay esperanza sin ilusión.
También las multinacionales se han apoderado de la literatura para traducirla a códigos económicos con el pretexto de acercar la lectura a todas las clases sociales, con un formato comprensible, dinámico. Tanto que en lugar de leer un texto se reproducen secuencias fílmicas con graves carencias descriptivas. El resultado es que actualmente ver una película se convierte en una causa más productiva que abrir un libro ante la estufa en una noche de invierno. Un ejemplo, cada vez se editan más libros en toda España y sin embargo la precariedad cultural que los caracteriza coincide con el bajo nivel académico de nuestros escolares, nulo.
Desgraciadamente soy hija de esa generación, mis conocimientos sobre Fölkner, Balzac, Dobbin, Antunes, Saramago, Süskind, García Márquez, por citar algunos, son póstumos a mi etapa escolar y demasiado reciente como para estar bien cultivados. Veo desde hace unos días un nuevo anuncio que dice “si tu lees ellos leen”. Pero no basta con eso, la lectura, como la escritura, precisa de una educación. Sería pues conveniente que desde aquellas esferas de las que depende nuestro futuro cultural se planteara restaurar la asignatura de literatura. Por aquello de cumplir las sentencias.