Odio los enormes obstáculos que parecen separar a hombres y mujeres. Odio que nosotras y ellos veamos (equivocadamente) cada día como se incrementan estas diferencias. Me aborrece acudir a una librería y descubrir entre la multitud de títulos disponibles algunos como: “Los hombres son de Marte y las mujeres de Venus” “Porque los hombres mientes y las mujeres lloran”….entre otros. Tampoco me agradan las lecturas de mujeres que con el feminismo por bandera escriben viñetas ridiculizando algunas de las manías femeninas por sistema, es el caso, entre otros, de
Maitena . A esta autora, a la cual respeto y con cuyos dibujos objetivamente me río mucho, le encanta esperpentizar los mitos femeninos. Esos que durante años nos han colgado como cola y con los que tenemos que seguir a cuestas y crucificarnos si es preciso con todas sus consecuencias.
Es cierto que existen diferencias, empezando por los genitales hasta acabar por nuestra forma de
observar el mundo. Pero dejando a un lado estas diferencias obvias, todas las demás son secundarias e impuestas por una sociedad cada día más automatizada. Es muy extendido el rumor sobre la relación íntima que mantiene las mujeres y las compras compulsivas. Sin embargo, los paparazzis de la crítica de sexos no enfocan las aventuras cada vez más habituales de los hombres en el mundo de la moda.
Olvidamos, tal vez, que estas diferencias estéticas empezaron con la aparición de los medios de comunicación de masas. Era preciso idear un objetivo a quien bombardear con publicidad ostentosa y comercial para que este reciente sector pudiera plantar sus raíces. El sujeto tenía que ser: sumiso, con acceso restringido a la comparación y a quien se le pudiera insistir en el mismo elemento varias veces seguidas al día. Por coincidencias temporales la mujer encajó perfectamente en aquel
target provisional. Era una época en que la mujer debía permanecer en casa, cuidando de la familia, administrando la economía del hogar y siendo consciente de sus límites presénciales.
Efectivamente, se convirtió en el blanco de toda la publicidad, de todos los programas y de todos los estereotipos hoy mundialmente conocidos.
Actualmente las semillas han crecido y se han arraigado en una sociedad que se conforma con repetir aquellos hitos impuestos por el sistema comercial. Somos pasivos receptores ante las nuevas directrices marcadas por las últimas tendencias. Los medios se defienden alegando que ellos “dan al público lo que el público pide”. Naturalmente, no es fácil derribar un muro de piedra que se ha ido construyendo durante años. Pero sí es productivo hacer broma sobre el tema esquizofrénico que aparece inherente al sexo femenino. Más cuando como inocentes corderitos nos dedicamos a dibujar los mismos estereotipos una y otra vez.
Pensando en personas, ¿A quién no le aborrecería una que hablara sin parar, dedicara su vida a lujos y banalidades y controlara enfermizamente todos tus movimientos? Si únicamente las mujeres fueran así ahora mismo me hacía hombre. Del mismo modo que unas lágrimas bien derramadas pueden salvarnos en un determinado momento su empleo no hace sino corroborar nuestro victimismo. Además de galardonarnos con el sinónimo que hoy día permanece en el diccionario como “sexo débil” o “blando” o “delicado” junto al adjetivo femenino.
Abogo por las mujeres, por la igualdad. Una paridad lograda y
sobre justificada. Pero defiendo las armas blancas. No justifico el uso y abuso de las herramientas tradicionalmente identificadas con la mujer porque esto sólo provoca un retroceso.
Servirse del atractivo sexual en el ámbito laboral resulta mezquino para cualquier persona. Las relaciones sexuales se pueden mantener con cualquier persona siempre y cuando no haya intenciones ocultas e interesadas en su realización. Fuera de esta restricción el que dos miembros de una misma empresa se vean involucrados en un lío sexual no debería ser motivo de rumores ni conversaciones. Ni mucho menos excusa para criticar a la fémina en cuestión. En tal caso ambos géneros son culpables de un mismo acto.
El terreno sexual es bastante árido todavía para la mujer. Sin embargo, como representante en este blog, he de reivindicar el fin de los tabúes femeninos. A mí como a cualquier persona me gusta el sexo, se trata de un instinto natural que va adjunto al ser, ya sea humano o animal. No se trata de ovacionar el vicio. Todos somos conscientes de que los excesos nunca son buenos. Sin embargo, defiendo la libertad siempre y cuando haya un respeto mutuo. Defiendo las conversaciones sin censura acerca del tema. Y ante todo, defiendo la
espontaneidad recíproca.
No voy a vestir con géneros aquellas actividades que nacieron sin ellos y no voy a aplaudir diferencias prefabricadas. ¿Por qué no disfrutar dejándonos llevar sin tener que evitar más trabas que las de la propia vida?
