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Marisa, yo, no es más que una persona a la que le gusta soñar, escribir y disrfutar de los pensamientos mientras los inmortaliza en notas comos las que se pueden leer en este espacio.

Sindicación
::..::La vida es Sueño y los Sueños Sueños Son/Calderón de la Barca::..::
 
Pañales para belcebú
He visto en las noticias de medio día una información que ha logrado captar mi atención durante unos segundos más intensos de lo habitual. En esta edición ha vuelto a surgir el nombre de José Rabadán, más conocido con el sobrenombre del asesino de la catana.
Creo que no es necesario, pero aún así lo recordaré, en abril del 2000 una familia de Santiago del Mayor apareció salvajemente asesinada con un sable japonés como arma homicida. El autor de los hechos llevaba el apellido del clan. Era el hijo de 16 años. El asesinato se produjo a sangre fría. Además el chico pudo esquivar a la policía durante algunos días aunque finalmente fue localizado con un amigo en una estación de tren en Alicante, camino a Barcelona. El joven alegó en su defensa que quería “estar solo y vivir una nueva experiencia”. Los psiquiatras le diagnosticaron una patología psicosomática producida por un ataque de epilepsia.
En todo caso, el parricida se beneficio de la recién implantada ley el menor del 2000, por la que fue condenado a permanecer en un centro reformatorio durante aproximadamente doce años. El suceso se perpetró en el año 2000 como he mencionado, actualmente estamos en los albores del 2006 y el adolescente, ahora ya mayor de edad, se encuentra en libertad vigilada a la espera de ingresar en un centro de Santander donde terminará su condena.
El hito propugnado por Rabadán ganó importancia debido a la desigualdad en que se basaba esta ley. Una ley que abogaba por la inconsciencia de un menor a la hora de cometer actos criminales. Una ley que ha permitido que multitud de casos cometidos por adolescentes quedaran exentos de penalizaciones.
Sin embargo, he aquí una cuestión que durante siglos ha sido causa de muchas disputas. ¿Hasta que punto un menor puede ser juzgado como adulto, ¿En que edad se puede fechar la mayoría de edad? Voy a intervenir con una valoración muy personal sobre este caso que desde aquel abril del año 2000 me tiene impactada.
No sé hasta que punto se puede considerar inconsciente o involuntario un crimen en el que se ha registrado un intento de huída. Sobre el que, además, se conoce un intento de fuga que duró aproximadamente cuatro horas durante una excursión a Elche dos años después. Un caso bañado por la polémica, generada mayoritariamente por un crío de 17 años. Un chico, que poco después de estar aislado envió una carta a diversos medios de comunicación para denunciar los malos tratos a los que estaba siendo sometido en el centro de rehabilitación. Una persona que desde un primer momento conocía sus derechos y deberes ante la ley. Una justicia que en su día le amparó a pesar de ser el autor de tres homicidios.
No fue un caso aislado, podo después dos jóvenes mataron a una compañera suya por el mero hecho de “experimentar las sensaciones de cometer un asesinato”. Días anteriores habían intentado, frustradamente, hacer lo mismo con un compañero al que asaltaron en un cajero. Estas dos chicas confesaron mantener correspondencia con José Rabadán. Aunque posteriormente se demostró que únicamente mantenían una relación epistolar, es cierto que sentían profunda admiración por su persona. Este delito hubiera sido juzgado en circunstancias normales como crimen con premeditación e intento de asesinato por el caso del chico del cajero. Este último pasó inadvertido a ojos de los jueces y el otro fue felizmente juzgado, porque ambas criminales eran memores de edad.
Siempre me ha parecido injusto delimitar a un menor por su mayoría o minoría de edad. Aunque también es cierto que necesitamos unas bases para poder acogernos a algo y de alguna manera convertirnos en jueces de la realidad. Sin embargo, es un alivio saber que se ha endurecido la ley del menor. Voy a hablar desde lo que conozco y más cerca tengo. Sagunto, es un municipio, en el que, como en cualquier otro, supongo, se suceden asaltos de menores a adultos casi diariamente. Sin embargo, me comentaba un compañero que trabaja de policía que se ven acobardados ante la impotencia de no poder hacer nada porque están amparados por ley. Cualquier delito es visto a ojos de justiciero como una travesura inocente, ya sea perderse las clases o robarle a una anciana. Creo que ya hora de destrozar el mito de que los niños actúan inocentemente. Ahora tienen a sus abasto todas las herramientas posibles para atentar contra los adultos y salir impunes. Tanto la internet como la televisión han reducido los cándidos actos de los mocosos a peligrosas apariencias.
Lo cierto es que esta justicia está perdiendo cada vez más miembros. Si por tradición hemos acordado pintarla ciega, sería necesario pintarla también coja. No digo con esto que haya que recurrir a penas insalvables como las que se profesan en Estados Unidos. Más bien, desde mi punto de vista, quizá debiéramos valorar cual es la peor pena que un criminal pueda padecer. Sin duda, me declino por la privación de la libertad. No obstante, se tiende a levantar la mano antes de tiempo y en multitud de ocasiones prematuramente antes. Fue el caso sonado de aquel violador que se descubrió que había sido condenado previamente varias veces. No es un caso aislado pero este sucedió en verano y ya se sabe que en estas fechas cualquier suceso es alimento para los buitres comunicativos. De ahí su resonancia.
En todo caso, esto es otro debate en el que se tendría que cuestionar los medios utilizados para averiguar si un preso está capacitado para reinsertarse en la sociedad. Es difícil juzgar a un ser humano cuando ni tan sólo somos capaces de juzgarnos a nosotros mismos. Creo en el ser humano, pero dudo de él. Lo cierto es que somos impredecibles y esa irregularidad puede confundir en multitud de ocasiones. No es que sea escepticista pero lo cierto es que en ocasiones es la mejore elección. Me gustaría poder creer que un hombre que ha violado a alguien no lo volverá a hacer, o que a una persona que ha matado simplemente por descubrir el sabor de dicha acción no le ha gustado tanto como para repetir.
Acabaré recuperando la memoria de Kant: “La libertad de un individuo acaba donde empieza la libertad del otro”.


 
La magia de la Navidad
Es curioso como en tan sólo unos años he podido apreciar un cambio dramático en mi forma de pensar.
Recuerdo cuando llegué de Colombia repleta de sueños e ilusiones. Quería creer que todo se debía a un por qué mágico. La ilusión de los cinco años recién nacidos. Por aquel entonces, para mía, la Navidad se convertía en todo un acontecimiento.
La noche de epifanía… Conviene hacer un paréntesis para comentar que por aquellos días de hace hoy 15 años Papá Noël tan sólo era un gordito gracioso que competía en todas las programaciones con Melchor, Gaspar y Baltasar. Decía pues, que la noche de reyes; mi hermano y yo, permanecíamos toda la velada en vigilia. Intentábamos con todas nuestras fuerzas poder, aunque fuera por un instante a esos entes oníricos.
La mente es poderosa y más cuando se trata de dos niños que empiezan a conocer el mundo. Muchas fueron las ocasiones en las que me imaginé sentada a lomos de un enorme camello. Protegida por la capa del rey Baltasar. Aún recuerdo una noche en particular en que nos despertamos con la certera convicción de haber visto el manto y la mano de uno de los reyes: “Chist, tápate, porque si nos descubren no nos dejarán nada”, me susurraba mi hermano desde la cama contigua y con el mismo estado de nervios que nos acompañó a ambos durante toda la noche.
Son recuerdos infantiles. Sin embargo, como cualquier persona fui inocente durante algún tiempo. Soñaba con alcanzar la luna y bailar junto a las estrellas. Creía en la magia y sabía que con mi poderosa imaginación podía llegar a ser quien deseara en cada instante. Tenía imaginación, conocía su poder y manipulaba la realidad con ella, siempre de acuerdo con mis intereses.
Hoy, cansada del día a día, enciendo la televisión y una tormenta de juguetes similares pero innovadores me recuerdan que ya estamos en Navidad. Las noticias y los ingeniosos reporteros se funden la sesera para hacer creer a los niños, soñadores analfabetos, que los reyes magos de Oriente les traerán muchas cosas si se portan bien. Pero a estas alturas Papá Noël ha ganado la batalla. Su enorme panza recordando lo sano que es comer en un Mc Donalds y su vestido rojo remitiendo inmediatamente al logotipo de coca-cola, son la elección de niños que en su game-boy juegan a asesinar a viejecitas indefensas.
Al minuto siguiente el serio periodista comenta lo costoso que será para los pobres poder llegar a final de mes este año. La causa es el precio, cada vez más elevado, de los juguetes que piden los niños y además algunos ya están agotados desde hace meses… Estos de las noticias siguen creyendo todavía en la magia. Nunca se me hubiera pasado por la cabeza que tras una brillante imagen de colores y publicidad adicional sobre juguetes no hubiera un niño esperando oír lo que se ha de decir sobre el tema. Supongo que los reyes magos, los padres o el Corte Inglés son lo suficientemente poderosos como para taparles los oídos a esos infantes. Todo sea por la pervivencia del consumismo:

¡Viva la Imaginación!




 
Pongamos que hablo de... España
Tengo la sensación de que estamos dándole la vuelta al mundo de una forma improcedente y retrospectiva. Hoy tomando un café con una amiga me contaba que una conocida de su madre fue agredida por un grupo de Latin King el pasado martes. Con 23 años la chica fue interceptada por un grupo de asalvajados que tuvieron la bondadosa consideración de darle a elegir entre violarla, pegarle o dibujarle la sonrisa del payaso (hasta ahora yo la conocía con el sobrenombre de la sonrisa del Jocker).
Me contaba mi amiga que la chica, no se con que fría cabeza, escogió esta última. La primera vez que oí el nombre de esta práctica fue en la película de "La Naranja Mecánica", película que paradójicamente refleja la vida de una banda nazi y su modus operandi en las operaciones de caza. El resultado de tan pernicioso juego ha sido una joven marcada para siempre con una cicatrizada sonrisa de dolor. Un recuerdo que le asaltará eternamente cada vez que se mire al espejo, y por el que dará gracias (o no) por que no le ocurriera nada peor.
Después de esto no me quedaron más palabras. Mi mente daba vueltas intentando recordar cuando había sido el momento del cambio. He comentado antes el caso de la película “La naranja mecánica”, recuerdo que en ella todavía era la prepotente raza aria quien quería dominar el mundo. La escoria en esos momentos era el resto de humanos. Ahora la sociedad vive en una burbuja de rencor y venganza. Somos incapaces de perdonar.
En este momento Rousseau se hace presente en mi mente para recordarme aquello de homo homini lupus est. Realmente la ciudad nos ha permitido incluirnos en una sociedad, sin embargo, también nos ha impedido avanzar como personas.
Es probable que con nuestra actitud arrogante hayamos olvidados los principios animales que, mal que nos pese, permiten un avance de socialización. El nihilismo del que tan alarmadamente advertían los renacentistas se ha hecho patente. Hemos perdido nuestros referentes y no parecemos estar dispuestos a recuperarlos.
No hace siquiera medio siglo eran los judíos, la raza negra y los latinoamericanos quienes tenían que padecer el rechazo y los ataques infrahumanos que razas, consideradas físicamente superiores, les hacían padecer. Nos vemos avocados a una continua persecución de responsabilidades. Hemos olvidado que entre las virtudes del razonamiento existe la de perdonar. No se trata de hacer una lista de buenas intenciones sino de aprender de los errores y dejar de creer que hemos de imponer la ley del más fuerte.
El ojo por ojo y diente por diente nunca ha sido un síntoma de progreso. Es la ley que practican las religiones más antiguas y es uno de los primeros instintos del hombre. Cuando alguien hace algo a un ser querido surge ese alma negra que todos llevamos dentro. Sin embargo, no es justificable un comportamiento similar. El entorno de un culpable no merece ser castigado como el propio culpable.
Ahora una niña de mi edad, estará sentada en la cama de un hospital con una imagen grabada en la cabeza. Mientras, un grupo de bándalos perseguirán a otra niña inocente para hacerle la misma pregunta: la sonrisa del Jocker, ser violada o la muerte. Ante estas tres propuestas sólo logro descifrar un mismo código, la sangre difunta de una persona inocente cuyo único pecado fue cruzarse con un grupo de indeseables.
 

Si tú lees ellos leen

Estamos en la sociedad de la información, así lo afirman los especialistas de hoy. Los mismos que hablan sobre la globalización, la multiculturalidad, la pobreza global, las diferencias extremas. Es decir la era de las contradicciones, y siguiendo los códigos de Ulrich Beck, “La sociedad del riesgo”. No carecemos de nada, pero nos encontramos al límite de cada una de las características que permiten que una sociedad avanzada pueda seguir manteniéndose activa (a costa de zonas subdesarrolladas). Rápidamente surgen nuevas alternativas que traspasan fronteras y permiten retrasar el, aparentemente inevitable, final de las cosas. Todo es estándar, incluso la cultura. La sociedad de masas de la que tanto habla Gasset, lejos de haber desaparecido se ha generalizado cada vez más.
El fenómeno ha aportado el aprendizaje de nuevas técnicas culturales, la intromisión de la ONU en la ley, a nuestro juicio, inhumana de países subdesarrollados, y sobre todo, entre otras muchas cosas más, ha creado una lectura simplificada cargada de convicciones que desembocan dramáticamente en la uniformidad.
Primero fue la desaparición de librerías especializadas, después la reconversión de bibliotecas en salas de estudio silenciosas y por último la aniquilación de una asignatura en las aulas infantiles que significó el principio del fin: la clase de literatura. La excusa fue como la consecuencia, incoherente: “El progreso (tecnológico se entiende) no precisa de una especialización literaria”. Ahora mis primas más pequeñas han pasado de leer a caperucita roja a hablar con entusiasmo de Gran Hermano. Ilusionada intervengo en la conversación para comentarles la simbología política que George Orwell derramó en cada página de su libro 1984. Las caras de estupefacción de mis primas me deja claro que Los sueños, sueños son y no hay esperanza sin ilusión.
También las multinacionales se han apoderado de la literatura para traducirla a códigos económicos con el pretexto de acercar la lectura a todas las clases sociales, con un formato comprensible, dinámico. Tanto que en lugar de leer un texto se reproducen secuencias fílmicas con graves carencias descriptivas. El resultado es que actualmente ver una película se convierte en una causa más productiva que abrir un libro ante la estufa en una noche de invierno. Un ejemplo, cada vez se editan más libros en toda España y sin embargo la precariedad cultural que los caracteriza coincide con el bajo nivel académico de nuestros escolares, nulo.
Desgraciadamente soy hija de esa generación, mis conocimientos sobre Fölkner, Balzac, Dobbin, Antunes, Saramago, Süskind, García Márquez, por citar algunos, son póstumos a mi etapa escolar y demasiado reciente como para estar bien cultivados. Veo desde hace unos días un nuevo anuncio que dice “si tu lees ellos leen”. Pero no basta con eso, la lectura, como la escritura, precisa de una educación. Sería pues conveniente que desde aquellas esferas de las que depende nuestro futuro cultural se planteara restaurar la asignatura de literatura. Por aquello de cumplir las sentencias.
 

Tormenta Estacional

“Al olmo viejo, hendido por el rayo y en su mitad podrido, con las lluvias de abril y el sol de mayo, algunas hojas verdes le han salido”. Tan preciosas palabras inmortalizadas en el poema del Olmo Viejo dedicadas al cambio climático del año han perdido todo sentido en nuestros días.

Aquellos cambios tan perfectos de estación quedan ahora obsoletos en contraste con el suave frescor que hoy día nos incita a abrigarnos con vestiduras glamorosas e inútiles. El desordenado cambio climático en que hemos convertido nuestra vida ha destronado toda lírica estacional. Con tal panorama no es de extrañar que los artistas contemporáneos hayan encontrado como única inspiración las groseras palabras que hasta ahora habían sido relegadas al purgatorio del vocabulario.

Los diversos clamores conservados a las diversidades tempestivas se recuerdan ahora con añoranza e idealismo. La misma mágica mano encargada durante siglos de inmortalizar la caída de las hojas de otoño; el frío acogedor del invierno; la explosión colorista de la primavera; o el excitante calor del verano. La propia mano, digo de nuevo, esta convirtiendo en ajeno el tiempo.

La tímida brisa que asomaba acompañada de salpicaduras de la lluvia es hoy el temor de nuestras tierras. Su presencia siempre se presenta imprevista y ambos fenómenos han pasado por un proceso de metamorfosis mediante el cual se han convertido en temible vientos huracanados e imparables tormentas.

Abril ha dejado de tener la exclusividad de las aguas mil, como rezaba un popular refrán. El avance tecnológico que marca el siglo XXI ha facilitado la acumulación de agua que después azota determinadas zonas de un solo golpe. Por eso ahora las mentes más privilegiadas del planeta se queman las neuronas pensando en una solución a esta carrera de contaminación.

El frío invierno, escenario de casi la totalidad de la obra romántica de Becker y otros escritores de renombre de su época, constituye ahora un paraje idílico propio de las églogas más memorables. Atrás quedó el otoño triste. Hoy los días son el nacimiento de una nueva estación desordenada, donde los enamorados ya no encuentran excusas para refugiarse el uno en el otro. Donde los pensadores ya no sienten la inspiración en la tormenta. Donde el calor del verano ha dejado de ser el bienvenido visitante del año, para convertirse en el familiar gorrón que ya se demora demasiado.

La tradicional complicidad que durante siglos ha unido a pensadores, escritores y poetas siguiendo el devenir de cada estación ha sido fusilada por la poderosa ambición de controlar el mundo. La ignorante creencia de la fuente inagotable de energía está dejando entrever sus múltiples defectos. Sin embargo, aparece tan patente y con tanta fuerza, que a ninguna de nuestras mentes deslumbrantes se le ha ocurrido una excusa para disimular sus efectos. “Aún queda tiempo” y nadie se preocupa del futuro porque a ese no nos lo han presentado todavía. A modo de respuesta ahí queda la frase de Edward George Buwer- Lytton “El tiempo es oro”. A la que la novelista austriaca Marie von Ebner-Eschenbach añade acertadametne “Cuando llega el tiempo en que se podría ha pasado el tiempo en que pudo”.
 

Crítica Literaria

Hoy me he levantado con ganas de escribir algo diferente. Voy a variar el contenido de este blog, solo por hoy. Pero necesito desviar mis intereses para fijarme en un asunto concreto. Me voy a permitir el lujo de hacer una reseña. Desgraciadamente no es para informar sobre alguna nueva obra literaria. Resulta, es un tema de impacto, que en clase de economía nos recomendaron un libro para el día del examen “Principios de Economía” de N. Gregory Mankiw y claro como no podía ser de otra manera me lo compré y me lo he estado leyendo durante este tiempo.
Confieso que la economía no es uno de mis fuertes. Sus gráficas y conceptos tan consumistas se me escapan de las manos y llegan incluso a encolerizarme al pasar las páginas. Por eso cuando pensé en que tenía que leerme un libro tan sumamente grande y económico…¡ Imaginen una montaña! Bueno, no obstante, tengo por costumbre leer todo lo que llega a mis manos, una está llena del espíritu aventurero.
No obstante, decía, este libro me sorprendió. El tono en que está tratado cada concepto, me llegó a parecer incluso cómico en algunas de sus páginas. He de aclarar que para mi el concepto de lectura lleva implícito la complicidad. Cuando lees has de mantener una conversación con el autor. No lo conoces, y el tampoco te conoce a ti, pero precisamente para las presentaciones existen las reseñas literarias. Gracias a ellas, el lector puede sustituir durante un tiempo su visión por la de creador de la obra. Compartir sus pensamientos, su imaginación. Como definían espectacularmente los surrealistas “Un poema se hace en grupo”. De nada sirve hacer una obra si el que lee no llega a comprender mínimamente aquello que se escribe. Por eso en ocasiones resulta tan emocionante una nueva lectura.
Pues bien, decidí presentarme a Mankiw. Algo llama, en efecto, la atención en este libro. Empezando precisamente por la reseña bibliográfica sobre su autor. En ella se nos informa en tono solemne que Gregory Mankiw es profesor de economía de universidad de Harvard. Hasta casi parece hasta normal. Pero siguiendo con la lectura, un poco más adelante dice lo siguiente “Hace tiempo enseñó incluso vela durante un verano en Long Beach Island”

Vaya!,

no sabía yo que para ser profesor de economía es importante haber adoctrinado, no importa cuando, sobre un curso de vela. Debe ser por la relación de ambos en el tema elitista económico. Consumismo, al fin y al cabo. Será tradicional que todos los profesores de economía sean a su vez, alguna vez en vida, profesores de vela o yate o…

¡A ver quien tiene más!


Lo cierto es que el espíritu consumista del autor se puede apreciar a lo largo de todo el volumen. Constantemente la incitación a las compras se hace patente. Por supuesto las críticas al comunismo son representativas, evidentemente como se va controlar una economía capitalista dirigida por la mano de un gobernador. En su lugar, la mano invisible presentada por Adam Smith es irrevocable y por tanto un ejemplo económico a seguir. De hecho hay un momento en que se plantea la situación de invertir más en empresa a costa de destrozar el medioambiente o paralizar el incremento empresarial. Ahí estaba yo, leyendo esta disyuntiva, emocionadísima por saber el resultado final de la historia. Y de pronto…

No sabe no contesta.

Con gran agilidad logra esquivar el conflicto aludiendo al hecho de que hay controversias que no pueden tener una respuesta rápida, merecen por tanto un estudio detallado de la situación. Vamos que si se trata de una zona cuya peligrosidad existencial dependa de varios años, es viable crear más empresas… ya se encargarán otros de subsanar las heridas (o asesinatos).
En definitiva, se trata de un texto de estilo sencillo y ligero cuyo contenido partidista es más una declaración de principios que una base teórica sobre un sistema científico. No hay duda de que adoctrina, pero en todos los sentidos. Quizá no debería ser conveniente que un texto dedicado precisamente a los estudiantes tuviera pretensiones tan ambiciosas políticamente hablando. Detonas formas, repito, es un libro muy cómico.

 
Odio tener que aceptar que en algún momento de mi vida he perdido la noción del tiempo. Cierto descontrol deambula en mi cabeza desde que me desperté aquel día para acudir al otorrinolaringólogo. El ordenado grupo de números que se alistaban cada mañana en mi agenda mental, ha perdido su sistema han dejado de conocerse.
Siento en mi interior, donde antes sólo había órganos vitales, un nuevo elemento. Intento adivinar su proveniencia y me ruborizo al reconocer que no soy capaz de hallarla… Tantas veces idiotizando a los miserables que dudaban de su personalidad y ahora yo… Deseo no acudir a ninguna parte. Y retrocedo, no he escrito yo “deseo”. Nunca fui conocedor de tal palabra, nunca convivimos en las mismas dimensiones.
Eso es, he sido trasladado a otra esfera, quizá haya visto por primera vez esa cuarta dimensión de la que tanto hablan los físicos. Estoy tan preocupado por decodificar las sensaciones que se agolpan en cada momento y en cada instante de mi existencia que he dejado de experimentar con lo desconocido. La formulación de la hipótesis ha perdido prioridad en mi sistema mental. Sin embargo, sé que es fundamental en todo científico. Ha sido siempre mi cometido y lo he olvidado ¿Será Alzheimer? A mis 28 años, será enfermedad. Hace tiempo que no acudo a un análisis médico. Es posible que alguna neurona se haya desviado de su ruta y esté desencaminando a las demás. Quizá sea más grave y esté tan tranquilo perdiendo el tiempo frente a este material inerte.
Realmente es más grave de lo que pronosticaba en un primer momento. Estoy dialogando con un ser inanimado. Estaré al borde de la locura. Los majaderos nunca reconocen que lo están. Por tanto es una buena señal para descartar la demencia. Por otra parte ¿Dónde está el límite del reconocimiento?
Acabo de descubrir una molécula de polvo escapando de los rayos solares. No es cierto, no la he descubierto, ella se ha exhibido ante mí.

ELLA.

Esa mujer tiene la culpa de que ahora yo no acierte a pensar racionalmente. Cierta mirada me atormenta desde aquella sala tan blanca e inquietante. He de decir que la he visto en sueños. He de confesar que he soñado. Su piel. Su cuerpo. He vivido en otro mundo una aventura. 13:53, me voy corriendo al psiquiatra.
 

Música para mis oídos

Nunca sé como voy a empezar a escribir un postt. Intento no marcar ninguna línea. No seguir un aburrido compás. Dejarme llevar. Pero olvido muchos errores que se repiten constantemente.

Empiezo, corrijo, borro, añado, cambio las palabras y finalmente cuando el artículo queda completamente despedazado olvido su esencia.
Aunque siempre acabo penetrando en su contenido. Sintiendo sus palabras y sus versos. Me gusta conjugar sustantivos emparejarlos con adjetivos exquisitos (si vais a Portugal no uséis este vocablo con connotaciones positivas; Maravillas de las lenguas) y añadirles una melodía. Un ritmo único, característico.

Lo curioso es que no me gusta la música. Bueno, ahora… Hasta hace escasamente unos meses era incapaz de sentirme cómoda escuchando una sintonía y tarareando su contenido. Mis aficiones más íntimas han coqueteado siempre con la lectura pero la música no era un instrumento de acompañamiento para mis espacios de individualidad. De hecho no tengo ninguna canción especial guardada con recelo. Eso creía, al menos.

Pienso… la Lambada es una melodía que me devuelve a mi tierra, mi querida Colombia. Me remonta a mi más tierna infancia en los bailes públicos del orfanato. El ritmo, el candor de una libertad corporal como único símbolo de la auténtica libertad personal.

As we go on you remember all my friend we will be friends forever and our live change come wherever… Vitamin C, grupo al cual conocí durante mi estancia en Irlanda; donde descubrí que las gotas de lluvia recorren un camino similar al nuestro. Verdes praderas y espontaneidad cardiaca se mezclan con las notas de esta nostálgica canción.

¡Cómo no! We are de champions…. ¡¡¡Queen!!!!! No sabría describir lo mucho que me excita cantar esta canción a gritos, en cualquier parte. La adrenalina se agolpa en cada poro de mi piel. El brillo de mis ojos se refleja en cada gesto facial retransmitido por mí. Adoro esos sentimientos producidos, tal vez, por la identificación de su letra con una multitud enorme donde yo tan sólo llego a ser una más. Recupero mi posición en este inquietante mundo. Logro pasar desapercibida. And no time for losers cause we are de champions, my friend. Imposible no resucitar a golpe de desgarros vocales.

Bohemian Rapsody…Lo cierto es que entre las canciones que estoy citando no hay mucha relación. Lo sé, pero ya he advertido que no me gusta la música y no entiendo su mensaje. Pero sí sé lo que llega a transmitirme en un determinado momento. Ésta concretamente es para mí el cambio de campo de batalla. Me despojó de mi venda de papel infantil para imponerme el duro metal de la juventud adolescente ¿Madura? Recuerdo haber visto el videoclip por primera vez sentada en una clase universitaria y su canción me acompañó durante todo el curso. Y sigue conmigo.

Otras tantas son las canciones de los años 60’ a las que reservo un estimable amor porque siempre me trasladan al mismo lugar… En el coche con mis padres, mi hermano y en ocasiones esporádicas mi abuelo. Todos recorriendo España. Conociendo cada rincón de mi nueva vivienda: Nino Bravo, Serrat, Ana Belén, Víctor Manuel, Carina, Julio Iglesias, Ádamo, Cecilia… me recuerdan tanto a la España idealizada de mi infancia que no puedo menos que adorar cada una de sus notas.

Y sin embargo sigo pensando que no es mi plato fuerte el tema musical.

Voy a seguir bailando a oscuras con mis letras.
 
Descansaba bajo la tenue sombra de la soledad cuando sus ojos se acercaron hacia el más cálido de los sentimientos. Sus palabras parecían afilados cuchillos de plata que poco a poco se hundían en la superficie de un sueño. Nada parecía perturbar el acalorado acontecimiento que estaba teniendo lugar entre las doce y la una de la mañana de ayer. Una sonrisa a lo lejos detenía el instante en un suspiro de agonía, de felicidad, de tristeza... Era el cambio de día.
 
Y que más da!
Y que más me da si hoy me apetece ponerme a cuatro patas dar tres vueltas en redondo y decirle al mundo entero que quiero que me den por culo. O si por el contrario me apetece presentarme en la Moncloa y decirle a ZP que no pasa nada que el susto que le dieron de pequeño quedó atrás y ya puede asentar su mirada.
Y que más da si miro la pantalla del ordenador y pienso en escribir mientras mis ojos pesados como dos enormes piedras luchan por sobrevivir en un mar de sueños.
Al fin y al cabo si los sueños no son reales y la vida a veces tampoco lo es porque no puedo presentarme a Polanco y decirle lo mucho que me encantaría que me diera esa oportunidad. No es una ficción, si sucediera así me sentiría pletórica aunque fuera lunes.
Quiero seguir viviendo. Quiero seguir haciendo lo que quiero. Porque hoy siento que, en ocasiones, cuando nadie me ve o todo el mundo lo hace, hago lo que quiero.
Un día me apeteció enviar un mensaje y lo envié, otro día me declaré a alguien especial.
Un día desperté con ganas cambiar mis sueños y los cambié.
No se trata de un texto de declaraciones desafortunadas o afortunadas, se trata de sonreír ¿Has intentado alguna vez escribir una sonrisa? ¡¡¡¡Sonrisa!!!! No sé como decirte pero estoy feliz, siento que puedo serlo, siento que tengo algo que quiero y siento que puedo soñar. Puedo soñar sin que nadie sepa lo que sueño, solo yo. Además puedo ser libre en mis sueños y tener una vida privada en ellos. Y fantasear, imaginar, volar… Volver a mi pueblo. Sentir el corazón de mi tierra rozando mi cara, volver a ver a aquel amor de infancia. Sentir que nunca perdí aquel tren, que nada cambió tras aquella sonrisa olvidada en el desierto de la vida. Y puedo hacerlo. Y puedo sonreír. Y puedo decir hoy sí mañana también.
Si el narcótico sabor del calor de mis ojos me deja seguir abriéndolos podré seguir diciendo que puedo mirar la pantalla y seguir soñando. Que nada me separa ya de la realidad y de la ficción porque los dos lugares me gustan, son únicos.
Podré seguir lanzando dardos con débiles palabras, lanzando impulsos distanciados de la realidad. Yo solo quiero seguir escribiendo. Ver bailar mis dedos sobre un salón de metal, coger aquella sombrilla que reza en la playa y clavarla en el centro de la sala. Abrigar mi soledad en ella y dejar que llueva, que resbale. Que la Irlanda que conocí invada, con sus verdes laderas, el suelo del frío metal. Recordar sobre la sangre metálica aquella humedad sumergida en la hierba, aquel césped verde brillante que me invita a bucear entre sus carnívoras raíces.
Que idea tan horrible la del acogedor césped visto a tamaño gigante. Incrementa sin quererlo su apariencia destructiva. Unas copas de más y yo también destruiré. Salvajes con liana vestidos de verde militar. Yo también quiero formar parte de ellos. Me envisto en mi ceguera y continuo hacia delante. Si hay que ver sangre prefiero imaginarla, si hay que emborracharse que sea del más dulce néctar del agua de Irlanda. Qué lluvia, que paisaje ¿Y si la sangre fuera de color azul? Nadaría en un mar sanguinario. Quizá provocada por mí. Cuánto mal se puede recrear cuando los ojos luchan cerrados.
Nadie me explicó nunca que el dolor era tan fácil. Pero de veras piensas que no hubiera sentido como se clavaba mi copa de cristal sobre alguna de mis víctimas.
Vaya… tan sólo era un sueño. Y pensar que el agua eran tan solo las lágrimas de mis ojos que cansadas de reprimirse han decidido revelarse. Otra vez me quedé dormida ante la pantalla del ordenador.

 
Lamentable accidente el de Rajoy y Esperanza Aguirre esta mañana. El aeronave que transportaba al líder de la oposición, Mariano Rajoy, a la presidenta de la Comunidad de Madrid, Esperanza Aguirre, el alcalde de Móstoles, Esteban Parro, un cámara de Antena 3 y dos pilotos ha colisionado en la plaza de toros debido al fuerte viento matutino minutos después de haber despegado. Seguro que al levantarse ninguno de los dos había preparado un día tan ajetreado como el que ha resultado.
Tras el fortuito aterrizaje el alcalde de Móstoles, Esteban Parro, se encontraba alterado y lógicamente aterrorizado por el accidente que acababa de padecer. Por el contrario, la reacción del líder de la oposición y la presidenta de la Comunidad de Madrid era impasible. Ni un mal gesto, ni una mirada nerviosa, ni tan siquiera un temblor improvisado.
Como personajes populares, que son, se sacudieron el polvo y siguieron a lo suyo, que es presentar una imagen pública. La sonrisa permanente y postiza de Aguirre ocultaba (o debería ocultar) una experiencia indeseable para cualquier persona. Y de fondo las memorables palabras de Rajoy “sabía que con este tiempo no debía ser aconsejable volar”. Esta situación, pese a lo trágico del suceso, es comparable a aquellos momentos en que un vergonzoso percance genera en el protagonista reacciones adversas a las predecibles para aplacar el sentimiento de bochorno o las risas ajenas.
Es admirable la muestra de contención que estas dos figuras han demostrado ante las cámaras. Sin embargo, lejos de evocar lástima o solidaridad se han convertido únicamente en un objeto noticioso. No quiero decir con esto que hubiera sido mejor que se presentaran víctimas (pese a que ese haya sido su papel real) del devenir del temporal. Pero no hubiera estado de más que nos hubieran sorprendido con algún síntoma de dolor o expresión de nerviosismo o temor. En definitiva, una guiño que indicara la veracidad del reciente acontecimiento que acabábamos de presenciar. Más que nada por obedecer la regla de que no somos de piedra, aunque siempre hay excepciones.
La secuencia ha sido muy mecánica, falta de acción, incluso aburrida. Parecía la toma falsa de una película de ciencia ficción. ¿De qué material están hechos estos dos individuos? Luego dirán que la reacción de los actores de este género fílmico roza el surrealismo. Nada más lejos de la realidad. Mis esfuerzos por buscar en el vídeo a los actores de doblaje para poder ver, al menos, alguna expresión humana han resultado nulos.
Aún más sorprendente resultaba el rostro de Rajoy, quien desconcertado, pero aguantando el tipo, no ha dejado entrever el dolor por la rotura de dos de sus dedos. Quizá el tiempo de reacción ha sido demasiado escaso para poder preparar el comportamiento de cada uno de ellos. O tal vez el guionista de ambos sólo está activado para actuar impulsivamente en respuestas políticas fuera de lugar. En todo caso, echaré de menos durante algún tiempo el sistemático gesto indicador de Mariano Rajoy.