escrito a mano

ya es invierno y sin embargo o precisamente por eso tu calor me mantiene permanentemente en marga corta y mirando al mar. Cada día te veo más guapa, más linda, más única. Cada día, en resumen, te veo más. Y mejor. Contigo he recorrido ya media España y hemos visitado, aunque tú no lo sepas, la mitad de la geografía de mis sueños. Casas en todos los escenarios. Tú, y la edificación exacta de lo que se entiende por un hogar.
Sonreímos, te incluyo, casi todo el tiempo. Por eso cuando las cosas se te tuercen se me queda una cara de pastel pegado al molde, de petirrojo sin plumas en una de las dos alas, de cristal empañado. Y me pongo a inventar, ya sabes, maneras de destruir el poder desvergonzado de tu jefe: truenos y centellas pinchándole en la nuca, pellizcos de monja en su ánimo imprevisible, silencios inauditos en su verborrea, amabilidad en sus evidentes carencias afectivas. Le doy patadas voladoras a su ego y le dejo suave, tolerante e irreconocible.
Créeme. A ese tío ahora le pica el alma y no sabe por dónde empezar a rascarse.
Ahí se queda. Tú y yo nos vamos. Ese poder es nuestra capa y nuestra espada, querida mía. No puedo más que desearte -lo mejor- y sonreirte desde este lado de la península en que te espero. Me llevas en el bolsillo. Dame de comer algún beso de vez en cuando :)





