Una pared, por favor
Estoy empezando a enfadarme. Supongo que es una buena señal, que ya no me haga gracia estar triste ni asustada, que ya no me dé por moverme tan cómoda entre lo provisional. Que cada vez esté más enfadada, y tenga la frente fruncida como un porta cd's, no significa que haya desaparecido la nube negra que me acompaña desde hace bastante tiempo, convirtiendo cada día de verano en un amanecer de otoño, por ejemplo. En mis transitados infiernos, que ya visito con cierta pereza, encuentro también motivos para salir pitando de Madrid y encontrar, por fin, una casa. Yo, que tengo tantas, quiero la mía mía mía... Ayer, en medio de ese delirio adolescente que sigue ofreciéndome la cuarta cerveza de más, me dio por pensar que llevo toda mi vida comprándome posters, láminas, postales, como una hormiguita que algún día enmarcará tanta maravilla y se paseará -siempre desnuda, cuánto daño ha hecho el cine- por una casa en la que lo menos importante será el color de las paredes. He acumulado tantos "afiches" (que me encanta esta palabra, tan mafalda) que podría construirme mis propios muros atrincherada detrás de todos mis cuadros. Necesito colgarme y mirarme, a ver si así me entiendo. Necesito amordazar tanto ruido detrás de las paredes de una casa, mía, mi casa, ahora que ya no me basta conmigo, contigo.




