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la vida exagerada
la vida ES exagerada. Mucho más que yo.
Acerca de
Acerca de mi, pues todo mi blog, que para eso es mío.
Sindicación
 
El suelo
Ultimamente se están levantando todos los suelos. Hace tiempo, esperar al autobús 133 para ir a la facultad era un compás tembloroso, donde dábamos saltitos que nos recordaban que debajo estaba el intercambiador de Moncloa, y más abajo aún el metro, y más abajo aún quién sabe, quizás ese tunel que, dicen, atraviesa Madrid y que une el palacio de la Moncloa y el de la Zarzuela y el Pardo y supongo que Barajas. Claro que sí, por qué Madrid no iba a tener su ración de túneles y búnkeres tan de la guerra fría... El caso es que el suelo era endeble cuando se sacudía por el paso de un autobús. Y entonces todos estábamos vivos de milagro, como casi siempre.
Hace poco cerraron el Pepe B., y aún no, no todavía, voy a hablar de este lugar porque corro el peligro de ponerme excesivamente cursi, pero es cierto que en los últimos tiempos llevar un café a la mesa diecisiete parecía subir Navacerrada para bajar a La Granja, porque el suelo, su suelo que había aguantado tanto pisotón y tantos tacones, estaba estirándose o cambiando de postura, convirtiendo el negocio en algo ya más parecido a la casa magnética del parque de atracciones.
La manzana de la calle en la que está mi casa va a pasar a ser peatonal, mientras que por la anterior van a empezar a transitar coches. La plaza de Olavide, donde aún podrían recogerse restos de la piel de mis dos rodillas, se convirtió de un día para otro en una especie de parking al aire libre. Asfalto para los niños, asfalto para los perros. Los suelos son versátiles, pero tienen también una asombrosa memoria.
En el campito de mi infancia en el que me he recluido como despedida y parada y "crisis de los treinta aunque tenga veintiocho", está ocurriendo algo parecido. El otro día el trayecto de la mesa al fuego de la cocina se convirtió en un paseo cuesta arriba, un descenso leve, un rellano... Mi prima Claudia ,que pasaba por allí, me preguntó qué pasaba. "Pues un árbol, eso es lo que pasa. Una raíz, ves? Uno de los árboles de ahí fuera, que sigue creciendo como si aquí no hubiera una casa, una familia, un calentador de gas y un cajón lleno de velas". Porque a veces los suelos, no sólo son versátiles y tienen buena memoria, sino que son desobedientes, absurdos, inestables.
El cielo aún no se ha derrumbado sobre nuestras cabezas, pero el suelo casi siempre tiembla bajo nuestros pies. Tiembla, se retuerce, sigue existiendo con una calma segura y desesperadamente lenta, a veces. Escoges las baldosas perfectas. Limas la pata izquierda de la mesa, porque cojea. Pintas las paredes, te pones el delantal, haces la cena con la obsesiva repetición de la rutina, y un día aparecen las raices de un árbol y te conviertes en el cuarto cerdito, que sabiamente construyó su casa de paja, palo y piedra, y que igualmente asiste a la aniquilación de una casa construida en el lugar equivocado.
No es el material, no son las formas, y desde luego nunca es la ilusión, la bondad, la intención sonriente con que hacemos las cosas. Siempre hay un antes, siempre hay un árbol que va a crecer por debajo de nuestras expectativas. Siempre está lo que vuelve porque nunca se ha ido, porque estaba allí antes. En la etapa -no muy lejana-en la que creí que la Gestalt era la solución para todos los desórdenes de mi conducta y de la de los otros -la panacea, el anarquismo, la gloria del déjate ser-, leí que tener treinta años o veintidos no significa que ya no tengas siete, o dos, o catorce, porque eres cada una de las edades que has sido. Supongo que nos pasa a todos, que no soy la única a la que se le ha torcido el tobillo a fuerza de ignorar esa baldosa levantada por la fuerza de lo de antes, de lo de hace un año, de lo de siempre. Una cosa más. Andamos sobre un suelo de papel de fumar -sobre todo los que vivimos en el centro, gracias, Gallardón-, y estamos edificados sobre raices que crecen en sentidos divergentes, como si fueramos también todas las vidas que no hemos vivido, y que de alguna manera son vividas por esa que tuvo catorce, o tres, o veintidos años. Esa que va al cine, se toma una caña, se rasca la nariz y no tiene trabajo, es la punta del iceberg. Somos un milagro, porque pocas ficciones funcionan cuando las sostiene el caos de unas raices creciendo sin control y a ciegas. Claro que quizás no, quizás algunos sepan muy bien a dónde van y de dónde vienen. Enhorabuena. Supongo que por la identificación inconsciente con nuestro nombre, no debe ser casual que me apellide olivares, siendo el olivo el arbol más despeinado y desordenado que puede verse en el cada vez más escaso suelo de esta península. Y lo peor de todo es que nada mejora sin unos buenos zapatos. Y el paro es lo que tiene, que da para imaginar cuántas colecciones de camper van a pasar de largo por delante de nuestra puerta.
 
Enhorabuena
A todas y todos los que habéis conseguido llegar aquí pese a que yo no os di la dirección, lo cual demuestra que cada letra colgada aquí es un pequeño milagro. Ya habéis llegado, o estáis a punto de hacerlo. Mientras, perdonadme que aún no salga a recibiros. En una imagen estoy yo cocinando una maravillosa comida mientras vosotros os entretenéis comiendo unas aceitunillas y unas patatas fritas. En la otra, la magnifica cena ya está en la mesa, y soy yo la que tiembla mirando la puerta porque nadie llega, se enfría el pollo, se empieza a poner triste la lechuga, el pan adquiere esa textura de cumpleaños arqueándose en los bordes, un drama... Sé, supongo que ya sabía, que el blog es un quebradizo ejercicio de autoestima, pero soy incapaz de hablar sola. Aún no, no todavía. Mientras, si me perdonais, vuelvo un momento a la cocina, si?
 
despedida
Y digo yo, que menos mal que no se me ocurrió llamar a este blog "idas y venidas de una camarera" o más tipo Blasco Ibañez "cañas y barras", porque el empleo me duró exactamente las nueve horas de mi primera jornada laboral. Podría decir que es mi trabajo más corto, pero mentiría porque dificilmente podré superar, aunque lo que venga siempre sea peor, las dos horas de contrato con Randstaad repartiendo publicidad en la Universidad privada de Nebrija. El autobús hasta allí y la botellita de agua que me regalé me costaron más que lo que gané. Pero aprendí una barbaridad sobre el ser humano. El caso es que en este curro me esperaban horarios terribles, el justo maltrato del nofumesnobebas, un dia libre a la semana - ya veremos cuando, vale? porque al principio aquí vamos a currar como hijos de puta, vale? y eso no nos lo quita ni diosss-, y un sueldo pues tirando a "qué-poca-verguenza", pero a quién le importa y sobre todo quién puede elegir. Pero vamos, que me echaron. Por lenta y porque una ración de huevos rotos con chistorra bajó a la cocina y subió a la barra unas diez veces. La culpa era, obviamente, de la pringada a la que dificilmente se le veía la coronilla desde la ventana de la barra, la del metro cincuenta y dos con uniforme de invierno-cuello-mao, la que suda, la que pide por favor "esa comanda guárdala que es la cuarta vez que me pones los p.. huevos, porfa". Me echaron, y entonces me volví aún más bajita, aún más lenta y más licenciada en filología eslava que nunca, y durante la media hora de trabajo que me quedaba, en la que mi prioridad era no llorar, sólo conseguía verme camino del gimnasio cada mañana hasta entonces, para hacer brazos mientras Eva, mi monitora, me animaba gritando "la bandeja!, piensa en la bandeja!". La bandeja se la hubiera metido en la boca al jefecillo que mientras me mandaba a la puta calle me decía "te quiero un montón, chave, no es nada personal". Puede que sea verdad, que la forma de querer sea no desear para los otros la mierda que te comes tú, claro que si el que te quiere te hará sufrir, podía haberme propuesto más horas en lugar de despedirme. Porque yo, tarde o temprano, hubiera dejado ese trabajo. Y no por falta de fuerza en mis biceps, triceps y deltoides, sino porque eso no hay ser humano que lo resista si puede evitarlo. Y yo puedo evitarlo. Pero lo hubiera pasado tan mal para irme, hubiera pasado tanta verguenza, tanta pena, tanta angustia, porque estoy tan pero tan loquita en esas cosas...
Escribo ahora desde un pueblecito cerca de Madrid, rodeada de pinos y disfrutando de una sala de internet de esas financiadas por la comunidad europea, y sospecho que me van a pasar muy pocas cosas dignas de mención. Pero aún tengo que hablaros de mi compi de terraza aquella noche, una especie de inversión de la superwoman, el delirio hecho carne, el no-va-más de la hosteleria, la camarera total. Y como en un fresco costumbrista, por qué no detenernos también en el cocinero politoxicómano y su carta, o en el organigrama que parece regir todos los bares y restaurantes, en el que el más inutil cobra siempre el triple, como en una maldita broma de Dios.
Así que mañana más, aunque no puedo irme sin compartir las reservas que me invaden cuando pienso en este proyecto blog. Soy virgo, y el desorden es un sabor ácido al final del paladar. Una molestia puñetera y soportable, pero imposible de ignorar. Quiero decir, que en este blog, ahora, circunstancialmente, hostelería. Y muchas cosas más. Eso espero.
 
pero qué verano
¿Hace cuánto tiempo que el verano no huele a aftersun?Poco más puedo decir por ahora. Estoy completamente inmersa en el verano más caluroso y más árido que recuerdo. Mi reino por estar motivada, mi reino porque esta tarde el trabajo que me espera no sea ni la mitad de espantoso de lo que parece. Así que realmente este blog empieza mañana, pero mi falta de paciencia y el umbral de expectativas en lo que se refiere a la informática han hecho que decida enfrentarme a esto de "crea tu blog" hoy. Tres puntos cardinales: filóloga y camarera, terraza en un bar de malasaña, y crisis de los treinta - que empezó a los veintisiete y promete extenderse hasta más allá de los tiempos-. Socorro.