La especialidad de la casa
Pedí la especialidad de la casa y esperé. Mi mesa era una isla perdida en un ángulo con vista panorámica sobre el resto del salón. Allí, en el resto, sucedían cosas sin descanso. Sin ir más lejos, a cinco escasos pasos de mí, estaba teniendo lugar la más terrible de las batallas: la del corazón contra la razón. Era ella una mujer con aire impulsivo, pero delicada. Estaba tomando café o se disponía a hacerlo, y agitaba mecánicamente su sobrecillo de azúcar, como si de esta manera se estuviera preparando para una agitación mayor; luego disolvió en el café su extraña mezcla de valentía y temor a partes iguales, por eso empezaba a mostrarse nerviosa. Yo la entendí. Esperaba algo a sabiendas de que jamás llegaría.
En otra mesa, una pareja-puzzle encajaba a la perfección. Todo era maravilloso: el día, la hora, el postre, la camisa de él, los zapatos de ella… Era como mirar un mar en calma habitado por especies que sólo conocieran ellos. Reían y se embelesaban, repasando todos los minutos que habían transcurrido al cabo de la mañana en ausencia del otro.
La camarera vino en tres ocasiones a retirarme el plato, y las tres veces se lo impedí. “Soy muy lenta comiendo, disculpe”. Por la manera en que miró la botella, supongo que pensó que no tenía el mismo problema con el vino. Seguí comiendo y bebiendo a partes desiguales. Estando en aquella mesa no pensaba en ti, porque todavía no te conocía, pero ya intuía la tristeza de tus ojos preñados de mar. Surgiste entonces como una rebelión de pasos, como un estruendo de cristales rompiéndose, a pesar de que venías disfrazado de silencio, y ya traías tus papeles manchados de tinta y de lágrimas, tal y como después me acostumbraste a verte. Ocupaste la mesa más próxima, -entonces no lo sabías, pero aquella mesa te estaba esperando- y yo no podía dejar de mirarte. Cuando me hablaste, supe que todas las palabras que te respondiera iban a acabar encallando en tu conciencia de arena, pero aún así te respondí, y después te ofrecí un cigarro, y aquella fue la primera sonrisa libre que ví salir de tu boca, sólo para mí. Hablamos toda la tarde. Hablamos de Julio y de Pablo, de uvas, de vino. Me enseñaste los animales que te rondaban como presa herida, mientras yo te hablaba de cometas y sueños profundos. Hablaste del aire del desierto, que tú conocías hasta el punto de exhalarlo. Las mesas se fueron vaciando esa tarde, incluso la nuestra tuvo su tarde de abandono, mientras se nos llenaba la boca de abejas aturdidas sin reina…
Y ahora que te has ido no sé por qué te cuento todo esto, estoy segura de que lo recuerdas. El tiempo inyecta su anestesia en los recuerdos, pero es imposible que éstos duerman para siempre.
El sueño sólo es un letargo de la conciencia. Lo sabes.
En otra mesa, una pareja-puzzle encajaba a la perfección. Todo era maravilloso: el día, la hora, el postre, la camisa de él, los zapatos de ella… Era como mirar un mar en calma habitado por especies que sólo conocieran ellos. Reían y se embelesaban, repasando todos los minutos que habían transcurrido al cabo de la mañana en ausencia del otro.
La camarera vino en tres ocasiones a retirarme el plato, y las tres veces se lo impedí. “Soy muy lenta comiendo, disculpe”. Por la manera en que miró la botella, supongo que pensó que no tenía el mismo problema con el vino. Seguí comiendo y bebiendo a partes desiguales. Estando en aquella mesa no pensaba en ti, porque todavía no te conocía, pero ya intuía la tristeza de tus ojos preñados de mar. Surgiste entonces como una rebelión de pasos, como un estruendo de cristales rompiéndose, a pesar de que venías disfrazado de silencio, y ya traías tus papeles manchados de tinta y de lágrimas, tal y como después me acostumbraste a verte. Ocupaste la mesa más próxima, -entonces no lo sabías, pero aquella mesa te estaba esperando- y yo no podía dejar de mirarte. Cuando me hablaste, supe que todas las palabras que te respondiera iban a acabar encallando en tu conciencia de arena, pero aún así te respondí, y después te ofrecí un cigarro, y aquella fue la primera sonrisa libre que ví salir de tu boca, sólo para mí. Hablamos toda la tarde. Hablamos de Julio y de Pablo, de uvas, de vino. Me enseñaste los animales que te rondaban como presa herida, mientras yo te hablaba de cometas y sueños profundos. Hablaste del aire del desierto, que tú conocías hasta el punto de exhalarlo. Las mesas se fueron vaciando esa tarde, incluso la nuestra tuvo su tarde de abandono, mientras se nos llenaba la boca de abejas aturdidas sin reina…
Y ahora que te has ido no sé por qué te cuento todo esto, estoy segura de que lo recuerdas. El tiempo inyecta su anestesia en los recuerdos, pero es imposible que éstos duerman para siempre.
El sueño sólo es un letargo de la conciencia. Lo sabes.
Comentario:
Sabelatxo...,
Gracias una vez más por la "especialidad de la casa".
Y es que aunque hasta las princesas azules caguen,
al menos el hambre de belleza nunca duerme.
Gracias una vez más por la "especialidad de la casa".
Y es que aunque hasta las princesas azules caguen,
al menos el hambre de belleza nunca duerme.
Comentario:
Te diría que lo recuerdo, aunque fuera otra mesa en otro restaurante. Aunque no habláramos de Pablo pero sí de Julio y el vino me hiciera dudar si me flaqueaban las piernas por tus ojos que no eran tus ojos.
Parece que los recuerdos a veces se entrelacen con otros.
Parece que los recuerdos a veces se entrelacen con otros.





